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martes, 20 de octubre de 2026

VOTAR: DEL MAL MENOR AL VOTO ÚTIL

 


Por JAVIER GARISOAIN

 

El argumento del «mal menor» se invoca regularmente durante los períodos electorales para obligar en conciencia a los católicos y a los monárquicos a votar por tal o cual candidato. Ahora bien, es precisamente este argumento el que constituye el mecanismo que permite la instauración de los peores regímenes. [En efecto: la mayoría de los votantes no vota porque sea partidario de una causa o un candidato, sino que vota en contra de uno de los dos candidatos, vota, pues por el que considera el menos malo. Nota del blog] La filósofa Hannah Arendt —que dedicó su vida a investigar las causas de los totalitarismos— explica la razón: «Políticamente, la debilidad del argumento del mal menor siempre ha sido que quienes eligen el mal menor olvidan muy rápidamente que han elegido el mal 1».

En su artículo El mal menor y el voto útil, Javier Garisoain —secretario general de la Comunión Tradicionalista Carlista— vuelve sobre la distinción que debe establecerse entre la «doctrina moral tradicional del mal menor» y la «táctica política del mal menor». En efecto, es esta táctica la que, al tratar de legitimar el voto útil sin preocuparse por el régimen, conduce a las catástrofes.

Agradecemos a su autor que haya tenido a bien autorizar a la UCLF a publicar la traducción de su análisis. [La Redacción]

Índice

Introducción

La doctrina moral del mal menor

La táctica política del mal menor

¿Cómo nace la táctica de votar por el mal menor?

¿Cómo ha evolucionado la táctica del mal menor?

La ineficacia de la táctica de votar por el mal menor Conclusión

 

Introducción

 

En este breve estudio nos proponemos distinguir la doctrina moral del mal menor, que es lícita, y la táctica política del mal menor, que es más discutible. A continuación, examinaremos las circunstancias históricas que vieron nacer esta táctica y la manera en que ha evolucionado en el mundo católico. Finalmente, terminaremos con algunas reflexiones sobre la moralidad y la eficacia de lo que se denomina el «voto útil».

 

La doctrina moral del mal menor

 

Los buenos filósofos explican que el mal no tiene identidad propia, pues no es más que la ausencia de bien. El mal menor no es, por tanto, más que una insuficiencia de bien. Y, en este sentido, el mal menor es exactamente lo mismo que el mayor bien posible. Como en el ejemplo de la botella medio llena o medio vacía, sabemos que el nivel puede considerarse desde el más hasta el menos.

Sabemos que las diversas limitaciones internas y externas nos alejan siempre de la perfección individual y social. Por eso, la doctrina del mal menor, que exige buscar siempre el mayor bien posible y evitar el mal tanto como sea posible, sigue siendo siempre válida.

Ante una elección —suponiendo que nuestra única responsabilidad sea elegir—, no existe otra posibilidad de rectitud moral que elegir lo mejor. Y, si todo es malo, hay que elegir el mal menor. Y no será superfluo convenir en que, en ciertos casos, negarse a elegir, es decir, la abstención, a pesar de ser un mal, puede ser el verdadero mal menor que buscamos. Todo esto, suponiendo —insistamos en ello— que nuestra única responsabilidad sea elegir.

Las cosas cambian, como veremos, si nuestra responsabilidad no consiste en elegir, sino en hacer o proponer. En definitiva, vivimos en una sociedad pluralista en la que tenemos el deber de participar. ¿Se cumplirá este deber mediante la simple elección pasiva del mal menor? Si se nos invita a participar, a actuar, a construir, habrá que hacer el bien.

 

La táctica política del mal menor

 

La táctica política del mal menor no se limita al período electoral, pues consiste en proponer males (menores) para evitar que triunfen otros males (peores). Es la tentación política que nos asalta cuando tenemos la responsabilidad de hacer propuestas. Ahora bien, desde el punto de vista moral, nunca puede ser lícito proponer un mal, aunque sea un mal menor. La propuesta de un mal por parte de quien debería proponer un bien da lugar al gravísimo pecado de escándalo, que consiste en «la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal» (Cat. 2284).

He aquí algunos argumentos que muestran que la táctica del mal menor no es buena.

– La doctrina católica es clara: afirma que la conciencia ordena «hacer el bien y evitar el mal» (Cat. 1706 y 1777), que no se puede «hacer el mal» si se busca la salvación (Cat. 998) y que «nunca está permitido hacer el mal para que de él resulte un bien» (Cat. 1789).

– La responsabilidad de los laicos católicos no puede limitarse a elegir pasivamente entre los males que los enemigos de la Iglesia tengan a bien ofrecer, sino que debe consistir en una participación activa y directa, «abriendo las puertas a Cristo».

– La táctica del mal menor equivale a atribuir a los católicos un papel mediocre y pasivo en el nuevo sistema «confesionalmente» laico.

– La táctica del mal menor convierte una situación excepcional en una situación cotidiana.

– Una situación prolongada de mal menor hace que el mal menor sea cada vez más grave. Los males menores de hoy son demasiado importantes como para no poner de manifiesto una confrontación radical con el Evangelio. El individualismo, la relativización de la autoridad, la primacía de la opinión pública, la visión científico-racionalista del mundo, etc., se manifiestan en la pérdida de la fe, la crisis de la familia, la corrupción, la injusticia y los desequilibrios a escala mundial…

– La táctica del mal menor ha demostrado ser ineficaz en el pasado para alcanzar el poder o incluso para reducir el mal.

– Es necesario anunciar íntegramente el mensaje del Evangelio, teniendo en cuenta que «allí donde el pecado pervierte el clima social, es necesario apelar a la conversión de los corazones y a la gracia de Dios (…)» y que «no hay solución a la cuestión social fuera del Evangelio» (Cat. 1896).

– La propuesta de un mal por parte de quien debería proponer un bien da lugar al gravísimo pecado de escándalo, que consiste en «la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal» (Cat. 2284). A este respecto, la enseñanza de Pío XII es muy clara: Son culpables de escándalo quienes establecen leyes o estructuras sociales que conducen a la degradación de las costumbres y a la corrupción de la vida religiosa, o a condiciones sociales que, voluntariamente o no, hacen difícil y prácticamente imposible una conducta cristiana conforme a los mandamientos (…). Lo mismo sucede (…) con quienes, manipulando la opinión pública, la apartan de los valores morales (Discurso del 01/06/1941 – Cat. 2286).

– Un mal siempre es un mal y «es erróneo juzgar la moralidad de los actos considerando únicamente la intención o las circunstancias» (Cat. 1756).

 

¿Cómo nace la táctica de votar por el mal menor?

 

Históricamente, la táctica del mal menor nace en la Europa cristiana posrevolucionaria y es obra de dos movimientos políticos católicos: el catolicismo liberal y la democracia cristiana. Es difícil discernir los motivos que llevan a sus promotores a adoptarla. Los partidarios del mal menor suelen ser eclesiásticos y católicos preocupados por los avances de la Revolución y deseosos de hacer algo en un contexto de debilidad de la respuesta católica frente a la revolución liberal.

Se puede llegar a la táctica del mal menor por diversas razones que se superponen y entremezclan.

– Por «contaminación» del pensamiento revolucionario y deslumbramiento ante la aparente perfección de las nuevas ideologías. Por ejemplo, al buscar un compromiso entre la Iglesia y un sistema político (nacionalismo, parlamentarismo, régimen de partidos, …).

– Por exageración de los «males» del Antiguo Régimen y su identificación con la propia doctrina católica.

– Por cansancio en la lucha contrarrevolucionaria o después de un intenso período de persecución religiosa.

– Por una aparente urgencia de llegar a acuerdos con los enemigos de la Iglesia para que, al menos, las autoridades hostiles toleren una actividad apostólica mínima3.

– Por las maniobras de los partidos revolucionarios que buscan deliberadamente sembrar la duda y la división entre los católicos.

– Por la ausencia de verdaderos políticos católicos, que fomenta la injerencia del clero en el ámbito político.

– Por la candidez de los católicos que confían absolutamente en las reglas del juego establecidas por sus enemigos.

– Por dar prioridad al éxito político inmediato, olvidando que: El Reino no se consumará (…) mediante un triunfo histórico de la Iglesia según un progreso ascendente, sino mediante una victoria de Dios sobre el desencadenamiento del mal (Cat. 677).

– Por una pérdida creciente de orientación y una falta de formación del pueblo católico, que generan pesimismo o falta de fe en la eficacia salvífica de los principios cristianos de derecho público.

– Por un enfriamiento de la fe. En efecto, sin la ayuda de la gracia, es muy difícil «descubrir el sendero, a menudo estrecho, entre la cobardía que cede ante el mal y la violencia que, creyendo combatirlo, lo agrava» (Centesimus Annus, 25 – Cat. 1889).

 

¿Cómo ha evolucionado la táctica del mal menor?

 

La táctica del mal menor no se introdujo de golpe. Lo hizo progresivamente a lo largo de los dos últimos siglos. En la historia política de los países europeos, se pueden identificar las siguientes fases:

– En un primer momento, después del violento impacto de la Revolución y alegando la contingencia de los regímenes políticos con respecto a la Iglesia, los partidarios del mal menor toleran, permiten e incluso favorecen la disolución de las estructuras políticas y sociales tradicionales (monarquía, corporaciones, instituciones religiosas, bienes comunales, etc.), que constituían, de hecho, un obstáculo para la Revolución.

– Paralelamente a la secularización de la política y como discípulos de Maquiavelo, comienzan, a la hora de hacer propuestas, a silenciar los argumentos religiosos con la esperanza de conseguir así el apoyo de los no católicos. Algunos llegan a afirmar, para no mencionar la Redención, que «la doctrina cristiana es más importante que Cristo», lo cual es puro pelagianismo…

– La etapa siguiente consiste en un intento de los católicos de unirse en torno a un programa mínimo, no para presentar una solución alternativa al nuevo régimen, sino para integrarse mejor en él con la idea de «cambiarlo desde dentro»4. Y así se llega a desacreditar las demás tácticas católicas…

– Una técnica frecuente entre los partidarios del mal menor consiste en intentar ganarse la simpatía de la jerarquía (católica) mediante promesas de «paz y reconciliación» que permitan la reconstrucción material de las iglesias y el mantenimiento regular del culto. Se trata de un intento desesperado de salvar «lo que se pueda salvar», de seducir a la jerarquía de la Iglesia. Esta podría ser una opción excepcional, pero no el modo habitual de participación política católica.

– A veces son los propios obispos o miembros del clero quienes promueven los grupos políticos de esta tendencia. Esta injerencia empobrece la acción política de los católicos, hace que «vaya a remolque» de las propuestas revolucionarias y compromete a la Iglesia. Cuando un obispo español influyente pide que se lleve a cabo una acción social «para que no desaparezcan los trabajadores de la Iglesia», falsea la finalidad de la verdadera acción social, que no puede ser un simple instrumento de catequesis, sino un deber de justicia y responsabilidad para los laicos.

– El caso del Ralliement propuesto por León XIII, que alentó a los enemigos de la Iglesia en Francia, o la verdadera traición de algunos obispos mexicanos a los cristeros, milagrosamente excusada por los fieles, son dos ejemplos de las desastrosas consecuencias a las que puede conducir la táctica del mal menor. […] El cobarde empeño de algunos cristianos que buscan la supervivencia puramente material de la Iglesia constituye un escandaloso antitestimonio. Olvidan que el mal moral es «incomparablemente más grave» que el mal físico (Cat. 311).

– Más recientemente, en la euforia que siguió al Concilio Vaticano II, se buscó la desintegración de los Estados, las asociaciones y las instituciones católicas, con la idea de intentar ganar así a la opinión pública y llegar a todos los rincones del tejido social. No solo se destruyeron los viejos instrumentos, sino que no se conquistó nada —o casi nada— que no fuera ya católico.

– La última etapa de la táctica del mal menor es la promoción del «voto útil», que, paradójicamente, contradice la doctrina del mal menor. En efecto, propone que ya no se vote por la opción menos mala, sino por aquella que tenga mayores probabilidades de éxito, ¡aunque sea peor que las opciones que tienen menos posibilidades!

 

La ineficacia de la táctica de votar por el mal menor

 

Aquí no se trata de condenar a quienes han apoyado o apoyan los diferentes aspectos de la táctica del mal menor. Se trata únicamente de poner de manifiesto su fracaso. ¿Por qué semejante fracaso?

– Porque las energías que deberían dedicarse a proponer bienes perfectos se pierden proponiendo males menores.

– Porque es una opción de retirada, pesimista, en la que el político católico esconde sus talentos por miedo o por una falsa prudencia.

– Porque la táctica del mal menor predica la resignación; y no precisamente la resignación cristiana, sino la sumisión y la tolerancia ante el tirano, la injusticia y la violación de los derechos. Con la táctica del mal menor, jamás se habría decidido el levantamiento nacional español de 1936 y el Muro de Berlín nunca habría caído. No habría habido Guerra de la Independencia española, ni insurrección católica en la Vendée, ni carlistas en España, ni cristeros en México. Y la propagación del islam en Europa quizá no habría encontrado oposición. No habrían tenido lugar ni Lepanto, ni las cruzadas, ni la Reconquista…

– Porque el mal menor se presenta como una forma inteligente de favorecer económica y materialmente a la Iglesia. Solo se olvida que la mayor riqueza de la Iglesia —su única riqueza— es el testimonio de la Verdad, testimonio que, si sigue vivo hoy, se debe a la sangre de los mártires.

– Porque abundan los ejemplos que muestran que la táctica del mal menor ha entregado el poder a partidos que, valiéndose del voto católico, han implantado una legislación anticristiana (divorcio, aborto, mayoría de edad anticipada, etc.). ¡Esto ha sucedido en más de la mitad de Europa!

En definitiva, la táctica del mal menor es, en sí misma, una derrota anticipada, una especie de cómodo suicidio colectivo. Es la retirada a una posición vergonzosa y defensiva, el complejo de inferioridad. Al defender una táctica del mal menor, los cristianos renuncian a desempeñar el papel principal en la historia, como si Cristo no fuera el Señor de la historia. Se creen maquiavélicos, cuando no son más que una sombra en retirada. Niegan, en la práctica, la posibilidad de una doctrina social cristiana y niegan la realidad histórica de una sociedad que, con todas sus imperfecciones, ha sido cristiana. La táctica del mal menor, en cuanto contrapeso necesario frente a una Revolución fundamentalmente anticristiana, ha fracasado siempre desde sus orígenes.

Por el contrario, la historia de la Iglesia y de los pueblos cristianos está llena de magníficos ejemplos a través de los cuales el optimismo —o, mejor dicho, la esperanza cristiana— nos enseña que es posible, con la ayuda de Dios, construir verdaderas sociedades cristianas. La política cristiana no es un mito, puesto que todavía hoy vivimos de los logros de la antigua sociedad cristiana occidental.

 

Conclusión

 

Es alentador constatar que, gracias a Dios, los errores filosóficos o teológicos, cuando se encarnan en movimientos, siguen sometidos a la realidad de las cosas y rara vez llegan a desarrollar las últimas consecuencias de sus principios. Por eso, el resultado de la acción política, aunque parta de principios erróneos, es incierto y sorprendente.

Del mismo modo, el acceso al gobierno político de personas santas no bastaría para garantizar la perfección de sus acciones. Habiendo reconocido esta considerable limitación de la realidad política, nuestra responsabilidad como laicos católicos no puede consistir en resignarnos, sino en luchar por acercarnos al ideal de perfección que el Evangelio propone también en el plano social.

La doctrina de la Iglesia exige a los laicos católicos una participación activa en la vida política, tanto si actúan solos como si lo hacen acompañados. Un llamamiento a la unidad entre los católicos no puede exigir más que una unión en torno a una misma idea del bien común. Y esta acción política católica es responsabilidad exclusiva de los laicos, y no de la institución jerárquica: ¡de los laicos solos o de los laicos agrupados, pero de los laicos!

En resumen:

– la doctrina moral del mal menor es válida si nuestra responsabilidad consiste únicamente en elegir;

– la táctica política del mal menor es peligrosa e ineficaz;

– la táctica política del voto útil es puro maquiavelismo. Aunque contradiga aparentemente la táctica del mal menor, es una variante del mismo concepto que esteriliza la acción política de los laicos católicos y concede la victoria a sus enemigos.

 

NOTAS:

  1. Hannah Arendt, Responsabilité et jugement, trad. Jean-Luc Fidel, éd. Payot & Rivages, 2009, p.45, Paris, 2003.↩
  2. Catéchisme de l’Église Catholique.↩
  3. NDLR : Le concordat de 1801, en France, en est un exemple frappant↩
  4. Cf. sur viveleroy.net le caractère subversif de la méthode des Groupes réducteurs et noyaux dirigeants.↩

https://viveleroy.net/voter-du-moindre-mal-au-vote-utile/


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