En la primera
parte de esta entrevista concedida a Gaetano Masciullo para LifeSiteNews,
Mons. Carlo Maria Viganò expuso la tesis central de su última obra, El Cisma
capital : un cisma que ya no nace de miembros que se separan de la cabeza, sino
de la propia cabeza, cuando quien ocupa la Sede de Pedro utiliza la autoridad recibida
“ad ædificationem” para demoler aquello que tiene por misión guardar. Explicó cómo el Concilio Vaticano II debilitó el papel de la Iglesia
como katéchon, esa fuerza que, según san Pablo, retiene el desencadenamiento
del “mysterium iniquitatis” en la historia. También abordó la cuestión de la autoridad pontificia, las reformas posconciliares, la sinodalidad y la creciente presencia de mujeres al frente de los dicasterios romanos, que separa
el poder de gobierno de la sacra potestas conferida por el Orden.
En la segunda
parte, Su Excelencia se concentró en la reforma litúrgica y en el
motu proprio Traditionis
custodes, que considera elementos clave de una deformación teológica
y eclesiológica más amplia. También evocó el pontificado de León XIV, cuyo
estilo mesurado hace, según él, todavía más insidiosa la continuación del programa
de su predecesor, así como la existencia de redes de protección mutua en el
seno de las élites eclesiásticas y la influencia de las potencias globalistas
sobre la jerarquía actual.
Esta tercera
parte de la entrevista reúne las reflexiones del antiguo Nuncio apostólico en
Estados Unidos sobre los límites de la obediencia, que él define como una
virtud y no como un ídolo. Cuando un mandato contradice la Fe o el bien de las almas, recuerda con santo Tomás y el ejemplo de los santos, obœdire oportet Deo magis quam hominibus. Trata de la legitimidad de la resistencia al error doctrinal y del estado de necesidad invocado por la Fraternidad San Pío X
para sus nuevas consagraciones episcopales. También responde a las acusaciones de sedevacantismo dirigidas contra él: nunca tuvo la intención de separarse de la comunión apostólica, y pidió en vano a León XIV
que lo confirmara en la Fe (confirma fratres tuos) y que le indicara en qué contradiría el Depositum Fidei. Finalmente, indica lo que considera como el camino de una restauración de la doctrina, de la liturgia y del gobierno de la Iglesia católica. Este camino pasa primero por un Papa que condene solemnemente los errores del Concilio y devuelva a la Iglesia su
liturgia. Mientras tanto, pasa por la fidelidad de los católicos a la Misa de siempre y por la certeza sobrenatural de que, según la promesa de Fátima, el Corazón Inmaculado de María triunfará.
Tercera Parte de la entrevista concedida por Mons.
Viganò a Gaetano Masciullo de LifeSiteNews: Sede y Sedente, entre sedevacantismo y papolatría.
Gaetano
Masciullo: En varias
ocasiones, usted ha informado de haber pedido en vano a León XIV una aclaración teológica.
¿Cómo interpreta el hecho de que un Papa que insiste tanto en el diálogo, la
reconciliación y la escucha esté dispuesto a encontrarse con interlocutores muy
alejados de la doctrina católica (pienso en James Martin o en el pseudoarzobispo
de Canterbury), y no parezca dispuesto a abrir una confrontación con un
arzobispo que le pide públicamente explicaciones sobre cuestiones teológicas
fundamentales?
Lo
interpreto como la prueba más clara de lo que digo desde hace varios años. El diálogo de la Iglesia
sinodal no es un diálogo: es un dispositivo selectivo. Se dialoga con quienes no creen, porque con quienes
no creen no hay nada que defender; no se dialoga con quienes creen, porque quienes creen hacen preguntas a las que no se quiere responder. La audiencia que me
había sido concedida fue anulada sin explicación; en esos mismos días, una «arzobispa
anglicana» era recibida con honores y daba su bendición cerca de la Tumba de San
Pedro. La secuencia de los acontecimientos es más elocuente que cualquier comentario.
Escribí a León tres cosas sencillas: le pedí audiencia; le pedí que se arrepintiera y me confirmara en la Fe, como Cristo lo ordenó a Pedro; y le pedí que me dijera de qué manera yo contradecía el Depositum Fidei, porque se lo habría mostrado punto por punto, y le habría dicho cómo tengo intención de continuar. No recibí ninguna señal de respuesta. Y la razón no es ni una simple distracción ni la carga de trabajo: es que responder le habría exigido decir en qué cree la Iglesia sinodal, y por tanto confesar en qué difiere de lo que la Iglesia católica siempre ha creído. El silencio le sirve para mantener la ambigüedad; la excomunión lo dispensa de refutar. Pero el silencio es en sí mismo una respuesta, y la más elocuente. Un Papa que recibe a James Martin y no recibe a un Arzobispo que le pide ser confirmado en la Fe ya ha dicho de qué lado se coloca.
Gaetano
Masciullo: Se le objeta que separar la institución de la persona del Sucesor de Pedro produce un Papado abstracto y desencarnado
—casi un nestorianismo eclesiológico— y que el principio «Prima Sedes a nemine
judicatur» prohíbe a los fieles juzgar al Pontífice. ¿Qué responde usted?
Respondo que
la acusación está teológicamente invertida. Nestorio dividió lo que está unido
en Cristo hipostáticamente, es decir, en la Persona misma del Verbo: una
división imposible, porque esta unión es sustancial e indisoluble. Pero la
unión de un hombre con la función papal no es hipostática: es jurídica y moral.
El Papa no es Cristo: es su vicario —y el propio término Vicarius
Christi resume la distinción que se me discute, puesto que el vicario
es por definición alguien que no se identifica con Aquel cuyo lugarteniente es.
El Cónclave no cambia (officium) la naturaleza de un hombre: le confía
un cargo. Aquel que entra en la Capilla Sixtina y aquel que sale de ella es el
mismo hombre, con la misma alma que salvar y los mismos pecados que expiar; lo
que se le añade es el poder (potestas), no una segunda
naturaleza. La gracia de estado lo ayuda, no lo transfigura, y como toda
gracia, puede ser acogida o rechazada. Si, por tanto, alguien comete aquí un
error cristológico, no es quien distingue lo que es distinto: es quien fusiona la persona y el cargo en una sola sustancia, como los monofisitas fusionaron las dos naturalezas. Conocemos el nombre de este error, y no es el nestorianismo: es la papolatría.
Por lo
demás, yo mismo no he inventado esta distinción, ni los tradicionalistas: fue hecha por la Santa Iglesia, y en palabras que conviene volver a leer. Cuando el Tercer Concilio de Constantinopla anatematizó a Honorio I, y el Papa León II confirmó su condenación, la fórmula utilizada era que no iluminó esta Sede Apostólica con la doctrina de la tradición apostólica (hanc apostolicam sedem non apostolicæ traditionis doctrina lustravit). Que se sopese cada palabra: hay una Sede, que tiene su propia doctrina y su propia luz; y hay un hombre que debería haber servido a esta Sede y no la sirvió. El reproche no se dirige a la Sede: se dirige a quien se sienta en ella, y se le dirige en nombre de la Sede. Es la distinción que hoy se me reprocha, formulada por un Pontífice en el acto de ratificar un Concilio ecuménico.
Y consideren
lo que sigue. La
condenación recayó sobre Honorio, no sobre la Iglesia Romana; nadie dijo que la Sede de Pedro hubiera errado. Si quien se sienta en
ella y la Sede fueran uno, condenar a uno habría sido condenar a la otra, y la
indefectibilidad de la Iglesia Romana habría caído en ese preciso momento. El
hecho de que la Iglesia pudiera condenar a un Papa sin derrumbarse es la
prueba, y no la excepción, de lo que sostengo.
Añado, para
mayor claridad, que Honorio no fue condenado por haber definido una herejía, sino por no haber extinguido el fuego que tenía el deber de extinguir; y que la sentencia llegó después de su muerte, de un Concilio y de un Papa, no de particulares. Pero precisamente eso hace que el ejemplo sea más fuerte, y no más débil: muestra que el cargo (officium) resistió al fracaso de la persona, que el Depositum no fue afectado por la negligencia de quien debía guardarlo, y que la Sede permaneció
firme incluso cuando quien se sentaba en ella no lo estuvo.
En cuanto al
adagio «Prima Sedes a nemine judicatur», leamos atentamente el sujeto de
la proposición: no el sedente (sedens), sino la Sede (Sedes).
Es la Prima Sedes la que no puede ser juzgada, y por una razón precisa:
puesto que la función (officium) que ejerce la Sede es universal, no
existe ninguna jurisdicción en la tierra que le sea superior, y por tanto
ningún tribunal le es superior. La inmunidad es ratione Sedis, no ratione
personæ: protege la función (officium), no al hombre que la ocupa. Aplicar
la inmunidad a quien se sienta en ella en lugar de a la Sede equivale a cometer
precisamente esta confusión entre los dos términos que denuncio —de modo que el
argumento que se me opone es, bien considerado, la mejor confirmación de mi
posición.
Que el
sedente haya estado siempre sometido a un posible juicio, lo demuestra la
historia, e incluso las Sagradas Escrituras. No se trata de una anécdota transmitida por los hombres: es el Espíritu Santo quien quiso fijar en el Canon inspirado la escena de Antioquía. Cum autem venisset Cephas Antiochiam, in faciem ei restiti, quia reprehensibilis erat; y un poco más adelante: dixi Cephæ coram omnibus (Gal 2, 11 y 14). Pablo reprende a Pedro y lo reprende delante de todos, en asamblea. Si quien se sienta —el sedente— estuviera sustraído a todo juicio, esta página no habría sido escrita, o habría sido escrita para ser olvidada: por el contrario, es la Palabra de Dios, y la Iglesia la lee desde hace veinte siglos. San Agustín extrajo de ello una conclusión que santo Tomás de Aquino hace suya: ipse Petrus exemplum majoribus præbuit ut, sicubi forte rectum tramitem reliquissent, non dedignentur etiam a posterioribus corrigi — Pedro mismo dio ejemplo a los superiores
de no despreciar ser corregidos incluso por sus inferiores, si abandonaban el
camino recto (S. Th. II-II, q. 33, a. 4, ad 2). Y Tomás de Aquino
añade la regla que rige precisamente nuestro caso: ubi immineret periculum fidei, etiam publice essent prælati a subditis arguendi —donde
acecha el peligro para la fe, los prelados deben ser reprendidos incluso públicamente por sus súbditos.
Por eso quienes aplican hoy la medida de la
Tradición no juzgan al Papa: juzgan la conformidad de una doctrina con el Depositum
fidei. Si no fuera así, la Tradición dejaría de ser un criterio, el quod
semper, quod ubique, quod ab omnibus se convertiría en una letra muerta, y
san Pablo habría escrito en vano que ningún ángel venido del cielo puede
proclamar otro evangelio.
El Papado
abstracto —permítanme— es el suyo. Es el Papado de aquellos que lo definen en función de quien lo ocupa, y lo llenan del contenido de su elección. En cambio, el Papado del que se trata es concreto: Tu es Petrus; confirma fratres tuos; pasce oves meas. La función (officium) tiene un contenido determinado, y es precisamente porque tiene un contenido determinado que se puede constatar cuándo quien la ocupa no cumple con ella.
Gaetano
Masciullo: Muchos de sus detractores sostienen que la distinción entre el Papado y la persona del Papa, llevada a las consecuencias que
usted extrae de ella, conduce inevitablemente al sedevacantismo: si el Papa es
el primer enemigo del Papado, ¿en qué sentido seguiría siendo Papa? ¿Cómo
responde a quienes le dicen que su posición es sedevacantista sin tener el
valor de declararse como tal?
Respondo que
el sedevacantismo y la papolatría son dos errores especulares,
nacidos del mismo postulado: que la persona
y el cargo (officium) coinciden. El papólatra dice: puesto que este es
Papa, todo lo que hace es bueno. El sedevacantista dice: puesto que lo
que hace no es bueno, este no es Papa. Ambos parten de la identificación
que yo discuto, y por esta razón ambos
se encuentran desarmados frente a la realidad. Yo digo, por el contrario,
la única cosa que los hechos nos permiten decir: que el cargo pertenece a Cristo, que quien lo ocupa hoy lo ocupa realmente,
pero que lo ejerce contra el fin para el cual existe.
Que un Sumo
Pontífice pueda fracasar en su mandato no es mi tesis: la cuestión del Papa hæreticus es debatida desde hace siglos por los teólogos más eminentes, y la Iglesia nunca la ha resuelto mediante una definición. San Roberto Belarmino enumeró las opiniones sin cerrarlas y dio a los fieles la regla práctica que me basta: sicut licet resist Pontifici invadenti corpus, ita licet resist invadenti animas —así como es lícito resistir al Pontífice que ataca el cuerpo, también es lícito resistirle cuando ataca las almas. Resistir: no deponer.
Porque
precisamente ahí está el punto. Deponer
a un Papa, o declarar la Sede vacante, es un acto de jurisdicción, y ningún
particular —sea obispo o laico— posee la jurisdicción para ejecutarlo.
Quien se arroga ese poder comete, bajo una forma invertida, el mismo abuso que
reprocha a Roma: se hace medida de aquello de lo que no es más que el guardián.
Y sufre el castigo de ello: una Iglesia sin Sede visible, sin posibilidad de un futuro Papa por vía ordinaria, sin otro criterio que el juicio privado de quienes la han declarado vacante. Es un camino que termina en un callejón sin salida, y lo he visto cerrarse sobre demasiadas almas sinceras.
Entonces hay
una razón más humilde, y para mí decisiva. No sé cuál es la solución última de este misterio, y no pretendo saberlo: este misterio será desenredado por un Papa, un Concilio, o por Nuestro Señor mismo cuando Él lo quiera. Pero sé cuál es entretanto mi deber, y esto no requiere ninguna sentencia. No me corresponde a mí
deponer a un Papa: me corresponde no seguirlo en el error, y, como Pastor,
tengo el deber de advertir al rebaño del Señor.
Gaetano
Masciullo: Después de haber denunciado durante años lo que usted considera una
crisis de la autoridad sin precedentes en la Iglesia, y después de haber
abordado en su libro «El Cisma capital» la distinción entre el Papado como
función y la persona del Papa, según usted, ¿cuál es concretamente la solución?
¿Cómo puede la Iglesia redescubrir la integridad de la Fe, la certeza de la
doctrina y, sobre todo, una autoridad verdaderamente fiel al mandato petrino?
No
encontraremos la solución mediante expedientes humanos, y sería presuntuoso pretender concebir uno nosotros mismos. Pero hay certezas que son seguras, y que la historia de la Iglesia nos enseña. La primera es que la crisis terminará cuando la
autoridad vuelva a cumplir la misión para la cual Cristo la instituyó: un Papa que, mediante un acto
solemne, condene los errores del Concilio y del posconcilio, restaure la liturgia
de la Iglesia, restablezca la disciplina y rechace la sinodalidad como un
cuerpo extraño a la constitución divina de la Iglesia. Humanamente
hablando, hoy no se ve cómo podría suceder esto, puesto que toda la Jerarquía
está corrompida y entre aquellos que podrían realizar este acto no hay uno solo
que muestre querer hacerlo. Y, sin embargo, no es una utopía: es lo que los
Papas han hecho siempre frente a las herejías, y un día se hará, porque portæ
inferi non prævalebunt. Y si hubiéramos llegado al fin de los tiempos, y ya
no hubiera Papa para realizarlo, será Nuestro Señor mismo
quien lo realizará en Su glorioso retorno.
La
segunda certeza nos concierne. Nuestra
tarea no es declarar la Sede vacante, ni resignarnos a una obediencia que nos convertiría en cómplices. Nuestra tarea es permanecer católicos: conservar la Fe intacta, celebrar
y asistir a la Misa de siempre, formar sacerdotes y obispos que no estén
contaminados, resistir a las órdenes ilícitas con la firmeza de los Santos y
sin perder jamás la caridad. No es casualidad que allí donde sobrevive la
Tradición, las vocaciones, las familias, los jóvenes prosperen: la Iglesia de
todos los tiempos está viva, mientras que la iglesia sinodal es un cadáver: jam
fœtet (Jn 11, 39). Aquellos que permanecen fieles hoy preparan la restauración de mañana, como los monjes en los siglos de barbarie.
La
tercera certeza es sobrenatural, y es la más importante. Esta crisis es una prueba permitida por Dios para purificar Su Iglesia,
y como todas las pruebas, pasará. El katéchon
humano puede ser retirado; pero permanece Aquella que prometió «al final mi Corazón Inmaculado triunfará».
Recemos el Santo Rosario, hagamos penitencia, hagamos reparación, y pidamos a
la Bienaventurada Virgen que nos obtenga un Papa que sea verdaderamente Pedro.
El Papado es de Cristo, y Cristo no abandona aquello que es Suyo: los hombres
pueden traicionarlo, pero no pueden destruirlo. Esta es la razón por la que
nunca he perdido la esperanza y por eso no la perderé. Scio Cui credidi.
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