Por GABRIEL PINEDO
Hace casi un par de semanas, el 27 de junio, el
padre Javier Olivera Ravasi publicó un video que ataca duramente a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX). En él, vierte
argumentos falsos que parecen creíbles y que tuvieron un impacto muy
significativo. La interacción pública y privada en redes sociales demuestra que
el video surtió efecto: confundió a algunos simpatizantes de la FSSPX y puso
radicalmente en contra de esta congregación a quienes dudaban de si simpatizar
o no con ella.
En honor a la verdad y atendiendo al enorme daño
que hizo el video, cabe destruir los mitos presentados por el sacerdote, quien
destaca por su larga trayectoria haciendo un enorme bien a las almas con sus
enseñanzas históricas y doctrinales, pero opaca su reputación con argumentos
tan bajos, impropios de un consagrado. Como aclaración, valga decir que,
sabemos que su primer apellido es Olivera, pero para referirme a él, usaré el
segundo, Ravasi, que es por el cual se le conoce más, y que es más distintivo.
Antes que nada, es recomendable ver la réplica que hicieron José Plascencia y César Sánchez al padre Ravasi. Su respuesta constituye una refutación al menos parcial.
Mons. Lefebvre:
¿consagrado por un masón?
El primer ‘argumento’ que sostiene el padre Ravasi
es que el fundador de la FSSPX, Marcel Lefebvre, fue consagrado arzobispo
por un masón. Sostiene que la consagración episcopal de monseñor
Lefebvre ‘podría’ haber sido inválida debido a la supuesta filiación masónica
del cardenal Achille Liénart. Tal afirmación contradice los principios
fundamentales de la teología sacramental católica, que garantiza la sucesión
apostólica a pesar de eso. Y lo peor es que el padre suelta el dato
irresponsablemente, lavándose las manos y diciendo algo así como que solo lo
menciona ‘por si acaso’.
El padre Ravasi obtuvo de un blog sedevacantista la
afirmación de que el cardenal Liénart era miembro de la masonería. Ningún archivo masónico oficial ni documento contemporáneo
verificable ha respaldado esta imputación. De momento, lo que se
sabe es que la acusación se basa en testimonios de oídas y rumores circulados décadas después del suceso.
De todos modos, aunque se comprobara, desde la
teología dogmática, la validez del sacramento del
orden sacerdotal no depende de la rectitud moral, la ortodoxia o las
afiliaciones secretas del ministro. La doctrina católica determina
que un obispo confiere válidamente los sacramentos si emplea la materia y la forma prescritas, y si posee
la intención mínima de realizar lo que hace la
Iglesia.
El cardenal Liénart utilizó el Pontifical Romano tradicional el 18 de septiembre de 1947. Cumplió estrictamente con los
ritos externos obligatorios. La ejecución correcta del rito manifiesta la
intención necesaria, tal como lo expuso el papa León XIII en la bula Apostolicae curae del 13 de
septiembre de 1896. Los errores doctrinales
privados o las actividades clandestinas del celebrante no anulan el carácter
sacramental impreso. Esto dice el papa León en su bula:
“Cuando alguien ha hecho seria y correctamente uso
de la forma y materia debidas, requisito para efectuar o conferir el
sacramento, se considera que por ese mismo hecho hace lo
que la Iglesia hace. Sobre este principio yace la doctrina de
que un sacramento se confiere verdaderamente por el ministerio
de alguien que es un hereje o un no bautizado, provisto que se
emplee el rito católico. Por otro lado, si el rito fue cambiado, con la
intención manifiesta de introducir otro rito no aprobado por la Iglesia, y
rechazando lo que la Iglesia hace, y lo que por institución de Cristo pertenece
a la naturaleza del sacramento, entonces queda claro que no sólo es deficiente
la intención necesaria para el sacramento, sino que la intención es adversa y
destructiva para el sacramento”.
La sola sospecha de que Liénart haya sido un masón
es insuficiente para cuestionar su intención, puesto que él empleó el rito
tradicional para ordenar a don Marcel Lefebvre. Veamos un ejemplo
concreto: el obispo Talleyrand era un masón durante
la Revolución Francesa, y él ordenó muchos sacerdotes.
¿Qué evidencia hay de que la Iglesia reordenara a alguno de esos hombres?
Ninguna. De hecho, se los aceptó como válidos.
Inclusive, después de su muerte, se descubrió que
el cardenal Rampolla, secretario de Estado del papa León XIII, fue un masón de
alto grado. Es muy probable que Rampolla haya ordenado sacerdotes, pero no
existe evidencia de que los sacerdotes ordenados por él fueran reordenados bajo
condición. Si fuera lícito dudar de la validez de la
consagración episcopal de don Marcel Lefebvre, ¡entonces deberíamos revisar
muchos casos de la historia y cuestionar casi todas las órdenes!
Existe un factor técnico definitivo en el rito de
consagración. Resulta que la disciplina eclesiástica prescribe
la participación de tres obispos para
la elevación al episcopado. Junto al cardenal Liénart, actuaron como coconsagrantes los obispos Alfred-Jean-Félix Ancel y Jean-Baptiste Victor Fauret. Ambos prelados impusieron
las manos sobre Lefebvre y recitaron las oraciones consagratorias
esenciales. La intervención directa de
estos dos obispos asegura la transmisión de la sucesión
apostólica. Su acción subsana de forma automática cualquier defecto
hipotético que pudiese haber afectado al ministro principal.
Conclusión: la tesis de la invalidez de la
consagración episcopal de don Lefebvre carece de sustento documental y
teológico.
Mons. Lefebvre
¿apoyó el Novus Ordo Missae?
El padre Ravasi atribuye una conducta hipócrita a
monseñor Marcel Lefebvre mediante la afirmación de que llegó a celebrar
el Novus Ordo Missae promulgado por Pablo VI. Esta
tesis se apoya habitualmente en el libro Ecône, point final,
publicado en 1983 por el sacerdote Noël Barbara, quien
tras adoptar posturas sedevacantistas polemizó
de forma constante con el arzobispo. En dicha obra, se menciona la presencia de
mons. Lefebvre en un funeral celebrado bajo el nuevo rito el 30 de junio de 1980. El historiador Yves Chiron recogió posteriormente las
declaraciones del padre Michel Simoulin, quien
presenció el acontecimiento.
La interpretación de este hecho requiere distinguir
los conceptos teológicos y canónicos de celebración y asistencia. Los diarios del distrito de la fraternidad y
las declaraciones de los testigos presenciales coinciden en los detalles
físicos del evento: monseñor Lefebvre viajó para
asistir a las exequias de su cuñada. Durante el desarrollo del rito,
él permaneció sentado en los bancos asignados a los fieles de la iglesia
parroquial. No revistió los ornamentos sagrados, no subió
al presbiterio ni pronunció las palabras de la consagración eucarística.
La teología moral católica contempla la virtud de
la pietas o piedad familiar como
el criterio regulador de estas situaciones. La asistencia física y silenciosa a
una ceremonia religiosa por razones de parentesco o caridad humana no implica la adhesión doctrinal a las reformas litúrgicas aplicadas
por el ministro que preside la celebración. De la misma manera en que es
perfectamente posible asistir a cultos protestantes y permanecer pasivo,
inmóvil, sin comprometer la propia fe ni pecar, con tal que se haga por caridad
con el prójimo protestante (ritos funerarios, matrimoniales, etc.).
Este comportamiento muestra continuidad con los
principios escritos que el propio Lefebvre defendía. A diferencia de las
posturas teológicas más radicales de su época, el fundador de Écône no sostenía la invalidez intrínseca de la misa de Pablo VI.
Sus tratados aclaraban que el nuevo rito era válido
siempre que se respetaran la materia, la forma y la intención requeridas
por la Iglesia, aunque lo consideraba deficiente en su expresión del carácter
sacrificial. Al no calificar el rito como herético en sí mismo, su presencia en
el entierro de un familiar directo constituía un acto legítimo de compasión
humana que no contradecía su rechazo pastoral a la implantación generalizada de
la reforma.
Cabe destacar que, además de tal afirmación, el
padre Ravasi presenta una foto en blanco y negro que muestra a un sacerdote de
cara a los fieles en un altar novusordita, y se atreve a asegurar que ese era
mons. Lefebvre. Tal falsedad ya ha sido refutada por Plascencia y Sánchez en el
video mencionado más arriba. Y por si fuera poco, la mismísima FSSPX ya refutó en su web oficial, y con
suficientes pruebas, semejante aseveración falsa de que monseñor celebró la
Misa Nueva, porque igual hubo antes otros falsos argumentos esparcidos por
gente inescrupulosa y no mencionados por el p. Ravasi en su video.
Conclusión: mons. Lefebvre no asistió a la Misa
Nueva como sacerdote celebrante; por tanto, fue coherente con su desconfianza
hacia este rito.
¿Mons. Lefebvre
aprobó el Concilio Vaticano II?
El padre Ravasi asegura que mons. Lefebvre aprobó
todos los documentos del Concilio Vaticano II. ¿Por qué? Porque firmó todas las
actas conciliares sin excepción. Además, afirma que no fueron ‘firmas de
asistencia’ solamente, sino que el arzobispo cooperó con el concilio. De hecho,
uno de los documentos más problemáticos, Dignitatis humanae,
fue firmado 2 veces por el arzobispo, pues firmó por él mismo y como apoderado
de otro obispo que no pudo ir. Adicionalmente, don Lefebvre escribió una carta en 1966, como superior de la
Congregación del Espíritu Santo, dirigida a todos los miembros de la misma,
dando su total aprobación al concilio en la Fiesta de la Epifanía.
El análisis de la conducta de mons. Marcel Lefebvre
durante el Concilio Vaticano II y en los meses inmediatamente posteriores
requiere distinguir entre la deliberación interna,
el protocolo canónico y la posterior evolución de los acontecimientos. Los documentos presentados
son auténticos. Sin embargo, la conclusión de hipocresía resulta ahistórica al
ignorar el funcionamiento de los concilios y el desarrollo del pensamiento del
arzobispo.
La naturaleza de
las firmas conciliares
Las firmas de monseñor Lefebvre estampadas al final
de los documentos del concilio poseían un carácter protocolar y eclesial;
no implicaban una adhesión doctrinal infalible a cada párrafo. En la tradición
de la Iglesia, los padres conciliares firman las actas junto al Romano
Pontífice como testimonio de que el texto ha sido aprobado por la asamblea y
promulgado por el papa. Es un acto de sumisión a la autoridad papal
que cierra el proceso legislativo.
Mons. Lefebvre fue uno de los líderes del Coetus Internationalis Patrum, el grupo de obispos
conservadores que combatió las tesis innovadoras durante las sesiones de
debate. Los registros oficiales del Concilio
conservan sus intervenciones críticas y
sus votos negativos (non placet) en las
votaciones parciales y finales de documentos como Dignitatis humanae y Gaudium et spes. ¿Puede un voto negativo ser
interpretado como aprobación? ¡De ninguna manera!
La doble firma de mons. Lefebvre en Dignitatis humanae (la suya y la que ejerció como
apoderado) y su firma en Gaudium et spes responde
a este mismo formalismo legal: dejar constancia
de la asistencia a la sesión de clausura. Su firma atestiguaba el desarrollo
del escrutinio, sin que esto significara una adhesión interna a las tesis
innovadoras. El arzobispo cumplió con el mandato administrativo de
representar a un par ausente en el escrutinio final. Al firmar el texto
definitivo, don Lefebvre testificó la conclusión del proceso sin que ello
anulara su oposición previa, documentada en las actas de las comisiones
teológicas. Entonces, no hubo más que una aprobación institucional mínima a
través de la firma del acta, seguida tiempo después por un rechazo enorme en
sus declaraciones públicas.
El contexto de la
carta pastoral de 1966
El p. Ravasi muestra y lee en su video una carta de
monseñor dirigida a los Padres del Espíritu Santo el 6 de enero de 1966. Este documento refleja nada más que
la postura de un superior general que busca mantener la unidad
institucional tras la clausura del Concilio. En esa fecha, la
aplicación práctica de las reformas apenas comenzaba.
·
La expectativa de continuidad: como muchos
obispos de la minoría tradicional (o conservadora) que se sintieron vencidos
por la mayoría liberal, mons. Lefebvre, sin muchas herramientas para ejercer su
crítica públicamente recién acabado el Concilio, trató de asumir que los textos
conciliares debían interpretarse en perfecta continuidad con el magisterio
tradicional de la Iglesia. O como se diría hoy, trató de ser continuista.
·
El deber de oficio: su rol como
Superior General le exigía guiar a su congregación conforme a las directrices
de la Santa Sede. La exhortación a estudiar los textos con devoción
correspondía al proceder normal de una autoridad religiosa en ese momento histórico.
El cambio de postura del arzobispo no se debió a
una duplicidad oculta, sino que más bien fue el resultado de lo que él
consideró una desviación de los textos originales durante la fase de aplicación
postconciliar. La introducción del nuevo rito de la misa en
1969 y las reformas en las órdenes religiosas modificaron su juicio sobre los
frutos del Concilio. Su oposición pública se estructuró de forma gradual a lo largo de la década de 1970,
cuando constató que la renovación solicitada en su carta de 1966 tomaba un
rumbo teológico distinto al previsto.
La historiografía muestra la evolución de un hombre
de Iglesia que pasó de la resistencia interna y la posterior obediencia
institucional a una oposición abierta ante los cambios litúrgicos y doctrinales
posteriores. Reducir este proceso a un acto de hipocresía o incoherencia
desestima la complejidad del debate teológico posconciliar.
Conclusión: mons. Lefebvre no aprobó sin ninguna
crítica todos los documentos surgidos del Concilio Vaticano II; fue coherente
con su conciencia y con la evidencia de los hechos conforme fue descubriendo la
verdad poco a poco.
Hay mucho por refutar, pero para no cansar a
lector, por ahora, eso es todo.
Vean también esta otra réplica que hizo José
Plascencia al video del padre Ravasi, citando frases de los padres Castellani y
Meinvielle que coinciden con la distinción que hace mons. Lefebvre entre una
Roma eterna y una Roma modernista:
