Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

sábado, 17 de octubre de 2026

EL ROSARIO Y NUESTRA SITUACIÓN – DON FELIX SARDA Y SALVANY

 



“Barbarie de nuevo género es la que hoy nos invade; barbarie inconvertible, porque trae todo el orgullo y preocupaciones de civilizada. Combate es éste en que sólo puede darnos victoria la intervención directa y extraordinaria de Dios, pues los medios ordinarios del apostolado cristiano aparecen años ha como ineficaces para obtenerla. Es preciso llamar a Dios a voz en grito, y para eso se ordena el grito universal del Santo Rosario”.

 

Por RP FELIX SARDA Y SALVANY

-1885-

 

I

 

Conocen nuestros lectores el importantísimo Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, por el cual en nombre del Vicario de Dios se prescribe a todo el pueblo cristiano la celebración del mes de Octubre como Mes del Santísimo Rosario [decreto del 20 de agosto de 1885, bajo León XIII], en la forma y con iguales gracias espirituales que las otorgadas por Su Santidad en documentos anteriores. Con la singularidad de que se ordena para plazo indefinido esta disposición, y no únicamente para un año, viéndose claro en eso el pensamiento de que en cierto modo se perpetúe en la cristiandad este mes de fervorosas rogativas, por lo menos mientras duren las presentes calamidades sociales.

«El Santo Rosario, dice la Apostólica Congregación, ha sido instituido por una providencia verdaderamente especial de Dios, para implorar el poderoso y eficaz socorro de la Reina del cielo contra los enemigos del nombre cristiano, para proteger la integridad de la fe en el rebaño del Señor, y arrancar de los caminos de perdición eterna las almas rescatadas por el precio de su divina Sangre.» No puede ciertamente expresarse con más terminantes palabras el objeto o blanco a que se dirige, pues, la piadosa iniciativa del Padre Santo en este asunto. Dirígese, por lo dicho:

1.º A que sean abatidos en su actual preponderancia los enemigos del nombre cristiano.

2.º A que se conserve entre los fieles en toda su pureza la integridad de la católica fe.

3.º A que vuelvan al recto sendero de la verdad y de las sanas costumbres las muchísimas almas hoy miserablemente extraviadas de él.

Para coadyuvar, pues, a las elevadas miras del universal Pastor, queremos hablar algo a nuestros amigos de estos tres puntos, a fin de que sea más fervorosa en todos ellos la práctica pública y solemne del Santo Rosario que con tanto empeño insiste el Papa en recomendar. Que después de la palabra del Papa nada consideramos tan eficaz para mover los corazones a esa extraordinaria y general rogativa como la atenta consideración de los profundos males que la motivan, males que por habérsenos hecho ya tan familiares no pesamos ni miramos tal vez como merece su horrible gravedad. Pesimistas nos llaman por ahí a los que en el presente estado social estamos anatematizando cada día tantas negruras como de continuo se nos ofrecen ante los ojos; queriéndose al revés demostrar a todas horas que, no, señor, no se anda tan mal como se pondera, que no son tan aflictivas las circunstancias, que no vive tan violentamente oprimida la Iglesia de Dios, que no tienen por qué lloriquear y querellarse con tanto dolor e indignación los buenos católicos. Parécenos en verdad podría aplicarse aquí aquello de Jeremías sobre la por tan semejante manera engañada Jerusalén: Prophetæ tui viderunt tibi falsa et stulta, nec aperiebant iniquitatem tuam, ut te ad pœnitentiam provocarent. A bien que no se anda en reparos para decírnoslo con mucha claridad el Vigía supremo del Vaticano, con nuevos y cada día repetidos gritos de ¡Al arma! que lanza sobre el mundo su soberana Autoridad.

Con una sola palabra puede resumirse el cuadro de nuestra actual situación. El Cristianismo vive hoy día en el mundo, casi en todo él, sub hostili dominatione, como de su propia venerable persona nos ha dicho en una de sus alocuciones el universal Pastor. Igual cautiverio que le oprime a él en Roma en el ejercicio de su divina autoridad, nos tiene oprimidos a nosotros en el de nuestros derechos de libres e independientes cristianos. Vivimos como él «bajo poder de enemigos,» sub hostili dominatione, y sólo la costumbre que familiariza al mísero encarcelado hasta con sus más pesadas cadenas, ha podido, como indicábamos, hacer que a la presente generación cristiana no le parezca tan odiosa como parecerle debiera esta durísima servidumbre.

Fue la morisma el terror de nuestros mayores, y cuando se hablaba en Europa del poder del Turco, era la más negra amenaza que podían imaginar sobre sus cabezas aquellos valerosos cristianos. En España sobre todo, hablar del moro era hablar de la suprema calamidad religiosa y social, y sin embargo, fuera de los momentos ardientes de la lucha, nunca fue tan sistemático y tan enconado el ultraje hecho a nuestra fe cristiana por los moros en siete siglos, como en poco más de un siglo ha sido el de los revolucionarios. No, no fue tan desastrosa para España la invasión y lucha musulmana durante siete siglos, como en solo el presente lo ha sido para ella y para la Iglesia universal la invasión del Liberalismo.

Razón tiene, pues, como hemos dicho, en gritar ¡Al arma! nuestro Santísimo Padre, porque realmente es gravísima, es abrumadora nuestra situación y la de todo el mundo cristiano.

¡Al arma! pues. Y cunda este grito, salido de Roma, por todas las filas del verdadero ejército de Dios. ¡Al arma! pues. Y esta arma sea hoy principalmente el Santísimo Rosario.

 

II

 

La primera de las intenciones por que se ofrece durante Octubre el Santo Rosario, es para que sea destruida la actual preponderancia de que gozan, por nuestros pecados, en todo el mundo los enemigos de nuestra santa fe. Qué enemigos sean esos bien lo ha dicho el Papa en otro Documento cuando nos asegura que la Masonería ejerce en la sociedad presente un influjo tal que casi equivale a la soberanía. La Masonería, éste es, pues, el enemigo, como lo fueron en los tiempos del glorioso Santo Domingo de Guzmán los albigenses, como lo fueron en los de San Pío V y de D. Juan de Austria los mahometanos. Contra ésta debe ser, pues, hoy blandida con segura confianza de éxito el arma poderosísima del Santo Rosario.

La acción masónica tiene dos nombres: uno que podríamos llamar de guerra y con el cual enardece a los más fogosos y decididos, y es el de Revolución. Otro que podríamos calificar de apellido civil, con el cual seduce y mantiene unidos a sí a los menos amigos de ruidos, y es el de Liberalismo. Bajo el primero se emplean los procedimientos fieros, el incendio, el asesinato, la subversión violenta del orden público, la caída de los poderes que incomodan, la opresión descarada de cuanto puede servir de obstáculo directo o indirecto a los planes de la secta infernal. Bajo el segundo se utilizan los procedimientos melosos y acomodaticios, la corrupción lenta, la sofistería del periodismo, las legalidades ad hoc creadas para favorecer la libertad del mal y paralizar cuanto sea posible la acción del bien; en una palabra, todo ese mecanismo adrede inventado para que sea insignificante la intervención del orden sobrenatural cristiano en la sociedad, hasta lograr que sea nula.

Ahora bien: ese enemigo, que según los tiempos y lugares reviste diversas formas que le permiten presentarse en unas más acentuado, en otras más diluido; este enemigo, créannos nuestros lectores, es más grave, como hemos dicho, para la sociedad cristiana de lo que nunca lo fuera para nuestros padres la morisma en todo el apogeo de su poder. Vamos a probarlo con algunas razones que, a nuestro juicio, dejan el asunto fuera de toda racional discusión.

Nótese en primer lugar el carácter de uno y otro enemigo. La propaganda del sectario de Mahoma era groseramente material, y se ejercía únicamente con la espada. Así que, era medio seguro para contrarrestarla el empleo del mismo procedimiento. Además, como atacaba principalmente el ser y la independencia de las naciones, sublevaba con lo mismo sus naturales sentimientos, y traía consigo por lógica consecuencia un despertamiento de virilidad en ellas, y en último resultado la más eficaz reacción. Las invasiones musulmanas en España aquilataron su fe, y fueron, por decirlo así, el más eficaz reconstituyente de su carácter nacional, estragado por la corrupción de los últimos reinados visigodos. De la lucha de siete siglos con los moros salió el español del XVI con toda la energía y vigor, que no perdió del todo hasta que modernamente le invadió el Liberalismo. Este, por el contrario, rara vez presenta franca la batalla; procura apoderarse de los pueblos por sorpresa; usa de los medios violentos tan sólo cuando le obliga a ello la desesperación; las más veces, casi siempre, pide sentarse en la mesa de los propios católicos con el disfraz de buen hermano y de leal amigo. Así entró en España a principios del siglo actual. Con falsos abrazos, más que con fieras embestidas, logra sus más frecuentes conquistas; predica en todos tiempos fraternidad, tolerancia, conciliación, ilustración, progreso, paz. Con lo cual logra no se irriten los ánimos, ni se despierten las susceptibilidades generosas; sino antes bien que se adormezca y se enmollezca todo, y se preste a su fascinadora dominación. Así se explica que en poco menos de cien años haya conquistado el mundo cristiano y hasta su capital la Masonería, cuando en siglos y siglos de sangrientas guerras no pudo dominarnos sino en puntos aislados el poder sarraceno.

Lo cual da otra de las más visibles diferencias entre uno y otro enemigo. La dominación de la morisma nunca logró ser intrínseca, aunque llegó a ser extrínsecamente avasalladora en muchos países. El turco en todas partes vivió únicamente acampado, como ha dicho un célebre historiador. Hoy mismo no vive de otra manera en Oriente. Por lo mismo dejó vivas alrededor de sí todas las nacionalidades que vencía: nunca logró fundirse con ellas, y mucho menos absorberlas o destruirlas. Entre el moro y el cristiano hubo siempre clara y definida hostilidad: las dos razas, aun en las épocas de transitoria tregua en que se comunicaban mutuamente sus propios adelantos científicos, eran dos razas perfectamente deslindadas. Para un moro era siempre un perro, no un hombre, el cristiano; a éste no le merecía aquél otra estimación. No así el invasor actual. Éste ha logrado falsear el carácter íntimo de los pueblos que ha subyugado: no les ha cobrado solamente sus tributos, sino que les ha matado sus conciencias. Atendiendo más a la guerra de ideas que a la material, les ha dejado en cierta integridad exterior, mientras con tenacidad sin ejemplo les ha ido royendo las entrañas hasta dejarlos sin alma. Á semejanza de aquellas frutas, lozanas y bellamente pintadas en su superficie, pero carcomidas por vil gusano en su parte sustancial, los pueblos modernos, sin dejar de llamarse cristianos, se encuentran con que han dejado de serlo en gran parte, y lo que es más raro, sin que ellos mismos lo hayan venido echando de ver, y habiendo llegado a ser hasta desconocido para ellos el verdadero ideal de la sociedad cristiana.

Que es otro de los rasgos que acreditan de más cruel el estrago liberal en los pueblos cristianos de lo que lo fuera nunca en ellos el estrago musulmán. La morisma dominante, pasado el fragor de la lucha, dejaba a los pueblos en pacífica posesión de sus usos y leyes, contentándose con que no se injuriase a su falso profeta Mahoma. Así vivieron públicamente a lo cristiano nuestros españoles mozárabes, y rodeados de paganismo musulmán pudieron sacar a salvo en sí y en sus descendientes la limpieza de la fe. La guerra del Liberalismo es en este punto mil veces más despótica. A los pueblos que subyuga impóneles su atea legislación y sus ateas instituciones. Ni les respeta a los católicos su matrimonio, ni su tumba, ni el derecho de enseñar a sus hijos. El matrimonio civil, y el cementerio secularizado, y la enseñanza perversa oficial, son opresiones horribles que nunca les ocurrió plantear sobre los pueblos cristianos a los hijos de Muza y de Tarik. En plena dominación sarracena pudo el católico casarse según la ley de Dios, y fue reputado válido su matrimonio, y hoy no lo es en las naciones donde ha logrado imperar de lleno el Liberalismo. La cruz y no la media luna protegió siempre los cementerios cristianos, aun en los países en que el árabe los subyugó; no así donde la Revolución ha logrado plantear la llamada secularización de las sepulturas. Nunca las leyes de los califas de Córdoba y de los reyezuelos de Granada mandaron que las carreras de sus súbditos cristianos debiesen hacerse bajo programas y maestros musulmanes; y sin embargo, con esta ignominia de sujetarnos a sus maestros y programas ateos nos tiene humillados y envilecidos hoy día el sistema liberal.

Nadie extrañe, pues, si comparando siglos con siglos, y enemigos con enemigos, juzgamos, católicamente discurriendo, peores los presentes que los pasados, y creemos por tanto más calamitosa que nunca para la Iglesia católica la persecución actual. Si cada logia y cada redacción de periódico impío y cada centro de enseñanza perversa se trocasen de repente en un alcázar o ciudadela de moros, desde donde practicasen éstos por nuestras comarcas sus incesantes y devastadoras correrías, estimaríamoslo como gran beneficio. Derramaríase tal vez alguna sangre, pero saldría aventajado con ello el espíritu; arderían o serían saqueados algunos pueblos, pero del choque de las armas, entre el furor del ataque y los bríos de la defensa, saldría más animosa y robusta que nunca la conciencia cristiana. Hoy las correrías son continuas, la tala es general, la devastación es completa, y no se lloran ¡ay! como se debieran llorar, sólo porque son de intereses más nobles y trascendentales que todos los que puede herir la espada o menoscabar la tea incendiaria.

Esta, esta es la verdad, toda la verdad de nuestra actual situación.

 

III

 

El segundo de los fines que se propone la Iglesia al encargarnos, durante Octubre sobre todo, el rezo más fervoroso del Santo Rosario, es el de alcanzar por intercesión de la Soberana Virgen que se conserve entre los fieles en toda su pureza la integridad de la católica fe.

Si bien se mira, esta otra gravísima necesidad social que aquí se indica, nace por su propia virtud y fuerza de la que en el anterior capítulo nos ocupamos en exponer. La clase de persecución que sufre hoy el pueblo cristiano, la índole especialísima de ella, ha de producir necesariamente por primer e inmediato resultado, no la destrucción franca de la fe, que eso ya se supone vendrá después, o irá viniendo paulatinamente, sino su amortiguamiento y aminoración y hasta mutilación en los corazones cristianos. Corazones cristianos que por una parte no querrán en modo alguno dejar de serlo, pero que por otra, de transacción en transacción, de condescendencia en condescendencia, o mejor, para hablar como hoy se usa, de hipótesis en hipótesis, irán insensiblemente dejándolo de ser. Este peligro que claramente nos denuncia en este Documento la voz del Vaticano en el mismo hecho de ordenarnos el Santo Rosario como remedio para él, es el gran achaque de la época presente, es su enfermedad reinante, es su desastrosa epidemia moral. El menoscabo de la integridad práctica de la fe cristiana.

Decíanos con gracia en cierta ocasión un muy celoso y espiritual misionero, que la definición del católico-liberal la había encontrado él en un texto nada menos que de San Jerónimo, que ya en sus tiempos lo definía proféticamente así: Christianus qui ita vult placere Deo, ut non displiceat diabolo: «Es, decía, el católico-liberal una rara especie de cristiano que quiere agradar a Dios, pero de tal suerte que no desagrade al diablo su enemigo.» Extravagante pretensión, es verdad; pero, por extravagante que sea, comunísima en todos tiempos, y moda general y la más acreditada de las de hoy. A ella, pues, se opone la profesión íntegra de la fe, y por tanto es muy natural que un siglo así transaccionista y mutilador de ella vea con malos ojos a los que hacen gala de profesar esta integridad, y haga aun de eso insultante apodo para apostrofarlos. Todo se explica perfectamente teniendo en cuenta el texto del citado Doctor. El empeño de los tales es hallar una fórmula de religión con que se pueda aparecer muy buen católico, viviendo al mismo tiempo en cierta paz o por lo menos sin fatigosa hostilidad con los enemigos del Catolicismo. Que es puntualmente lo de aquel integrista Doctor de los primeros siglos: Ita placere Deo, ut non displiceat diabolo.

Para eso es gran recurso lo que hemos llamado aminoración o mutilación práctica de la fe. Negar en redondo la tesis católica, es arma gastada que no les salió bien a los antiguos herejes, ni les da gran resultado que digamos a los modernos incrédulos. El diablo ha aprendido mucho en su larga carrera de embustes, y propala hoy los suyos en forma más sutil y adelgazada. Su fórmula actual es ésta: Admitir teóricamente, de lleno y sin reserva alguna, toda la verdad católica, y tocante a eso no escatimar protestas y ponderaciones. Mas en cuanto a la práctica, reducir el ejercicio de ella a lo que permiten las circunstancias, como tan gráficamente acaban de decirlo los sabios Obispos del Ecuador. De donde se deduce que para muchos la verdad católica es en su ejercicio práctico un cierto código, más que de dogmas absolutos, de procedimientos circunstanciales, que nunca tienen la fortuna de parecer aplicables al día de hoy, que es precisamente para cuando es indispensable su concreta aplicación. A semejanza en eso de aquel bellaco tabernero que nunca fiaba hoy a sus parroquianos el vino de su taberna, prometiéndoles siempre fiárselo mañana.

¡Ah! y cómo es aquí Satanás el maleante tabernero del rótulo: «¡Hoy no se fía, mañana sí!» ¡Y cuántos y cuántos son los católicos ilusos que entran en su taberna engañados por este amabilísimo letrero! Llenan el país inmundas publicaciones escándalo de todo corazón honrado: quítese eso por Dios. «Eso es realmente detestable e infernal, os dirán. Pero hoy no puede prohibirse, ni siquiera multarse. Hoy es preciso otorgar esa libertad. Ya se hará.» La enseñanza pública está en lastimoso estado: catedráticos mil cobran sueldo de los católicos para envenenar la incauta juventud y descatolizar a España: prohíbase de una vez esta propaganda oficial. «Malo es, realmente, os contestan, ese proceder; pero hoy no se puede tocar a esa clase. Ya verán cómo mañana se arregla.» El Papa repite en cada alocución su eterna protesta contra la opresión de que es víctima su divina autoridad. Reivindica de continuo sus indiscutibles derechos a la independencia. Désele siquiera el consuelo de mandarle, ya que no un ejército, un reconocimiento explícito de esos sus derechos, una viril protesta contra la vejación que le tiraniza. «Bien está, bien está; pero eso no puede hacerse hoy. Tal vez algún día lo permitan las circunstancias.»

Y así por este tenor resuélvense siempre a favor de las circunstancias todos los conflictos que se presentan entre ellas y los derechos de Dios nuestro Señor. Por lo visto, son los derechos de esas señoras circunstancias más ilegislables e imprescriptibles que los de Su Divina Majestad. No son las circunstancias, según parece, las que han de encogerse y ablandarse y acomodarse y en todo caso rendirse a la imperiosa ley de la verdad, sino ésta la que ha de procurar reducirse, achicarse, para caber cómodamente dentro de las circunstancias. «Amoldarse a las circunstancias,» ésta es la fórmula consagrada por el uso en el moderno idioma contemporizador. No puede darse palabra más expresiva. Las circunstancias son el molde: la verdad católica es, según ellos, la materia dúctil siempre y acomodaticia, que de tal molde debe recibir su actual modo de ser.

¡Válganos el cielo! Roguemos, lectores amadísimos, a Dios, por intercesión de nuestra excelsa Madre y por medio del Santo Rosario, a fin de que desaparezca pronto, muy pronto, esta fe meramente circunstancial de tantos católicos ilusos, y brille y crezca y reine en toda su plenitud e integridad práctica la fe de Cristo nuestro Rey; Rey, no de circunstancias, Rey, no a ratos, sino Rey heri et hodie Ipse et in sæcula.

 

IV

 

Se ordena en tercer lugar el rezo del Santo Rosario, a que vuelvan al sendero de las buenas costumbres las muchas almas hoy miserablemente extraviadas de él. Con lo cual tenemos claramente indicado el tercer carácter de nuestra actual situación, procedente de los dos anteriormente expuestos: cual es, la nunca como hoy general depravación de las públicas costumbres.

Es lógico que sea así. La persecución que sufre hoy el pueblo cristiano, tiende más toda ella a debilitarle en la fe y consiguientemente a corromperle, que a tiranizarle y mortificarle. La Revolución no quiere mártires, y no los hace sino cuando no puede pasar por menos o en momentos de irreflexivo furor; lo que quiere son apóstatas, y para eso lo que procura es hacer viciosos. Años ha que se dio descaradamente al público esta consigna de corrupción por uno de los órganos más autorizados de la secta, y años ha que viene realizándose el programa sectario de una manera verdaderamente infernal. Para eso las leyes, que debían ser, como fueron en todos los siglos, frenos más o menos eficaces contra el vicio, se han declarado en todas partes verdaderas garantías oficiales de él. La legalidad moderna, en casi todos los Estados liberalmente regidos, abre al desahogo de las más vergonzosas pasiones todas las válvulas, como sin necesidad de ser sagaces observadores podemos todos verlo en el día de hoy. Hay reconocido y legalizado el público derecho, no a ser corrompido, que fuera menor mal, sino a corromper aun al que no quiera serlo, lo cual es el colmo de la monstruosidad. Se exhibe triunfante la inmoralidad, que el pudor social tenía antiguamente relegada al fondo de ciertas pocilgas y cloacas: canta y declama sus vergonzosas lujurias en el teatro; las reparte impresas y grabadas en el periódico callejero y en la novela naturalista; os disputa orgullosamente la acera y os obliga a bajar al arroyo para cedérsela en calles y plazas; pervierte al niño ya en brazos de su niñera o en el tránsito de casa al colegio, por medio de los mil y mil lúbricos objetos con que desde soberbios cristales de aparador cautiva su inocente curiosidad. Lo que medio siglo atrás leía a hurto de todos o comunicaba confidencialmente con sus compinches de escándalo tan sólo el mozalbete preciado de calavera, lo sorprende hoy con terror más de una vez el celoso padre de familias en las manos o en los labios de su niño impúber mejor educado. Esta precocidad de la moderna corrupción es uno de sus síntomas más aterradores.

Ahora bien. ¿Cuántas almas que en el orden natural de las cosas no hubieran prevaricado, prevaricarán hoy gracias a ese conjunto verdaderamente extraordinario de lazos y seducciones en que les fuerza a vivir el moderno error social! ¡Cuántas muertes de réprobo se suman hoy en la estadística del divino tribunal, que hubieran sido muertes cristianas sin el avasallador influjo de esa calculada corrupción en que se asfixian las almas! Gran responsabilidad, gravísima responsabilidad individual cabe siempre a cada una de éstas, pues la mala condición de los tiempos no destruye la independencia del libre albedrío, por el cual puede y debe el hombre hacerse con la gracia de Dios superior a toda tentación; mas ¿quién duda que es poderosísima la influencia del medio social en que se vive, para que más difícilmente resista y más fácilmente sucumba un alma a esas influencias?

Cuando recorriendo nuestras calles tropiezo a cada paso con sencillos y muchas veces inofensivos hijos del pueblo que leen en corro de amigos o al pie de su tienda la inmunda hoja semanal que les vuelve insensiblemente ateos, obscenos, despreciadores de toda moral, malvados, en una palabra, sin que al parecer ellos mismos se den cuenta de la extraña revolución que en sus ideas y sentimientos van obrando aquellas envenenadas páginas, me pregunto con indignación: «¿Es posible que haya un hombre muy decente y muy honrado a su juicio, y hasta con pretensiones de muy católico, que gobernando un país y pudiendo impedir que se repartan a los hijos de él esas horribles dosis de veneno semanal; pudiendo, digo, impedir eso con sólo quererlo, pues otras cosas impide que por cierto son de menor interés, no solamente no lo impide, sino que lo sanciona y lo protege con el peso de toda su autoridad, en términos que si yo quiero arrebatarle de las manos al callejero vendedor su infame mercancía, me llamará éste ante el susodicho católico ministro, y me llevará el ministro a la cárcel como perturbador de un derecho perfectamente legal?» Y sin embargo, esto es cierto: la corrupción tiene ese refrendo oficial de gobernantes que se llaman católicos, y esos gobernantes católicos castigarán con mano dura al católico audaz que intente interponerse de cierto modo entre el incauto a quien se va a corromper y el agente del diablo que por cinco céntimos le ofrece envenenada pócima para corromperle!!!

Ahí tienen nuestros lectores, en este que es caso de todos los días, el ejemplo de lo que en todo lo demás acontece. Apliquen igual observación a la enseñanza, aplíquenla a los públicos espectáculos, aplíquenla a la libertad é inmunidad de blasfemia de que gozan hoy día en sus discusiones los Parlamentos, aplíquenla a la insidiosa red que de continuo están tendiendo ante nuestros pies las mil y una asociaciones secretas, y díganos después si existió jamás al servicio de la corrupción un conjunto de medios tan calculadamente dispuestos para que nadie apenas, sin manifiesto prodigio del cielo, pueda sustraerse a su maléfica acción.

Después de lo cual sólo merecen el dictado de bobos los que repiten por ahí en abono de los tiempos presentes la singular disculpa de que corrupción la hubo siempre en el mundo, aun en los siglos de más ardiente fe. Calumnian necia o desvergonzadamente a la Historia los que tal absurdo osan sostener. No hubo en verdad, desde Adán acá, siglo alguno en que dejasen los hombres de serlo para ser purísimos Ángeles. Siempre han reinado en el mundo las tres concupiscencias, y el demonio tuvo siempre en la tierra infinitos satélites a su devoción. Pero, así como hablaría en necio el que afirmase que no es cosa terrible ni deplorable una epidemia, por la consoladora razón de que siempre hubo en el mundo enfermedades y muertes, así en el asunto de que tratamos discurren y hablan los que para atenuar las negras tintas de nuestro estado social presente se hacen lenguas de los escándalos de la antigua sociedad. No hay tal: lo que nos ofende en la historia de las antiguas sociedades cristianas, nos ofende más en ellas por el mismo contraste que forma con su ortodoxia legal y doctrinal. Todos los excesos de ciertos personajes católicos en antiguos tiempos resaltan más precisamente por su singularidad, al paso que hoy la mayor frecuencia nos los hace pasar menos advertidos. En una palabra, puede elevarse a axioma la proposición siguiente: La sociedad antigua, cristianamente organizada, sin dejar de tener pecados y pecadores, era más morigerada y virtuosa que la presente, montada a gusto de la Revolución.

 

V

 

Compendiando lo que a propósito de este tema hemos venido desarrollando en los anteriores capítulos, podemos muy exactamente definir la actual situación del mundo cristiano en la forma siguiente:

1.º Vive hoy el Catolicismo en un estado de persecución mansa y latente, que ha tomado casi o aspira a constituir definitivamente en todas partes el carácter de estado normal y legal, con todas las tristísimas consecuencias que de esta inicua e impía normalidad y legalidad pueden presumirse. Es ya candidez suma juzgar, como pudo juzgarse al principio, que a lo que aspira el Liberalismo es a constituir un Estado perfectamente neutral entre los intereses de Dios y los del diablo. El juego se va viendo ya muy claro, para que pueda nadie llamarse a engaño. Lo que se pretende pura y sencillamente es la descristianización social y el destronamiento absoluto acá en la tierra de Dios nuestro Señor. Aquellas tan cacareadas imparcialidades de la ley, aquella absoluta libertad del derecho común, aquella equitativa balanza con que el Estado había de apreciar igualmente el derecho de los católicos y el de los no católicos, son ya cartas falsas de un jugador fullero, que han servido durante medio siglo para halagar con ilusiones de falsa paz a los amigos de tenerla con todo el mundo, pero que hoy ya ni el mismo diablo las necesita. Resignémonos a la palabra, aunque sea dura, y a la cosa también, aunque sea más dura aún. Vivimos los católicos en todo el mundo, con el Papa a la cabeza, sub hostili dominatione, en estado de opresora persecución.

2.º La persecución de que tratamos es de un satanismo sui generis que no lo parece, y es por lo mismo la peor y de más desastrosos resultados. Esta persecución perdona a los cuerpos y se dirige con preferencia a las almas. Por donde no cabe aquí recordar aquella enérgica frase de Tertuliano: Semen est sanguis christianorum, porque no se ve aquí (generalmente hablando) derramamiento de sangre en ninguna parte. No se quiere en modo alguno derramar esta sangre generosa que produce mártires; se ha adoptado procedimiento más seguro, que es debilitárnosla y empobrecérnosla, para que resultemos tísicos. La tisis del alma, la anemia moral, es en efecto el carácter especial de los tiempos actuales. Para esto se ha puesto de moda el comodín de las hipótesis, que tales como hoy se entienden y se aplican, podrían muy bien definirse de este modo: Arte de rebajar conciencias y convicciones a la talla de las circunstancias y de los intereses de cada día, prescindiendo por completo de los eternos e imprescriptibles derechos e intereses de la verdad.

3.º La anemia física se traduce generalmente en el exterior del cuerpo humano por fétida supuración de humores y escrófulas, que pudren y gangrenan ya en vida al desdichado a quien falta el natural vigor de la sangre para vencerlas. Así la anemia moral de la sociedad falta de fe se traduce en asquerosa corrupción de costumbres, que es su vergonzosa e ineludible consecuencia. Produciéndose entonces un círculo vicioso, del cual no se ve salida a no ser con manifiesto prodigio de la diestra de Dios, y es el siguiente: la decadencia de la fe produce la corrupción de las costumbres, y a su vez la corrupción de las costumbres acaba de amortiguar la fe. Círculo vicioso dentro del cual ha encerrado hoy el Liberalismo a la sociedad cristiana, y del cual, humanamente hablando, no acertamos a ver cómo se puede ésta salvar. Son corrompidos los pueblos porque son tibios o nulos creyentes, y son a la vez malos creyentes porque les convida y casi les fuerza a serlo su corrupción.

Digno es, pues, y muy digno el estado actual del mundo, de que se acuda a remediarlo con la general y extraordinaria y popular rogativa que años ha viene ordenando Su Santidad. Crisis como la presente tal vez no la había atravesado la Iglesia católica desde la invasión de los bárbaros hasta acá. Barbarie de nuevo género es la que hoy nos invade; barbarie inconvertible, porque trae todo el orgullo y preocupaciones de civilizada. Combate es éste en que sólo puede darnos victoria la intervención directa y extraordinaria de Dios, pues los medios ordinarios del apostolado cristiano aparecen años ha como ineficaces para obtenerla. Es preciso llamar a Dios a voz en grito, y para eso se ordena el grito universal del Santo Rosario.

Hermoso espectáculo da, en medio de todo, nuestro pueblo fiel secundando con unanimidad y devoción consoladoras la indicación del universal Caudillo de los ejércitos cristianos. En todas partes se reza el Santo Rosario: en muchísimas familias se practica durante este mes el rezo completo de las tres partes de él. Donde lo permiten las Autoridades se recorren en procesión las calles y plazas como taxativamente expresa desearlo el Papa: donde no (ya que es cierto que en España hay en el día Autoridades que eso no permiten), se devora en silencio el dolor y la vergüenza de este atropello legal, y sirve él de nuevo estímulo para que sean más fervorosas las oraciones privadas. De todos modos, el mes de Octubre va siendo un devoto mes, y confiadamente esperamos atraerá sobre nuestras tribulaciones la intercesión valiosísima de la Madre de Dios.

Que por muy negros que veamos los tiempos y por muy cerrado que se nos presente por todos lados el horizonte social, católicos somos, y como tales no nos contentamos con creer, sino que firmemente esperamos. Es la presente la hora tenebrosa del hombre: ¡tras ella nunca ha dejado de aparecer esplendente la hora de Dios!

 

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