Por P. PATRICK DE LA ROCQUE
Le Pescadou n.º 235
Estimado señor:
Por carta, usted me ha compartido sus interrogantes
relativos al sedevacantismo.
En efecto, para quien acepta abrir los ojos con imparcialidad
y espíritu sobrenatural, la situación que la Iglesia, en general, y el papado,
en particular, atraviesan desde hace medio siglo es terriblemente
desconcertante. Mientras que «el Espíritu
Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para revelar una nueva
doctrina, sino para que, con su asistencia, guardasen santamente y expusiesen
fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de
la fe» (Vaticano I, Const. Pastor æternus), es evidente que los
papas recientes, por desgracia, se sirven de su posición no para ese fin, sino,
por el contrario, para promover una doctrina humanista y liberal repetidamente
condenada por sus predecesores. Y no vacilan en llevar esa utopía hasta sus
consecuencias más dramáticas. Así, vimos a Juan Pablo II besar el Corán e
invocar a San Juan Bautista para que protegiera al islam, o al papa Francisco
celebrar la Pachamama en el Vaticano. Del mismo modo, los principios morales
más consagrados son actualmente debilitados hasta el punto de legitimar la
comunión de los divorciados vueltos a casar y de los protestantes, o de
provocar el predominio casi absoluto de los lobbies LGBT+ en el lenguaje
oficial de la Iglesia. Todo esto sucede sobre las cenizas de la Tradición
católica, renegada en muchos aspectos, incluso en su liturgia. Estos papas, por
otra parte, desterraron oficialmente la Tradición bimilenaria de la Iglesia
cuando condenaron a quienes, rechazando estos principios erróneos y sus
consecuencias blasfemas, quisieron permanecer fieles al depósito de la fe que
el oficio pontificio tiene precisamente la misión de defender.
A la luz de estas traiciones romanas surgieron las
que denominamos tesis sedevacantistas. Plurales entre sí, todas ellas se
niegan, de un modo u otro, a reconocer al (o a los) papa(s) actual(es) como
sucesor(es) de Pedro. Un papa —afirman sus defensores— no puede enseñar el
error ni promoverlo permaneciendo papa. Por ello consideran «vacante» la «Sede»
de Pedro, de donde proviene el término sedevacantismo.
Ante estas tesis sedevacantistas, me dice usted, la
posición de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X le parece vaga, cobarde e
incluso contradictoria. En primer lugar, vaga, porque el propio Mons. Lefebvre,
en varias de sus intervenciones, parece haber dejado abierta la puerta a esas
tesis sedevacantistas, sin llegar jamás a pronunciarse realmente. Esa posición
también le parece cobarde, puesto que, según usted, nunca se ha dado una
respuesta detallada a los argumentos presentados por el sedevacantismo. Lejos
de ofrecer esas respuestas, los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío
X rehúyen ese debate para refugiarse —dice usted— en argumentos moralizadores
que los progresistas se complacían en utilizar cuando se trataba de vilipendiar
la Tradición. Finalmente, le parece contradictorio que Mons. Lefebvre, en la
carta dirigida a los futuros obispos en 1987, pueda escribir, por una parte,
que «la Sede de Pedro está ocupada por el Anticristo», y al mismo tiempo
reconocer, por otra, a Juan Pablo II como sucesor de Pedro, poseedor, por
tanto, del poder de las llaves.
UNA OPINIÓN
FRÁGIL, QUE PRÁCTICAMENTE NO PUEDE IMPONERSE
Para avivar un poco vuestra lámpara es necesario
reproducir, en primer lugar, los argumentos presentados por los defensores del
sedevacantismo. Esto explicará, por lo demás, por qué los sacerdotes de la
Fraternidad Sacerdotal San Pío X se niegan sistemáticamente a entrar en ese
debate y, por ello, no merecen en absoluto el calificativo de «cobardes», sino
todo lo contrario.
Sin duda, desde un punto de vista puramente especulativo, efectivamente puede
plantearse la cuestión de si un papa que enseña habitualmente la herejía y
actúa como enemigo de la Iglesia puede seguir siendo papa. Los teólogos no
dejaron de hacerlo, esencialmente a partir del siglo XVI. Los sedevacantistas actuales toman de aquellos debates únicamente los
argumentos que les convienen. Probablemente, además de su visión parcial,
olvidan sobre todo que ese debate doctrinal sigue siendo un debate puramente
especulativo entre teólogos, abierto efectivamente a opiniones divergentes,
pero que, no obstante, no dejan de ser opiniones
personales.
Ahora bien, ¿qué es una opinión? Por definición,
carece de certeza. Aunque algunos elementos inclinen el entendimiento hacia una
determinada posición, no son lo suficientemente determinantes como para
obligarlo y, por tanto, vincularlo. Por ello, todo teólogo digno de ese nombre, aun cuando sus opiniones personales
respeten en todos sus puntos los datos de la fe, las somete al juicio de la
Iglesia, pues, en el orden sobrenatural, solo ella es maestra de vida. Solo
ella, al explicitar mediante su Magisterio el depósito revelado, aporta la
certeza. Por consiguiente, jamás una opinión teológica, y menos aún cuando no
es comúnmente admitida, podrá establecerse como principio determinante.
Precisamente esto es lo que los sedevacantistas han
olvidado. Elevan su propia opinión,
además bastante frágil, juzgándola absoluta. Ahí reside su orgullo; ahí se encuentra su primer
desvío: el alma católica, y con mayor razón si es teóloga, no tiene como
finalidad establecer su propia sabiduría como principio de vida, y mucho menos
como principio vital que se imponga a todos. Su búsqueda consiste en vivir
conforme a la Sabiduría de Dios, transmitida por el Magisterio constante de la
Iglesia. Ahora bien, jamás el Magisterio
de la Iglesia se ha pronunciado sobre esta cuestión, y no solo porque no haya
tenido ocasión de hacerlo. Lo único que dice la Revelación (Gál 2, 11-14) es
que Pedro, una vez papa, no siempre caminó conforme a la verdad, y que San
Pablo creyó que era su deber reprenderlo públicamente.
Por otra parte, aun cuando uno se inclinara por una
opinión especulativa sedevacantista, sería temerario y peligroso convertirla,
tratándose por un lado de un asunto tan grave y, por otro, tan complejo desde
el punto de vista teológico, en una norma práctica de conducta. Sería aún más
orgulloso pretender imponerla a todos, afirmando que solo las misas non una
cum (que se niegan a mencionar al papa en el canon de la misa) son agradables
a Dios.
Lo que acaba de decirse explica por qué los
sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X se niegan sistemáticamente a
entrar en el debate especulativo que agita a los medios sedevacantistas: ese
debate es estéril, porque, a falta de un argumento magisterial, jamás
desembocará en una certeza y, por tanto, en una norma de conducta. Aunque no
pueda excluirse que algún día, disponiendo de elementos que hoy nos faltan, la
Iglesia declare antipapa a alguno de quienes han ocupado la Sede de Pedro
durante el último medio siglo, jamás un laico, un sacerdote o un obispo, por
muy «sabio» que pretenda ser, podrá hablar de manera determinante en este
ámbito. Esta negativa de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X a discutir, lejos
de ser una huida cobarde, demuestra simplemente una humildad elemental, de la
que, por desgracia, carecen los sedevacantistas.
CONSTATACIÓN
PARCIAL, OPINIÓN PARCIAL
Además de establecer como certeza lo que, a lo
sumo, no pasa de ser una opinión posible desde un punto de vista puramente
especulativo, y no práctico, las tesis de los sedevacantistas cometen todavía
el error de fundamentar sus reflexiones sobre un punto de vista parcial,
distorsionando aún más su juicio. En efecto, aunque constatan la profundidad y
la gravedad de la crisis de la Iglesia, olvidan demasiado lo que es la Iglesia
tal como fue fundada por Nuestro Señor Jesucristo y abandonan algunas de sus
características esenciales; entre otras, su visibilidad.
En efecto, es de fe que la Iglesia es una sociedad
visible. Esto está contenido en la Revelación, cuando San Pablo dice de la
Iglesia que ella es para Cristo lo que el cuerpo es para la cabeza, y más aún
porque Nuestro Señor edificó la Iglesia sobre Pedro.
La
visibilidad de la Iglesia ha sido atacada en todas las épocas, puesto que en
todas ellas existió la tendencia a reducir la Iglesia a la sociedad de los
buenos. Ahora bien, como la bondad interior es invisible, esos cismáticos y
herejes rechazaban, en realidad, la visibilidad de la Iglesia. Así ocurrió
con los donatistas (siglo IV), a quienes San Agustín refutó recordándoles que,
desde la presencia de Judas en el colegio apostólico, la Iglesia en la tierra
estará siempre compuesta por buenos y malos. Así sucedió también, más tarde,
con Wicleff (siglo XIV) y Jan Hus (siglo XV), quienes, por iniciativa propia,
excluían de la Iglesia a los malos obispos, llegando siempre a la misma
conclusión: reducían la Iglesia a una sociedad puramente espiritual, la de los
«puros», aunque organizada en la práctica. Cabe temer que el sedevacantismo
actual no esté exento de estas trampas. Esta tendencia se hace todavía más
evidente cuando algunos de ellos llegan a negar la validez de las ordenaciones
sacerdotales y de las consagraciones episcopales realizadas según el nuevo
rito. Tal afirmación también carece de fundamento (cf. Sel de la Terre,
primavera de 2023, p. 127 ss.) y tiene en su contra hechos evidentes.
Conduciría a una negación práctica de la visibilidad de la Iglesia.
Sin duda, los sedevacantistas le dirán que no
niegan la visibilidad, sino que la encuentran en el hecho de que, a su juicio,
todavía existen algunos obispos y sacerdotes válidamente ordenados. Pero eso,
lejos de justificar la visibilidad de la Iglesia, no la explica. En efecto, los
papas León XIII (enc. Satis Cognitum) y Pío XII (enc. Mystici
Corporis), siguiendo fielmente la Tradición, explican que la Iglesia es visible no solamente porque
sus miembros sean visibles, sino también, y sobre todo, por su propia
constitución.
Una imagen ayudará a comprender esta distinción. Si
decimos que, por naturaleza (por esencia), toda casa es visible, no es
solamente porque sus persianas o sus tejas sean visibles. En efecto, estas
pueden verse en otro lugar distinto de una casa, por ejemplo, en un almacén de
materiales de construcción. Por consiguiente, la casa es visible no solo porque
sus elementos sean visibles (aspecto material), sino también, y sobre todo, en
cuanto casa (aspecto formal), pues su estructura es, por naturaleza, visible:
piso, eventual planta superior, techo, etc. Lo mismo sucede con la Iglesia.
Para afirmar su visibilidad no basta decir que sus miembros son visibles, que
todavía existen obispos y sacerdotes válidamente ordenados. Eso explica de
manera insuficiente la visibilidad de la Iglesia, porque existen obispos y
sacerdotes válidamente ordenados fuera de su seno (entre los ortodoxos, por
ejemplo), del mismo modo que existen persianas y tejas fuera de una casa. Por
tanto, afirmar que la Iglesia es visible es afirmar no solamente que sus
miembros, tomados individualmente, son visibles, sino también, y sobre todo,
que la Iglesia es visible por sí misma, por naturaleza, entre otras razones, y
principalmente, por su constitución jerárquica, tal como fue establecida por
Cristo: papa, obispos, sacerdotes, fieles, etc. Esta Iglesia visible, que es la
Iglesia una, santa, católica y apostólica, recibió las promesas de la
indefectibilidad: las puertas del infierno no prevalecerán contra ella
(Mt 16, 18).
Las tesis
sedevacantistas ya no saben explicar la visibilidad de la Iglesia entendida en
su verdadero sentido. Esto hace
todavía más sospechosa su opinión, puesto que, como hemos dicho, una opinión
teológica digna de ese nombre debe respetar, en todos los puntos, los datos de
la fe, permaneciendo sometida al juicio de la Iglesia. El hecho de que los
sedevacantistas ya no sepan explicar la fe de la Iglesia suscita serias
preocupaciones y confiere una enorme fragilidad a su(s) tesis. Quizá habrían
obrado mejor escuchando el consejo del Sabio: «No busques lo que es
demasiado elevado para ti, ni escudriñes lo que supera tus fuerzas. Piensa
siempre en lo que Dios te ha mandado, y no entregues tu curiosidad a todo lo
que Él hace; porque se te han revelado muchas cosas que sobrepasan el
entendimiento humano, y muchos fueron engañados por sus propias opiniones. Su
propio juicio los retuvo en la vanidad» (Eclo 3, 22-26).
LOS LÍMITES
DEL RECTO JUICIO
Por último, el error de los sedevacantistas
consiste en juzgar fuera de sus competencias... ¡y de las nuestras! En efecto,
hay juicio y juicio.
Sin duda, en esta crisis de autoridad que atraviesa
la Iglesia, el juicio moral es hoy más necesario que nunca. Tomando como
criterio el buen sentido sobrenatural fundamentado en la enseñanza perenne de
la Iglesia, permite discernir lo verdadero de lo falso, el bien del mal e
incluso al hombre habitualmente bueno o veraz del hombre generalmente
traicionero y ambiguo. Este juicio se llama moral, porque está orientado
a la conducta de la vida: confiar un secreto a alguien supone saber previamente
si esa persona es discreta o no. Tal juicio moral es moralmente bueno cuando es
necesario para mi conducta (o para la de aquellos que me han sido confiados).
Por eso no tengo que juzgar todo ni a todos, sino únicamente las cosas y las
personas con las que me relaciono, precisamente para conducirme rectamente.
Ahora bien, esta es justamente nuestra situación actual frente a quienes
detentan la autoridad eclesiástica, y por eso Nuestro Señor exige este
discernimiento: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con
vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces» (Mt 7, 15). Tal
discernimiento es, en efecto, indispensable para nuestra salvación: «Se
levantarán falsos profetas y seducirán a muchos. Pero el que persevere hasta el
fin, ese se salvará» (Mt 24, 11 y 13). En estos tiempos en que tantos
individuos revestidos de autoridad, lejos de servir a Cristo, se dedican de
hecho a destruir Su Iglesia, sería una muestra de inconsciencia suspender ese
juicio moral. Lejos de manifestar virtud, tal omisión sería gravemente
reprensible, de tal modo que Nuestro Señor la supone incluso en la parábola de
la cizaña y el trigo (Mt 13, 24-30): allí el Maestro no pide que confundamos
una con el otro, ni que tomemos uno por el otro, y viceversa. El discernimiento
es necesario, so pena de caer en un espantoso relativismo que conduciría a la
perdición eterna.
Sin embargo, en esa misma parábola, Cristo advierte
contra un desliz del que los sedevacantistas no escapan: es realmente tentador pasar del juicio moral al juicio de retribución. ¿Dónde
está la diferencia? Si el juicio moral está destinado a dirigir la propia
conducta, no consiste en retribuir la conducta de los demás, aunque esta sea
objetivamente mala. Eso es propio del juicio de retribución o, dicho de otro
modo, del juicio judicial. Este último corresponde a quien está
constituido en autoridad, pues solo él puede imponer justamente una pena por el
desorden ajeno. Por eso Nuestro Señor reprende a los obreros de la
parábola, precisamente porque se apresuraron a usurpar el juicio de Dios.
Aunque deban distinguir efectivamente el buen trigo de la cizaña, no les
corresponde quemar esta última.
Lamentablemente, los sedevacantistas han olvidado
la lección de Cristo. Si los obreros de
la parábola, ansiosos por devastar la cizaña, arrancarla y quemarla, detuvieron
sus brazos vengadores por orden del divino Maestro, no ocurre lo mismo con los
sedevacantistas. Del papa hacen un auto
de fe.
Ahora bien, ni ellos ni usted ni yo hemos recibido
una delegación divina para ese fin. Por ello solo cabe dirigirles la reprensión
pronunciada antaño por el apóstol Santiago: «No hay más que un solo
legislador y juez: aquel que puede salvar y perder. Pero tú, ¿quién eres para
juzgar a tu prójimo?» (St 4, 12).
La
distinción entre juicio moral y juicio judicial resuelve la contradicción que
usted creyó encontrar en Mons. Lefebvre, cuando,
por un lado, escribía en 1987 que la Sede de Pedro estaba ocupada por el
Anticristo y, por otro, continuaba actuando como si quien ocupaba esa misma
Sede de Pedro fuera efectivamente su sucesor. La primera afirmación pertenece a
un juicio moral; la segunda demuestra que se abstiene del juicio judicial. Sí,
en cuanto al juicio moral, puede decirse, con todo el rigor del término, aunque
con profundo horror, que el actual ocupante de la Sede de Pedro es un
anticristo, conforme a las propias palabras de San Juan: «Todo espíritu que
divide a Jesús no es de Dios; ese es el espíritu del Anticristo, del cual
habéis oído que ha de venir y que ya está ahora en el mundo» (1 Jn 4, 3).
Rebajar a Jesucristo: eso es exactamente lo que hacen los papas modernos.
Relativizan a Nuestro Señor Jesucristo, por ejemplo, al reemplazar la doctrina
de Cristo Rey por la libertad religiosa o también mediante su ecumenismo y su
diálogo interreligioso, que no son sino un relativismo religioso oculto bajo
otro nombre. Sin embargo, por graves que sean esas faltas y por pesada que sea
la responsabilidad de los últimos papas, Mons. Lefebvre jamás se permitió declarar
que el papa no era papa. Se negó a hacer lo que llamamos un juicio judicial.
LA ACTITUD
DE MONS. LEFEBVRE
Usted me ha citado la serie de pasajes que los
sedevacantistas han extraído de las intervenciones de Mons. Lefebvre para
intentar legitimar sus posiciones. Aunque es evidente que, en varios momentos,
«el obispo de Ecône» planteó la cuestión, también debe reconocer conmigo la
conducta deshonesta de los sedevacantistas. En efecto, Mons. Lefebvre siempre
se negó a que esa eventual opinión personal fuera establecida como principio de
acción, hasta el punto de establecer como condición para la ordenación
sacerdotal el reconocimiento de las autoridades romanas.
Además, el día en que, según la opinión de todos,
planteó esta cuestión con mayor insistencia fue en 1986, en su sermón de
Pascua. Allí evocaba el encuentro interreligioso de Asís que tendría lugar en
octubre de ese mismo año, organizado por el propio papa. Aquella noticia
conmovió profundamente al antiguo misionero de África. Por ello, ante el «dilema
extremadamente grave», consultó el derecho canónico (la ley de la Iglesia) de
1917, que prohibía absolutamente toda participación en los falsos cultos, hasta
el punto de considerar sospechoso de herejía a quien infringiera dicha
prohibición. Fue entonces cuando pronunció la famosa frase citada repetidamente
por los sedevacantistas: «Es posible
que nos veamos obligados a creer que este papa no es papa.» Sin embargo,
en su deshonestidad, omiten las palabras que siguen inmediatamente: «Ahora bien, a primera vista, parece —todavía
no quiero decirlo de manera solemne y formal—, pero parece, a primera vista,
que sea imposible que un papa sea hereje pública y formalmente.» Aunque
planteó públicamente esa posibilidad, se negó a pronunciarse de manera solemne
y formal. Mucho menos lo hizo posteriormente, una vez pasada la conmoción. Un
año más tarde, por el contrario, mantenía relaciones con esas mismas
autoridades, a las que declaraba reconocer.
Preferiría que, de ese sermón, los sedevacantistas
conservaran la instrucción práctica que Mons. Lefebvre dio a continuación: «¿Qué
debemos hacer, mis queridísimos hermanos, mis queridísimos amigos? Rezar. Ante
esta situación de la Iglesia, deberíamos rezar desde el amanecer hasta la
puesta del sol, día y noche, suplicar a la Santísima Virgen para que venga en
auxilio de su Iglesia.» Ellos, en
cambio, dominados por su apasionado afán de revancha, ya no rezan por el papa y
condenan a todos aquellos que lo hacen. ¡Qué paradoja!
CONCLUSIÓN:
¿QUÉ ACTITUD PRÁCTICA ADOPTAR?
Nuestra situación como hijos de la Iglesia en estos
tiempos de prueba podría compararse con la de un niño cuyo padre ha sido
afectado por una enfermedad tan grave como misteriosa y, además, contagiosa. En
su delirio, ese padre querría abrazar a su hijo y transmitirle su enfermedad.
Sería inconcebible que, a causa de esa enfermedad, aunque hubiera sido
contraída voluntariamente, ese hijo renegara de su padre. Del mismo modo, sería
igualmente inútil y peligroso que él, que no es médico, pretendiera hacer un
diagnóstico exacto sobre la extensión del mal para prescribir sus remedios.
¡Que deje eso a los especialistas! Por su parte, debe protegerse de las
acciones de su padre mientras la enfermedad persista. Su padre mismo se lo
habría ordenado si estuviera sano, precisamente para evitar que contrajera el
mismo mal. A ese hijo le corresponde también, según sus posibilidades, suplicar
a los especialistas en medicina para que se ocupen de la enfermedad de su padre
y lo curen.
Aunque toda comparación es imperfecta, esta pretende
indicar cuál debe ser la actitud práctica que debemos adoptar en estos tiempos
en los que la Sede de Pedro parece estar ocupada por el Anticristo.
Diagnosticar con exactitud la extensión del mal no es competencia nuestra, y
suspender nuestro juicio cuando se trata de saber si la Sede de Pedro está
actualmente ocupada por un papa o por un antipapa demuestra la más elemental
humildad. Dejemos ese juicio a los papas del mañana e imploremos a los
«especialistas» celestiales para que intercedan ante Dios por la Iglesia que,
lo recordamos, sobrevivirá a toda esta malicia: «las puertas del infierno no
prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18).
Desde un punto de vista práctico, pues, a falta de
elementos suficientes, reconozcamos al (o a los) papa(s) actual(es), preservándonos
al mismo tiempo de la influencia mortífera que quiere(n) ejercer sobre
nosotros. Más de doscientos papas, animados por una fe sana y con frecuencia
santa, nos han enseñado cómo vivir como cristianos. Son ellos a quienes debemos
escuchar, y no a los malos pastores de hoy. Es la Tradición bimilenaria la que
debemos seguir, y no las ideologías del mundo que han invadido a los hombres de
Dios. Es la obediencia a la fe de siempre la que debemos conservar, y no una
obediencia servil a lobos disfrazados de ovejas. A estos últimos, dejemos que
Dios los juzgue: «Serán confundidos,
porque cometieron abominaciones. Pero desconocen la vergüenza y ya no saben
sonrojarse. Caerán, pues, con los que caigan; perecerán el día en que yo los
visite, dice Yahvé» (Jer 6, 15). Y en cuanto a nosotros, Dios continúa: «Deteneos en los caminos y mirad. Preguntad
por las sendas antiguas. ¿Cuál es el buen camino? Seguidlo y hallaréis descanso
para vuestras almas» (Jer 6, 16).
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