Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

viernes, 25 de septiembre de 2026

HORAS DE PRUEBA

 



Por D. FELIX SARDA Y SALVANY

 

En tiempos como los actuales lo que más sorprende a ciertas personas, lo que las llena de pavor y hasta las hace vacilar muchas veces en su fe es la siguiente consideración: ¿Cómo Dios, suma bondad, autoriza este predominio de la maldad sobre la tierra? ¿En qué miras de su providencia pueden entrar esta incesante persecución de todo lo bueno, esta opresión de la verdad, este eclipse universal de los sanos principios? Y de ahí las quejas más o menos embozadas contra Dios, las dudas más o menos explícitas sobre la verdad de sus promesas, la desconfianza, el profundo desaliento. Mas ¿a qué seguir describiendo lo que quizás la mayor parte de mis lectores han sentido en su propio corazón?

Insensatez y grosera insolencia sería esta conducta, si no la disculpase en gran parte lo grave de la aflicción, que pone mil veces en los labios frases cuyo significado pasa desapercibido hasta para el mismo que las pronuncia. El dolor extravía fácilmente la inteligencia, y al alma embriagada de amargura, como con expresión felicísima dicen los Libros Santos, no puede exigírsele la serenidad y el recto juicio de los tiempos normales. Sin embargo, cuando la tribulación por lo duradera viene a constituir también en cierto modo un estado normal, es deber de cristiano sobreponerse a los arrebatos de aflicción excusables en los primeros momentos; la resignación tranquila y sosegada debe suceder a los ayes y gemidos, y con ella deben recobrar su imperio en el alma la reflexión y el sereno discurso.

Reflexionemos, pues, y discurramos.

En el fondo de todas estas amarguras con que el mal oprime al bien en este valle de lágrimas, hay, como en todo, un designio amoroso de Dios que se nos revela a cada paso en las Santas Escrituras y en la doctrina de la Iglesia católica.

Este secreto profundo que lo explica todo, este designio amorosísimo, al cual todo está subordinado, esta ley altísima que ignoró la filosofía pagana, es lo que hoy, gracias a las enseñanzas de la fe, conocen hasta los niños, aunque alguna vez lo olviden los mayores; es lo que se llama la prueba.

Los poetas e historiadores del Paganismo al describir las desventuras de los héroes y de los pueblos no supieron atribuirlas más que a un hado funesto e inexorable que en ellos se cebaba ciegamente, o cuando más, á odio de los dioses agraviados y sedientos de venganza, y agitados por las mismas miserables pasiones de los mortales. No así el pueblo judío, precursor del pueblo cristiano en la verdad de la revelación y en el conocimiento de Dios. Job es terriblemente afligido, pero la mano que le aflige es una mano amiga que quiere enaltecerle y sacar de él un modelo de paciencia; Tobías se ve reducido a la cautividad, a la ceguera y a la indigencia, pero el libro que nos refiere sus desventuras nos muestra claramente como sólo para su bien se las envió el Señor. Y lo que decimos de los individuos podemos decirlo de los pueblos. Las grandes calamidades del pueblo hebreo nos las refiere siempre la Escritura como sucesos providenciales para su enmienda y para la mejor consecución de sus misteriosos destinos.

Esta es la doctrina cristiana sobre las calamidades que afligen a los buenos; ¿habrá necesidad de grandes discursos para que la aplique cada cual a las tribulaciones que afligen hoy a los católicos de nuestra patria? Atravesamos un periodo de grandes pruebas: bendita sea la mano de Dios y benditas sean ellas, si de este paso salimos probados y mejorados. Dios las ha dispuesto; sin duda las necesitábamos.

Muchos tenían la candidez de creerse católicos sólo porque nunca en su vida habían hostilizado a la Religión, ni lanzado una piedra contra sus ministros. Por lo demás, les era poco menos que indiferente el culto, indiferentes los Sacramentos, indiferentes las prácticas de piedad. Creíanse buenos sólo porque no eran malvados; teníanse por honrados sólo porque no eran grandes criminales. ¡A la prueba!

Y les ha colocado Dios en medio de ella, en la dura necesidad de decidirse, o en favor, o en contra de la verdad. El término medio se les va haciendo insostenible, y pronto habrán de abrazarse con fe a la cruz vilipendiada, o habrán de convencerse con horror de que no son más que ateos disfrazados. ¿No es verdad que era necesaria una prueba?

Para otros era la práctica de la Religión una como especulación, en la cual entraban más que el deseo de agradar a Dios y de salvar su alma, el de complacer a tales o cuales personas a quienes no convenía descontentar. Hoy la práctica de la Religión no ofrece ya ventaja alguna en lo humano; el hombre piadoso se ve expuesto, sólo por serlo, a sospechas que pueden hasta dar con él en la cárcel pública. ¡A la prueba! El católico por interés o por meras conveniencias se verá forzado, o a no llamarse tal, o a serlo de veras por Dios, por su alma y por la eternidad.

¿Cuántos corazones realmente buenos y cristianos habían buscado no obstante en la Religión más los consuelos que los sacrificios, más la dulzura que la abnegación? Los misterios de la fe les enternecían, las pompas del culto les embriagaban; encontrábanse bien en la dulcísima quietud del santuario perfumado con los aromas del incienso, embellecido con la armonía de los cánticos sagrados; eran suavísimas las lágrimas que allí se derramaban, y las emociones que se sentían. Mil veces se había escapado de sus labios aquella palabra de un Apóstol en el Tabor: ¡Dios mío, bien se está aquí! ¡Pobres amigos míos! Olvidaban que lo dulce, y lo halagüeño, y lo embriagador de la Religión, sólo lo ha concedido Jesucristo a los suyos, para que les fuese más fácil tragar lo duro, lo áspero y lo amargo de ella. Habían perdido de vista que el símbolo del Cristianismo no es un ramillete de flores, sino una cruz rodeada de espinas, y que tener Religión no significa sentarse holgadamente a recibir el rocío de los cielos en la quietud y sosiego de una vida más o menos sentimental y poética, sino estar siempre en pie, siempre dispuesto para el combate, siempre afrontando poderosos enemigos, siempre subiendo trabajosas cuestas, siempre arrastrando cruz, sin esperar descanso hasta llegar al verdadero, hasta haberlo ganado, no a fuerza de dulces emociones, que eso tiene poco mérito, sino a fuerza de sudores y sangre del cuerpo o del corazón, que eso es lo que pesa en la balanza de Dios. Pues bien. ¡A la prueba! ¡Al Calvario! ¡A apurar lo amargo del cáliz los que hasta ahora sólo se habían complacido en paladear lo dulce de los bordes de él! ¡A ser hombres los niños, y a roer el pan duro los que tal vez hasta hoy sólo ansiaron alimentarse de golosinas! ¡Cuántas almas volverán en sí como asombradas de haber tenido olvidadas toda la vida estas verdades fundamentales! ¡Y lo deberán a la prueba!

Hierve el oro en el crisol, y en el tormento de aquel ardor suelta la escoria vil que le afeaba, y se hace digno de ser labrado para los usos más nobles. La prueba le hizo precioso.

Aguanta la encina de los bosques el recio empuje de la tempestad, crujen sus ramas azotadas, desgájase de ella tal cual parte menos robusta; pero el tronco principal se agarra entonces con mayor afán al suelo que lo vio nacer, y adquiere a beneficio de los mismos huracanes la firmeza incontrastable de las rocas. La prueba se la dio.

Tiembla el joven recluta a los primeros tiros que suenan en la batalla, estremécele el ¡ay! de los moribundos, y llénale de horror la sangre que brota a chorros de las heridas. Dejad que se le acostumbren el corazón y las manos al negro oficio de dar y recibir la muerte. Dentro de poco no temblará, sino que palpitará de entusiasmo en medio de la humareda de los combates y el estruendo del cañón, y el lamento de los que caen, y el alarido de los que triunfan será su música más deliciosa. La prueba habrá hecho del bisoño un veterano.

Aquella pieza de metal bruñido, cuya limpieza y brillo lleva tras sí los ojos de todos, y cuyo resplandor compite con el del sol que en ella se refleja, ¿sabéis á qué lo debe?

Débelo a la lima cruel que, pasando y pasando sin piedad sobre su superficie, no cesó de atormentarla hasta que la dejó resplandeciente. El descanso la cubriera de orín; a la lima, a la prueba deberá su hermosura.

Ahora bien, corazones desalentados; cuando Dios aflige, o por los males físicos que directamente envía, o valiéndose de los mismos crímenes de los hombres que por justísimo designio permite, no lo dudéis, en el fondo de ese rigor hay siempre tesoros de amor y miras bondadosísimas de misericordia. Es entonces su mano la del artífice que nos somete a la alta temperatura del crisol para purificarnos, es la tempestad que nos azota para robustecernos, es el estruendo de la guerra que nos hace estremecer para volvernos aguerridos, es la lima tenaz y despiadada que nos lastima para abrillantarnos. Es la prueba.

¡Qué hermosa idea la de un gran escritor eclesiástico! Dios por medio de los malos azota a los buenos para probarlos y corregirlos, como el padre castiga con el palo a su hijo para que se enmiende. Pero no deja de amarle mientras le castiga, y acabada la hora del rigor, rompe a pedazos el palo y lo arroja al fuego, y da un abrazo al hijo, y le hace heredero de su patrimonio. Los malos que atormentan a los buenos son el palo en manos de Dios sobre las espaldas de los hijos de su corazón. Suframos con resignación, pero no sin esperanza. Dios romperá y echará al fuego el palo cuando se haya servido bastante de él. ¡Dichosos entonces los que hubieren salido bien de las horas de prueba!

Agosto, 1873.

 

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