La
invasión planificada del Occidente apóstata no es un fenómeno espontáneo, sino
un plan diabólico de sustitución étnica, una destrucción deliberada del orden
social y una provocación al desorden y a la guerra civil. Los pueblos sin fe,
sin raíces y sin identidad son sumergidos en masas de extranjeros que no
comparten ni la fe, ni la cultura, ni la ley natural, con el fin de destruir
toda cohesión e impedir cualquier forma de resistencia.
Así se
cumple la maldición que Dios ya había pronunciado contra Su pueblo
desobediente.
«El extranjero que habita en medio de ti se
elevará sobre ti cada vez más alto, mientras que tú descenderás cada vez más
abajo. Él te prestará a ti, pero tú no le prestarás a él; él será cabeza, y tú
serás cola.» (Dt 28, 43–44)
La
jerarquía sinodal, apóstata y traidora, no solo permanece en silencio, sino que
es parte activa de este plan diabólico. Con sus palabras de acogida
incondicional, con sus documentos que niegan la primacía de la fe y de la
civilización cristiana, con su silencio cómplice frente a la eliminación del
cristianismo de las familias y de la sociedad, coopera en la destrucción de lo
que queda de la cristiandad.
Eso no es
caridad cristiana: es complicidad.
Eso no es
misericordia: es traición.
Quien
tenga oídos para oír, que oiga.
Y todo
aquel que quiera salvar su alma y su patria, que vuelva a Dios y a Su ley,
antes de que sea demasiado tarde.
