Por ALDO MARIA VALLI
En estos
días algunos queridos amigos (amigos de verdad, que me aprecian y cuyo afecto
es correspondido por mí) me han escrito para decirme, más o menos: «Cuidado,
Aldo, con ponerte del lado de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Entendemos
perfectamente que la Iglesia atraviesa una crisis tremenda, porque está
dirigida por una jerarquía modernista que la está llevando por el mal camino,
pero la FSSPX no podía ni debía ordenar nuevos obispos. Se es católico en la
medida en que se está cum Petro et sub Petro (con Pedro y bajo Pedro).
Si no se está bajo el Papa y con el Papa, uno se construye su propia iglesia y
cae en el sectarismo. Exactamente igual que Lutero. La excomunión puede no
gustarnos, pero es inevitable si no se está con el Papa. Porque se cae
automáticamente en el cisma».
Son
observaciones que tomo muy en serio, y yo mismo les doy vueltas sin descanso.
¿Con qué resultado?
Veamos.
Supongamos que monseñor Lefebvre nunca hubiera existido. O supongamos que, en
aquella época, ante la evidente deriva modernista, se hubiera quedado callado y
tranquilo. ¿Qué tendríamos hoy?
Lo sé: la
historia, ni siquiera la de la Iglesia, se hace con hipótesis. Pero intentemos
pensarlo.
Si no
hubiera existido un Lefebvre, o si el buen monseñor hubiera guardado sus dudas
para sí y se hubiera adaptado a la línea predominante, ¿tendríamos hoy memoria
de la Tradición? En ausencia de un Lefebvre y de una FSSPX, ¿qué habría sido de
ese patrimonio inestimable, desde el punto de vista teológico, doctrinal,
litúrgico y disciplinario, al que muchos de nosotros nos sentimos tan
profundamente vinculados precisamente porque hubo un Lefebvre que hizo oír su voz?
Respondamos con sinceridad. No, ya no tendríamos memoria de ello. Los modernistas habrían hecho tabla rasa. A lo sumo, quizá conservaríamos una misa antigua preservada, en líneas generales, desde el punto de vista litúrgico, pero nada más. Tendríamos una reserva india para los nostálgicos del latín, pero nada en el plano teológico y doctrinal, porque todo estaría supervisado y controlado por los modernistas. Algo parecido a lo que sucede con los institutos Ecclesia Dei, autorizados a celebrar el rito antiguo pero mantenidos con la correa y tironeados en cuanto se atreven a cuestionar, total o parcialmente, ese superdogma en que se ha convertido el Concilio Vaticano II.
A estas
observaciones mías generalmente se me responde: «Bueno, admitamos que Lefebvre
hizo bien en luchar por conservar la Tradición, pero nunca debió ordenar
sacerdotes y, sobre todo, consagrar nuevos obispos, porque así cayó en el
cisma».
Pero esa
objeción, en mi modesta opinión, no se sostiene, porque, muy alejada del
realismo católico, está viciada de espiritualismo, idealismo y romanticismo. La
Iglesia no es una realidad únicamente espiritual, que deba preservarse en
nombre de un vago misticismo, ni una realidad únicamente cultural, que deba
protegerse como si se tratara de una exposición de cuadros o de una colección
de libros. Es una realidad sacramental. Una realidad que, precisamente en
cuanto tal, encuentra en la dimensión sacramental su propia razón de ser. Por
eso, cuando monseñor Lefebvre se planteó cómo responder a la devastadora
ofensiva modernista, jamás pudo pensar en fundar un instituto teológico o, qué
sé yo, un centro de formación moral. No. En el mismo momento en que se planteó
el problema, monseñor Lefebvre pensó en un seminario, en la formación de
sacerdotes. Y no podía actuar de otra manera.
Y hay
otro elemento que debe considerarse. Desde sus primeros pasos, monseñor
Lefebvre, como había hecho durante toda su vida de hombre consagrado a Dios,
puso todo en manos de la Providencia. Nunca hubo por su parte una imposición forzada;
nunca pretendió obstinarse ideológicamente para imponer una idea propia. Como
hacen siempre los santos, puso todo en manos del buen Dios, se confió a la
Santísima Virgen María y esperó los frutos. Y los frutos, casualmente, llegaron
en abundancia. Tan abundantes que sorprendieron incluso a él mismo.
Esta es
la historia de la FSSPX hasta nuestros días. Una historia que pudo
desarrollarse porque la Fraternidad produjo sacerdotes. Y luego, cuando la
Fraternidad, impulsada por la creciente demanda de los fieles, alcanzó una
dimensión muy grande, surgió la necesidad de contar también con obispos. Y así
llegó 1988. Y ahora, frente a una Fraternidad que ha crecido aún más, llega
2026.
Esto es
exactamente el estado de necesidad. No una teoría nebulosa, no una excusa para
hacer lo que uno quiera, sino un hecho. Para vivir en el plano sacramental,
para ser una realidad sacramental, la FSSPX necesitaba y necesita sacerdotes y
obispos. De lo contrario sería solo un instituto cultural, como hay tantos,
frecuentado por nostálgicos. Y eso era precisamente lo que el Vaticano
modernista habría querido: reducida a una dimensión únicamente cultural y
vagamente espiritual, la FSSPX no habría sobrevivido o habría vegetado en los
márgenes del mundo «católico» como una pandilla de gente extraña aferrada al
pasado. Pero monseñor Lefebvre, como auténtico pastor, nunca cayó en esa
trampa.
Y aquí
estamos, con las excomuniones y la acusación de cisma. Todo inevitable y
previsto, porque existen los códigos y, además, sabemos muy bien que los
sinodal-inclusivistas que gobiernan en Roma rebosan misericordia por todas sus
garras. Pero ¿considerar esas
excomuniones y esa acusación como una medalla al mérito de la Fe católica, como
estoy haciendo yo en estas horas, realmente me coloca fuera de la comunidad
eclesial? ¿O no será más bien que la Roma modernista, con sus repetidas y
manifiestas negaciones de la doctrina y de la moral católicas, se ha
autoescindido?
Misteriosos
son los designios del buen Dios y nadie puede escrutar los corazones de los
hombres. Pero a veces pienso que llegará el día en que monseñor Lefebvre será
elevado a la gloria de los altares y, como un nuevo Atanasio, será reconocido
como padre y doctor de la Iglesia. Y si eso ocurre será porque el Monseñor
quiso servir a la Santa Madre Iglesia y preservar la fe en el plano
sacramental, no en el plano estético e ideal.
Volvamos,
pues, al principio. Me pregunto: ¿razonando de esta manera caigo en el error de
querer construir mi propia iglesia? ¿Alimento la pretensión de seguir al Papa
mientras me parece bien y dejar de seguirlo cuando mi conciencia me dice que se
está desviando de la fe? ¿Me erijo en juez del Papa?
No soy
capaz de entrar en las sutilezas canónicas y teológicas. Como pobre cristiano,
pecador e ignorante, me siento más bien en la piel de un hijo que, ante un
padre que está perdiendo el rumbo, le pide que deje de beber de fuentes
envenenadas y vuelva en sí. Porque una cosa es la obediencia y otra muy
distinta la papolatría ciega. Y no me consta que Nuestro Señor nos haya pedido
jamás comportarnos como apparátchiks, grises funcionarios de partido
capaces únicamente de aplaudir a la orden en asambleas sinodales que se parecen
tanto a los sóviets.
Como san
John Henry Newman, brindo ciertamente por el Papa, pero antes por la
conciencia, voz interior de Dios. Y siento que debo tomar distancia de una
autoridad que me empuja a abrazar al mundo y a legitimar el pecado.
Porque,
miren ustedes, al final el problema es precisamente ese. No el latín, no la
liturgia, sino la salvación del alma. Siempre que todavía creamos en ella.
https://www.aldomariavalli.it/2026/07/03/i-dubbi-sulla-fsspx-e-le-risposte-di-un-povero-cristiano/
