Por D. FELIX SARDA Y SALVANY
En tiempos
como los actuales lo que más sorprende a ciertas personas, lo que las llena de
pavor y hasta las hace vacilar muchas veces en su fe es la siguiente
consideración: ¿Cómo Dios, suma bondad, autoriza este predominio de la maldad
sobre la tierra? ¿En qué miras de su providencia pueden entrar esta incesante
persecución de todo lo bueno, esta opresión de la verdad, este eclipse
universal de los sanos principios? Y de ahí las quejas más o menos embozadas
contra Dios, las dudas más o menos explícitas sobre la verdad de sus promesas,
la desconfianza, el profundo desaliento. Mas ¿a qué seguir describiendo lo que
quizás la mayor parte de mis lectores han sentido en su propio corazón?
Insensatez
y grosera insolencia sería esta conducta, si no la disculpase en gran parte lo
grave de la aflicción, que pone mil veces en los labios frases cuyo significado
pasa desapercibido hasta para el mismo que las pronuncia. El dolor extravía
fácilmente la inteligencia, y al alma embriagada de amargura, como con
expresión felicísima dicen los Libros Santos, no puede exigírsele la serenidad
y el recto juicio de los tiempos normales. Sin embargo, cuando la tribulación
por lo duradera viene a constituir también en cierto modo un estado normal, es
deber de cristiano sobreponerse a los arrebatos de aflicción excusables en los
primeros momentos; la resignación tranquila y sosegada debe suceder a los ayes
y gemidos, y con ella deben recobrar su imperio en el alma la reflexión y el
sereno discurso.
Reflexionemos,
pues, y discurramos.
En el
fondo de todas estas amarguras con que el mal oprime al bien en este valle de
lágrimas, hay, como en todo, un designio amoroso de Dios que se nos revela a
cada paso en las Santas Escrituras y en la doctrina de la Iglesia católica.
Este
secreto profundo que lo explica todo, este designio amorosísimo, al cual todo
está subordinado, esta ley altísima que ignoró la filosofía pagana, es lo que
hoy, gracias a las enseñanzas de la fe, conocen hasta los niños, aunque alguna
vez lo olviden los mayores; es lo que se llama la prueba.
Los
poetas e historiadores del Paganismo al describir las desventuras de los héroes
y de los pueblos no supieron atribuirlas más que a un hado funesto e inexorable
que en ellos se cebaba ciegamente, o cuando más, á odio de los dioses agraviados
y sedientos de venganza, y agitados por las mismas miserables pasiones de los
mortales. No así el pueblo judío, precursor del pueblo cristiano en la verdad
de la revelación y en el conocimiento de Dios. Job es terriblemente afligido,
pero la mano que le aflige es una mano amiga que quiere enaltecerle y sacar de
él un modelo de paciencia; Tobías se ve reducido a la cautividad, a la ceguera
y a la indigencia, pero el libro que nos refiere sus desventuras nos muestra
claramente como sólo para su bien se las envió el Señor. Y lo que decimos de
los individuos podemos decirlo de los pueblos. Las grandes calamidades del
pueblo hebreo nos las refiere siempre la Escritura como sucesos providenciales
para su enmienda y para la mejor consecución de sus misteriosos destinos.
Esta es la doctrina cristiana sobre las calamidades que afligen a los buenos; ¿habrá necesidad de grandes discursos para que la aplique cada cual a las tribulaciones que afligen hoy a los católicos de nuestra patria? Atravesamos un periodo de grandes pruebas: bendita sea la mano de Dios y benditas sean ellas, si de este paso salimos probados y mejorados. Dios las ha dispuesto; sin duda las necesitábamos.
Muchos
tenían la candidez de creerse católicos sólo porque nunca en su vida habían
hostilizado a la Religión, ni lanzado una piedra contra sus ministros. Por lo
demás, les era poco menos que indiferente el culto, indiferentes los
Sacramentos, indiferentes las prácticas de piedad. Creíanse buenos sólo porque
no eran malvados; teníanse por honrados sólo porque no eran grandes criminales.
¡A la prueba!
Y les ha
colocado Dios en medio de ella, en la dura necesidad de decidirse, o en favor, o
en contra de la verdad. El término medio se les va haciendo insostenible, y
pronto habrán de abrazarse con fe a la cruz vilipendiada, o habrán de
convencerse con horror de que no son más que ateos disfrazados. ¿No es verdad
que era necesaria una prueba?
Para
otros era la práctica de la Religión una como especulación, en la cual entraban
más que el deseo de agradar a Dios y de salvar su alma, el de complacer a tales
o cuales personas a quienes no convenía descontentar. Hoy la práctica de la
Religión no ofrece ya ventaja alguna en lo humano; el hombre piadoso se ve
expuesto, sólo por serlo, a sospechas que pueden hasta dar con él en la cárcel
pública. ¡A la prueba! El católico por interés o por meras conveniencias se
verá forzado, o a no llamarse tal, o a serlo de veras por Dios, por su alma y
por la eternidad.
¿Cuántos
corazones realmente buenos y cristianos habían buscado no obstante en la
Religión más los consuelos que los sacrificios, más la dulzura que la
abnegación? Los misterios de la fe les enternecían, las pompas del culto les
embriagaban; encontrábanse bien en la dulcísima quietud del santuario perfumado
con los aromas del incienso, embellecido con la armonía de los cánticos
sagrados; eran suavísimas las lágrimas que allí se derramaban, y las emociones
que se sentían. Mil veces se había escapado de sus labios aquella palabra de un
Apóstol en el Tabor: ¡Dios mío, bien se está aquí! ¡Pobres amigos míos!
Olvidaban que lo dulce, y lo halagüeño, y lo embriagador de la Religión, sólo
lo ha concedido Jesucristo a los suyos, para que les fuese más fácil tragar lo
duro, lo áspero y lo amargo de ella. Habían perdido de vista que el símbolo del
Cristianismo no es un ramillete de flores, sino una cruz rodeada de espinas, y
que tener Religión no significa sentarse holgadamente a recibir el rocío de los
cielos en la quietud y sosiego de una vida más o menos sentimental y poética,
sino estar siempre en pie, siempre dispuesto para el combate, siempre
afrontando poderosos enemigos, siempre subiendo trabajosas cuestas, siempre
arrastrando cruz, sin esperar descanso hasta llegar al verdadero, hasta haberlo
ganado, no a fuerza de dulces emociones, que eso tiene poco mérito, sino a
fuerza de sudores y sangre del cuerpo o del corazón, que eso es lo que pesa en
la balanza de Dios. Pues bien. ¡A la prueba! ¡Al Calvario! ¡A apurar lo amargo
del cáliz los que hasta ahora sólo se habían complacido en paladear lo dulce de
los bordes de él! ¡A ser hombres los niños, y a roer el pan duro los que tal
vez hasta hoy sólo ansiaron alimentarse de golosinas! ¡Cuántas almas volverán
en sí como asombradas de haber tenido olvidadas toda la vida estas verdades
fundamentales! ¡Y lo deberán a la prueba!
Hierve el
oro en el crisol, y en el tormento de aquel ardor suelta la escoria vil que le
afeaba, y se hace digno de ser labrado para los usos más nobles. La prueba le
hizo precioso.
Aguanta
la encina de los bosques el recio empuje de la tempestad, crujen sus ramas
azotadas, desgájase de ella tal cual parte menos robusta; pero el tronco
principal se agarra entonces con mayor afán al suelo que lo vio nacer, y
adquiere a beneficio de los mismos huracanes la firmeza incontrastable de las
rocas. La prueba se la dio.
Tiembla
el joven recluta a los primeros tiros que suenan en la batalla, estremécele el
¡ay! de los moribundos, y llénale de horror la sangre que brota a chorros de
las heridas. Dejad que se le acostumbren el corazón y las manos al negro oficio
de dar y recibir la muerte. Dentro de poco no temblará, sino que palpitará de
entusiasmo en medio de la humareda de los combates y el estruendo del cañón, y
el lamento de los que caen, y el alarido de los que triunfan será su música más
deliciosa. La prueba habrá hecho del bisoño un veterano.
Aquella
pieza de metal bruñido, cuya limpieza y brillo lleva tras sí los ojos de todos,
y cuyo resplandor compite con el del sol que en ella se refleja, ¿sabéis á qué
lo debe?
Débelo a
la lima cruel que, pasando y pasando sin piedad sobre su superficie, no cesó de
atormentarla hasta que la dejó resplandeciente. El descanso la cubriera de
orín; a la lima, a la prueba deberá su hermosura.
Ahora
bien, corazones desalentados; cuando Dios aflige, o por los males físicos que
directamente envía, o valiéndose de los mismos crímenes de los hombres que por
justísimo designio permite, no lo dudéis, en el fondo de ese rigor hay siempre
tesoros de amor y miras bondadosísimas de misericordia. Es entonces su mano la
del artífice que nos somete a la alta temperatura del crisol para purificarnos,
es la tempestad que nos azota para robustecernos, es el estruendo de la guerra
que nos hace estremecer para volvernos aguerridos, es la lima tenaz y despiadada
que nos lastima para abrillantarnos. Es la prueba.
¡Qué
hermosa idea la de un gran escritor eclesiástico! Dios por medio de los malos
azota a los buenos para probarlos y corregirlos, como el padre castiga con el
palo a su hijo para que se enmiende. Pero no deja de amarle mientras le
castiga, y acabada la hora del rigor, rompe a pedazos el palo y lo arroja al
fuego, y da un abrazo al hijo, y le hace heredero de su patrimonio. Los malos
que atormentan a los buenos son el palo en manos de Dios sobre las espaldas de
los hijos de su corazón. Suframos con resignación, pero no sin esperanza. Dios
romperá y echará al fuego el palo cuando se haya servido bastante de él.
¡Dichosos entonces los que hubieren salido bien de las horas de prueba!
Agosto, 1873.
.jpg)