Pablo Marini, casado, 8 hijos, es
licenciado en Filosofía (UNSTA) y licenciado en Educación religiosa (UFASTA).
Durante más de 30 años se desempeñó como docente universitario dictando las
materias de formación (Teología, Filosofía y Ética) en distintas universidades
católicas. Autor de más de 10 libros, artículos y conferencias de esas
disciplinas, también ha realizado investigaciones de política internacional. Ha
ocupado cargos de gestión educativa de Nivel secundario en distintas
instituciones educativas. Siendo también editor, estuvo a cargo de proyectos de
libros de textos para colegios católicos. Actualmente sigue ejerciendo la
docencia.
¿Por qué un libro sobre los
fundamentos de la fe católica?
Este libro es el resultado de
haber enseñado durante 30 años las materias de formación en
universidades católicas ubicadas en la ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos
Aires, Filosofía, Teología, Moral católica. Tiempo harto suficiente para darnos
cuenta de la orfandad en la formación católica de la juventud que llega a las
aulas (y, en general, de los católicos adultos). Cuando empecé a finales de la
década de los ’80 del siglo pasado, casi todos los alumnos (más del 90%)
estaban bautizados en la Iglesia Católica y el 60% de ellos provenía de haber
pasado un mínimo de 10 años en colegios católicos. Progresivamente fui
acumulando horas de estas materias de formación que eran parte de la currícula
de todas las carreras de la universidad (de tal modo que llegué a tener 10
cursos por año), así que puedo decir que por mis aulas pasaron no menos de
7.000 alumnos de distintas carreras y con diferentes intereses.
Mi primera
clase empezaba haciendo una sencilla pregunta: “¿Conocen el ‘catecismo de
perseverancia’, ése de las 99 preguntas que nosotros, los mayores, teníamos que
memorizar cuando éramos chicos?”. Obviamente, no tenían ni idea (y cuantos más
años pasaban, peor venía la cosa). Entonces, les repreguntaba: “¿Saben lo que
decía la primera de esas 99 preguntas? Decía así: ¿Soy cristiano? (Una
pregunta “rara” si se quiere, teniendo en cuenta que se trataba de un catecismo
católico). Bueno, la respuesta a esa pregunta era: Sí, soy
cristiano por la gracia de Dios”. Inmediatamente, les seguía
preguntando: “¿Y qué es la gracia?”. Pues bien, en los 30 años que di clases
universitarias, de esos millares de alumnos, UNO SOLO contestó
“aproximadamente” qué era la gracia (ni siquiera fue muy preciso). Recordemos
que estoy hablando de alumnos mayoritariamente “católicos” que habían cursado
no menos de 10 años en instituciones que supuestamente les brindaban “educación
católica”. Ante el embarazoso silencio que seguía a esto, entonces los
confrontaba con lógica de este modo: “¿Se dan cuenta lo que pasa aquí? Si
ninguno de ustedes sabe qué es la gracia, entonces, no tienen ni la más p…álida
idea de por qué son cristianos?” (haciendo así, una pausa después de
pronunciar la letra “p”, lo que distendía algo el clima de tensión pero, por
cierto, generaba al mismo tiempo un murmullo de risitas nerviosas).
Así iniciaba mis cursos
anuales.
¿Por qué empieza planteando la
distinción entre el orden natural y el sobrenatural?
Es lo mínimo y primero que hay
que hacer para evitar que la gente reduzca la religión católica a una de las
tantas opciones del “menú religioso” contemporáneo. Si hay algo que uno nota
enseguida, es que la gente vive en una enorme indiferencia práctica hacia lo
religioso. Es cierto que, seguramente, en una charla personal –como rezaba el
lema cardenalicio de John H. Newman, “cor ad cor loquitur” (el corazón habla al
corazón)– la gracia de Dios, “usándolo a uno” podría despertar genuino interés,
pero no hay duda de que hoy millones de personas viven “como si Dios no
existiera”. Podría decirse que cuando se trata de tomar decisiones
existenciales, esas decisiones “serias” en las que uno pone todo su interés
–sea que tengan que ver con la familia, el dinero, el sexo, el trabajo– no
parece que haya mucha diferencia entre cómo las toma un pagano moderno, ateo,
agnóstico o personas incluso de otras religiones o confesiones, y un católico
“nominal” (“católico en estado de coma”, los denomino). Y la explicación de esa
indiferencia práctica está en que la absoluta mayoría de los católicos en el
mundo, debido a una pésima formación doctrinal, no logran ver la diferencia
abismal que existe entre la religión católica y cualquier otra religión o forma
de pensamiento humano.
Por eso inicio en el Capítulo 1 con ese apartado sobre la “radical originalidad de la religión católica frente a otras religiones y frente a cualquier forma de sabiduría humana”. Y señalo claramente las diferencias que hay entre Cristo y los fundadores de otras religiones, entre la Iglesia Católica y las otras religiones y cualquier otra expresión del pensar humano.
Segundo, también hay que
enseñar a los mismos católicos que el hombre está radicalmente incapacitado
para llegar a Dios por sus propias fuerzas naturales. Como siempre se ha
intuido, el enemigo mortal del cristianismo, y específicamente de la religión
católica ha sido siempre el naturalismo y su expresión herética pelagiana.
Y tercero, que sin la gracia de
Cristo, el hombre no puede mantenerse en el bien y conocer la verdad moral
natural sin error (demostrado patentemente con la sistemática violación de los
Diez Mandamientos en la legislación del mundo moderno). Lo que en buena
teología se llamaba “Necesidad absoluta de la gracia”, algo que hoy no se
enseña en casi ningún lado, y por eso es rarísimo escucharlo en los púlpitos.
“La gente” cree que puede ser buena sin Cristo, y en realidad, no toma
conciencia de que sin la gracia de Cristo no podemos estar sin pecar ni
siquiera 24 horas. ¿Puede extrañar, acaso, que uno de los dogmas más
desconocidos hoy (y omitidos en toda predicación) de la Revelación divina sea
el Pecado Original y sus terribles consecuencias en la naturaleza humana?
Por eso esa primera pregunta en
la primera clase de mis cursos. Si hay algo de lo que estoy convencido después
de tantos años, es que uno de los errores más graves que ha cometido la
catequética moderna dentro de la Iglesia ha sido no remarcar el tema de la
gracia. Y que no se ha insistido en que lo más importante para un católico
debería ser vivir en estado de gracia santificante y morir en gracia sin pecado
mortal (total, dicen algunos, el infierno podría llegar a estar vacío). Además
de que tendríamos que volver a señalar el papel no solo extraordinario de
la gracia santificante, sino también esa expresión notable de la
misericordia divina que es la acción de la gracia actual. Porque
esa ignorancia del papel de la gracia no solo convierte a los católicos en
“pelagianos” de hecho. También dinamita la convicción de que la Iglesia
Católica es la única verdadera religión, y transforma a la Iglesia Católica en
un remedo de alguna “oenegé” haciendo inentendible a los fieles la necesidad,
no solo de la existencia de la Iglesia, no solo para qué son los sacramentos
(por eso pareciera que no hay problema para la jerarquía eclesiástica, acá en
la Argentina, que apenas un 5% de católicos asista a misa cumpliendo el
precepto dominical), sino que convierte en “innecesario” el mismo Sacrificio
Redentor de Cristo. No hay un solo documento de la Conferencia Episcopal
Argentina en 40 años que haga hincapié en que la Argentina es un país “católico
sin sacramentos”, como se lo ha definido acertadamente al respecto.
Por eso, no se trata solo de
hablar de la gracia como “participación en la vida divina”, o que “nos hace
hijos de Dios”. Todo eso está muy bien. Pero se trata también de entender el
papel absolutamente necesario de ella para salvarse eternamente (algo de lo que
también se habla poquísimo), y de que el pecado mortal se llama precisamente
así porque mata la vida divina en nuestra alma y expulsa a Dios de ella (a
pesar de lo que pueda pretender enseñar el herético capítulo 8 de Amoris
Laetitia).
¿Y por qué continúa con el tema
de la relación razón y fe?
Porque otro de los “mitos” que arrastran
los jóvenes prejuiciosamente de la escuela o desde la misma casa es que la
teología no es ciencia y que no tiene rigurosidad de ningún tipo. Se trataría
de un pensamiento “mágico” y, en el mejor de los casos, debería ser reducido a
una “filosofía” que me ayuda a vivir y soportar los avatares de la condición
humana. Pareciera que ha triunfado claramente un pensamiento comtiano positivista
que hace creer que el único conocimiento científico digno de ese nombre es el
científico-positivo, que constituiría la “edad adulta” de la Razón (así con
mayúscula). Y que la filosofía y la teología, en el mejor de los casos (como lo
decía Comte), tienen que ser reducidas a pasos previos de crecimiento,
iniciando en la “infancia teológica” y pasando por la “adolescencia filosófica”
hasta llegar a la madurez de la ciencia “dura” del método
positivo-físico-matemático.
Un poco para escandalizar,
siempre en las clases iniciaba también con lo siguiente. “Sabemos que en la
escuela secundaria, cualquier profesor que respetara su disciplina y a sí
mismo, supongamos de literatura o de química, no tenía empacho en decir: ‘No
será la materia más importante, pero tienen que estudiarla igual’.
[Imagínense que yo era profesor de teología o filosofía o de moral, es decir,
materias que los alumnos tenían que estudiar “obligadamente” y que para colmo
de males, no tenían directamente que ver con la carrera que los alumnos
cursaban (ingeniería, administración de empresas, analista de sistemas, letras,
historia, ciencias ambientales, lenguas modernas, turismo, geografía, y
otras)]. Bueno, –continuaba diciéndoles–esta materia (teología, filosofía o
moral) no será la más importante de sus carreras, pero es la más importante de
su vida”.
Gracias a Dios, (y repito
despacio pesando las palabras, gracias-a-Dios) terminó siendo la
materia más importante de su vida para varios de mis alumnos, porque se
convirtieron y se hicieron bautizar o confirmar (tuve el honor y la gracia de
ser padrino de bautismo y de confirmación de varios de ellos).
Que los alumnos entendieran que
la teología sobrenatural es ciencia suprema (por la excelsitud de su objeto,
por su grado de certeza y por su relación directa al fin último del hombre),
superior incluso a la filosofía, y que la razón y la fe pueden ir de la mano,
constatando que solo en la Iglesia Católica puede darse auténtica armonía entre
ellas (contra el fideísmo protestante y el racionalismo cientificista), era
fundamental para que pudieran eliminar sus prejuicios y abrirse de corazón a la
verdad revelada por Dios.
¿Por qué el tema de la
existencia de Dios es fundamental?
Supongo que su pregunta se
dirige a la demostración racional de la existencia de Dios. Es parte de esa
constatación de que el tema de Dios no es fruto de alguna forma de ilusión, de
autoengaño, cual si fuéramos zombies narcotizados según la
conocida denuncia que hiciera todo el humanismo ateo, con Feuerbach y Karl Marx
a la cabeza, por ejemplo. Se trata de que los jóvenes (y no tanto) comprueben
que la misma ciencia positiva con sus extraordinarios logros y descubrimientos
nos ayuda a maravillarnos del asombroso orden de la Creación y de todo lo
viviente, que solo puede ser fruto de una “Mente Brillante”.
Científicos creyentes –e
incluso no creyentes– de todas las épocas (entre ellos varios sacerdotes
católicos) lo han probado y comprobado en sus propias vidas. Y esto,
obviamente, es un refuerzo para la solidez de nuestra fe, confirmando así la
armonía razón y fe de la que hablamos antes. Pero, también será necesario
señalar las insuficiencias del argumento metafísico. Como siempre digo, “la
gente no se arrodilla ante la Causa Incausada, el Primer Motor Inmóvil, el Ser
Necesario, la Bondad Absoluta, o el Principio Ordenador” (como si alguna vez
hubiéramos escuchado a alguien rezando: ¡Oh, Primer Motor Inmóvil,
sálvame, ten piedad de mí!”). Pero, millones de personas se han arrodillado
ante un Dios Crucificado, y eso es esencialmente distinto. Mirar ese Divino
Rostro agonizante, escupido, burlado, abofeteado, coronado de espinas en la
Cruz es lo que realmente transforma el corazón de piedra de una persona en un
corazón de carne (Ez 11, 19).
Ahora, para que vean cómo Dios
puede valerse incluso de algún “silogismo metafísico” para acercar al que está
alejado, todavía recuerdo a esa alumna “en la búsqueda” que, desde su
tambaleante agnosticismo, me dijo reflejando la emoción en su rostro: “¡Profesor,
el día que usted dijo en clase: ‘De la nada, nada sale’, algo se rompió en mi
corazón!”. Así que, ya ven, los recursos que usa Dios con tal de
acercar a la creatura racional a la salvación pueden llegar a ser
sorprendentes.
Una vez demostrado que hay
Dios… ¿por qué es clave tratar el tema de la revelación?
Porque por más que nos
maraville el orden cósmico que podamos constatar con nuestra razón, si Dios no se
hubiera revelado, si Dios no hubiera tomado la iniciativa amorosa de
encontrarnos abajándose de la manera que lo hizo Su Hijo, si no hubiera
franqueado el “abismo de infinitud” que nos separa de Él, imposible de cruzar
“desde nuestro lado”, nos habríamos topado con un silencio divino espantoso
ante los enigmas del dolor, del sufrimiento y de la muerte, y hubiera sido muy
fácil caer en el “resentimiento ateo”. Y podríamos llegar a decir, casi
blasfemando como lo hizo el gran escritor inglés C. S. Lewis, amargado en un
primer momento por la muerte de su amada Joy: “Estamos encerrados como ratas en
un experimento cósmico y Dios es el vivisector” (Una pena en observación).
Pero, el misterioso Amor
inconmensurable de Dios por los hombres ha hecho que la Encarnación del Verbo
sea la clave de toda la historia humana, y los católicos somos aquellos que
sabemos positivamente dos cosas fundamentales e inauditas: uno, que desde el
Viernes Santo –en el que el mismo Verbo Encarnado murió por nosotros–, ya nadie
puede dudar del amor de Dios por todos los hombres; y dos, que desde la
Resurrección definitiva del Domingo de Pascua, ya nadie puede dudar de que la
muerte y el sufrimiento no tienen la última palabra. Y a ese misterio de la
Redención, fruto de Su Bondad, de Su Justicia y Misericordia divinas, habrá que
sumarle el portento del dogma de la Santísima Trinidad, totalmente fuera del
alcance de la razón creada, que, en definitiva, nos revela que Dios no es un
“dios solitario”, algún anónimo Gran Arquitecto del Universo, indiferente al
sufrimiento humano como difunde el deísmo de la impía masonería, por ejemplo,
sino que es una Plenitud de Amor Interpersonal y que en el colmo de su Bondad y
Misericordia nos invita a participar íntimamente de su Verdad Total y de su Amor
inagotable para que sus creaturas racionales sean felices con Él por toda la
Eternidad.
¿Por qué Cristo y su Evangelio
es el culmen de la revelación de Dios?
Lo esencial está dicho en lo
último de la pregunta anterior, pero aquí quiero agregar lo siguiente: se trata
de argüir al hombre sobre la terrible soberbia de creer que él tiene el
monopolio de la sabiduría, de que todo lo racional puede provenir solo del
esfuerzo de su propia mente, de que toda sabiduría es puramente humana. Por el
contrario, “hay que hacerse como niños” dijo Nuestro Señor, y eso no tiene nada
que ver con una pueril adulación de la infancia. Se trata de una niñez
espiritual que abate la soberbia humana, y que nos hace conscientes de que solo
teniendo la humildad del niño, que se sabe necesitado del padre, es como el
hombre puede rendirse y arrodillarse frente a Dios y encontrar la Verdad que no
viene de uno, que no es la propia autocomplacencia en las elucubraciones de mi
sola mente. La Revelación divina nos habla de una sabiduría infinita que “viene
de Arriba”. Una sabiduría que viene de otra dimensión totalmente fuera del
plano cósmico, que no tiene forma alguna de ser alcanzada por nuestro tiempo y
espacio, si es que Dios mismo no hace el “puente” hacia nosotros. Ni tampoco
tiene que ver con “El día de la revelación” de algún ignoto extraterrestre,
como algunos delirantes nos quieren hacer creer (no es casualidad la referencia
a la última película de Spielberg). Es algo que jamás se le podría haber
ocurrido a algún humano (o alienígena). Los paganos podían fácilmente aceptar
que los hombres amaran a los dioses, pero era impensable, imposible que “los
dioses” amaran en el sentido auténtico y propio a los hombres, y mucho,
muchísimo menos que estos “dioses” se humillaran hasta el punto de morir por
ellos. Por eso, la Cruz de Cristo termina siendo “escándalo para los judíos y
locura o necedad para los paganos” (I Cor 1, 23). De ahí las palabras divinas
de Nuestro Señor que “no pasarán” (cfr. Mt 24, 35) (aunque siempre tengamos que
sufrir la soberbia infame de algún teólogo o algún obispo desubicado y felón,
que pretendan “actualizarlas”, alegando que no había ningún aparato
magnetofónico para grabarlas). Por eso, sus palabras tienen una novedad, un
“mordiente”, un “filo cortante” que ninguna sabiduría humana puede siquiera
llegar a igualar.
¿Es clave demostrar que la
Iglesia Católica es la única Iglesia que fundó Cristo?
En los primeros meses de mi
docencia, allá por 1987 me habían asignado comenzar con la materia Teología
III, cuyo tema principal era, justamente, la Iglesia. ¡Uff! Imaginen a un novel
profesor creyendo que si daba clases en una “universidad católica” no tendría
que haber ninguna dificultad en enseñar este tópico. Iluso de mí, rápidamente
me di cuenta que si no encaraba el tema de otro modo, lo único que seguiría
escuchando de parte de los alumnos “católicos” eran las típicas protestas y
lugares comunes al respecto: “Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia”, “una
cosa es Jesús, sin duda algo especial (quizás divino), y otra son los curas”;
“puedo creer en Dios, pero no en una Iglesia llena de deficiencias”. Y así
hubiera podido seguir meses y años. Curiosa incongruencia –obviamente se los
hacía notar– porque alababan a un personaje histórico (“una cosa es Jesús, otra
los curas”) cuestionando al mismo tiempo a la institución que se los había
hecho conocer, ya que, por cierto, no sabríamos mucho de Él (algunas pocas
–pero fundamentales– referencias históricas romanas y judías) si no hubiera
existido la Iglesia Católica.
Por supuesto, que todas esas
frases se habían gestado en las casas (se las escuchaban seguro a sus padres, y
en el colegio). La objeción, en el fondo, puede sintetizarse más o menos
así: ¿cómo una institución particular, históricamente condicionada,
marcada por deficiencias humanas de todo tipo, puede pretender ser el lugar
obligado de la salvación de Dios? ¿Por qué esa salvación tiene que
pasar por la mediación de algo tan particular, tan concreto como estos ritos,
estos hombres, estos dogmas? En definitiva: ¿por qué el asunto más importante
de la humanidad (la intervención de Dios en la historia) tiene que depender de
condiciones relativas, de tiempos e individuos determinados? Éste es el
escándalo que produce la Iglesia.
Y que coincide, en el fondo,
con el escándalo de la Encarnación del Verbo: ¿por qué ese hombre, Jesús,
nacido en Palestina, tiene la pretensión de ser el camino, la verdad y la vida?
(“¿No es éste el carpintero, el hijo de María…?”, cfr. Mc 6, 3). Está bien que
Jesús enseñe uno de los caminos, algunas verdades y se presente como una fuerza
estimulante de la vida para muchos. Así lo hicieron los profetas, así lo
hicieron Buda, Mahoma y otros; pero que personalmente se identifique con la
verdad, con el camino y con la vida, es algo que no se puede aceptar.
Como señala Guardini: “La raíz de la protesta se encuentra precisamente en
la circunstancia de que una persona histórica pretende para sí una
significación decisiva para la salvación” (La esencia del cristianismo,
Ediciones Cristiandad, Madrid, 1983, pág. 49).
Y la respuesta de monseñor
Leonard es contundente: “Si la Iglesia fuera sólo un gran club
religioso, una libre asociación espiritual, donde todo se decide entre los
miembros por mayoría de votos, quizá resultaría más «digerible», porque se
parecería a nuestras democracias políticas, pero la consecuencia sería que en
ella el hombre únicamente se enfrentaría con su propia religiosidad. Pero
debido a que la vida de la Iglesia está regida por una tradición que se nos
impone como proveniente de Cristo y de los Apóstoles, y por una Sagrada
Escritura que es regla intangible de la fe, y por estar la vida cristiana
vinculada a unos sacramentos instituidos por Cristo y administrados por un
sacerdocio ordenado al efecto, sus miembros tienen la garantía, si Cristo es
verdadero, de que sin duda es a él, Hijo de Dios venido a este mundo, a quien
encuentran en la Iglesia instituida y no simplemente a su propia religiosidad
natural, por generosa que ésta fuera” (Razones para creer, Ediciones
Herder, Barcelona, 1990, pág. 172-173).
Si aceptamos que la salvación
es un don que viene de Dios (y ya vimos cuando hablamos de Encarnación,
Redención y Gracia, que nada es más claro que el hombre no puede librarse por
sí mismo del pecado y de la muerte), no es ilógico que Dios se adecue a la
condición humana y nos haga llegar su salvación a través de lo humano. Y como
es Dios, es Absolutamente Sabio, por lo tanto, no puede confundirse o
equivocarse, y como es Absolutamente Bueno, no puede confundirnos revelándose
en muchas religiones, “Iglesias” o “confesiones” religiosas. Por eso “hay un
solo Señor, una sola Fe, y un solo Bautismo” (Ef 4, 5-6), y, por cierto, una
sola religión verdadera, la católica.
¿Por qué los milagros y las
profecías son los grandes criterios de credibilidad de la Iglesia?
Haber abandonado el aspecto
apologético de los motivos de credibilidad ha sido otro de los
graves errores de la catequesis moderna. Es parte de aquello que dijimos más
arriba sobre la falta de convicción de los católicos sobre los fundamentos de
su propia fe. Y los milagros y las profecías siempre han sido armas poderosas
para demostrar no solo la divinidad de Cristo, sino el origen divino de la
misma Iglesia Católica. Hoy es típico escuchar que “no son tan importantes”. Y
hay un punto de razón en eso si nos referimos al acto de fe. Porque es cierto
que “tampoco creerán aunque algún muerto resucite” (Lc 17, 31). Es decir, el
milagro no lleva “automáticamente” a la fe (hay gente que ha visto milagros
frente a sus mismos ojos y no ha creído), pero, sin embargo, sí hace
razonable que entregue mi inteligencia y mi voluntad al don de la fe
que Dios me ofrece. Es obvio, y toda la Biblia lo demuestra, que cualquiera que
pretenda en la historia de las religiones “representar” a Dios, “actuar en
nombre de Dios” o “hablar en nombre de Dios” tenía que demostrarlo a través de
signos sensibles y extraordinarios que superaran totalmente las leyes
naturales. Nuestro Señor no solo no fue una excepción, sino que demostró sin
ninguna duda su divinidad a través de ellos. Y los ponía como testigos frente a
sus mortales enemigos de que Él decía la verdad (Mt 9, 6). Lo mismo puede
decirse de las profecías.
¿Por qué aborda el problema del
mal?
Porque es la objeción clásica
contra la existencia de Dios, la única objeción “seria”. El ateísmo implica una
actitud de soberbia al no aceptar la condición creatural del hombre. Pero al
mismo tiempo el ateo se refugia en una actitud puritana –“humanamente
comprensible”– de denuncia de inmoralidad de la existencia de Dios. Y al mismo
tiempo quiere defender al hombre de un Dios que, de existir, sería “malo”.
En efecto, el ateo plantea que
si Dios existe y es Dios entonces es omnipotente. Y, si a pesar de su
omnipotencia, el mal tiene una terrible presencia en este mundo, una de dos: o
Dios lo quiere, y entonces Dios es malo, o Dios no lo quiere y entonces no
puede evitarlo, y si no puede evitarlo, no es omnipotente y no es Dios. Luego
Dios no existe. Ante el espectáculo bien-mal el hombre “se pone del lado
bueno”. Se generaliza la concepción del mundo como algo absolutamente negativo
y absurdo.
Para el ateísmo el dolor y el
mal son inexplicables: esto sólo ya “demuestra” que no hay Dios. Sin embargo,
la experiencia real de los hombres redimidos por el dolor hace ver que, en
realidad, si el dolor y el mal son inexplicables, es porque, en primer lugar,
se ha negado a Dios.
En realidad, se sabe que la
metafísica realista ha refutado hace mucho esta objeción a la existencia de
Dios. Esa refutación tiene una sólida simplicidad, porque efectivamente la
posición atea siempre ha sido muy débil. El ateo jamás ha podido demostrar “la
no existencia de Dios” porque no se trata de un razonamiento sólido, sino de
una negativa que reside en lo profundo de su corazón. Se trata, para el ateo,
de “no querer que Dios exista”. Por algo, en el Antiguo Testamento encontramos:
“Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Sal 53, 1). Y lo
podemos completar con aquello de Pascal: “No hay más que dos clases de
hombres razonables: los que aman a Dios con todo su corazón porque lo conocen,
y los que lo buscan de todo corazón porque no lo conocen” La 3ra. vía de
santo Tomás de Aquino para demostrar la existencia de Dios, la de la necesidad
y contingencia es suficiente para desbaratar el supuestamente “sólido”
argumento ateo que pusimos arriba. En definitiva, se sabe que el mal descubre
la existencia de un sujeto contingente, el cual, como no puede justificar su
existencia “por sí mismo y desde sí mismo” (existe, pero puede no existir y, de
hecho, no existió en algún momento) plantea la necesidad de un sujeto Absoluto
(existe y no puede no existir, y de hecho, ha existido desde siempre). Hasta
aquí la filosofía. Pero, conocemos, incluso por dolorosa experiencia propia,
que “el problema del mal” no se soluciona existencialmente de este modo.
Sabemos que en el plano natural
la inteligencia puede también referirse al valor “educativo” del dolor. Pero es
absolutamente insuficiente cuando el hombre se enfrenta con otros aspectos del
dolor y del mal (pensemos, por ejemplo, en la muerte de los niños y de los
inocentes). La respuesta total, la respuesta “existencialmente válida” solo se
puede dar en el plano sobrenatural de la fe cuando se contempla el misterio
cristiano del “Dolor Redentor”, del “Dolor Reparador”, del “Dolor Expiador”.
Frente al dolor y la muerte, solo la visión de un Dios crucificado por todos
nosotros puede comenzar a darnos la clave definitiva de tan tremenda cuestión.
¿Por qué acaba hablando de la
gracia y de las postrimerías?
Lo de la gracia ya lo hemos
señalado más arriba. Aquí solo digamos que se trata de un tema absolutamente
clave para la comprensión cabal de lo que ha significado Jesucristo y la
religión católica en la historia. Por lo tanto, por qué tendríamos que
asombrarnos de la crisis formativa y la crisis interna de la Iglesia en
nuestros días, si la inmensa mayoría de los católicos no sabe qué significa.
Respecto a los novísimos, a la
esjatología, al estudio de las Últimas realidades, cualquier religión que se
precie de tal, tiene que dar algún tipo de respuesta sobre esto. Y, obviamente,
la religión católica es insuperable en este campo porque el mismo Dios ha
revelado en el seno de ella cómo va a terminar el mundo (Esjatología Universal
o Final), y aunque no ha dicho exactamente cuándo, nos ha dado algunas pistas
extraordinarias. La Iglesia no puede callar en este campo (y un síntoma de la
cobardía de muchos eclesiásticos hoy queriendo agradar al mundo es su silencio
no solo respecto al Fin del Mundo, sino incluso sobre la Esjatología Individual
o Intermedia, la Muerte, el Purgatorio, el Infierno y el Cielo). Esta enseñanza
es fundamental para comenzar a instalar la clave de interpretación de la
historia humana. Historia que no es “meramente histórica”, sino que es Historia
de Salvación.
Frente a esto se han erigido
dos posturas típicamente mundanas. Por un lado, el optimismo naturalista, que
pretende que las fuerzas del hombre, especialmente a través de la ciencia y la
tecnología, y un comportamiento “decente” bastan para salvar al mundo. Por el
otro, el pesimismo de la desesperación, expresado en las alarmas de la
autodestrucción bélica y la catástrofe ecológica, sumándose a la filosofía
existencialista que entendió al hombre como un “ser para la muerte”.
Sabemos que no se trata,
entonces, ni del estúpido optimismo carente de fundamento, ni del pesimismo
nihilista autodestructivo, sino del realismo de la esperanza por la que el
hombre lleva a cabo su cometido cotidiano poniendo sus ojos en el Cielo. Y esto
le permitirá ver, incluso, en la misma catástrofe que anuncia Cristo antes de
su Segunda Venida (Lc 21, 11; 25-26), una posibilidad de actuación histórica
plenamente dotada de sentido.
¿Por qué si tenemos bien claros
los fundamentos del dogma y la moral podemos detectar fácilmente las herejías y
doctrinas dañinas?
Es lógico. Hace poco se me
cuestionaba que, al plantear ciertos temas, no solo ponía el acento en lo
“positivo”, sino que señalaba también lo “negativo”. Por ejemplo, cuando enseño
sobre la virtud de la caridad, también señalo las desviaciones que hoy pueden
darse en la predicación modernista de un cierto “amor filantrópico” con pátina
de cristiano. Pero, es que es una regla de oro de la docencia, y una comprobación
personal patente en mi vida, que a uno lo entienden mucho mejor al enseñar la
verdad, sí, pero también contrastando con el error. Y pensemos si no, en cómo
se ha enseñado siempre el tema de las virtudes, señalando los vicios que las
afectan, o en el caso liminar de los Diez Mandamientos, como frente a la
formulación positiva de varios de ellos (v.gr. Amar a Dios sobre todas las
cosas, Honrar al padre y a la madre), inmediatamente la buena catequesis
señalaba los pecados que iban contra esos mandamientos. Es una cosa de sentido
común.
Por eso,
no dudo en señalar que la combinación que he hecho en este libro de buena
apologética y de mejor teología fundada, por supuesto, en el genio luminoso de
santo Tomás de Aquino, es una herramienta indispensable para detectar las
herejías y las doctrinas que, difundidas por doquier (incluso dentro de la
Iglesia), están minando la fe de muchos católicos en el mundo. Permita Dios que
este libro sea un instrumento de formación sólida para todos aquellos que
quieran seguir lo dicho por el apóstol Pedro: “Siempre dispuestos a responder a
cualquiera que os pida razón de vuestra esperanza, pero con dulzura y temor” (1
Pe 3, 15-16).
Por Javier
Navascués
