Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

sábado, 4 de diciembre de 2021

AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR, Y A DIOS TAMBIÉN EL CÉSAR

 

AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR,

Y A DIOS TAMBIÉN EL CÉSAR


 

 

Por FLAVIO MATEOS

 

El Domingo 22do. después de Pentecostés se lee en la Misa el pasaje del Evangelio donde N.S. dice una de sus frases más citadas, pero menos cumplidas. Luego de que le mostrasen una moneda del tributo, donde se halla inscripto el perfil del César, responde: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Distinguidas quedan las dos esferas, la de lo temporal y la de lo espiritual. Sin embargo, si bien distintas, no están separadas o no deben estarlo, como ocurre en los tiempos modernos. Cuando el Estado se separa de Dios, el Estado se convierte en Dios. Esto es simple de probar, pues lo mismo ocurre con el hombre singular, que desechado Dios –y la Iglesia- de su vida, él mismo actúa como fin último de sí mismo, tendiendo a hacer siempre su omnímoda voluntad, en vistas de que se respete su “sacrosanta libertad” en todo y para todo (generalmente para pecar). Cuánto más esto ocurre con el poder absoluto de los Estados, y el poder privado que domina sobre los Estados, no hace falta demostrarlo. El resultado es la tiranía del diablo, que domina al hombre mediante el estímulo de su egoísmo y sus bajas pasiones, en definitiva: del pecado.

Ahora bien, que todo el orden terreno debe estar sometido a su Creador y Redentor, y esto lo incluye al César, a los Imperios, Reinos y Naciones, no sólo lo han señalado los Papas en la época donde la Iglesia era más fuerte ante los poderes mundanos –época que finaliza con la muerte de Bonifacio VIII, un día 11 de octubre de 1303-, sino también en los tiempos turbulentos de la revolución (“La causa de la religión debe serles más querida que la del trono”, Gregorio XVI). Pero es que el mismo Jesucristo lo ha dejado en claro, “separados de Mí no podéis hacer nada” (Jn. 15,5), “No tendrías sobre Mí ningún poder, si no te hubiera sido dado de lo alto” (Jn. 19,11). Y no sólo eso, sino que hemos visto las consecuencias catastróficas de no obedecerlo, dando al César lo que es de Dios y a Dios, la espalda. Cuando en 1689, el Sagrado Corazón pide, por medio de Sta. Margarita María de Alacoque, que el Rey de Francia se consagre al Corazón Divino, que haga pintar su imagen en los estandartes y grabarla en las armas reales, y que levante un templo en su honor ante el cual se consagre toda la corte, para que el Rey y Francia salgan victoriosos contra todos los enemigos de la Iglesia, Dios está hablando claramente: Él es el soberano, de quien depende todo poder, Él quiere ser amado por sus criaturas, no sólo privadamente sino públicamente por los Estados, muy particularmente entonces por la Francia católica gravemente amenazada. Estos pedidos fueron desatendidos y exactamente cien años después llegó la Revolución masónica de 1789, cuyas consecuencias sufre hasta hoy el mundo entero.

Una de esas consecuencias fue el Concilio Vaticano II –que se inaugura un 11 de octubre de 1962-, que canceló oficialmente la sumisión que deben los Estados y sus gobernantes a Jesucristo Rey de las naciones (cfr. Dignitatis Humanae). “El mal del Concilio –afirmó Mons. Lefebvre- es la ignorancia de Jesucristo y de su Reino” (Itinerario espiritual, Prólogo). Pero como había pasado antes de la Revolución francesa, también el Cielo avisó previamente, esta vez mediante el mensaje –sobre todo por el Tercer secreto- de la Sma. Virgen en Fátima. Pero eso no fue todo, ya que nuevamente Dios dejó claras instrucciones, en 1929, para que fuera consagrada Rusia al Corazón Inmaculado de María. Es inevitable trazar un paralelo, porque el mismo Jesucristo lo hizo: Francia no fue consagrada y vino la revolución, Rusia no fue consagrada y hoy nada parece quedar en pie. Lo peor todavía, un colapso mundial jamás vivido en la historia, parece estar por llegar.

Dejemos que el César lleve su retrato en las monedas, reales o virtuales –alguna vez será la efigie del Anticristo- y hagamos que el rostro de Jesús, rechazado y olvidado del mundo, esté grabado donde él más quiere: en nuestro corazón. Sólo así, dando a Dios lo que es de Dios, volverá el César un día a dar a Dios su reino y sus banderas. Para eso, muy especialmente, debemos rezar por la restauración de la Iglesia –ocupada por sus enemigos- y por la consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María, como lo ha pedido nuestra Madre del Cielo. Para que esa nación que tanto ama a María, y que alguna vez fue el origen de la tempestad comunista que hoy llega a nuestras ciudades, se vuelva un instrumento de su predilección, y sea enteramente de Cristo.

 

¡Viva el Sagrado Corazón de Jesús y el Corazón Inmaculado de María!

 

 

 

UN LIBRO PARA ESTE TIEMPO

  “Fátima y Rusia”, por Flavio Mateos. Disponible en todo el mundo a través de Amazon y Mercado Libre.   Tomo I - 438 páginas ·     ...