Por JAVIER GARISOAIN
El
argumento del «mal menor» se invoca regularmente durante los períodos
electorales para obligar en conciencia a los católicos y a los monárquicos a
votar por tal o cual candidato. Ahora
bien, es precisamente este argumento el que constituye el mecanismo que permite
la instauración de los peores regímenes. [En efecto: la mayoría de los votantes no vota porque sea partidario de
una causa o un candidato, sino que vota en contra de uno de los dos candidatos, vota, pues por el que considera el menos
malo. Nota del blog] La filósofa Hannah Arendt —que dedicó su vida a
investigar las causas de los totalitarismos— explica la razón: «Políticamente, la debilidad del argumento
del mal menor siempre ha sido que quienes eligen el mal menor olvidan muy
rápidamente que han elegido el mal 1».
En su
artículo El mal menor y el voto útil,
Javier Garisoain —secretario general de la Comunión Tradicionalista Carlista—
vuelve sobre la distinción que debe establecerse entre la «doctrina moral
tradicional del mal menor» y la «táctica política del mal menor». En efecto, es esta táctica la que, al tratar de
legitimar el voto útil sin preocuparse por el régimen, conduce a las
catástrofes.
Agradecemos
a su autor que haya tenido a bien autorizar a la UCLF a publicar la traducción
de su análisis. [La Redacción]
Índice
Introducción
La doctrina moral del mal menor
La táctica política del mal menor
¿Cómo nace la táctica de votar por el mal
menor?
¿Cómo ha evolucionado la táctica del mal
menor?
La ineficacia de la táctica de votar por el
mal menor Conclusión
Introducción
En este breve estudio nos proponemos distinguir la doctrina moral del mal menor, que es lícita, y la táctica política del mal menor, que es más discutible. A continuación, examinaremos las circunstancias históricas que vieron nacer esta táctica y la manera en que ha evolucionado en el mundo católico. Finalmente, terminaremos con algunas reflexiones sobre la moralidad y la eficacia de lo que se denomina el «voto útil».
La doctrina moral del mal menor
Los
buenos filósofos explican que el mal no tiene identidad propia, pues no es más
que la ausencia de bien. El mal menor no es, por tanto, más que una
insuficiencia de bien. Y, en este sentido, el mal menor es exactamente lo mismo
que el mayor bien posible. Como en el ejemplo de la botella medio llena o medio
vacía, sabemos que el nivel puede considerarse desde el más hasta el menos.
Sabemos
que las diversas limitaciones internas y externas nos alejan siempre de la
perfección individual y social. Por eso, la doctrina del mal menor, que exige
buscar siempre el mayor bien posible y evitar el mal tanto como sea posible,
sigue siendo siempre válida.
Ante una
elección —suponiendo que nuestra única responsabilidad sea elegir—, no existe
otra posibilidad de rectitud moral que elegir lo mejor. Y, si todo es malo, hay
que elegir el mal menor. Y no será superfluo convenir en que, en ciertos casos,
negarse a elegir, es decir, la abstención, a pesar de ser un mal, puede ser el
verdadero mal menor que buscamos. Todo esto, suponiendo —insistamos en ello—
que nuestra única responsabilidad sea elegir.
Las cosas
cambian, como veremos, si nuestra responsabilidad no consiste en elegir, sino
en hacer o proponer. En definitiva, vivimos en una sociedad pluralista en la
que tenemos el deber de participar. ¿Se cumplirá este deber mediante la simple
elección pasiva del mal menor? Si se nos invita a participar, a actuar, a
construir, habrá que hacer el bien.
La táctica política del mal menor
La
táctica política del mal menor no se limita al período electoral, pues consiste
en proponer males (menores) para evitar que triunfen otros males (peores). Es
la tentación política que nos asalta cuando tenemos la responsabilidad de hacer
propuestas. Ahora bien, desde el punto de vista moral, nunca puede ser lícito
proponer un mal, aunque sea un mal menor. La propuesta de un mal por parte de
quien debería proponer un bien da lugar al gravísimo pecado de escándalo, que
consiste en «la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal»
(Cat. 2284).
He aquí
algunos argumentos que muestran que la táctica del mal menor no es buena.
– La
doctrina católica es clara: afirma que la conciencia ordena «hacer el bien y
evitar el mal» (Cat. 1706 y 1777), que no se puede «hacer el mal» si se busca
la salvación (Cat. 998) y que «nunca está permitido hacer el mal para que de él
resulte un bien» (Cat. 1789).
– La
responsabilidad de los laicos católicos no puede limitarse a elegir pasivamente
entre los males que los enemigos de la Iglesia tengan a bien ofrecer, sino que
debe consistir en una participación activa y directa, «abriendo las puertas a
Cristo».
– La
táctica del mal menor equivale a atribuir a los católicos un papel mediocre y
pasivo en el nuevo sistema «confesionalmente» laico.
– La
táctica del mal menor convierte una situación excepcional en una situación
cotidiana.
– Una
situación prolongada de mal menor hace que el mal menor sea cada vez más grave.
Los males menores de hoy son demasiado importantes como para no poner de
manifiesto una confrontación radical con el Evangelio. El individualismo, la
relativización de la autoridad, la primacía de la opinión pública, la visión
científico-racionalista del mundo, etc., se manifiestan en la pérdida de la fe,
la crisis de la familia, la corrupción, la injusticia y los desequilibrios a
escala mundial…
– La
táctica del mal menor ha demostrado ser ineficaz en el pasado para alcanzar el
poder o incluso para reducir el mal.
– Es
necesario anunciar íntegramente el mensaje del Evangelio, teniendo en cuenta
que «allí donde el pecado pervierte el clima social, es necesario apelar a la
conversión de los corazones y a la gracia de Dios (…)» y que «no hay solución a
la cuestión social fuera del Evangelio» (Cat. 1896).
– La
propuesta de un mal por parte de quien debería proponer un bien da lugar al
gravísimo pecado de escándalo, que consiste en «la actitud o el comportamiento
que induce a otro a hacer el mal» (Cat. 2284). A este respecto, la enseñanza de
Pío XII es muy clara: Son culpables de
escándalo quienes establecen leyes o estructuras sociales que conducen a la
degradación de las costumbres y a la corrupción de la vida religiosa, o a
condiciones sociales que, voluntariamente o no, hacen difícil y prácticamente
imposible una conducta cristiana conforme a los mandamientos (…). Lo mismo
sucede (…) con quienes, manipulando la opinión pública, la apartan de los
valores morales (Discurso del 01/06/1941 – Cat. 2286).
– Un mal
siempre es un mal y «es erróneo juzgar la moralidad de los actos considerando
únicamente la intención o las circunstancias» (Cat. 1756).
¿Cómo nace la táctica de votar por el mal
menor?
Históricamente,
la táctica del mal menor nace en la Europa cristiana posrevolucionaria y es
obra de dos movimientos políticos católicos: el catolicismo liberal y la
democracia cristiana. Es difícil discernir los motivos que llevan a sus
promotores a adoptarla. Los partidarios del mal menor suelen ser eclesiásticos
y católicos preocupados por los avances de la Revolución y deseosos de hacer
algo en un contexto de debilidad de la respuesta católica frente a la
revolución liberal.
Se puede
llegar a la táctica del mal menor por diversas razones que se superponen y
entremezclan.
– Por
«contaminación» del pensamiento revolucionario y deslumbramiento ante la
aparente perfección de las nuevas ideologías. Por ejemplo, al buscar un
compromiso entre la Iglesia y un sistema político (nacionalismo,
parlamentarismo, régimen de partidos, …).
– Por
exageración de los «males» del Antiguo Régimen y su identificación con la
propia doctrina católica.
– Por
cansancio en la lucha contrarrevolucionaria o después de un intenso período de
persecución religiosa.
– Por una
aparente urgencia de llegar a acuerdos con los enemigos de la Iglesia para que,
al menos, las autoridades hostiles toleren una actividad apostólica mínima3.
– Por las
maniobras de los partidos revolucionarios que buscan deliberadamente sembrar la
duda y la división entre los católicos.
– Por la
ausencia de verdaderos políticos católicos, que fomenta la injerencia del clero
en el ámbito político.
– Por la
candidez de los católicos que confían absolutamente en las reglas del juego
establecidas por sus enemigos.
– Por dar
prioridad al éxito político inmediato, olvidando que: El Reino no se consumará
(…) mediante un triunfo histórico de la Iglesia según un progreso ascendente,
sino mediante una victoria de Dios sobre el desencadenamiento del mal (Cat.
677).
– Por una
pérdida creciente de orientación y una falta de formación del pueblo católico,
que generan pesimismo o falta de fe en la eficacia salvífica de los principios
cristianos de derecho público.
– Por un
enfriamiento de la fe. En efecto, sin la ayuda de la gracia, es muy difícil
«descubrir el sendero, a menudo estrecho, entre la cobardía que cede ante el
mal y la violencia que, creyendo combatirlo, lo agrava» (Centesimus Annus, 25 –
Cat. 1889).
¿Cómo ha evolucionado la táctica del mal
menor?
La
táctica del mal menor no se introdujo de golpe. Lo hizo progresivamente a lo
largo de los dos últimos siglos. En la historia política de los países
europeos, se pueden identificar las siguientes fases:
– En un
primer momento, después del violento impacto de la Revolución y alegando la
contingencia de los regímenes políticos con respecto a la Iglesia, los
partidarios del mal menor toleran, permiten e incluso favorecen la disolución
de las estructuras políticas y sociales tradicionales (monarquía,
corporaciones, instituciones religiosas, bienes comunales, etc.), que
constituían, de hecho, un obstáculo para la Revolución.
–
Paralelamente a la secularización de la política y como discípulos de
Maquiavelo, comienzan, a la hora de hacer propuestas, a silenciar los
argumentos religiosos con la esperanza de conseguir así el apoyo de los no
católicos. Algunos llegan a afirmar, para no mencionar la Redención, que «la
doctrina cristiana es más importante que Cristo», lo cual es puro pelagianismo…
– La
etapa siguiente consiste en un intento de los católicos de unirse en torno a un
programa mínimo, no para presentar una solución alternativa al nuevo régimen,
sino para integrarse mejor en él con la idea de «cambiarlo desde dentro»4. Y así
se llega a desacreditar las demás tácticas católicas…
– Una
técnica frecuente entre los partidarios del mal menor consiste en intentar
ganarse la simpatía de la jerarquía (católica) mediante promesas de «paz y
reconciliación» que permitan la reconstrucción material de las iglesias y el
mantenimiento regular del culto. Se trata de un intento desesperado de salvar
«lo que se pueda salvar», de seducir a la jerarquía de la Iglesia. Esta podría
ser una opción excepcional, pero no el modo habitual de participación política
católica.
– A veces
son los propios obispos o miembros del clero quienes promueven los grupos
políticos de esta tendencia. Esta injerencia empobrece la acción política de
los católicos, hace que «vaya a remolque» de las propuestas revolucionarias y
compromete a la Iglesia. Cuando un obispo español influyente pide que se lleve
a cabo una acción social «para que no desaparezcan los trabajadores de la
Iglesia», falsea la finalidad de la verdadera acción social, que no puede ser
un simple instrumento de catequesis, sino un deber de justicia y
responsabilidad para los laicos.
– El caso
del Ralliement propuesto por León XIII, que alentó a los enemigos de la Iglesia
en Francia, o la verdadera traición de algunos obispos mexicanos a los cristeros,
milagrosamente excusada por los fieles, son dos ejemplos de las desastrosas
consecuencias a las que puede conducir la táctica del mal menor. […] El cobarde
empeño de algunos cristianos que buscan la supervivencia puramente material de
la Iglesia constituye un escandaloso antitestimonio. Olvidan que el mal moral
es «incomparablemente más grave» que el mal físico (Cat. 311).
– Más
recientemente, en la euforia que siguió al Concilio Vaticano II, se buscó la
desintegración de los Estados, las asociaciones y las instituciones católicas,
con la idea de intentar ganar así a la opinión pública y llegar a todos los
rincones del tejido social. No solo se destruyeron los viejos instrumentos,
sino que no se conquistó nada —o casi nada— que no fuera ya católico.
– La
última etapa de la táctica del mal menor es la promoción del «voto útil», que,
paradójicamente, contradice la doctrina del mal menor. En efecto, propone que
ya no se vote por la opción menos mala, sino por aquella que tenga mayores
probabilidades de éxito, ¡aunque sea peor que las opciones que tienen menos
posibilidades!
La ineficacia de la táctica de votar por el
mal menor
Aquí no
se trata de condenar a quienes han apoyado o apoyan los diferentes aspectos de
la táctica del mal menor. Se trata únicamente de poner de manifiesto su
fracaso. ¿Por qué semejante fracaso?
– Porque
las energías que deberían dedicarse a proponer bienes perfectos se pierden
proponiendo males menores.
– Porque
es una opción de retirada, pesimista, en la que el político católico esconde
sus talentos por miedo o por una falsa prudencia.
– Porque
la táctica del mal menor predica la resignación; y no precisamente la
resignación cristiana, sino la sumisión y la tolerancia ante el tirano, la
injusticia y la violación de los derechos. Con la táctica del mal menor, jamás
se habría decidido el levantamiento nacional español de 1936 y el Muro de
Berlín nunca habría caído. No habría habido Guerra de la Independencia
española, ni insurrección católica en la Vendée, ni carlistas en España, ni
cristeros en México. Y la propagación del islam en Europa quizá no habría
encontrado oposición. No habrían tenido lugar ni Lepanto, ni las cruzadas, ni
la Reconquista…
– Porque
el mal menor se presenta como una forma inteligente de favorecer económica y
materialmente a la Iglesia. Solo se olvida que la mayor riqueza de la Iglesia
—su única riqueza— es el testimonio de la Verdad, testimonio que, si sigue vivo
hoy, se debe a la sangre de los mártires.
– Porque
abundan los ejemplos que muestran que la táctica del mal menor ha entregado el
poder a partidos que, valiéndose del voto católico, han implantado una
legislación anticristiana (divorcio, aborto, mayoría de edad anticipada, etc.).
¡Esto ha sucedido en más de la mitad de Europa!
En
definitiva, la táctica del mal menor es, en sí misma, una derrota anticipada,
una especie de cómodo suicidio colectivo. Es la retirada a una posición
vergonzosa y defensiva, el complejo de inferioridad. Al defender una táctica
del mal menor, los cristianos renuncian a desempeñar el papel principal en la
historia, como si Cristo no fuera el Señor de la historia. Se creen
maquiavélicos, cuando no son más que una sombra en retirada. Niegan, en la
práctica, la posibilidad de una doctrina social cristiana y niegan la realidad histórica
de una sociedad que, con todas sus imperfecciones, ha sido cristiana. La
táctica del mal menor, en cuanto contrapeso necesario frente a una Revolución
fundamentalmente anticristiana, ha fracasado siempre desde sus orígenes.
Por el
contrario, la historia de la Iglesia y de los pueblos cristianos está llena de
magníficos ejemplos a través de los cuales el optimismo —o, mejor dicho, la
esperanza cristiana— nos enseña que es posible, con la ayuda de Dios, construir
verdaderas sociedades cristianas. La política cristiana no es un mito, puesto
que todavía hoy vivimos de los logros de la antigua sociedad cristiana
occidental.
Conclusión
Es
alentador constatar que, gracias a Dios, los errores filosóficos o teológicos,
cuando se encarnan en movimientos, siguen sometidos a la realidad de las cosas
y rara vez llegan a desarrollar las últimas consecuencias de sus principios.
Por eso, el resultado de la acción política, aunque parta de principios
erróneos, es incierto y sorprendente.
Del mismo
modo, el acceso al gobierno político de personas santas no bastaría para
garantizar la perfección de sus acciones. Habiendo reconocido esta considerable
limitación de la realidad política, nuestra responsabilidad como laicos
católicos no puede consistir en resignarnos, sino en luchar por acercarnos al
ideal de perfección que el Evangelio propone también en el plano social.
La
doctrina de la Iglesia exige a los laicos católicos una participación activa en
la vida política, tanto si actúan solos como si lo hacen acompañados. Un llamamiento
a la unidad entre los católicos no puede exigir más que una unión en torno a
una misma idea del bien común. Y esta acción política católica es
responsabilidad exclusiva de los laicos, y no de la institución jerárquica: ¡de
los laicos solos o de los laicos agrupados, pero de los laicos!
En
resumen:
– la
doctrina moral del mal menor es válida si nuestra responsabilidad consiste
únicamente en elegir;
– la
táctica política del mal menor es peligrosa e ineficaz;
– la
táctica política del voto útil es puro maquiavelismo. Aunque contradiga
aparentemente la táctica del mal menor, es una variante del mismo concepto que
esteriliza la acción política de los laicos católicos y concede la victoria a
sus enemigos.
NOTAS:
- Hannah Arendt, Responsabilité et jugement,
trad. Jean-Luc Fidel, éd. Payot & Rivages, 2009, p.45, Paris, 2003.↩
- Catéchisme
de l’Église Catholique.↩
- NDLR :
Le concordat de 1801, en France, en est un exemple frappant↩
- Cf.
sur viveleroy.net le caractère subversif de la méthode des Groupes
réducteurs et noyaux dirigeants.↩
https://viveleroy.net/voter-du-moindre-mal-au-vote-utile/
