por DON CURZIO NITOGLIA
I
PRÓLOGO
El
Rotary nació el 23 de febrero de 1905 en Chicago (Illinois, EE. UU.). Los
fundadores eran cuatro: Gustave Loehr (1864-1918), ingeniero minero, Silvester Schiele (1870-1945), comerciante de carbón, Hiram
Shorey (1862-1944), sastre, y Paul Percival Harrys (1868-1947), abogado (2) y masón (3). El nombre Rotary fue propuesto por
Harrys porque los cuatro fundadores se reunían «por rotación» en sus despachos
y talleres profesionales.
Durante
la Convention de Duluth en 1912, los rotarios decidieron asumir como su
símbolo una «rueda azul» con «veinticuatro dientes» y «seis radios» (4). Ella
simboliza la rueda de los carros de los pioneros de la aventura americana,
iniciada en el Seiscientos, con los «Padres Peregrinos», que desde Inglaterra y
Holanda se dirigieron a Norteamérica para vivir más liberalmente su protestantismo
puritano y calvinista. Los «dientes» representan un engranaje mecánico, que
significa la revolución industrial
y una concepción del mundo o «filosofía» marcadamente tecnológica y tecnocrática, con una referencia a la interactividad e interdependencia entre los miembros del Rotary,
similares a las ruedecillas de un gran engranaje (5).
Sin
embargo, también existe una simbología más oculta, secreta o esotérica de dicho
emblema. La «Rueda» es «un símbolo antiquísimo, presente en todas las
culturas. Asumirla como alegoría del progreso es al mismo tiempo correcto y
reductivo. La rueda participa de la perfección sugerida por el círculo […].
Se refiere, además, al movimiento y al devenir […], tensión hacia
elevados estándares (profesionales, éticos, personales) […] insertados en la
[…] realidad de una concreción operativa […]. Pero la rueda es también la
“rota mundi”, símbolo del mundo […] que contiene el Universo dentro de su
circunferencia» (6). La vocación rotaria implica universalidad y mundialismo planetario. El Rotary aspira a «abrazar
dentro de su circunferencia la universalidad de las naciones, de las razas, de
las culturas» (7). El número «24» es el doble de 12 (como los meses del
año, las constelaciones del Zodíaco), que de por sí significa plenitud y totalidad,
voluntariamente duplicada y acentuada por los rotarios, quienes querrían
extenderse más allá del mundo entero. Los «veinticuatro dientes» significan el
engranaje que querría realizar el entrelazamiento
de todas las naciones de la Tierra. Por ello Claudio Widmann
define el Rotary como «movimiento supranacional, supracultural y suprarracial» (8). El «color azul» representa la tensión cósmica, como el
agua del mar, la bóveda del cielo (y de la Logia masónica), y significa la
voluntad de reunificar todas las naciones en un Nuevo Orden Mundial más amplio
(véase la bandera de la ONU) mediante un sentimiento de amistad
filantrópica. Los «seis radios» de la rueda azul son el símbolo de una emanación, la cual se propaga desde el centro de la rueda dentada hacia todos los demás entes, los
cuales no son creados ex nihilo por Dios, sino que emanan de lo Indeterminado o del Arquitecto del Universo. El color azul está
rodeado por el «amarillo oro», para significar la excelencia, que es el cuarto
concepto de la filosofía rotaria (tecnocracia, mundialismo, filantropía y
excelencia), es decir, el rotario es un iniciado, no uno cualquiera,
forma parte de una élite tradicional y no de la gente común, que tiende
hacia una perfección cada vez mayor, al infinito.
II
LA
HISTORIA
La vitalidad de los diversos clubes rotarios esparcidos por el mundo (27.000, con 1.200.000 socios repartidos en 150 Naciones) tiene su origen en el espíritu «americanista», al haber nacido en Chicago hace ciento quince años. Su primer origen lo sitúa en el género de asociaciones fundadas sobre la capacidad de responder al desafío de un ambiente de rápido «crecimiento industrial y capitalista salvaje» (9). Chicago a comienzos del siglo XX contaba ya con 2 millones de habitantes. En ella estaban muy vivos los «valores humanistas de la democracia y de la solidaridad social» (10). Precisamente en aquellos años América comenzaba a convertirse en una superpotencia a nivel mundial.
En efecto, después de la guerra contra España (1898), Cuba, Puerto Rico y
Filipinas pasaron a la órbita estadounidense. En 1907-1909, una escuadra naval norteamericana
había
realizado una gira de reconocimiento a través del Pacífico, atracando en los
puertos japoneses, para mostrar que era una potencia mundial y ya no limitada solamente
al Continente americano del Norte y del Sur. Este sentimiento tan norteamericano
de imponerse a la atención del mundo entero no es ajeno al deseo rotario de expansión total y supranacional (11). El
«Mundo Nuevo» aparecía en el escenario del orbe y no es «aventurado situar
en este contexto histórico el deseo del “Rotary International” de construir y
difundir un modelo de “hombre nuevo”
(12). Mientras en aquel tiempo nacían en América asociaciones de inspiración
protestante –como «El Ejército de Salvación» (1880), caracterizado por cierto
moralismo puritano, por ejemplo la lucha contra el alcohol, o político-social,
como la «Asociación Cristiana de las Jóvenes» (1858), de inspiración feminista– el Rotary «nace sin
inflamarse de
ardores políticos […], ni religiosos, no […] formuló plataformas
electorales […], sino que identificó en el espíritu de una amistad
solidaria el apoyo de una sociedad filantrópica» (13).
Hay que decir que si la doctrina y la praxis pública del Rotary es muy similar
a la masónica, este no era –sin embargo– rico «de esos rasgos de secretismo
y de esoterismo, de esos rituales iniciáticos que distinguían a la Masonería»
(14). En resumen, el Rotary aparece como una Masonería pública y como la antesala de aquella esotérica y
secreta, donde los masones pueden fácilmente captar personas, que
han entrado en ella por ingenuidad, para convertirlas en «Hermanos de los tres
puntitos». En cierto sentido es incluso peor que la Masonería anglonorteamericana, la cual «postula como exigencia primaria la creencia en el Gran Arquitecto del Universo […], mientras que el
Rotary está por encima y fuera de toda concepción religiosa» (15).
III
LA
DOCTRINA ROTARIA
La
filosofía de los cuatro fundadores del Rotary «está impregnada de realismo racionalista, influenciado por el
pragmatismo americano de William James […]. Los Estados Unidos nacen como un
País “reformado” (luterano), es decir, poblado por personas que provenían de la
cultura posterior a la reforma protestante […]. El norteamericano no impone el credo
protestante […]. En Estados Unidos de América ni siquiera existe una
religión que tolere y otra que sea tolerada. Se da una aceptación “tranquila”
(o quizá indiferente) de las
diversas confesiones […]. El Rotary está fuera, más que por encima, de
toda cuestión religiosa, es decir, es ajeno a toda discriminación acerca de las
creencias religiosas de los socios […]. El “indiferentismo religioso”, como lo definió el jesuita Pietro
Pirri, constituye uno de los principales cargos de acusación que la Iglesia
romana ha imputado al Rotary» (16). El Rotary se expande primero por
los países anglófonos y protestantes (Canadá e Inglaterra, 1911), luego por
Europa occidental y América Latina (1920-1939), y finalmente en Asia y África.
En Italia y Alemania, España y Portugal el Rotary es suprimido en los
años treinta por las dictaduras fascistas allí instaladas y reaparece solamente
después de su caída. «Los rotarios fueron considerados durante muchos años
con gran sospecha (también después del fin de la guerra) por el Vaticano. La
pertenencia al Rotary estaba prohibida
a los religiosos y vivamente desaconsejada a los creyentes» (17).
IV
EL ROTARY EN ITALIA
El
20 de noviembre de 1923, en el exclusivo Restaurante Cova de Milán, se inaugura oficialmente el primer club Rotary de Italia. Milán fue
elegida como sede porque se preparaba para convertirse en la capital económica de la Península. El inspirador de esta fundación no fue un milanés, ni un lombardo, ni mucho menos un padano-italiano, sino un inglés, Sir James
Henderson, acompañado por su amigo Leo Giulio Culletton. Este último
habría
querido que el club rotario italiano fuera totalmente similar a los
americanos, es decir, ultrademocrático, mientras Henderson se inclinaba por un Rotary
italiano elitista y aristocrático (18), con miembros influyentes de la alta
burguesía y del empresariado (entre ellos figuran Motta, Falk, Pirelli,
Borletti). Después de Milán, el Rotary se expande hacia Trieste, Génova
y el Piamonte (con Víctor Manuel III como socio), para llegar hasta
Florencia, Roma (con Arnaldo Mussolini, mientras que el régimen toleraba tácitamente
el club), Nápoles y Palermo. Los nombres de los vip aumentan: Giovanni
Agnelli, Marzotto, Giovanni
Treccani, Guglielmo Marconi. En 1925, el fascismo entra en colisión
con el club debido a sus orígenes «demo-plutocráticos», a su pacifismo y
a su mundialismo (19). En 1928, la
Iglesia católica ataca al Rotary (con el artículo del Padre Pietro Pirri
s.j. en el Osservatore Romano
del 15 de febrero de 1928), acusándolo de para-Masonería, porque «su moral no es más que
un disfraz de la masónica» (20). El 4 de febrero de 1929, el Santo Oficio
publica un Decreto mediante el cual prohíbe en Italia a los sacerdotes
inscribirse en la Asociación rotaria, mientras que en España el primado Cardenal
Pedro Segura y Saenz
(1880-1957), Arzobispo de Toledo, el 23 de enero de 1929 extendía la
prohibición también a los simples laicos bautizados, puesto que la Asociación
estaba basada en una moral autónoma y laicista, una concepción
mundialista, una concepción de fraternidad filantrópica en oposición a la
virtud teologal de caridad, una filosofía subjetivista y relativista. El
Caudillo Francisco Franco (1892-1975) lo disolvió y fue
restablecido solamente en 1983. También La Civiltà Cattolica se ocupó de
la cuestión masónico-rotaria en tres artículos (16 de junio de 1928, 21 de
julio de 1928 y 16 de febrero de 1929), en los que la asociación rotaria era
definida como «una emanación
masónica, una nueva especie de Masonería que opera a plena luz del día».
Pero, en Italia, el club fue suprimido oficialmente solamente en 1938.
En realidad, por parte rotaria «nunca se desmintió que entre los socios del
Rotary figuraran también personas pertenecientes a la Masonería, precisamente
porque el Estatuto de la Asociación no preveía discriminaciones en orden a
convicciones religiosas, filosóficas y políticas» (21). El 11 de enero de 1951, LOsservatore
Romano publicó un Decreto del Santo Oficio
que advertía a los sacerdotes de inscribirse en las asociaciones secretas,
con referencia implícita al Rotary.
Dicho Decreto fue explicado por el Padre jesuita Francesco Pellegrino el 14 de
enero de 1951, en la iglesia del Gesù de Roma. Finalmente, hubo un artículo ulteriormente
aclaratorio aparecido en L’Osservatore Romano el 27 de enero de 1951, en
el que se negaba a los Obispos con Diócesis permitir a los eclesiásticos
inscribirse en el Rotary, pero se les permitía asistir a las reuniones
rotarias de carácter público o con finalidad caritativa. En cuanto a los
laicos, ninguna mención de prohibición. El
Cardenal Angelo Roncalli,
durante su patriarcado en Venecia (1953-1958) tuvo numerosos contactos con los rotarios (22), y una vez convertido
en Juan XXIII (1881-1963), el 20 de abril de 1959 recibió por primera
vez a los rotarios de Italia, seguida de una segunda el 20 de marzo de 1963. El
13 de noviembre de 1957, Giovanni Battista Montini, Arzobispo de Milán,
ya había asistido a la reunión del club rotario milanés y había
declarado que en el pasado había tenido muchas reservas sobre el Rotary,
«fruto de ignorancia y de error» (23). El 28 de septiembre de
1963, Pablo VI (1897-1978) recibió
una representación rotaria completa. Después, el 20 de marzo de 1965, luego
el 14 de noviembre de 1970 y el 16 de febrero de 1974. Y finalmente, Juan Pablo
II (1920-2005) dirigió a los
rotarios de la LXX Convention un mensaje de viva simpatía el 14 de junio
de 1979, luego el 13 de febrero de 1984, y después el 25 de febrero de 1989 (24).
V
CONCLUSIÓN
La
ideología del Rotary presenta graves carencias filosófico-dogmáticas y
una incompatibilidad de fondo con la doctrina católica. En efecto, es fruto
–como hemos visto a lo largo del artículo gracias a las citas de los propios
rotarios– del neoprotestantismo liberal americano, todavía más latitudinario
que el luterano clásico. El americanismo o modernismo práctico,
condenado por el Papa León XIII (1810-1903) en Testem benevolentiæ
(1895), constituye su núcleo, junto con el pragmatismo racionalista del
psicólogo y filósofo estadounidense William James (1842-1910). El
mundialismo hoy imperante, con el concepto de sociedad multiétnica, multirreligiosa
y multicultural, representa uno de los pilares de la filosofía y praxis
rotaria. La «iniciación» totalmente laica y burguesa, elitista-tecnocrática,
tendiente al progreso infinito, está presente en el Rotary aunque no de
manera secreta o esotérica como en la Masonería. El filantropismo, que busca desplazar la virtud teologal
y sobrenatural de caridad también. La exclusión de toda concepción religiosa
propia del Rotary supera incluso el vago deísmo masónico, el cual exige
al menos la creencia en el Gran Arquitecto del Universo y excluye el ateísmo
burdo. Por ello conduce a una forma extrema de indiferentismo agnóstico, ajena incluso a la Masonería anglonorteamericana. La moral rotaria es autónoma,
subjetiva o kantiana, por tanto esencialmente contrapuesta a la objetiva,
natural y divina del catolicismo y de la recta filosofía. El laicismo político, con la separación
absoluta entre Iglesia y Estado, es un pilar fundamental del rotarismo y es
contrario al Derecho Público Eclesiástico tradicional. Todo está enmarcado en
un sustancial subjetivismo y relativismo filosófico, «religioso» y social, que
contamina y corrompe toda la doctrina y praxis rotaria.
Lo
que deja perplejo es el cambio o inversión de juicio respecto del Rotary,
ocurrido con Juan XXIII (1962) y Pablo VI (1963), después de unos cuarenta años
de condenas eclesiásticas (1928-1951), desde Pío XI (1857-1939) hasta Pío
XII (1876-1958). Pero dada la orientación antropocéntrica de la
teología del Concilio Vaticano II
(1962-1965) 25, ya no sorprende tanto, sino que es completamente normal que
a una teología de la primacía del hombre sobre Dios le haya seguido una
pastoral de la preeminencia del unitarismo sobre la verdad, que
finalmente ha desembocado en la superioridad de la diplomacia o filantropía sobre la religión positiva y revelada. El
cambio de 360 grados del juicio clerical sobre el Rotary es una
confirmación de la inexistencia de la hermenéutica de la continuidad entre
Vaticano II y Tradición divino-apostólica (26), es más, es la prueba probada de
la ruptura y contradicción entre Tradición y conciliarismo:
teocentrismo/antropocentrismo; recta filosofía/sincretismo;
religión/filantropismo. Solo volviendo a poner orden a las ideas y a los hechos
–medios dispuestos al fin, criatura al Creador, unión a la Verdad, política a
la religión– se podrá recuperar la tranquilidad y la estabilidad
teorético-práctica en el campo filosófico, teológico y espiritual, de lo
contrario se permanece en el caos actual de la posmodernidad nihilista del neomodernismo
condenado por Pío XII (en Humani generis, del 12 de agosto de 1950), que
pone al hombre contra Dios, la mundialización contra la Verdad y la política
contra la religión. Mientras que la modernidad y el modernismo clásico
condenado por San Pío X (en la Pascendi Dominici gregis, del 8 de
septiembre de 1907) se «limitaban» a prescindir del Ser objetivamente real y
trascendente o a separar al hombre de Dios, como si no existiera; a querer la
unión sin la Verdad y la política privada de religión. Esta es la «tragedia
conciliar», el hombre en lugar de Dios, que ha convertido el
ambiente católico en una sentina y el mundo en una especie de infierno.
NOTAS
(1) Articolo
apparso sulla rivista Sodalitium (nº
38, giugno-luglio 1994), e reperibile alla pagina web
http://www.doncurzionitoglia.com/rotary_e_massoneria.htm
(2) Cfr.
P. P. Harrys, La mia strada verso il Rotary,
Edizioni del Distretto 2070, 1993.
(3) Cfr.
A. Mellor, Dictionnaire de la Franc-maçonnerie et des
Francs-maçons, Parigi, Belfond, 1989, pag. 196.
(4) Cfr.
C. Widmann, Il Rotary, un’idea, una storia. Chicago 1905-Ravenna 1995, Ravenna, Longo Editrice,
1996, pag. 9. Sulla simbologia rotariana vedi M. Chevalier, Society, Manners and Politics in the United States, New
York, Anchor Books, 1961; dello stesso Autore, Chronicle
of the Pilgrim Fathers, London & New York, J. M. Dent, 1910;
M. Novak, Lo spirito del capitalismo democratico e il
cristianesimo, Roma, Armando, 1987.
(5) Cfr.
C. Widmann, op. cit., pag. 9.
(6) Ibid., pag. 10.
(7) Ibid., pag. 11.
(8) Ibid., pag. 12. Claudio Widmann è uno
psicologo-psicoterapeuta e un analista junghiano.
(9) Cfr.
C. Widmann, op. cit., pag. 18.
(10) Ibid.
(11) Ibid., pag. 19.
(12) Ibid.,
pag. 20.
(13) Ibid.,
pag. 21.
(14) Ibid.,
pag. 22.
(15) Cfr. L. Troisi, Dizionario massonico, Foggia, Bastogi, s. d., pag. 347.
(16) Cfr. C. Widmann, op. cit., pag. 23. L’Autore
si riferisce ad un articolo apparso su L’Osservatore Romano,
del 15 febbraio 1928, intitolato «Che cos’è il Rotary»?
(17) Cfr. C. Widmann, op. cit., pag. 26.
(18) Cfr.
A. Frumento, Nascita e rinascita del Rotary in Italia,
Milano, Rotary Club di Milano, 1975, pag. 19. Vedi anche A. Belloni Sonzogni, Rotary di Milano: interpretazione storica di un progetto civile,
Milano, Rotary Club di Milano, 1993.
(19) Cfr. C. Widmann, op. cit., pagg. 44-46.
(20) Cfr. E. Cianci, Il Rotary e la Chiesa cattolica, Congresso 207,
Distretto Arezzo, 10-12 maggio 1985; O. Ranelletti, Il Rotary e la Chiesa cattolica, Milano, Istituto
Culturale Rotariano, 3ª ed., 1991.
(21) Cfr. C. Widmann, op. cit., pag. 50.
(22) Cfr. O. Ranelletti, op. cit., p. 91.
(23) Cfr. E. Cianci, Il Rotary nella società italiana, Mursia, Milano 1983, pag.
176.
(24) Ibid.,
pag. 178. Vedi anche R. Esposito, Le grandi concordanze tra la
Chiesa cattolica e la Massoneria, Nardi, Firenze 1987; G.
B. Buzzetti, voce «Rotary», in Enciclopedia Cattolica,
Città del Vaticano, 1952, vol. X, col. 1398 s.
(25) Vedi Gaudium et spes, n. ° 22; Paolo VI, 7 dicembre
1965, Omelia nella IX sessione del Concilio Vaticano II;
K. Wojtyla, Segno di contraddizione, Milano,
Vita e Pensiero, 1977; Giovanni Paolo II, Redemptor
hominis (1979); Dives in misericordia (1980), Dominum et vivificantem (1986).
(26) Cfr. Mons. B.
Gherardini, Concilio Ecumenico Vaticano II. Un discorso da
fare, Frigento, 2009; Tradidi quod et accepi. La
Tradizione vita e giovinezza della Chiesa, Frigento, 2010.
https://doncurzionitoglia.wordpress.com/2026/08/27/rotary-e-massoneria/

