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miércoles, 22 de julio de 2026

LA ARGENTINA NO PUEDE SER LA TRAVIATA

 

La Argentina no puede ser La Traviata

Por Antonio Caponnetto

 


Ha terminado el Mundial de Fútbol, y lo único que no importa es, paradójicamente, el fútbol. Por eso nos atrevemos a hilvanar dos palabras, puesto que del célebre deporte y de sus miles de entresijos nada sabemos, ni nos importa aprender.

La Selección Argentina venía bien –desde el punto de vista de la maldita corrección política- hasta que le ganó a Egipto, cuyo director técnico, Hossam Hassan, portaba orgulloso la bandera de Palestina Libre. Un imbécil, seguramente rentado por alguna mano oficiosa, entremetido en la tribuna “nuestra”, tuvo la desdichada ocurrencia de, tras la derrota, restregarle en la cara una bandera israelí. El pluriforme y siniestro aparato sionista no podía pedir mejor desenlace que esa Selección, devenida involuntariamente en estandarte del Mileismo-Trumpismo y demás barreduras judaicas, ganara el campeonato. Era lo más funcional a sus intereses que podían capitalizar.

Pero sucedió que la máxima y jubilosa incorrección política quiso hacerse presente y patente en el triunfo argentino sobre el equipo inglés. Varios <pecados> imperdonables se sucedieron entonces: a)gritarle al orbe entero –y en este caso orbe en sentido estricto- que las Malvinas son argentinas; b)hacerlo contra la expresa prohibición de los poderes mundiales y contra la desesperación apátrida del golem de Milei, cuyo desprecio por la soberanía nacional en las Islas es público y notorio;c)contagiarle al país entero un indomable espíritu malvinizador, absolutamente generalizado y crasamente popular; d)poner en evidencia que el portensoso aparato de seguridad yanky pudo ser violado por el ingenio argento, que hizo llegar la modestísima bandera a los jugadores, sorteando todos los radares y censores del cerrojo norteamericano. El golem quedaba ridiculizado y despreciado por el mismísimo demos, que tanto dicen venerar.

La situación se les fue completamente de las manos a la “Coalición Epstein”, como la llama ingeniosamente Luis Álvarez Primo. La furia malvinera era imparable. Los cipayos habían quedado en ridículo con sus asepsias hipócritas. No era sólo un partido de fútbol. Se quería prohibir de prepo la verdad histórica, política, geográfica y bélica. Aquello,además, era un partido. Pero no lo prevalente. Y eso que se volvió prevalente no podía alzarse con la victoria, bajo ningún punto de vista. Yalta y Potsdam siguen ignominiosamente vigentes.

Lo demás no es historia sabida, porque nunca se sabrá, pero es realidad más que probable y posible. A la Argentina le pasó como a La Traviata, que inmortalizara Verdi. Entre sombras apareció amenazante y disuasivo el padre de Alfredo, Giorgio Germont, y le exigió a la arrinconada Violetta el famoso <sacrificio>: que fingiera no amar a su hijo, que no incontaminara a su impoluta familia con sus malos antecedentes, y que se fuera muy lejos, a morir sola y tuberculosa. Era renunciar al amor a la Copa o continuar la rebeldía argenta y malvinera desatada. El uno a cero fue contra la segunda opción.

Creemos que no hace falta explicitar la analogía operística. El domingo 19 de julio, millones de personas vieron que la Selección Argentina no jugaba ni mal ni bien, ni regular ni pésimo. Sencillamente no jugaba, salvo algunas pocas y eventuales excepciones. El <sacrificio> había sido ofrecido. Ningún experto en fútbol podrá explicar jamás, cómo es posible que un equipo se acueste siendo un titán y amanezca siendo una piltrafa. Cómo es posible que una escuadra entrenada para competir haya optado por convertirse en un espectro.

Hemos felicitado a los amigos españoles por el resultado. Hemos reprobado las inconductas de algunos de nuestros jugadores. Nos alegra que la Madre Patria se haya quedado con el premio. Nos importa un belín lo futbolístico. Lo que nos tiene indignados y doloridos es que el gobierno y sus socios judeomasónicos hayan castigado ese remozamiento malvinero, que se propagó no sólo en todo el territorio patrio sino en cada lugar en que se admiraba a la Selección Argentina. La pesadumbre es por este artificial y ominoso 14 de junio que nos han impuesto entre bambalinas. El dolor es por ver a la Argentina condenada a morir sola y enferma; como la Dulcinea de Castellani.

Es una lástima que entre los legítimos festejantes hispánicos de este resultado, no haya habido uno solo que fuera capaz de recordar, superando lo futbolístico, que lo mismo podría haberles pasado a ellos si alguien blandía el imborrable axioma en una humilde bandera, de que el Peñón de Gibraltar es español. Prefirieron encomiar al negrito Lamine Yamal antes que imitar a Blas de Lezo. “¡Ay España, con el lanzón hundido en el costado!”. ¡Ay Argentina, Violetta tuberculosa, despechada y yerma!

Nadie le pide a los jugadores que sean Pelayo, el Cid, Rosas o Güemes. Son lo que son. Y punto. Demasiado son incluso, en ciertos casos. Pero alguien debería decir, y en sentido literal, que el rey está desnudo y maloliente, que los mercaderes se impusieron a los atletas y que, con Var o sin Var, las Malvinas son nuestras, y volveremos un día a reconquistarlas.

Se derraman justas las lágrimas, si ruedan por la patria. Con la pelota, con el trofeo, con los millones de dólares, hagan lo que quieran. Por eso hemos escrito estos versos, no a un futbolista sino a un símbolo. No a un as del juego sino a una heráldica del luto nacional que reclama imperiosamente ser vengado.

 

MESSI

"Sunt lacrimae rerum"

Eneida I,462

 

Si llora, Capitán, lloran las cosas

a las que usted trató como un artista,

toda esa orfebrería futbolista:

el corner, las gambetas animosas,

  

las remontadas bravas, argentosas.

Después la reverencia mundialista

de millones de manos y su vista

que la clava en jugadas tormentosas.

  

Si llora, Capitán, sepa que a Fierro

 le rodaron sollozos en la jeta

plañido macho, pulso, adrenalinas.

 

El gringo conoció muerte y entierro,

el corazón turgente del atleta.

¡Y las Malvinas, sí, son argentinas!

 

 

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