“Barbarie
de nuevo género es la que hoy nos invade; barbarie inconvertible, porque trae
todo el orgullo y preocupaciones de civilizada. Combate es éste en que sólo
puede darnos victoria la intervención directa y extraordinaria de Dios, pues
los medios ordinarios del apostolado cristiano aparecen años ha como ineficaces
para obtenerla. Es preciso llamar a Dios a voz en grito, y para eso se ordena
el grito universal del Santo Rosario”.
Por
RP FELIX SARDA Y SALVANY
-1885-
I
Conocen nuestros lectores el importantísimo Decreto
de la Sagrada Congregación de Ritos, por el cual en nombre del Vicario de Dios
se prescribe a todo el pueblo cristiano la celebración del mes de Octubre como Mes del Santísimo Rosario [decreto del 20 de agosto de 1885, bajo León XIII], en la forma y
con iguales gracias espirituales que las otorgadas por Su Santidad en
documentos anteriores. Con la singularidad de que se ordena para plazo
indefinido esta disposición, y no únicamente para un año, viéndose claro en eso
el pensamiento de que en cierto modo se perpetúe en la cristiandad este mes de
fervorosas rogativas, por lo menos mientras duren las presentes calamidades
sociales.
«El Santo
Rosario, dice la Apostólica Congregación, ha sido instituido por una providencia verdaderamente especial de Dios,
para implorar el poderoso y eficaz socorro de la Reina del cielo contra los
enemigos del nombre cristiano, para proteger la integridad de la fe en el
rebaño del Señor, y arrancar de los caminos de perdición eterna las almas
rescatadas por el precio de su divina Sangre.» No puede ciertamente
expresarse con más terminantes palabras el objeto o blanco a que se dirige,
pues, la piadosa iniciativa del Padre Santo en este asunto. Dirígese, por lo
dicho:
1.º A que sean abatidos en su actual preponderancia
los enemigos del nombre cristiano.
2.º A que se conserve entre los fieles en toda su
pureza la integridad de la católica fe.
3.º A que vuelvan al recto sendero de la verdad y
de las sanas costumbres las muchísimas almas hoy miserablemente extraviadas de
él.
Para coadyuvar, pues, a las elevadas miras del universal Pastor, queremos hablar algo a nuestros amigos de estos tres puntos, a fin de que sea más fervorosa en todos ellos la práctica pública y solemne del Santo Rosario que con tanto empeño insiste el Papa en recomendar. Que después de la palabra del Papa nada consideramos tan eficaz para mover los corazones a esa extraordinaria y general rogativa como la atenta consideración de los profundos males que la motivan, males que por habérsenos hecho ya tan familiares no pesamos ni miramos tal vez como merece su horrible gravedad. Pesimistas nos llaman por ahí a los que en el presente estado social estamos anatematizando cada día tantas negruras como de continuo se nos ofrecen ante los ojos; queriéndose al revés demostrar a todas horas que, no, señor, no se anda tan mal como se pondera, que no son tan aflictivas las circunstancias, que no vive tan violentamente oprimida la Iglesia de Dios, que no tienen por qué lloriquear y querellarse con tanto dolor e indignación los buenos católicos. Parécenos en verdad podría aplicarse aquí aquello de Jeremías sobre la por tan semejante manera engañada Jerusalén: Prophetæ tui viderunt tibi falsa et stulta, nec aperiebant iniquitatem tuam, ut te ad pœnitentiam provocarent. A bien que no se anda en reparos para decírnoslo con mucha claridad el Vigía supremo del Vaticano, con nuevos y cada día repetidos gritos de ¡Al arma! que lanza sobre el mundo su soberana Autoridad.
Con una sola palabra puede resumirse el cuadro de
nuestra actual situación. El Cristianismo vive hoy día en el mundo, casi en
todo él, sub hostili dominatione, como de su propia venerable persona
nos ha dicho en una de sus alocuciones el universal Pastor. Igual cautiverio
que le oprime a él en Roma en el ejercicio de su divina autoridad, nos tiene
oprimidos a nosotros en el de nuestros derechos de libres e independientes
cristianos. Vivimos como él «bajo poder de enemigos,» sub hostili
dominatione, y sólo la costumbre que familiariza al mísero encarcelado
hasta con sus más pesadas cadenas, ha podido, como indicábamos, hacer que a la
presente generación cristiana no le parezca tan odiosa como parecerle debiera
esta durísima servidumbre.
Fue la morisma el terror de nuestros mayores, y
cuando se hablaba en Europa del poder del Turco, era la más negra amenaza que
podían imaginar sobre sus cabezas aquellos valerosos cristianos. En España
sobre todo, hablar del moro era hablar de la suprema calamidad religiosa y
social, y sin embargo, fuera de los momentos ardientes de la lucha, nunca fue
tan sistemático y tan enconado el ultraje hecho a nuestra fe cristiana por los
moros en siete siglos, como en poco más de un siglo ha sido el de los
revolucionarios. No, no fue tan
desastrosa para España la invasión y lucha musulmana durante siete siglos, como
en solo el presente lo ha sido para ella y para la Iglesia universal la
invasión del Liberalismo.
Razón tiene, pues, como hemos dicho, en gritar ¡Al
arma! nuestro Santísimo Padre, porque realmente es gravísima, es abrumadora
nuestra situación y la de todo el mundo cristiano.
¡Al arma! pues. Y cunda este grito, salido de Roma,
por todas las filas del verdadero ejército de Dios. ¡Al arma! pues. Y esta arma
sea hoy principalmente el Santísimo Rosario.
II
La primera de las intenciones por que se ofrece
durante Octubre el Santo Rosario, es para que sea destruida la actual
preponderancia de que gozan, por nuestros pecados, en todo el mundo los
enemigos de nuestra santa fe. Qué enemigos sean esos bien lo ha dicho el Papa
en otro Documento cuando nos asegura que la Masonería ejerce en la sociedad
presente un influjo tal que casi equivale a la soberanía. La Masonería, éste es, pues, el enemigo, como lo fueron en los tiempos
del glorioso Santo Domingo de Guzmán los albigenses, como lo fueron en los de
San Pío V y de D. Juan de Austria los mahometanos. Contra ésta debe ser, pues,
hoy blandida con segura confianza de éxito el arma poderosísima del Santo
Rosario.
La acción
masónica tiene dos nombres: uno que
podríamos llamar de guerra y con el cual enardece a los más fogosos y
decididos, y es el de Revolución.
Otro que podríamos calificar de apellido civil, con el cual seduce y mantiene
unidos a sí a los menos amigos de ruidos, y es el de Liberalismo. Bajo el primero se emplean los procedimientos fieros,
el incendio, el asesinato, la subversión violenta del orden público, la caída
de los poderes que incomodan, la opresión descarada de cuanto puede servir de
obstáculo directo o indirecto a los planes de la secta infernal. Bajo el
segundo se utilizan los procedimientos melosos y acomodaticios, la corrupción
lenta, la sofistería del periodismo, las legalidades ad hoc creadas para
favorecer la libertad del mal y paralizar cuanto sea posible la acción del
bien; en una palabra, todo ese mecanismo
adrede inventado para que sea insignificante la intervención del orden
sobrenatural cristiano en la sociedad, hasta lograr que sea nula.
Ahora bien: ese enemigo, que según los tiempos y
lugares reviste diversas formas que le permiten presentarse en unas más
acentuado, en otras más diluido; este enemigo, créannos nuestros lectores, es
más grave, como hemos dicho, para la sociedad cristiana de lo que nunca lo
fuera para nuestros padres la morisma en todo el apogeo de su poder. Vamos a
probarlo con algunas razones que, a nuestro juicio, dejan el asunto fuera de
toda racional discusión.
Nótese en primer lugar el carácter de uno y otro
enemigo. La propaganda del sectario de Mahoma era groseramente material, y se
ejercía únicamente con la espada. Así que, era medio seguro para
contrarrestarla el empleo del mismo procedimiento. Además, como atacaba
principalmente el ser y la independencia de las naciones, sublevaba con lo
mismo sus naturales sentimientos, y traía consigo por lógica consecuencia un
despertamiento de virilidad en ellas, y en último resultado la más eficaz
reacción. Las invasiones musulmanas en España aquilataron su fe, y fueron, por
decirlo así, el más eficaz reconstituyente de su carácter nacional, estragado
por la corrupción de los últimos reinados visigodos. De la lucha de siete
siglos con los moros salió el español del XVI con toda la energía y vigor, que
no perdió del todo hasta que modernamente le invadió el Liberalismo. Este, por
el contrario, rara vez presenta franca la batalla; procura apoderarse de los
pueblos por sorpresa; usa de los medios violentos tan sólo cuando le obliga a
ello la desesperación; las más veces, casi siempre, pide sentarse en la mesa de
los propios católicos con el disfraz de buen hermano y de leal amigo. Así entró
en España a principios del siglo actual. Con falsos abrazos, más que con fieras
embestidas, logra sus más frecuentes conquistas; predica en todos tiempos fraternidad, tolerancia, conciliación,
ilustración, progreso, paz. Con lo cual logra no se irriten los ánimos, ni
se despierten las susceptibilidades generosas; sino antes bien que se adormezca
y se enmollezca todo, y se preste a su fascinadora dominación. Así se explica
que en poco menos de cien años haya conquistado el mundo cristiano y hasta su
capital la Masonería, cuando en siglos y siglos de sangrientas guerras no pudo
dominarnos sino en puntos aislados el poder sarraceno.
Lo cual da otra de las más visibles diferencias
entre uno y otro enemigo. La dominación de la morisma nunca logró ser
intrínseca, aunque llegó a ser extrínsecamente avasalladora en muchos países.
El turco en todas partes vivió únicamente acampado, como ha dicho un célebre
historiador. Hoy mismo no vive de otra manera en Oriente. Por lo mismo dejó
vivas alrededor de sí todas las nacionalidades que vencía: nunca logró fundirse
con ellas, y mucho menos absorberlas o destruirlas. Entre el moro y el
cristiano hubo siempre clara y definida hostilidad: las dos razas, aun en las
épocas de transitoria tregua en que se comunicaban mutuamente sus propios
adelantos científicos, eran dos razas perfectamente deslindadas. Para un moro
era siempre un perro, no un hombre, el cristiano; a éste no le merecía aquél
otra estimación. No así el invasor actual. Éste
ha logrado falsear el carácter íntimo de los pueblos que ha subyugado: no les
ha cobrado solamente sus tributos, sino que les ha matado sus conciencias.
Atendiendo más a la guerra de ideas que a la material, les ha dejado en cierta
integridad exterior, mientras con tenacidad sin ejemplo les ha ido royendo las
entrañas hasta dejarlos sin alma. Á semejanza de aquellas frutas, lozanas y
bellamente pintadas en su superficie, pero carcomidas por vil gusano en su
parte sustancial, los pueblos modernos, sin
dejar de llamarse cristianos, se encuentran con que han dejado de serlo en gran
parte, y lo que es más raro, sin que ellos mismos lo hayan venido echando de
ver, y habiendo llegado a ser hasta desconocido para ellos el verdadero ideal
de la sociedad cristiana.
Que es otro de los rasgos que acreditan de más
cruel el estrago liberal en los pueblos cristianos de lo que lo fuera nunca en
ellos el estrago musulmán. La morisma dominante, pasado el fragor de la lucha,
dejaba a los pueblos en pacífica posesión de sus usos y leyes, contentándose
con que no se injuriase a su falso profeta Mahoma. Así vivieron públicamente a
lo cristiano nuestros españoles mozárabes, y rodeados de paganismo musulmán
pudieron sacar a salvo en sí y en sus descendientes la limpieza de la fe. La guerra del Liberalismo es en este punto
mil veces más despótica. A los pueblos que subyuga impóneles su atea
legislación y sus ateas instituciones. Ni les respeta a los católicos su
matrimonio, ni su tumba, ni el derecho de enseñar a sus hijos. El
matrimonio civil, y el cementerio secularizado, y la enseñanza perversa
oficial, son opresiones horribles que nunca les ocurrió plantear sobre los
pueblos cristianos a los hijos de Muza y de Tarik. En plena dominación
sarracena pudo el católico casarse según la ley de Dios, y fue reputado válido
su matrimonio, y hoy no lo es en las naciones donde ha logrado imperar de lleno
el Liberalismo. La cruz y no la media luna protegió siempre los cementerios
cristianos, aun en los países en que el árabe los subyugó; no así donde la
Revolución ha logrado plantear la llamada secularización de las sepulturas.
Nunca las leyes de los califas de Córdoba y de los reyezuelos de Granada
mandaron que las carreras de sus súbditos cristianos debiesen hacerse bajo
programas y maestros musulmanes; y sin embargo, con esta ignominia de
sujetarnos a sus maestros y programas ateos nos tiene humillados y envilecidos
hoy día el sistema liberal.
Nadie extrañe, pues, si comparando siglos con
siglos, y enemigos con enemigos, juzgamos, católicamente discurriendo, peores
los presentes que los pasados, y creemos por tanto más calamitosa que nunca
para la Iglesia católica la persecución actual. Si cada logia y cada redacción
de periódico impío y cada centro de enseñanza perversa se trocasen de repente
en un alcázar o ciudadela de moros, desde donde practicasen éstos por nuestras
comarcas sus incesantes y devastadoras correrías, estimaríamoslo como gran
beneficio. Derramaríase tal vez alguna sangre, pero saldría aventajado con ello
el espíritu; arderían o serían saqueados algunos pueblos, pero del choque de
las armas, entre el furor del ataque y los bríos de la defensa, saldría más
animosa y robusta que nunca la conciencia cristiana. Hoy las correrías son
continuas, la tala es general, la devastación es completa, y no se lloran ¡ay!
como se debieran llorar, sólo porque son de intereses más nobles y
trascendentales que todos los que puede herir la espada o menoscabar la tea incendiaria.
Esta, esta es la verdad, toda la verdad de nuestra
actual situación.
III
El segundo de los fines que se propone la Iglesia
al encargarnos, durante Octubre sobre todo, el rezo más fervoroso del Santo
Rosario, es el de alcanzar por
intercesión de la Soberana Virgen que se conserve entre los fieles en toda su
pureza la integridad de la católica fe.
Si bien se mira, esta otra gravísima necesidad
social que aquí se indica, nace por su propia virtud y fuerza de la que en el
anterior capítulo nos ocupamos en exponer. La clase de persecución que sufre
hoy el pueblo cristiano, la índole especialísima de ella, ha de producir
necesariamente por primer e inmediato resultado, no la destrucción franca de la
fe, que eso ya se supone vendrá después, o irá viniendo paulatinamente, sino su
amortiguamiento y aminoración y hasta mutilación en los corazones cristianos.
Corazones cristianos que por una parte no querrán en modo alguno dejar de
serlo, pero que por otra, de transacción en transacción, de condescendencia en
condescendencia, o mejor, para hablar como hoy se usa, de hipótesis en
hipótesis, irán insensiblemente dejándolo de ser. Este peligro que claramente
nos denuncia en este Documento la voz del Vaticano en el mismo hecho de
ordenarnos el Santo Rosario como remedio para él, es el gran achaque de la
época presente, es su enfermedad reinante, es su desastrosa epidemia moral. El
menoscabo de la integridad práctica de la fe cristiana.
Decíanos con gracia en cierta ocasión un muy celoso
y espiritual misionero, que la definición del católico-liberal la había
encontrado él en un texto nada menos que de San Jerónimo, que ya en sus tiempos
lo definía proféticamente así: Christianus qui ita vult placere Deo, ut non
displiceat diabolo: «Es, decía, el católico-liberal una rara especie de
cristiano que quiere agradar a Dios, pero de tal suerte que no desagrade al
diablo su enemigo.» Extravagante pretensión, es verdad; pero, por extravagante
que sea, comunísima en todos tiempos, y moda general y la más acreditada de las
de hoy. A ella, pues, se opone la
profesión íntegra de la fe, y por tanto es muy natural que un siglo así
transaccionista y mutilador de ella vea con malos ojos a los que hacen gala de
profesar esta integridad, y haga aun de eso insultante apodo para apostrofarlos.
Todo se explica perfectamente teniendo en cuenta el texto del citado Doctor. El empeño de los tales es hallar una
fórmula de religión con que se pueda aparecer muy buen católico, viviendo al
mismo tiempo en cierta paz o por lo menos sin fatigosa hostilidad con los
enemigos del Catolicismo. Que es puntualmente lo de aquel integrista Doctor de
los primeros siglos: Ita placere Deo, ut non displiceat diabolo.
Para eso es gran recurso lo que hemos llamado
aminoración o mutilación práctica de la fe. Negar en redondo la tesis católica,
es arma gastada que no les salió bien a los antiguos herejes, ni les da gran
resultado que digamos a los modernos incrédulos. El diablo ha aprendido mucho
en su larga carrera de embustes, y propala hoy los suyos en forma más sutil y
adelgazada. Su fórmula actual es ésta: Admitir teóricamente, de lleno y sin
reserva alguna, toda la verdad católica, y tocante a eso no escatimar protestas
y ponderaciones. Mas en cuanto a la práctica, reducir el ejercicio de ella a lo
que permiten las circunstancias, como tan gráficamente acaban de decirlo los
sabios Obispos del Ecuador. De donde se deduce que para muchos la verdad
católica es en su ejercicio práctico un cierto código, más que de dogmas
absolutos, de procedimientos circunstanciales, que nunca tienen la fortuna de
parecer aplicables al día de hoy, que es precisamente para cuando es
indispensable su concreta aplicación. A semejanza en eso de aquel bellaco
tabernero que nunca fiaba hoy a sus parroquianos el vino de su taberna, prometiéndoles
siempre fiárselo mañana.
¡Ah! y cómo es aquí Satanás el maleante tabernero
del rótulo: «¡Hoy no se fía, mañana sí!» ¡Y cuántos y cuántos son los católicos
ilusos que entran en su taberna engañados por este amabilísimo letrero! Llenan
el país inmundas publicaciones escándalo de todo corazón honrado: quítese eso
por Dios. «Eso es realmente detestable e infernal, os dirán. Pero hoy no puede
prohibirse, ni siquiera multarse. Hoy es preciso otorgar esa libertad. Ya se
hará.» La enseñanza pública está en lastimoso estado: catedráticos mil cobran
sueldo de los católicos para envenenar la incauta juventud y descatolizar a
España: prohíbase de una vez esta propaganda oficial. «Malo es, realmente, os
contestan, ese proceder; pero hoy no se puede tocar a esa clase. Ya verán cómo
mañana se arregla.» El Papa repite en cada alocución su eterna protesta contra
la opresión de que es víctima su divina autoridad. Reivindica de continuo sus
indiscutibles derechos a la independencia. Désele siquiera el consuelo de
mandarle, ya que no un ejército, un reconocimiento explícito de esos sus
derechos, una viril protesta contra la vejación que le tiraniza. «Bien está,
bien está; pero eso no puede hacerse hoy. Tal vez algún día lo permitan las
circunstancias.»
Y así por este tenor resuélvense siempre a favor de
las circunstancias todos los conflictos que se presentan entre ellas y los
derechos de Dios nuestro Señor. Por lo visto, son los derechos de esas señoras
circunstancias más ilegislables e imprescriptibles que los de Su Divina
Majestad. No son las circunstancias, según parece, las que han de encogerse y
ablandarse y acomodarse y en todo caso rendirse a la imperiosa ley de la
verdad, sino ésta la que ha de procurar reducirse, achicarse, para caber
cómodamente dentro de las circunstancias. «Amoldarse
a las circunstancias,» ésta es la fórmula consagrada por el uso en el moderno
idioma contemporizador. No puede darse palabra más expresiva. Las
circunstancias son el molde: la verdad católica es, según ellos, la materia
dúctil siempre y acomodaticia, que de tal molde debe recibir su actual modo de
ser.
¡Válganos el cielo! Roguemos, lectores amadísimos, a
Dios, por intercesión de nuestra excelsa Madre y por medio del Santo Rosario, a
fin de que desaparezca pronto, muy pronto, esta fe meramente circunstancial de
tantos católicos ilusos, y brille y crezca y reine en toda su plenitud e
integridad práctica la fe de Cristo nuestro Rey; Rey, no de circunstancias,
Rey, no a ratos, sino Rey heri et hodie Ipse et in sæcula.
IV
Se ordena en tercer lugar el rezo del Santo Rosario,
a que vuelvan al sendero de las buenas
costumbres las muchas almas hoy miserablemente extraviadas de él. Con lo
cual tenemos claramente indicado el tercer carácter de nuestra actual
situación, procedente de los dos anteriormente expuestos: cual es, la nunca
como hoy general depravación de las públicas costumbres.
Es lógico que sea así. La persecución que sufre hoy el pueblo cristiano, tiende más toda ella a
debilitarle en la fe y consiguientemente a corromperle, que a tiranizarle y
mortificarle. La Revolución no quiere mártires, y no los hace sino cuando no
puede pasar por menos o en momentos de irreflexivo furor; lo que quiere son apóstatas, y para eso lo
que procura es hacer viciosos. Años ha que se dio descaradamente al público
esta consigna de corrupción por uno de los órganos más autorizados de la secta,
y años ha que viene realizándose el programa sectario de una manera
verdaderamente infernal. Para eso las leyes, que debían ser, como fueron en
todos los siglos, frenos más o menos eficaces contra el vicio, se han declarado
en todas partes verdaderas garantías oficiales de él. La legalidad moderna, en
casi todos los Estados liberalmente regidos, abre al desahogo de las más
vergonzosas pasiones todas las válvulas, como sin necesidad de ser sagaces observadores
podemos todos verlo en el día de hoy. Hay reconocido y legalizado el público
derecho, no a ser corrompido, que fuera menor mal, sino a corromper aun al que
no quiera serlo, lo cual es el colmo de la monstruosidad. Se exhibe triunfante
la inmoralidad, que el pudor social tenía antiguamente relegada al fondo de
ciertas pocilgas y cloacas: canta y declama sus vergonzosas lujurias en el
teatro; las reparte impresas y grabadas en el periódico callejero y en la
novela naturalista; os disputa orgullosamente la acera y os obliga a bajar al
arroyo para cedérsela en calles y plazas; pervierte al niño ya en brazos de su
niñera o en el tránsito de casa al colegio, por medio de los mil y mil lúbricos
objetos con que desde soberbios cristales de aparador cautiva su inocente
curiosidad. Lo que medio siglo atrás leía a hurto de todos o comunicaba
confidencialmente con sus compinches de escándalo tan sólo el mozalbete
preciado de calavera, lo sorprende hoy con terror más de una vez el celoso
padre de familias en las manos o en los labios de su niño impúber mejor
educado. Esta precocidad de la moderna corrupción es uno de sus síntomas más
aterradores.
Ahora bien. ¿Cuántas
almas que en el orden natural de las cosas no hubieran prevaricado,
prevaricarán hoy gracias a ese conjunto verdaderamente extraordinario de lazos
y seducciones en que les fuerza a vivir el moderno error social! ¡Cuántas
muertes de réprobo se suman hoy en la estadística del divino tribunal, que
hubieran sido muertes cristianas sin el avasallador influjo de esa calculada
corrupción en que se asfixian las almas! Gran responsabilidad, gravísima
responsabilidad individual cabe siempre a cada una de éstas, pues la mala
condición de los tiempos no destruye la independencia del libre albedrío, por
el cual puede y debe el hombre hacerse con la gracia de Dios superior a toda
tentación; mas ¿quién duda que es
poderosísima la influencia del medio social en que se vive, para que más
difícilmente resista y más fácilmente sucumba un alma a esas influencias?
Cuando recorriendo nuestras calles tropiezo a cada
paso con sencillos y muchas veces inofensivos hijos del pueblo que leen en
corro de amigos o al pie de su tienda la inmunda hoja semanal que les vuelve
insensiblemente ateos, obscenos, despreciadores de toda moral, malvados, en una
palabra, sin que al parecer ellos mismos se den cuenta de la extraña revolución
que en sus ideas y sentimientos van obrando aquellas envenenadas páginas, me
pregunto con indignación: «¿Es posible que haya un hombre muy decente y muy honrado
a su juicio, y hasta con pretensiones de muy católico, que gobernando un país y
pudiendo impedir que se repartan a los hijos de él esas horribles dosis de
veneno semanal; pudiendo, digo, impedir eso con sólo quererlo, pues otras cosas
impide que por cierto son de menor interés, no solamente no lo impide, sino que
lo sanciona y lo protege con el peso de toda su autoridad, en términos que si
yo quiero arrebatarle de las manos al callejero vendedor su infame mercancía,
me llamará éste ante el susodicho católico ministro, y me llevará el ministro a
la cárcel como perturbador de un derecho perfectamente legal?» Y sin embargo,
esto es cierto: la corrupción tiene ese refrendo oficial de gobernantes que se
llaman católicos, y esos gobernantes católicos castigarán con mano dura al
católico audaz que intente interponerse de cierto modo entre el incauto a quien
se va a corromper y el agente del diablo que por cinco céntimos le ofrece
envenenada pócima para corromperle!!!
Ahí tienen nuestros lectores, en este que es caso
de todos los días, el ejemplo de lo que en todo lo demás acontece. Apliquen
igual observación a la enseñanza, aplíquenla a los públicos espectáculos,
aplíquenla a la libertad é inmunidad de blasfemia de que gozan hoy día en sus
discusiones los Parlamentos, aplíquenla a la insidiosa red que de continuo
están tendiendo ante nuestros pies las mil y una asociaciones secretas, y díganos
después si existió jamás al servicio de la corrupción un conjunto de medios tan
calculadamente dispuestos para que nadie apenas, sin manifiesto prodigio del
cielo, pueda sustraerse a su maléfica acción.
Después de lo cual sólo merecen el dictado de bobos
los que repiten por ahí en abono de los tiempos presentes la singular disculpa
de que corrupción la hubo siempre en el mundo, aun en los siglos de más
ardiente fe. Calumnian necia o desvergonzadamente a la Historia los que tal
absurdo osan sostener. No hubo en verdad, desde Adán acá, siglo alguno en que
dejasen los hombres de serlo para ser purísimos Ángeles. Siempre han reinado en
el mundo las tres concupiscencias, y el demonio tuvo siempre en la tierra
infinitos satélites a su devoción. Pero, así como hablaría en necio el que
afirmase que no es cosa terrible ni deplorable una epidemia, por la consoladora
razón de que siempre hubo en el mundo enfermedades y muertes, así en el asunto
de que tratamos discurren y hablan los que para atenuar las negras tintas de
nuestro estado social presente se hacen lenguas de los escándalos de la antigua
sociedad. No hay tal: lo que nos ofende en la historia de las antiguas
sociedades cristianas, nos ofende más en ellas por el mismo contraste que forma
con su ortodoxia legal y doctrinal. Todos los excesos de ciertos personajes
católicos en antiguos tiempos resaltan más precisamente por su singularidad, al
paso que hoy la mayor frecuencia nos los hace pasar menos advertidos. En una
palabra, puede elevarse a axioma la proposición siguiente: La sociedad antigua, cristianamente organizada, sin dejar de tener
pecados y pecadores, era más morigerada y virtuosa que la presente, montada a
gusto de la Revolución.
V
Compendiando lo que a propósito de este tema hemos
venido desarrollando en los anteriores capítulos, podemos muy exactamente
definir la actual situación del mundo cristiano en la forma siguiente:
1.º Vive hoy el Catolicismo en un estado de
persecución mansa y latente, que ha tomado casi o aspira a constituir
definitivamente en todas partes el carácter de estado normal y legal, con todas
las tristísimas consecuencias que de esta inicua e impía normalidad y legalidad
pueden presumirse. Es ya candidez suma juzgar, como pudo juzgarse al principio,
que a lo que aspira el Liberalismo es a constituir un Estado perfectamente
neutral entre los intereses de Dios y los del diablo. El juego se va viendo ya
muy claro, para que pueda nadie llamarse a engaño. Lo que se pretende pura y sencillamente es la descristianización social
y el destronamiento absoluto acá en la tierra de Dios nuestro Señor.
Aquellas tan cacareadas imparcialidades de la ley, aquella absoluta libertad
del derecho común, aquella equitativa balanza con que el Estado había de
apreciar igualmente el derecho de los católicos y el de los no católicos, son
ya cartas falsas de un jugador fullero, que han servido durante medio siglo
para halagar con ilusiones de falsa paz a los amigos de tenerla con todo el
mundo, pero que hoy ya ni el mismo diablo las necesita. Resignémonos a la
palabra, aunque sea dura, y a la cosa también, aunque sea más dura aún. Vivimos
los católicos en todo el mundo, con el Papa a la cabeza, sub hostili
dominatione, en estado de opresora persecución.
2.º La persecución de que tratamos es de un
satanismo sui generis que no lo parece, y es por lo mismo la peor y de
más desastrosos resultados. Esta persecución perdona a los cuerpos y se dirige
con preferencia a las almas. Por donde no cabe aquí recordar aquella enérgica
frase de Tertuliano: Semen est sanguis christianorum, porque no se ve
aquí (generalmente hablando) derramamiento de sangre en ninguna parte. No se
quiere en modo alguno derramar esta sangre generosa que produce mártires; se ha
adoptado procedimiento más seguro, que es debilitárnosla y empobrecérnosla,
para que resultemos tísicos. La tisis del alma, la anemia moral, es en efecto
el carácter especial de los tiempos actuales. Para esto se ha puesto de moda el
comodín de las hipótesis, que tales como hoy se entienden y se aplican, podrían
muy bien definirse de este modo: Arte de rebajar conciencias y convicciones a
la talla de las circunstancias y de los intereses de cada día, prescindiendo
por completo de los eternos e imprescriptibles derechos e intereses de la
verdad.
3.º La anemia física se traduce generalmente en el
exterior del cuerpo humano por fétida supuración de humores y escrófulas, que
pudren y gangrenan ya en vida al desdichado a quien falta el natural vigor de
la sangre para vencerlas. Así la anemia moral de la sociedad falta de fe se
traduce en asquerosa corrupción de costumbres, que es su vergonzosa e
ineludible consecuencia. Produciéndose entonces un círculo vicioso, del cual no
se ve salida a no ser con manifiesto prodigio de la diestra de Dios, y es el
siguiente: la decadencia de la fe produce la corrupción de las costumbres, y a
su vez la corrupción de las costumbres acaba de amortiguar la fe. Círculo
vicioso dentro del cual ha encerrado hoy el Liberalismo a la sociedad
cristiana, y del cual, humanamente hablando, no acertamos a ver cómo se puede
ésta salvar. Son corrompidos los pueblos
porque son tibios o nulos creyentes, y son a la vez malos creyentes porque les
convida y casi les fuerza a serlo su corrupción.
Digno es, pues, y muy digno el estado actual del
mundo, de que se acuda a remediarlo con la general y extraordinaria y popular
rogativa que años ha viene ordenando Su Santidad. Crisis como la presente tal
vez no la había atravesado la Iglesia católica desde la invasión de los
bárbaros hasta acá. Barbarie de nuevo
género es la que hoy nos invade; barbarie inconvertible, porque trae todo el
orgullo y preocupaciones de civilizada. Combate es éste en que sólo puede darnos victoria la intervención
directa y extraordinaria de Dios, pues los medios ordinarios del apostolado
cristiano aparecen años ha como ineficaces para obtenerla. Es preciso llamar a
Dios a voz en grito, y para eso se ordena el grito universal del Santo Rosario.
Hermoso espectáculo da, en medio de todo, nuestro
pueblo fiel secundando con unanimidad y devoción consoladoras la indicación del
universal Caudillo de los ejércitos cristianos. En todas partes se reza el
Santo Rosario: en muchísimas familias se practica durante este mes el rezo
completo de las tres partes de él. Donde lo permiten las Autoridades se
recorren en procesión las calles y plazas como taxativamente expresa desearlo
el Papa: donde no (ya que es cierto que en España hay en el día Autoridades que
eso no permiten), se devora en silencio el dolor y la vergüenza de este
atropello legal, y sirve él de nuevo estímulo para que sean más fervorosas las
oraciones privadas. De todos modos, el mes de Octubre va siendo un devoto mes,
y confiadamente esperamos atraerá sobre nuestras tribulaciones la intercesión
valiosísima de la Madre de Dios.
Que por muy
negros que veamos los tiempos y por muy cerrado que se nos presente por todos
lados el horizonte social, católicos somos, y como tales no nos contentamos con
creer, sino que firmemente esperamos. Es la presente la hora tenebrosa del
hombre: ¡tras ella nunca ha dejado de aparecer esplendente la hora de Dios!
