Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

sábado, 19 de septiembre de 2026

ROTARY Y MASONERÍA

 


por DON CURZIO NITOGLIA

 

I

PRÓLOGO

El Rotary nació el 23 de febrero de 1905 en Chicago (Illinois, EE. UU.). Los fundadores eran cuatro: Gustave Loehr (1864-1918), ingeniero minero, Silvester Schiele (1870-1945), comerciante de carbón, Hiram Shorey (1862-1944), sastre, y Paul Percival Harrys (1868-1947), abogado (2) y masón (3). El nombre Rotary fue propuesto por Harrys porque los cuatro fundadores se reunían «por rotación» en sus despachos y talleres profesionales.

Durante la Convention de Duluth en 1912, los rotarios decidieron asumir como su símbolo una «rueda azul» con «veinticuatro dientes» y «seis radios» (4). Ella simboliza la rueda de los carros de los pioneros de la aventura americana, iniciada en el Seiscientos, con los «Padres Peregrinos», que desde Inglaterra y Holanda se dirigieron a Norteamérica para vivir más liberalmente su protestantismo puritano y calvinista. Los «dientes» representan un engranaje mecánico, que significa la revolución industrial y una concepción del mundo o «filosofía» marcadamente tecnológica y tecnocrática, con una referencia a la interactividad e interdependencia entre los miembros del Rotary, similares a las ruedecillas de un gran engranaje (5).

Sin embargo, también existe una simbología más oculta, secreta o esotérica de dicho emblema. La «Rueda» es «un símbolo antiquísimo, presente en todas las culturas. Asumirla como alegoría del progreso es al mismo tiempo correcto y reductivo. La rueda participa de la perfección sugerida por el círculo […]. Se refiere, además, al movimiento y al devenir […], tensión hacia elevados estándares (profesionales, éticos, personales) […] insertados en la […] realidad de una concreción operativa […]. Pero la rueda es también la “rota mundi”, símbolo del mundo […] que contiene el Universo dentro de su circunferencia» (6). La vocación rotaria implica universalidad y mundialismo planetario. El Rotary aspira a «abrazar dentro de su circunferencia la universalidad de las naciones, de las razas, de las culturas» (7). El número «24» es el doble de 12 (como los meses del año, las constelaciones del Zodíaco), que de por sí significa plenitud y totalidad, voluntariamente duplicada y acentuada por los rotarios, quienes querrían extenderse más allá del mundo entero. Los «veinticuatro dientes» significan el engranaje que querría realizar el entrelazamiento de todas las naciones de la Tierra. Por ello Claudio Widmann define el Rotary como «movimiento supranacional, supracultural y suprarracial» (8). El «color azul» representa la tensión cósmica, como el agua del mar, la bóveda del cielo (y de la Logia masónica), y significa la voluntad de reunificar todas las naciones en un Nuevo Orden Mundial más amplio (véase la bandera de la ONU) mediante un sentimiento de amistad filantrópica. Los «seis radios» de la rueda azul son el símbolo de una emanación, la cual se propaga desde el centro de la rueda dentada hacia todos los demás entes, los cuales no son creados ex nihilo por Dios, sino que emanan de lo Indeterminado o del Arquitecto del Universo. El color azul está rodeado por el «amarillo oro», para significar la excelencia, que es el cuarto concepto de la filosofía rotaria (tecnocracia, mundialismo, filantropía y excelencia), es decir, el rotario es un iniciado, no uno cualquiera, forma parte de una élite tradicional y no de la gente común, que tiende hacia una perfección cada vez mayor, al infinito.





II

LA HISTORIA

La vitalidad de los diversos clubes rotarios esparcidos por el mundo (27.000, con 1.200.000 socios repartidos en 150 Naciones) tiene su origen en el espíritu «americanista», al haber nacido en Chicago hace ciento quince años. Su primer origen lo sitúa en el género de asociaciones fundadas sobre la capacidad de responder al desafío de un ambiente de rápido «crecimiento industrial y capitalista salvaje» (9). Chicago a comienzos del siglo XX contaba ya con 2 millones de habitantes. En ella estaban muy vivos los «valores humanistas de la democracia y de la solidaridad social» (10). Precisamente en aquellos años América comenzaba a convertirse en una superpotencia a nivel mundial.

En efecto, después de la guerra contra España (1898), Cuba, Puerto Rico y Filipinas pasaron a la órbita estadounidense. En 1907-1909, una escuadra naval norteamericana había realizado una gira de reconocimiento a través del Pacífico, atracando en los puertos japoneses, para mostrar que era una potencia mundial y ya no limitada solamente al Continente americano del Norte y del Sur. Este sentimiento tan norteamericano de imponerse a la atención del mundo entero no es ajeno al deseo rotario de expansión total y supranacional (11). El «Mundo Nuevo» aparecía en el escenario del orbe y no es «aventurado situar en este contexto histórico el deseo del “Rotary International” de construir y difundir un modelo de “hombre nuevo” (12). Mientras en aquel tiempo nacían en América asociaciones de inspiración protestante –como «El Ejército de Salvación» (1880), caracterizado por cierto moralismo puritano, por ejemplo la lucha contra el alcohol, o político-social, como la «Asociación Cristiana de las Jóvenes» (1858), de inspiración feminista– el Rotary «nace sin inflamarse de
ardores políticos […], ni religiosos, no
[…] formuló plataformas electorales […], sino que identificó en el espíritu de una amistad solidaria el apoyo de una sociedad filantrópica» (13). Hay que decir que si la doctrina y la praxis pública del Rotary es muy similar a la masónica, este no era –sin embargo– rico «de esos rasgos de secretismo y de esoterismo, de esos rituales iniciáticos que distinguían a la Masonería» (14). En resumen, el Rotary aparece como una Masonería pública y como la antesala de aquella esotérica y secreta, donde los masones pueden fácilmente captar personas, que han entrado en ella por ingenuidad, para convertirlas en «Hermanos de los tres puntitos». En cierto sentido es incluso peor que la Masonería anglonorteamericana, la cual «postula como exigencia primaria la creencia en el Gran Arquitecto del Universo […], mientras que el Rotary está por encima y fuera de toda concepción religiosa» (15).

III

LA DOCTRINA ROTARIA

La filosofía de los cuatro fundadores del Rotary «está impregnada de realismo racionalista, influenciado por el pragmatismo americano de William James […]. Los Estados Unidos nacen como un País “reformado” (luterano), es decir, poblado por personas que provenían de la cultura posterior a la reforma protestante […]. El norteamericano no impone el credo protestante […]. En Estados Unidos de América ni siquiera existe una religión que tolere y otra que sea tolerada. Se da una aceptación “tranquila” (o quizá indiferente) de las diversas confesiones […]. El Rotary está fuera, más que por encima, de toda cuestión religiosa, es decir, es ajeno a toda discriminación acerca de las creencias religiosas de los socios […]. El “indiferentismo religioso”, como lo definió el jesuita Pietro Pirri, constituye uno de los principales cargos de acusación que la Iglesia romana ha imputado al Rotary» (16). El Rotary se expande primero por los países anglófonos y protestantes (Canadá e Inglaterra, 1911), luego por Europa occidental y América Latina (1920-1939), y finalmente en Asia y África. En Italia y Alemania, España y Portugal el Rotary es suprimido en los años treinta por las dictaduras fascistas allí instaladas y reaparece solamente después de su caída. «Los rotarios fueron considerados durante muchos años con gran sospecha (también después del fin de la guerra) por el Vaticano. La pertenencia al Rotary estaba prohibida a los religiosos y vivamente desaconsejada a los creyentes» (17).

IV

EL ROTARY EN ITALIA

El 20 de noviembre de 1923, en el exclusivo Restaurante Cova de Milán, se inaugura oficialmente el primer club Rotary de Italia. Milán fue elegida como sede porque se preparaba para convertirse en la capital económica de la Península. El inspirador de esta fundación no fue un milanés, ni un lombardo, ni mucho menos un padano-italiano, sino un inglés, Sir James Henderson, acompañado por su amigo Leo Giulio Culletton. Este último habría querido que el club rotario italiano fuera totalmente similar a los americanos, es decir, ultrademocrático, mientras Henderson se inclinaba por un Rotary italiano elitista y aristocrático (18), con miembros influyentes de la alta burguesía y del empresariado (entre ellos figuran Motta, Falk, Pirelli, Borletti). Después de Milán, el Rotary se expande hacia Trieste, Génova y el Piamonte (con Víctor Manuel III como socio), para llegar hasta Florencia, Roma (con Arnaldo Mussolini, mientras que el régimen toleraba tácitamente el club), Nápoles y Palermo. Los nombres de los vip aumentan: Giovanni Agnelli, Marzotto, Giovanni Treccani, Guglielmo Marconi. En 1925, el fascismo entra en colisión con el club debido a sus orígenes «demo-plutocráticos», a su pacifismo y a su mundialismo (19). En 1928, la Iglesia católica ataca al Rotary (con el artículo del Padre Pietro Pirri s.j. en el Osservatore Romano del 15 de febrero de 1928), acusándolo de para-Masonería, porque «su moral no es más que un disfraz de la masónica» (20). El 4 de febrero de 1929, el Santo Oficio publica un Decreto mediante el cual prohíbe en Italia a los sacerdotes inscribirse en la Asociación rotaria, mientras que en España el primado Cardenal Pedro Segura y Saenz (1880-1957), Arzobispo de Toledo, el 23 de enero de 1929 extendía la prohibición también a los simples laicos bautizados, puesto que la Asociación estaba basada en una moral autónoma y laicista, una concepción mundialista, una concepción de fraternidad filantrópica en oposición a la virtud teologal de caridad, una filosofía subjetivista y relativista. El Caudillo Francisco Franco (1892-1975) lo disolvió y fue restablecido solamente en 1983. También La Civiltà Cattolica se ocupó de la cuestión masónico-rotaria en tres artículos (16 de junio de 1928, 21 de julio de 1928 y 16 de febrero de 1929), en los que la asociación rotaria era definida como «una emanación masónica, una nueva especie de Masonería que opera a plena luz del día». Pero, en Italia, el club fue suprimido oficialmente solamente en 1938. En realidad, por parte rotaria «nunca se desmintió que entre los socios del Rotary figuraran también personas pertenecientes a la Masonería, precisamente porque el Estatuto de la Asociación no preveía discriminaciones en orden a convicciones religiosas, filosóficas y políticas» (21). El 11 de enero de 1951, LOsservatore Romano publicó un Decreto del Santo Oficio que advertía a los sacerdotes de inscribirse en las asociaciones secretas, con referencia implícita al Rotary. Dicho Decreto fue explicado por el Padre jesuita Francesco Pellegrino el 14 de enero de 1951, en la iglesia del Gesù de Roma. Finalmente, hubo un artículo ulteriormente aclaratorio aparecido en L’Osservatore Romano el 27 de enero de 1951, en el que se negaba a los Obispos con Diócesis permitir a los eclesiásticos inscribirse en el Rotary, pero se les permitía asistir a las reuniones rotarias de carácter público o con finalidad caritativa. En cuanto a los laicos, ninguna mención de prohibición. El Cardenal Angelo Roncalli, durante su patriarcado en Venecia (1953-1958) tuvo numerosos contactos con los rotarios (22), y una vez convertido en Juan XXIII (1881-1963), el 20 de abril de 1959 recibió por primera vez a los rotarios de Italia, seguida de una segunda el 20 de marzo de 1963. El 13 de noviembre de 1957, Giovanni Battista Montini, Arzobispo de Milán, ya había asistido a la reunión del club rotario milanés y había declarado que en el pasado había tenido muchas reservas sobre el Rotary, «fruto de ignorancia y de error» (23). El 28 de septiembre de 1963, Pablo VI (1897-1978) recibió una representación rotaria completa. Después, el 20 de marzo de 1965, luego el 14 de noviembre de 1970 y el 16 de febrero de 1974. Y finalmente, Juan Pablo II (1920-2005) dirigió a los rotarios de la LXX Convention un mensaje de viva simpatía el 14 de junio de 1979, luego el 13 de febrero de 1984, y después el 25 de febrero de 1989 (24).

V

CONCLUSIÓN

La ideología del Rotary presenta graves carencias filosófico-dogmáticas y una incompatibilidad de fondo con la doctrina católica. En efecto, es fruto –como hemos visto a lo largo del artículo gracias a las citas de los propios rotarios– del neoprotestantismo liberal americano, todavía más latitudinario que el luterano clásico. El americanismo o modernismo práctico, condenado por el Papa León XIII (1810-1903) en Testem benevolentiæ (1895), constituye su núcleo, junto con el pragmatismo racionalista del psicólogo y filósofo estadounidense William James (1842-1910). El mundialismo hoy imperante, con el concepto de sociedad multiétnica, multirreligiosa y multicultural, representa uno de los pilares de la filosofía y praxis rotaria. La «iniciación» totalmente laica y burguesa, elitista-tecnocrática, tendiente al progreso infinito, está presente en el Rotary aunque no de manera secreta o esotérica como en la Masonería. El filantropismo, que busca desplazar la virtud teologal y sobrenatural de caridad también. La exclusión de toda concepción religiosa propia del Rotary supera incluso el vago deísmo masónico, el cual exige al menos la creencia en el Gran Arquitecto del Universo y excluye el ateísmo burdo. Por ello conduce a una forma extrema de indiferentismo agnóstico, ajena incluso a la Masonería anglonorteamericana. La moral rotaria es autónoma, subjetiva o kantiana, por tanto esencialmente contrapuesta a la objetiva, natural y divina del catolicismo y de la recta filosofía. El laicismo político, con la separación absoluta entre Iglesia y Estado, es un pilar fundamental del rotarismo y es contrario al Derecho Público Eclesiástico tradicional. Todo está enmarcado en un sustancial subjetivismo y relativismo filosófico, «religioso» y social, que contamina y corrompe toda la doctrina y praxis rotaria.

Lo que deja perplejo es el cambio o inversión de juicio respecto del Rotary, ocurrido con Juan XXIII (1962) y Pablo VI (1963), después de unos cuarenta años de condenas eclesiásticas (1928-1951), desde Pío XI (1857-1939) hasta Pío XII (1876-1958). Pero dada la orientación antropocéntrica de la teología del Concilio Vaticano II (1962-1965) 25, ya no sorprende tanto, sino que es completamente normal que a una teología de la primacía del hombre sobre Dios le haya seguido una pastoral de la preeminencia del unitarismo sobre la verdad, que finalmente ha desembocado en la superioridad de la diplomacia o filantropía  sobre la religión positiva y revelada. El cambio de 360 grados del juicio clerical sobre el Rotary es una confirmación de la inexistencia de la hermenéutica de la continuidad entre Vaticano II y Tradición divino-apostólica (26), es más, es la prueba probada de la ruptura y contradicción entre Tradición y conciliarismo: teocentrismo/antropocentrismo; recta filosofía/sincretismo; religión/filantropismo. Solo volviendo a poner orden a las ideas y a los hechos –medios dispuestos al fin, criatura al Creador, unión a la Verdad, política a la religión– se podrá recuperar la tranquilidad y la estabilidad teorético-práctica en el campo filosófico, teológico y espiritual, de lo contrario se permanece en el caos actual de la posmodernidad nihilista del neomodernismo condenado por Pío XII (en Humani generis, del 12 de agosto de 1950), que pone al hombre contra Dios, la mundialización contra la Verdad y la política contra la religión. Mientras que la modernidad y el modernismo clásico condenado por San Pío X (en la Pascendi Dominici gregis, del 8 de septiembre de 1907) se «limitaban» a prescindir del Ser objetivamente real y trascendente o a separar al hombre de Dios, como si no existiera; a querer la unión sin la Verdad y la política privada de religión. Esta es la «tragedia conciliar», el hombre en lugar de Dios, que ha convertido el ambiente católico en una sentina y el mundo en una especie de infierno.

 

NOTAS

(1) Articolo apparso sulla rivista Sodalitium (nº 38, giugno-luglio 1994), e reperibile alla pagina web

http://www.doncurzionitoglia.com/rotary_e_massoneria.htm

(2) Cfr. P. P. Harrys, La mia strada verso il Rotary, Edizioni del Distretto 2070, 1993.

(3) Cfr. A. Mellor, Dictionnaire de la Franc-maçonnerie et des Francs-maçons, Parigi, Belfond, 1989, pag. 196.

(4) Cfr. C. Widmann, Il Rotary, un’idea, una storia. Chicago 1905-Ravenna 1995, Ravenna, Longo Editrice, 1996, pag. 9. Sulla simbologia rotariana vedi M. Chevalier, Society, Manners and Politics in the United States, New York, Anchor Books, 1961; dello stesso Autore, Chronicle of the Pilgrim Fathers, London & New York, J. M. Dent, 1910; M. Novak, Lo spirito del capitalismo democratico e il cristianesimo, Roma, Armando, 1987.

(5) Cfr. C. Widmann, op. cit., pag. 9.

(6) Ibid., pag. 10.

(7) Ibid., pag. 11.

(8) Ibid., pag. 12. Claudio Widmann è uno psicologo-psicoterapeuta e un analista junghiano.

(9) Cfr. C. Widmann, op. cit., pag. 18.

(10) Ibid.

(11) Ibid., pag. 19.

(12) Ibid., pag. 20.

(13) Ibid., pag. 21.

(14) Ibid., pag. 22.

(15) Cfr. L. Troisi, Dizionario massonico, Foggia, Bastogi, s. d., pag. 347.

(16) Cfr. C. Widmann, op. cit., pag. 23. L’Autore si riferisce ad un articolo apparso su L’Osservatore Romano, del 15 febbraio 1928, intitolato «Che cos’è il Rotary»?

(17) Cfr. C. Widmann, op. cit., pag. 26.

(18) Cfr. A. Frumento, Nascita e rinascita del Rotary in Italia, Milano, Rotary Club di Milano, 1975, pag. 19. Vedi anche A. Belloni Sonzogni, Rotary di Milano: interpretazione storica di un progetto civile, Milano, Rotary Club di Milano, 1993.

(19) Cfr. C. Widmann, op. cit., pagg. 44-46.

(20) Cfr. E. Cianci, Il Rotary e la Chiesa cattolica, Congresso 207, Distretto Arezzo, 10-12 maggio 1985; O. Ranelletti, Il Rotary e la Chiesa cattolica, Milano, Istituto Culturale Rotariano, 3ª ed., 1991.

(21) Cfr. C. Widmann, op. cit., pag. 50.

(22) Cfr. O. Ranelletti, op. cit., p. 91.

(23) Cfr. E. Cianci, Il Rotary nella società italiana, Mursia, Milano 1983, pag. 176.

(24) Ibid., pag. 178. Vedi anche R. Esposito, Le grandi concordanze tra la Chiesa cattolica e la Massoneria, Nardi, Firenze 1987; G. B. Buzzetti, voce «Rotary», in Enciclopedia Cattolica, Città del Vaticano, 1952, vol. X, col. 1398 s.

(25) Vedi Gaudium et spes, n. ° 22; Paolo VI, 7 dicembre 1965, Omelia nella IX sessione del Concilio Vaticano II; K. Wojtyla, Segno di contraddizione, Milano, Vita e Pensiero, 1977; Giovanni Paolo II, Redemptor hominis (1979); Dives in misericordia (1980), Dominum et vivificantem (1986).

(26) Cfr. Mons. B. Gherardini, Concilio Ecumenico Vaticano II. Un discorso da fare, Frigento, 2009; Tradidi quod et accepi. La Tradizione vita e giovinezza della Chiesa, Frigento, 2010.

 

https://doncurzionitoglia.wordpress.com/2026/08/27/rotary-e-massoneria/

 

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