“Entre
los primeros actos de gobierno [en Perú] figuran: dar libertad a los hijos de
esclavos, abolición de la pena de azotes, prohibición de que se injurie a los
españoles, clausura del museo de la inquisición, que contenía las más torpes
calumnias a la Iglesia, fundación de la biblioteca de Lima. Consagra la
libertad de imprenta diciendo que los periódicos pueden circular libremente,
pero: «A quienes abusen de esa libertad y atacan la moral pública, la religión
o incitan a la rebelión o actos traidores, los somete a juicio de una junta
conservadora de la libertad de imprenta». Sabio criterio que regula el
verdadero uso de la libertad.
Fiel a
sus principios en todos los demás actos de gobierno que sería largo enumerar
(titánica obra que hace en catorce meses, lo que para otros sería cosa de
muchos años, dice Alberto Palcos), se hizo querer profundamente por los
peruanos, que aún hoy conservan un gran retrato suyo en la sala de audiencias
del Cabildo. Las damas de Lima le obsequiaron una gran colcha de raso de seda,
toda bordada por ellas, que San Martín trajo a Mendoza y obsequió a su comadre,
Josefa Álvarez Delgado y que hoy se conserva en el Museo San Martín de Mendoza.
Ante su
renuncia indeclinable, a pesar de la insistencia de los peruanos para que se
quede, le regalan también el estandarte de Pizarro.
En 1821
ha promulgado el Estatuto Provisional, cuyo artículo 1º establece la Religión
Católica, Apostólica, Romana, como religión del Estado, reconociendo el
gobierno como uno de sus primeros deberes el mantenerla y conservarla por todos
los medios que estén a su alcance. Cualquier ataque público o privado a sus
dogmas o principios será castigado con severidad. Artículo 3º, nadie podrá ser
funcionario si no profesa la religión del Estado.
Respecto
a este artículo cabe recordar que en el Piamonte durante 1821, las logias
masónicas comienzan a actuar y existe un caso similar: Carlos Alberto de
Carignanno, nombrado regente de Saboya, quiere adoptar la constitución
española, pero debe suprimirle la cláusula declarando la religión católica como
del Estado, por imposición de la masonería, que lo llevaba al poder”.
Estela
Arroyo de Sáenz, El secreto de San Martín,
ediciones Gladius, 1993.
