Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

miércoles, 16 de noviembre de 2022

UCRANIA, ¿UNA GUERRA JUSTA?

 



El texto que sigue es traducción de una conferencia dada por el general Paitier el 3 de septiembre último durante las 52 Journées Chouannes. Reproducido por Lectures FranÇaises N° 785, Septiembre 2022, revista mensual editada por DPF VAD en Chiré-en-Montreuil.

 

Por el general (2S) MARC PAITIER

 

El fin de la URSS era una oportunidad inmensa para el porvenir de Occidente, pero en lugar de asociar Rusia al concierto de las naciones europeas, la hemos despreciado, marginado. Hemos cometido un trágico error de apreciación pensando que teníamos todo por ganar con una Rusia débil.  La guerra en Ucrania es una consecuencia de este enceguecimiento.

Constato que hoy es imposible debatir objetivamente de este evento dramático. Del lado del pensamiento dominante, prevalece la histeria anti-rusa con un maniqueísmo que prohíbe toda aproximación crítica. Todo punto de vista divergente es tildado de complotismo; la menor diferencia es denunciada como una complicidad con Moscú.  Esta dictadura de lo “políticamente correcto” no se ahorra, desgraciadamente, a nuestra pequeña familia de pensamiento que sostiene más bien la parte rusa, pero en el seno de la cual la investigación de la verdad es también a veces sacrificada sobre el altar de la ideología y de la toma de partido.  Yo he hecho la amarga experiencia luego de dos artículos escritos en una publicación que nos es muy próxima y que me han valido cartas de insultos de parte de algunos lectores porque yo no presentaba todo según el punto de vista que ellos habrían querido escuchar. Ningún argumento me fue opuesto, solamente injurias. Triunfo de la vulgaridad y caída de la inteligencia.

Lo confieso, yo formaba parte de aquellos y éramos numerosos comprendidos en esto las oficinas y los estados mayores bien informados, que pensaban que Rusia no invadiría jamás militarmente Ucrania. Yo estimaba que se trataba de una intoxicación de la propaganda norteamericana.

Cuando esta invasión se tornó realidad, los Estados Unidos seguidos de manera casi unánime por las democracias occidentales hicieron el juego de condenar a Rusia, de demonizar a su presidente y de tomar la defensa de la “valiente Ucrania”, víctima del “ogro ruso”. Habíamos encontrado un enemigo, el buen tiempo de la guerra fría que oponía el campo del bien contra el campo del mal se había restablecido.

En ningún momento, hemos asistido a una puesta en perspectiva de los acontecimientos con la distancia que conviene para países que no son directamente concernientes por una guerra que es en principio una guerra civil. Nos hemos asociado servilmente a la línea norteamericana con un discurso belicoso que no se había escuchado desde hace mucho tiempo. Olvidados los dividendos de la paz resultante del colapso del muro y del imperio soviético. El espectro del retorno de la guerra sobre el teatro europeo, la amenaza nuclear siendo entrevista con desenvoltura, cuidado y ligereza me han permitido comprender esos encadenamientos irracionales y esos enceguecimientos que en el pasado han ensangrentado el continente europeo.

Dispongo de algunas páginas para tratar un tema de extrema complejidad. No buscaré por lo tanto ser exhaustivo. No abordaré la cuestión de las operaciones militares. Comenzaré por el extraordinario formateo de la opinión que contiene todos los ingredientes de la desinformación. Me interesaré en las razones del conflicto ubicando los eventos de actualidad en la perspectiva histórica que los esclarecen. Pondré a la luz el juego malsano de los Norteamericanos y la inexistencia estratégica de los Europeos antes de considerar las sombrías perspectivas que este conflicto deja entrever.  Sobre cada uno de esos puntos, uno puede tener aproximaciones e interpretaciones diferentes. No pretendo detentar todas las claves de comprensión, sino simplemente dejar aquí algunas reflexiones de sentido común.

EL MODELADO DE LA OPINIÓN

Como en los Balcanes, en los años 90, la guerra en Ucrania hoy da lugar a un formidable condicionamiento de la opinión destinada a hacer caer toda la responsabilidad del conflicto sobre las espaldas de Moscú y a prohibir todo razonamiento fuera de esta consideración. Los responsables políticos, cual fuere, por otra parte, la simpatía que ellos hayan podido probar hacia Rusia, son llevados a condenar sin reserva la intervención rusa y a exaltar la resistencia ucraniana. No conozco más que dos excepciones que resisten a ese diktat [en Francia]: Thierry Mariani e Yves Pozzo di Borgo. Vaya en su honor.

No tengo el tiempo de analizar acá todos los componentes y los efectos de la operación de desinformación concerniente a Ucrania. Ella presenta los cuatro síntomas definidos por Vladimir Volkoff:

-Todo el mundo dice la misma cosa. La narrativa va en un sentido único.

-La opinión está sobre informada en el sentido querido de manera de hacer del desinformado un desinformador.

-Todos los buenos están de un lado y los malos del otro.  Lo que dice Kiev es verdadero por definición; lo que dice Moscú es falso por principio.

-Alimentación de la emoción en el sentido querido (masacre de Bucha), abandono de todo sentido crítico.

Toda puesta en perspectiva que podría cuestionar el estado de víctimas de los ucranianos, de verdugos de los rusos y de humanistas de los norteamericanos está prohibido. Hay un rechazo a considerar las causas verdaderas del conflicto, los acontecimientos que condujeron a ello y la responsabilidad de los diferentes actores que en ello son implicados. Conviene ver eso.

PUESTA EN PERSPECTIVA

La invasión de Ucrania no es producto del cerebro malo de un paranoico, sino el resultado de un largo proceso de degradación de la seguridad en Europa que no hemos querido ver.  Cuando se psiquiatriza a su adversario, cuando se lo trata de loco, uno está en el grado cero del análisis político. Antes de considerar las razones objetivas de esta guerra, no es inútil recordar ciertas heridas históricas de la relación entre Ucrania y Rusia que son hoy explotadas en sentido diferente por los unos y los otros. Es siempre la historia quien nos da la clave de lectura más segura. Nos detendremos luego sobre la personalidad del presidente ruso.

Sobre Rusia y Ucrania

Ucrania es la Rusia de Kiev, fundada al fin del siglo IX. Es una mezcla de escandinavos, de eslavos, de bizantinos y de occidentales. Kiev es la cuna de Rusia; Vladimir, gran príncipe de Kiev, es el Clovis ruso. Recibiendo el bautismo en 988, impuso a su pueblo el cristianismo de rito bizantino. Es considerado como un santo en la Iglesia católica y en la iglesia ortodoxa. El apogeo de esta Rusia de Kiev, es Yaroslav el Sabio en el siglo XI del cual su hija Ana devendrá reina de Francia casándose con Enrique I. El principado de Kiev ha sido destruido por los Mongoles en el siglo XIII. La reinante dinastía de los Rurik se refugió entonces en Moscú. Allí reinará hasta el fin del siglo XVI antes del advenimiento de los Romanov. Hay entonces una herencia disputada: de un lado Ucrania considera que la Rus de Kiev es el fundamento histórico de Ucrania; del otro lado los Rusos estiman que por la emigración de los Rurik y de los príncipes de Kiev, el pasado de Ucrania, es el pasado de Rusia. Esta diferencia de perspectiva explica bien varias cosas.

El Holodomor, literalmente “exterminar por el hambre”, es una hambruna artificial ligada a la política de colectivización estaliniana de la agricultura en 1932-1933 que dejó entre 3 y 5 millones de muertos en Ucrania. Se comprende, pues, que ella constituya un traumatismo. Kiev considera este episodio como un verdadero genocidio mientras que Moscú estima que se trata de una tragedia común a todos los pueblos soviéticos. Ucrania, en ese caso, no podría prevalecer en el monopolio de victimización tanto como Rusia no prevalecería como opresor.  La nación ucraniana, perpetuando el mito del Holodomor, busca trascender sus divisiones lingüísticas, religiosas y regionales. El tema es largamente explotado desde la independencia por los gobiernos ucranianos sucesivos, como medio de legitimidad y de base para construir una identidad nacional que verdaderamente jamás existió. Victor Youvchenko, llegado al poder con la revolución naranja de 2004 elevó al Holodomor al rango de un genocidio comparable a la Shoah. Arrogándose el papel de víctima absoluta del opresor soviético, por lo tanto ruso, el poder ucraniano afirmaba así la oposición histórica entre los dos países. Cuando Victor Yanukovich, el gran perdedor de la Revolución naranja y candidato pro-ruso del “Partido de las Regiones”, ganó la elección presidencial ucraniana en enero de 2010, repudió oficialmente la tesis del genocidio, en estos términos:

Reconocer el hambre como un hecho de genocidio en relación a un pueblo o a otro sería inexacto e injusto, se trata de una tragedia común de los pueblos que formaban entonces la URSS”.

Se trataba para él de restaurar un clima de confianza con Rusia. Después del Holodomor cuando Ucrania fue purificada de su burguesía agrícola, numerosos ucranianos jugaron un papel importante en el sistema soviético, en la vida económica, en las fuerzas armadas y en la política, lo que demuestra que no había voluntad rusa de debilitar esa tierra ubicada en los márgenes del imperio. Numerosos responsables políticos de primer rango eran ucranianos como Kruschev, Brezhnev, Podgorny, Tchernenko, Gorbachov por parte de su madre, (notemos que Ucrania prohibió a Gorbachov la entrada a Ucrania a continuación de su apoyo a la anexión de Crimea por Rusia. “Yo estoy absolutamente convencido que Putin defiende hoy mejor que nadie los intereses de Rusia” afirmaba en 2014 aquel a quien se ha definido como el anti-Putin).

Después de la división de Polonia en 1795, Rusia puso la mano sobre toda Ucrania a excepción de Galitzia y Volinia que pasaron al control de Austria. Esta parte de Ucrania es de cultura germánica y católica. Es la cuna de la literatura y de la lengua ucraniana, visceralmente anti-rusa. Durante la Segunda guerra mundial, ella proporcionó un ejército que bajo las órdenes del general Bandera, jefe de la Organización de nacionalistas ucranianos colaboró con la Alemania nazi, no por adhesión ideológica, sino por rechazo de la dominación de la Rusia bolchevique sobre Ucrania. Ucrania vio en el ejército alemán un ejército de liberación. Galitzia y Volinia no se volvieron rusas sino en 1945 y les hizo falta diez años a los bolcheviques para someter a los partisanos banderistas. Todo eso dejó marcas que reaparecen hoy. El discurso de Putin viendo en todo ucraniano un nazi en potencia es un argumento de propaganda que fue también de los soviéticos. Es por lo menos sorprendente verlo retomado por ciertos católicos de la tradición.

Esas heridas históricas de las que acabo de citar tres ejemplos, explican la naturaleza de la relación entre Rusia y Ucrania, pero esta relación es también la de un pasado común. Un tercio de los rusos tienen orígenes ucranianos y viceversa del lado ucraniano. Se puede así decir que hay una verdadera proximidad entre los dos países. Si ellos no son hermanos, al menos son primos próximos.

Sobre Putin

Es alguien que tiene una muy alta visión de la historia de Rusia. Llegó al poder para devolverle a ésta su honor, su grandeza y su dignidad. Busca situarse en la continuidad de Rusia, construir un relato de la historia nacional que integre los Rurik, los Romanov y la revolución rusa (con el culto de la victoria sobre la Alemania nazi), tomándose algunas libertades con la historia y la verdad. No es un dictador, es un pragmático mucho más racional de lo que se cree. Para muchos, afirmar eso es hacerle el juego a Putin. Aquel se burla de los juicios morales que se le hacen. Putin considera como Clausewitz que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, lo que nosotros no comprendemos desde que nuestro coraje se ha ablandado. Hacer de Putin un nuevo Hitler no permite comprender los objetivos buscados en Ucrania. Él había intentado al comienzo de los años 2000 aproximarse a los Estados Unidos, Europa y el mundo occidental en general. El por entonces presidente Obama que lo ha frecuentado durante ese período, viene de declarar: “Yo no sé si la persona que yo conocí es la misma que aquella que dirige el ataque contra Ucrania”. Alguna cosa ha cambiado en el espíritu de Putin, alguna cosa se ha quebrado que nosotros vamos ahora a intentar comprender.

Las razones de un conflicto

Putin no ha cesado de buscar hacer escuchar y admitir a los occidentales que la extensión permanente de la OTAN hasta las fronteras rusas no era aceptable. Esta extensión es sentida como una amenaza. Ese sentimiento justificado jamás fue tomado en serio por la OTAN y los países europeos lo que provocará en Putin un terrible resentimiento. En 2007, en Múnich él denuncia esta indiferencia occidental en relación a las preocupaciones legítimas de Rusia concerniente a su seguridad. Un año después fue la guerra en Georgia.

Si Rusia ha renunciado a su imperio, ella no ha renunciado a su zona de influencia, lo que es natural. Putin no busca reconstruir un gran imperio del cual Solzhenitsyn decía que conduciría al pueblo ruso a la muerte haciéndole perder su identidad. Los Rusos quieren sin embargo conservar una influencia sobre Bielorrusia, Ucrania y Georgia. Bajo la presidencia de Yanukovich (presidente de Ucrania desde febrero de 2010 hasta febrero de 2014) Rusia había obtenido que el estatus de neutralidad de Ucrania sea inscripto en la Constitución, que el estatus oficial de la lengua rusa sea reconocido y que el arriendo sobre el puerto de Sebastopol en Crimea sea establecido hasta 2045. Desde entonces, todas esas adquisiciones se volvieron caducas. En junio de 2021, un acuerdo con la OTAN hizo de Ucrania uno de sus seis socios privilegiados de la organización atlántica. Se ha visto entonces llegar cooperadores militares para refundar las fuerzas armadas ucranianas. “Ucrania no estaba en la OTAN pero la OTAN estaba claramente en Ucrania” (Jean de Gliniasty, antiguo embajador francés en Rusia). Una línea roja venía de ser cruzada sin que Occidente tomara conciencia.

Más allá de las consideraciones miliares y políticas, hay un aspecto del conflicto, a menudo ocultado, que es su dimensión civilizatoria y aquel de la preservación de la identidad nacional. El presidente ruso desprecia profundamente el Occidente que él considera decadente.  Él defiende la identidad de la Rusia forjada por la ortodoxia en oposición total a los “valores” occidentales, materialistas e individualistas.  Toma como suyos los reproches que Solzhenitsyn dirigía en 1978 a Occidente delante de los estudiantes de Harvard:

No, yo no puedo recomendar vuestra sociedad como ideal para la transformación de la nuestra (…) Nosotros habíamos puesto demasiadas esperanzas en las transformaciones político-sociales, y se reveló que nos han quitado lo que teníamos de más precioso: nuestra vida interior (…) ¿Cómo el Oeste ha podido declinar, de su paso triunfal a su debilidad presente?”

Vladimir Putin está verdaderamente obsesionado por la cuestión cultural. En la nueva Constitución promulgada el 1° de julio de 2020, de la cual no se ha destacado más que la posibilidad dada al presidente de mantenerse en el poder, figura en buen lugar la defensa de los valores tradicionales de la sociedad rusa, de los cuales la familia y el patriotismo son considerados como los cimientos de la cohesión nacional. Se apoya también sobre la Iglesia Ortodoxa que no duda en instrumentalizar para defender su política. Ese retorno a los valores tradicionales de Rusia constituye la principal razón de la rusofobia en Occidente. La opinión pública rusa parece, al contrario, aprobar mucho al presidente Putin en su defensa del alma rusa y su rechazo del modelo occidental. Se comprende entonces el peligro que representa una aproximación entre Ucrania y Europa. Los ucranianos que pueblan la parte occidental del país sueñan con integrar la Unión Europea y adoptar sus costumbres. No es por azar si el movimiento extremista “Femen” nació en Ucrania. Putin y el modelo ruso constituyen para ese grupo de feministas histéricas el empuje absoluto que exalta los valores viriles y patriarcales. La ideología LGBT gana terreno, animada por donantes extranjeros. En 2019, 8.000 personas participaron en Kiev de una “marcha del orgullo gay” autorizada por el gobierno a pesar de la oposición de las iglesias ortodoxa y greco-católica. En 2021, otras manifestaciones de ese género tuvieron lugar en otras ciudades del país como Kharkov y Odessa. Bajo presión de la Unión Europea, una enmienda ha sido votada en el parlamento en favor de homosexuales y contra su discriminación en el trabajo. Ucrania es también el país más laxista en materia de turismo médico y un “Eldorado” para las parejas sin hijos.

Putin ha considerado que el tiempo jugaba contra Rusia y que hacía falta actuar ahora, siendo la victoria más a menudo de aquel que golpea primero. Lo ha hecho con el apoyo de la población. Dicho esto, esta guerra no comenzó en febrero de 2022, sino en 2014 con los bombardeos ucranianos contra las poblaciones de Donetsk y de Lugansk, en contradicción con los acuerdos de Minsk a los cuales Putin había adherido sin reserva, lo que demuestra que él no ha desdeñado inicialmente el camino diplomático. Los acuerdos preveían un cese del fuego inmediato, el retiro de todas las tropas extranjeras, la creación de una zona tapón desmilitarizada, un largo estatuto de autonomía para las regiones separatistas de Donetsk y de Lugansk con la organización al fin de elecciones. El rechazo ucraniano de aplicar esos acuerdos de los cuales Francia y Alemania eran garantes constituye una de las causas mayores de la guerra. Hay que añadir a eso un cierto número de hechos graves como la presunta existencia de laboratorios ucranianos de guerra bioquímica, la presencia de consejeros militares occidentales, la preparación de una ofensiva ucraniana contra los enclaves separatistas de los cuales Moscú venía de reconocer la independencia.

EL JUEGO ENFERMIZO DE LOS NORTEAMERICANOS

No cesan de echar aceite sobre el fuego utilizando un lenguaje que cierra la puerta a la razón y a toda negociación: Putin es un carnicero que debe ser puesto delante de la Corte penal internacional, Rusia es responsable de crímenes de guerra e incluso de un genocidio. Más allá de las palabras, Estados Unidos sostiene masivamente al ejército ucraniano con envíos de armas colosales cifradas en decenas de miles de millones de dólares. Prolongan y extienden así el conflicto con todas las pérdidas humanas y las miserias que de ahí resultan. Ese juego siniestro se inscribe en una estrategia concebida de larga data. Los norteamericanos están detrás de la revolución naranja y el golpe de Maidan.

Victoria Nuland, la actual sub-secretaria de Estado de Joe Biden, jugó un rol activo sobre el terreno en Kiev, en la preparación y la conducción de este golpe y lo reivindica. Desde entonces y con la puesta en activo de un gobierno “pro-occidental”, Estados Unidos no cesa de norteamericanizar Ucrania, tanto en el dominio social como en el dominio militar”.

Los norteamericanos movieron a Putin a actuar así afirmando que ningún soldado norteamericano intervendría sobre el suelo ucraniano. Ellos han instrumentalizado el poder y el pueblo ucranianos para destruir el poder ruso al riesgo de una escalada militar de la cual los Europeos pagarían el mayor precio.  Igual que ellos movieron a Saddam Hussein a invadir Kuwait, ellos crearon deliberadamente las condiciones de una intervención armada de Rusia para organizar a continuación la movilización general contra ella. La guerra en Ucrania es la ocasión soñada por el complejo militar-industrial norteamericano y la OTAN, su brazo armado, de infundir por todas partes su rusofobia con la complicidad de los media y de los influencers que son sus empleados.

LA INEXISTENCIA ESTRATÉGICA DE EUROPA GRAN PERDEDORA DE LA GUERRA EN UCRANIA

Habida cuenta de su estructura y de sus intereses contradictorios, Europa no puede tener una diplomacia coherente fundada sobre una visión colectiva. Ella pasa su tiempo en hablar de democracia, de derechos del hombre, de libertad para camuflar mejor su impotencia. La autonomía estratégica de Europa no es más que un engaño que la guerra en Ucrania enterró. Ella no es sino la fuerza supletoria de los Estados Unidos. Su continuidad constituye un dramático enceguecimiento. La OTAN devino una herramienta de poder anti-ruso sobre las espaldas de los Europeos. Los Estados Unidos no cesaron de prohibir toda aproximación entre Europa occidental y Rusia lo que tiene por consecuencia arrojar a los Rusos en los brazos de China. Ese encarnizamiento de los Estados Unidos contra Rusia muestra cuánto el poder americano apenas tiene en cuenta las nuevas realidades del mundo actual. Ellos podrían haberse interesado en tener, de cara a las nuevas potencias emergentes y a China, una verdadera potencia europea y una Rusia fuerte arrimada a Europa.

Europa debería haberse desolidarizado de los Estados Unidos, crear las condiciones de una alianza con Rusia y construir con ella una verdadera arquitectura común de defensa y de seguridad. La alianza de la riqueza europea, de la libertad de emprendimiento, del espíritu de iniciativa con la inmensidad y la profundidad estratégica de Rusia, pero también con la inteligencia de los investigadores, de los sabios y de los ingenieros rusos, habría podido constituir un tercer polo capaz de crear un equilibrio favorable a la paz. Putin esperaba un gesto en ese sentido.  Él fue conducido fuera de allí. En lugar de eso, los europeos se alinearon con la posición norteamericana y se volvieron odiosos al pueblo ruso imponiendo sanciones y medidas punitivas fuera de lugar haciendo prueba en la circunstancia de una ingenuidad culpable y de una increíble ligereza, porque ellas se volvieron enseguida en su contra (penuria de materias primas de la energía, inflación, paro, endeudamiento excesivo, caída de las exportaciones…) mientras que sus consecuencias permanecen limitadas en Rusia que vende desde entonces su petróleo y su gas a China y a India. Al final, Rusia mostrará una capacidad mucho más grande para sobrellevar las pruebas.

En ese contexto, Francia no asumió su vocación histórica de potencia de equilibrio y de apaciguamiento sirviéndose de los activos de que ella dispone, pero que ella no tiene la valentía de utilizar: su sede en el consejo de seguridad, sus fuerzas armadas que, pese a sus lagunas, sigue siendo la más operacional de las fuerzas armadas europeas, su posesión del arma atómica, su dominio marítimo que es el segundo del mundo, sus antiguas posiciones en África, su economía, su influencia a través de la cultura y la francofonía. En 2003, el discurso de Villepin contra la guerra norteamericana en Irak fue el honor de Francia. En 2008, el presidente Sarkozy sin ser enviado triunfó en impedir a los rusos invadir Georgia y negociar un acuerdo de paz aceptado por las dos partes. Notemos de paso que los norteamericanos han hecho todo para disuadir al presidente georgiano Saakachvili de firmar este acuerdo. En Georgia en 2008 como en Ucrania en 2022, su política es la misma que es provocar la guerra. En febrero último, el presidente francés intentó renovar la proeza de su predecesor. Fracasó. El asunto era sin dudas más difícil esta vez, y él no tenía el peso necesario. Debe reprochársele sobre todo de, a continuación, haberse alineado con los norteamericanos, de no haber hecho sonar la voz particular de Francia, de haber abdicado nuestra misión histórica.

CONCLUSIÓN

Regreso sobre el título de esta corta conferencia: “Ucrania, ¿una guerra justa?”. Yo no busqué finalmente responder a esta interrogación ni a llevar un juicio moralizador. A cada uno corresponde formar su opinión. Solamente busqué mostrar las razones que han llevado a Putin a invadir Ucrania. Las resumo:

-No respeto de los acuerdos de Minsk y exacciones contra las poblaciones rusas en el este del país;

-Movida de la OTAN hacia el Este percibida como una amenaza para la seguridad de Rusia;

-Rusofobia cuidadosamente orquestada por los norteamericanos.

En el espíritu del presidente Putin, esos elementos justifican la operación militar que él ha desencadenado respondiendo a dos criterios de la guerra justa: justa causa e intención recta. Putin pudo haber tenido más problemas, en revancha, al justificar este otro criterio: “el mal engendrado debe ser inferior al mal evitado y la situación resultante de la guerra debe ser mejor que aquella que prevalecía antes del conflicto”. Esta guerra más allá de las ganancias territoriales (20% del territorio ucraniano bajo el control ruso) produjo dos efectos que no formaban parte de los objetivos buscados: el reforzamiento y crecimiento de la OTAN; la emergencia de un sentimiento nacional ucraniano que no estaba tan afirmado antes de la guerra. Jean de Gliniasty, a quien ya he citado, estima que ese sentimiento nacional resulta “de una fusión entre la parte rusófona en el este y de la parte ucranófona en el oeste”. Hay sin dudas que relativizar esta afirmación. En las zonas separatistas de Donbass, los soldados rusos han sido recibidos como libertadores. El sentimiento anti-ruso que Zelensky ha sabido movilizar con un cierto talento es el de las grandes ciudades y clases medias occidentalizadas desde hace un cierto tiempo.

Nadie puede prever la evolución del conflicto, pero por ahora el partido de la guerra es más fuerte que el partido de la paz y el sostén de Occidente a Ucrania prolonga el conflicto. El presidente ucraniano movido por los norteamericanos afirma que la guerra se detendrá únicamente cuando todos los territorios perdidos hayan sido reconquistados comprendido también Crimea, lo que es pura ilusión. El presidente Zelensky lleva una parte de responsabilidad en esta guerra no habiendo aceptado para su país un estatus de neutralidad, estatus que no tendría nada de deshonroso. Está mal ubicado para exigir hoy a todos los países occidentales que se comprometan sin reserva a su lado en una guerra que él habría podido evitar por una actitud más prudente. Boris Johnson, que es la voz de su amo norteamericano y que atiza el juego en Ucrania, proclama “no es el momento de negociar”.

El partido de la paz no parece listo para hacer escuchar su voz. Hemos cerrado la puerta a Putin que era el más europeo de los dirigentes rusos. Hemos despreciado su mano tendida. El porvenir quizás diga que se trata del error más trágico de nuestra larga historia. Las generaciones que vendrán no tendrán ninguna simpatía pro-europea. Europa no encontrará más ningún sostén en el mundo extra occidental. Ella ya está aislada, hasta los países francófonos africanos que votaban siempre como Francia se han abstenido y han votado contra las sanciones. Incluso se ha visto al presidente senegalés ir a Moscú para encontrarse con Putin. Se ve también a los países africanos hacer un llamado a las oficinas paramilitares rusas para asegurar el rol protector que antes aseguraba Francia. Nadie vendrá a llorar sobre nuestra triste suerte mientras que nuestras opiniones públicas enceguecidas por los media no tuvieron ningún remordimiento por las decenas de miles de muertos de las intervenciones occidentales en Kosovo, en Irak, en Afganistán, en Libia y en Siria. 

 

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