Por LUIS
ALVAREZ PRIMO
“Las élites occidentales tienen un fuerte
deseo permanente de congelar un estado injusto de las relaciones
internacionales. Se han atiborrado durante siglos de carne humana y dinero,
pero su festín vampírico está llegando a su fin”.
Vladimir
Putin
Donald J Trump es en cierto sentido una
figura trágica. Más allá de su histrionismo y de su estética política
típicamente estadounidense-- es decir, frívola y superficial, pero con
frecuencia fría e implacablemente cruel--, en innumerables ocasiones, el actual
presidente de los EE.UU. ha declarado que quiere la paz y no la guerra. Su
temperamento y su carácter, su personalidad extrovertida y sanguínea lo
inclinan genuinamente a la paz social donde puede practicar el juego que más le
gusta y conoce: el “toma y daca” del mercader, el activismo y los afanes del
hombre de negocios, por definición, alejado del hábito contemplativo de las
realidades más elevadas (propio también de hombres políticos como Antonio de
Oliveira Salazar, un General Franco o el mismísimo Vladimir Putin) que son las
que permiten descubrir la real medida de las cosas de este mundo. Trump no
comprende, aunque a veces parece intuirlo, que las exigencias de la alta
política y los asuntos de estado son de otra naturaleza, que requieren hábitos
intelectuales y morales que el mercader capitalista no tiene. Concretamente,
Trump está preso de su circunstancia, de la cual no sabe, no puede o no quiere
liberarse.
¿Cuál es esta circunstancia?
El lobby de Israel en los EE.UU.
Los
judíos en los Estados Unidos controlan la cultura, y el lobby de Israel
controla la política exterior estadounidense (J.Mearsheimer/ S. Waltz), en
función de los delirantes intereses mesiánicos materialistas judíos. Esto se entiende mejor con la
lectura de una obra única e indispensable: “El Espíritu Revolucionario de los
Judíos y su Impacto en la Historia Mundial” del erudito historiador
estadounidense E. Michael Jones.
Trump quiere la paz, pero hace la guerra.
El psicópata Netanyahu, el rabinato y los oligarcas judíos (Adelson, Singer,
Soros et alia) tienen voluntad más
fuerte que él y lo doblegan. Si Trump tuviera la lucidez y el coraje
necesarios, prevalecería para defender el interés estadounidense primero y no
el de Israel (“America First”, no “Israel First”). Pero Trump no está rodeado
de gente realista que con firmeza le advierta el error de algunas de sus
decisiones. Por ejemplo, el terrible
bombardeo de Yemen de estos días ha provocado la muerte más de 400 civiles,
mujeres y niños. Trump se ha convertido en un genocida criminal de guerra tal
como sus predecesores. Los aguerridos houties defienden a su propio pueblo y al
pueblo palestino frente al criminal gobierno israelí. Exigen la apertura de
Gaza a la ayuda humanitaria hoy bloqueada por Netanyahu. Los houties atacan los
barcos israelíes en el Mar Rojo, pero no objetivos civiles en Israel. Pudiendo
poner límites al genocidio palestino, Trump ha permitido que Netanyahu reanude
los bombardeos en Gaza y en el sur del Líbano causando decenas de muertes de
civiles inocentes. (El número de víctimas mortales de las hostilidades reanudadas
por Israel en la Franja de Gaza el 18 de marzo ascendió a 634 y 1.172 heridos,
según el ministerio de salud gazatí, y según la misma fuente, desde el inicio
de la operación militar israelí en octubre del 2023, el número total de muertos
ascendió a 49.747 con 113.213 heridos y gravemente heridos).
Alejándose del Premio Nobel de la Paz,
Trump pasará a la historia como otro belicista genocida más al igual que sus
antecesores responsables de los genocidios en Iraq, Siria y Libia. Estos graves
errores costarán caro a Trump y a los EE.UU. que saldrán nuevamente derrotados,
más allá de sus crímenes y masacres. La arrogancia y la ignorancia de la
historia no se llevan bien con la prudencia política arquitectónica, virtud de
la que, providencialmente, está dotado y pone de manifiesto a cada paso
Vladimir Putin.
El papa Francisco, a quien no le falta capacidad para discernir el talante de sus interlocutores, destacó en una ocasión circunstancial y como al paso, a su estilo, la cultura y el refinamiento intelectual de Putin. En una reciente entrevista de Tucker Carlson, el rico abogado judío Steve Wytkoff, amigo y mediador de Trump para las negociaciones con Rusia sobre el cese del fuego, acordado hace unos días, así como el intercambio de 175 prisioneros de cada parte, contó una anécdota: un agente de la CIA se le acercó para decirle que tuviera cuidado con Putin porque siendo joven, se incorporó a la KGB en una época en que a la KGB sólo ingresaban los más capaces y brillantes y que, por lo tanto, corría riesgo de ser manipulado. (Aquí Tucker Carlson, cuyo padre fue un alto funcionario de la CIA, estalló en una carcajada y exclamó: “¡un agente de la CIA hablando de manipulación!”). Wytkoff concluyó diciendo que Putin es “super smart” (extremadamente inteligente).
Los hechos muestran que Putin tiene mucho
más que un elevado IQ. Es un estadista con gran apego al derecho y conocimiento
de la historia, que, además, sabe rodearse de los mejores. Serguey Lavrov, su
ministro de RR. EE., hace unos días cumplió 75 años y 21 al frente de la
diplomacia rusa al lado de Putin. Junto con el chino Wang Yi, Lavrov es
reconocidamente el diplomático más calificado en el mundo y lidera un grupo de
embajadores igualmente profesionales que da gusto escuchar cuando son entrevistados.
(Por ejemplo, se puede ver en You Tube a Andrei Kelin, embajador ruso en
Londres, entrevistado por Krishnan Guru-Murthy)
Este profesionalismo y compromiso
patriótico admirable del gobierno y la administración rusa para conducir los
asuntos del estado ha permitido el éxito de Putin al frente de la Federación de
Rusia en medio de la guerra justa que se vio obligado a librar ante las
amenazas y las provocaciones del imperio judeo-masónico angloestadounidense y
sus avasallados monigotes globalistas de la Unión Europea.
Rusia hoy es más fuerte en todos los
frentes que hace 10 años. Las sanciones económico-financieras, comerciales y
tecnológicas que EE.UU. y la UE le impusieron han sacado lo mejor del estado
ruso, es decir, del pueblo ruso y las demás nacionalidades que integran la
Federación. Rusia ha recuperado sus mejores tradiciones cristianas y nacionales
y con ello ha fortalecido su identidad nacional. Es decir, Rusia viene ganando
la guerra cultural y espiritual que han librado contra ella las huestes del
Anticristo, por eso hoy gana la guerra geopolítico-militar.
Este progreso genuino del bien común
político en Rusia se ha concretado en una novedad que marca un nuevo rumbo.
Hace unos días Putin pronunció un importante discurso en Moscú frente a la
comunidad de los empresarios e industriales rusos sobre la dirección futura de
la economía de la Federación, que marca definitivamente un rumbo económico
nacionalista para las próximas décadas, alejado, por cierto, de todo
chauvinismo y abierto a la colaboración para el desarrollo, según los
principios y el modelo de los BRICS+. Ante los hombres que tienen la
responsabilidad de decidir futuras inversiones, Putin aseguró que más allá de
los acuerdos de seguridad que se alcancen con los EE.UU. y la UE, el globalismo
ha terminado totalmente para Rusia. Putin avizora un mundo en el que
permanecerán las sanciones contra Rusia, algunas desaparecerán y vendrán otras
nuevas, pero esto no será un problema sino un desafío -- por otra parte ya asumido
y superado exitosamente desde el 2014 cuando se le impusieron las primeras y
más aún desde el 2022. El foco de la política económica rusa se pondrá en el
desarrollo industrial doméstico y en la innovación en ciencia y tecnología, tal
como se viene dando hasta ahora, impulsando las inversiones y el comercio
bilateral con países amigos mediante el sistema de pagos promovido por los
BRICS+. Todo el que quiera invertir en Rusia será bienvenido, aseguró Putin,
pero lo hará según las condiciones y los términos de la política de la
Federación de Rusia. Las empresas rusas que se hicieron cargo de los nichos de
la economía abandonados por las empresas occidentales cuando se inició la
Operación Militar Especial en Ucrania el 22 de febrero del 2022, serán
protegidas. No habrá vuelta atrás hacia el mundo globalista de la especulación
financiera de los grandes oligarcas que ya han sido en cierto modo desplazados
y aun marginados. La única fuente real de riqueza promovida por el estado ruso
es el trabajo productivo, la educación, la ciencia y la cultura.
En cuanto al escenario militar en Ucrania,
el gobierno de Zelenski rompió el cese del fuego acordado por 30 días entre
EE.UU. y Rusia, conforme el cual las partes se debían abstener de atacar las
instalaciones de la infraestructura energética. La planta de Kursk (Rusia) fue
atacada con drones por los ucranianos causando daños que llevará tiempo
reparar. Esto indica, tal como adelantó Putin, que las negociaciones de paz
entre EE.UU. y Rusia serán largas y prolongadas. Rusia sigue ganando territorio
y poniendo en retirada al diezmado ejército del judío títere de la OTAN. El
ejército ucraniano ya no podrá recuperarse después de la catástrofe de Sudzha.
Rusia exige que se deje de enviar ayuda militar e información de inteligencia a
Ucrania como un paso fundamental para lograr la paz.
Las iniciativas de Ursula von der Leyden y
su ministro de relaciones exteriores de la UE, la rusófoba estonia Kaya Kallas,
para apoyar al régimen de Zelenski son un fracaso, así como la patética
pretensión de armar una coalición militar “de los dispuestos” (coalition of the
willing) a ir a Ucrania.
Las condiciones para concluir la paz de
parte de Rusia son claras: garantías permanentes de seguridad respecto de
Ucrania, es decir, su no incorporación a la OTAN, y el reconocimiento ucraniano
e internacional de los territorios recuperados por Rusia, históricamente rusos
y con población rusa.
Veremos qué pasa en la reunión de los
representantes de EE.UU., Rusia y Ucrania en Riyadh (Arabia Saudita) a partir
de mañana.