Por
IGNACIO KILMOT
A estas
alturas sólo los necios, los mal informados o los que no quieren saber, pueden insistir en que la Fraternidad Sacerdotal San
Pío X es cismática y que las excomuniones infligidas por “Tucho” Fernández son
válidas. Ese es un tema fuera de discusión. Quien quiera saber la verdad tiene
los medios de hacerlo, y un verdadero tradicionalista sabe de qué lado
colocarse en la contienda.
“Je suis Charlie”, era la consigna que
hace unos años se impuso desde lo políticamente correcto en Francia y en el
mundo, cuando el atentado a la revista blasfematoria “Charlie Hebdo”. En sentido contrario, pero mucho más honestos, y en
sentido virtuoso, podríamos decir todos nosotros los que rechazamos el
conciliarismo sinodal de la Iglesia oficial: “Yo estoy excomulgado”. Lo cual no
quiere sino decir que no queremos profesar la nueva religión humanista y
apóstata surgida del Concilio Vaticano II.
Pero,
dejando de lado eso, hay un tema del que prácticamente no se ha hablado desde
que se empezó a tratar públicamente el asunto de las consagraciones episcopales
de la FSSPX. Desde fuera de la FSSPX, porque no conocen la situación interna de
la misma, y por lo tanto la idealizan. Desde dentro de la Fraternidad, porque
es un tema incómodo, y muchos no lo perciben. Pero es un tema de suma
importancia.
La imagen
que reproducimos arriba muestra un breve escrito de puño y letra de Mons.
Lefebvre. En octubre de 1988, ya se habían realizado las polémicas
consagraciones episcopales. Mons. Lefebvre dice allí lo que piensa sin
subterfugios. Eso mismo es lo que la Fraternidad enseñaba hasta hace unos años
atrás. No es una mera opinión del Arzobispo, se funda en profundos estudios
realizados por los teólogos de la Fraternidad.
Así dice
el texto, traducido:
“S. E. Monseñor Marcel Lefebvre + Écône, 28 de diciembre de 1988
Muy querido Sr. E. O. Wilson:
Muchas gracias por su carta. Estoy de
acuerdo con su deseo de reordenar condicionalmente a estos sacerdotes y he
hecho esta reordenación muchas veces.
Todos los sacramentos provenientes de los
obispos o sacerdotes modernistas son ahora dudosos; los cambios aumentan y sus
intenciones ya no son católicas.
Estamos en el tiempo de la gran apostasía.”
Destaquemos
este párrafo: “Todos los sacramentos
provenientes de los obispos o sacerdotes modernistas son ahora dudosos; los
cambios aumentan y sus intenciones ya no son católicas”.
El inicio del cambio
Cuando
las autoridades de la FSSPX, encabezadas por Mons. Fellay, iniciaron sus intentos
de llegar a un acuerdo práctico con la Roma modernista, poco después de la
muerte de Mons. Lefebvre, lo hicieron especialmente a partir de la formación
del Grupo de
Reflexión entre Católicos (GREC), de 1998 a 2010, que organizó
durante doce años encuentros “discretos pero no secretos”, algunas veces
mensuales, entre los representantes de la jerarquía oficial, de los
responsables de los institutos Ecclesia Dei, y de los miembros de la
Fraternidad San Pio X, con el fin de “hablar sin enojarse de las cosas que nos
enojan” para favorecer la “necesaria reconciliación”.
Una reconciliación imposible, por supuesto, entre la Tradición católica y el
Modernismo, pero que el liberal Fellay veía con buenos ojos.
Hubo a
partir de entonces y cada vez más un cambio de lenguaje y un cambio de imagen
de la FSSPX. El lenguaje diplomático apartó el lenguaje combativo. No fue
casual ni improvisado. Y fue sobre todo a partir de marzo de 2012 donde esto se
aceleró, convirtiéndose en política oficial (Cf. Cor unum, boletín interno de la FSSPX, marzo 2012).
Hasta
entonces, y de acuerdo al ejemplo dado por Mons. Lefebvre, se hacía una
distinción, no precisa teológicamente, pero que era útil en el terreno
semántico para librar la batalla contra los modernistas. Era la distinción
entre “Iglesia católica” e “Iglesia conciliar”.
Decía un
esclarecedor artículo, ya publicado en este blog ( aquí ): “Nuestro análisis puede parecer sumario, pero
la experiencia lo ha probado: cuando un tradicionalista, clérigo o laico, ya no
hace distinción entre la Iglesia oficial y la Iglesia católica, termina un día
u otro poniéndose al servicio de la primera, y así abandona el combate de la fe
exigido por la segunda en este tiempo de apostasía inmanente y general”. Si
bien éste no es el tema de este artículo nuestro, creemos entender que
especialmente se decía en relación a los cambios que se habían operado en la
FSSPX. Citemos esta aclaración, antes de continuar: “La Iglesia conciliar y
neo-modernista no es por lo tanto ni una Iglesia substancialmente
diferente de la Iglesia Católica, ni absolutamente idéntica, ella
misteriosamente tiene de la una y de la otra, es un cuerpo extraño que ocupa la Iglesia Católica. Por
lo tanto, es necesario distinguirlas sin separarlas […] Dejamos bien en claro: un “cuerpo” y no una
“enfermedad”, “tendencia”, “espíritu”, o “concepción falseada”, como han
querido demostrarlo en DICI n° 273 [órgano informativo de la FSSPX], rechazando
por principio el considerar a la iglesia conciliar como una “sociedad distinta
de la otra” (pág. 8). Esta negación podría ser admitida, tomada rigurosamente,
en el sentido, definido más arriba, de una sociedad absolutamente, sustancialmente diferente
de la Iglesia católica. Pero nos parece peligrosa en su sentido obvio, y en
todo caso contraria a la doctrina de San Pío X, que
calificaba a los modernistas de asociación
secreta (clandestinum
foedus; Motu proprio del
1-09-1910) que se esconde en
el mismo seno y en el corazón de la Iglesia (sinu gremioque Ecclesiae; Pascendi, 1907).” El Papa, sin embargo, estaba al frente
de ambas. ¿Cómo entender esto?
Hagamos
una figura a fin de entenderlo. Un hombre, padre de familia, traicionando a su
esposa, se busca una amante, y tiene hijos con esta. Luego lleva esta ilegítima
a su hogar y la presenta a sus otros hijos como su esposa preferida, su
predilecta, su única esposa. La esposa verdadera es una santa, en tanto que la
ilegítima es una prostituta. La verdadera esposa, afrentada por esto, se ve
obligada a permanecer al margen, en un remoto rincón de la casa, apenas
sobreviviendo. La mayoría de sus hijos, por obediencia a su padre, adoptan por
madre a la concubina. Unos pocos hijos apoyan a la verdadera madre y le hacen
compañía. Rezan juntos para que llegue el día en que el esposo se convierta,
reconozca su error y repudie a la ilegítima. Mientras tanto, pasa el tiempo y
los de afuera terminan por creer que la que es la concubina, es la legítima
esposa. Hay solo una esposa, pero, para casi todo el mundo, la esposa es la
ilegítima. Es la que ocupa la casa y hace y deshace a gusto. Introduce gente de
afuera que depreda y delinque. La cabeza del padre está cada vez más demente, y
la casa así está cada vez peor, los hijos se convierten en vándalos,
homosexuales, impíos. El padre, viendo esto, no sólo no los sanciona, sino que
“excomulga” a los hijos fieles a la verdadera esposa, por no querer juntarse
con el resto de la “familia”. Etcétera.
¿Qué
tenemos figurado en esas dos mujeres? La doctrina. Una es la doctrina católica
tradicional, la doctrina santa de la Iglesia católica. La otra es la doctrina
modernista, conciliar y sinodal, humanista. Y ésta última doctrina es impuesta
por una banda organizada que pretende quedarse con la herencia del padre, para
lo cual antes deben matar a la verdadera Esposa, cosa que hasta ahora no les ha
sido posible. Hay ahora, pues, dos familias en una misma casa, bajo un mismo
techo, con un solo padre. La doctrina católica pertenece a la Iglesia católica.
La doctrina modernista pertenece a la Iglesia conciliar. No pueden vivir juntas,
como las dos mujeres.
¿Reconciliación con quién?
Ahora
bien, cuando la FSSPX inició su campaña de reconciliación con la Roma
modernista, buscando un acuerdo práctico más allá de un acuerdo doctrinal que
resultaba imposible, debió cambiar su lenguaje, pues, obviamente, no podía
buscarse un acuerdo con una “Iglesia conciliar” a la cual Mons. Lefebvre, poco
antes de morir, había mandado permanecer separados para mantenerse católicos
(Cf. Itinerario espiritual). Si se
quería permanecer fieles a la verdadera Madre, no se podía reconocer como Madre
a la Madrastra. Había que distinguirlas.
Por lo
tanto, ya no se usaría esa distinción. Las conversaciones doctrinales no eran
con los miembros de la “Iglesia conciliar”, es decir, con los agentes del modernismo
conciliar romano, sino con la “Iglesia católica”. Es decir, se prescindía, en
aras de la diplomacia, de la distinción. Lo dijo muchas veces Mons. Fellay: hay
una sola Iglesia y la Iglesia oficial es la Iglesia católica, aunque esté
operando con otros fines para establecer otra religión diferente de la
Católica. La secta modernista que había cambiado todo para destruir desde
dentro la Iglesia católica, pasaba a ser la “Iglesia católica” sin más. La
concubina era ahora la legítima. La única.
Una vez
hecha prescindencia de esa distinción, sin caer en la extrema posición
sedevacantista, que siempre Mons. Lefebvre evitó, la FSSPX pasó a tener
contactos tan asiduos con los obispos modernistas, que ya no podía considerarlos
como obispos dudosos ni cuestionar sus sacramentos. Es así que por cuestiones
puramente diplomáticas y acomodaticias, dejaron de lado lo que había enseñado
Mons. Lefebvre [1] y varios teólogos prominentes. Lo cual llevó finalmente a
aceptar a Vitus Huonder dentro de sus filas, sin la previa consagración bajo condición.
Sin embargo, esto fue conflictivo puesto que, como a Huonder se le permitió
consagrar los óleos en una Semana Santa, varios sacerdotes rechazaron esos
óleos y lo mismo hizo Mons. Tissier de Mallerais.
Ahora
bien, Mons. Lefebvre presentó del siguiente modo el estado de necesidad, en su
sermón pronunciado durante las consagraciones episcopales del 30 de junio de
1988 en Écône:
«Sabéis
muy bien, mis queridísimos hermanos, que no puede haber sacerdotes sin un
obispo. Todos estos seminaristas que están hoy aquí, si mañana el Buen Dios me
llamara a Sí —y eso será, sin duda, muy pronto—, bien, estos seminaristas, ¿de quién recibirán el sacramento del
Orden? ¿De obispos conciliares,
cuyos sacramentos son todos dudosos? Porque
no sabemos exactamente cuáles son sus intenciones. Eso no es posible. Ahora
bien, ¿qué obispos han conservado verdaderamente la Tradición, que han conservado
los sacramentos tal como la Iglesia los ha administrado durante veinte siglos
hasta el Concilio Vaticano II? Pues son Mons. de Castro Mayer y yo. No puedo
hacer nada al respecto, pero así es.»
De modo
tal que en la actualidad varios sacerdotes provenientes del Novus Ordo, así pues dudosos, ejercen el
ministerio en la FSSPX sin haber recibido previamente la ordenación sub
conditione.
¿Todo
esto que significa?
Pues que
la doctrina quedó a un costado por el afán de obtener un reconocimiento romano.
Ya que las intenciones de los obispos conciliares eran consideradas dudosas,
debido a la crisis en la Iglesia que aumentaba como consecuencia de esa
doctrina errónea profesada por los obispos, y que con el paso de los años no ha
hecho más que aumentar, pero ahora sin embargo son consideradas verdaderamente
católicas.
La
pregunta que podemos hacernos es, ¿qué cambió ahora con estas consagraciones? ¿La
Fraternidad va a volver sobre sus pasos y retomar lo enseñado por su Fundador,
o permanecerá en esa ambigüedad doctrinal, y sin reconocer exactamente quién es
el enemigo mortal de la Iglesia católica, que hoy ocupa sus puestos de control?
Se nos
puede decir que el hecho de que la Fraternidad consagre sus propios obispos,
significa que piensa que los nuevos sacramentos son dudosos, pero más bien
puede ser que la Fraternidad sabe que obispos conciliares con los que tiene
mucho contacto, como Schneider y Strickland, no están dispuestos a consagrarle
obispos a la Fraternidad ni a ordenar sus sacerdotes. Es decir, se trataría más
bien de un recurso desesperado de supervivencia de la Fraternidad, antes que de
una actitud doctrinal como fue la de Mons. Lefebvre.
Ignacio Kilmot
[1]
Entrevista a
Monseñor Lefebvre un año después de las consagraciones episcopales:
Fideliter: Algunos
dicen: sí pero Monseñor tendría que haber aceptado un acuerdo con Roma, porque
una vez que la Fraternidad hubiese sido reconocida y las sanciones levantadas,
habría podido actuar de una manera más eficaz dentro de la Iglesia, mientras
que ahora se colocó afuera.
Mons. Lefebvre: Son cosas que son
fáciles de decir. Ponerse dentro de la Iglesia, ¿qué es lo que quiere
decir eso? Y en primer lugar, ¿de qué Iglesia se habla?
Si es de la Iglesia conciliar, sería necesario que nosotros,
quienes luchamos contra ella durante veinte años porque queremos la Iglesia
Católica, volviésemos a entrar en esta Iglesia conciliar para
supuestamente volverla católica. ¡Es una ilusión total!
Fideliter: ¿No teme
que a la larga y cuándo el Buen Dios lo haya llamado a El, poco a poco la
separación se acentúe y que se tenga un poco la impresión de una Iglesia
paralela respecto de lo que algunos llaman la “Iglesia visible”?
Mons. Lefebvre: Esta
historia de la Iglesia visible de Dom Gérard y del Sr. Madiran es
infantil. Es increíble que se pueda hablar de Iglesia
visible en relación a la Iglesia conciliar y en
oposición con la Iglesia Católica que nosotros intentamos
representar y seguir. No digo que seamos la Iglesia Católica. Nunca lo he
dicho. Nadie puede acusarme de haber querido tomarme por un papa. Pero,
nosotros representamos de verdad la Iglesia Católica tal como
era antes, puesto que seguimos eso que siempre ha hecho. Somos nosotros
quienes tenemos las notas de la Iglesia visible: la unidad, la
catolicidad, la apostolicidad, la santidad. Es eso lo que constituye la Iglesia visible. El
Sr. Madiran añade: y la infalibilidad. Pero, la infalibilidad… En lo que
representa la tradición de los papas, la tradición de la infalibilidad, estamos
de acuerdo con el Papa. Estamos unidos a él en cuanto continúa la sucesión de
San Pedro y debido a las promesas de la infalibilidad que se le hicieron. Somos
nosotros quienes se unen a su infalibilidad. Pero él, incluso si bajo algunos
aspectos se puede decir que la representa, formalmente se opone, porque no
quiere más la infalibilidad. No cree y no realiza actos señalados por la marca
de la infalibilidad… Somos nosotros quienes estamos con la infalibilidad,
no la Iglesia conciliar. Ella está en contra de la
infalibilidad, es absolutamente cierto. El cardenal Ratzinger está en contra de
la infalibilidad, el Papa está en contra de la infalibilidad debido a su
formación filosófica. Que se nos comprenda bien, no estamos en contra del Papa
como representante de todos los valores de la Sede Apostólica, que son
inmutables, de la sede de Pedro; pero estamos contra el Papa que es un
modernista, que no cree en su infalibilidad, que hace
ecumenismo. Obviamente estamos en contra de la Iglesia conciliar,
que es prácticamente cismática, incluso si no lo aceptan. En la práctica es una
Iglesia virtualmente excomulgada, porque es una Iglesia modernista. Son
ellos quienes nos excomulgan, mientras que nosotros queremos seguir siendo
católicos. Queremos permanecer con el Papa católico y con
la Iglesia Católica. He aquí la diferencia.
Pienso, pues, que
no hay que tener ninguna vacilación ni ningún escrúpulo respecto de las
consagraciones episcopales. No somos ni cismáticos, ni excomulgados; no estamos
en contra del Papa. No estamos en contra de la Iglesia
Católica. No hacemos una Iglesia paralela. Todo eso es absurdo.
Somos lo que
siempre hemos sido: católicos que continúan. Es todo. No hay que buscar
mediodía a las catorce. ¡No constituimos una “pequeña Iglesia”!
Conferencia en Ecône, 9 de junio de 1988:
“Son
ellos que hacen otra iglesia. Ellos siguen siendo lo que son, ellos siguen
siendo modernistas, siguen apegados al concilio. Como el concilio es
Pentecostés… El cardenal nos lo ha recordado no sé cuántas veces: ¡No
hay más que una Iglesia!... ¡No es necesario hacer una Iglesia paralela! Entonces
esta iglesia, evidentemente, es la iglesia del concilio”.
Conferencia
de prensa en Ecône, 15 de junio de 1988:
“El
Cardenal (Ratzinger) lo repitió muchas veces: « Monseñor, no hay más que
una Iglesia, no puede haber una Iglesia paralela”. Yo le dije: “Eminencia, no somos nosotros quienes hacemos
una Iglesia paralela, pues nosotros continuamos la Iglesia de siempre, son
ustedes quienes hacen la Iglesia paralela al haber inventado la Iglesia del
Concilio, la que el Cardenal Benelli llamó iglesia conciliar; son ustedes quienes inventaron una iglesia
nueva, no nosotros, son ustedes quienes han hecho los nuevos catecismos, nuevos
sacramentos, una nueva misa, una nueva liturgia, no nosotros. Nosotros
continuamos lo que se hacía antes. No somos nosotros los que hacemos una nueva
iglesia”.
"Itinerario Espiritual", 1990:
“Para todo sacerdote que quiera permanecer
católico, es un deber estricto separarse de esta iglesia conciliar
mientras ella no regrese a la tradición del magisterio de la iglesia y de la fe
católica”.
