Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

sábado, 18 de diciembre de 2021

¡ CONTRAATAQUE !

 

¡ CONTRAATAQUE !

 


 Las armas de nuestra milicia no son carnales,

sino poderosas en Dios, para derribar fortalezas

 

II Corintios X, 4.

 

 

Por FLAVIO MATEOS

 

El reciente motu proprio Traditionis custodes, fue arrojado por Francisco como una bomba impiadosa sobre las ruinas de la Iglesia, en el nombre de la “unidad”, aparentemente amenazada por un puñado de fieles que sólo querían seguir rezando de una manera inequívocamente católica. Está claro que lo que amenaza la Misa tradicional es la unidad de la neo-iglesia modernista, una unidad en el objetivo de forjar una neo-religión universal apta para el Reinado del Anticristo. El motu proprio se trata de uno más de los periódicos cartuchos de dinamita marca “Vaticano II” con que Bergoglio –al parecer siguiendo el guión de la mafia de Saint-Galo- está demoliendo la Iglesia desde su arribo a la sede petrina. Muy bien podría Francisco ser tildado de “empresario de demoliciones”, título que solía ostentar en una tarjeta personal el herético blasfemador francés León Bloy (a quien por cierto Francisco se ha complacido en citar en más de una ocasión, incluso en la primera homilía de su proceloso pontificado).

Este uno de los ataques más virulentos y menos disimulados hacia los católicos fieles a la Misa tradicional, es decir, sobre los que quieren seguir siendo católicos, desde el tiempo en que fue promulgado el Novus Ordo por Pablo VI.

De allí que algunos ahora han debido reconocer las razones de sobra que tenía Monseñor Lefebvre, allá lejos y hace tiempo, para lanzar su operación supervivencia de la Tradición. Sin embargo, no han sido ni mucho menos sus sucesores lo que volvieron a decir las cosas con la acerada claridad del gran Arzobispo. ¿Por qué no recordar lo que Mons. Lefebvre escribía de su puño y letra, el 29 de agosto de 1987, al inicio de su carta dirigida a los futuros obispos que iba a consagrar? Empezaba con las palabras siguientes:

“Puesto que la Sede de Pedro y los puestos de autoridad de Roma están ocupados por anticristos, la destrucción del Reinado de Nuestro Señor prosigue rápidamente dentro mismo de su Cuerpo Místico en esta tierra, especialmente por la corrupción de la Santa Misa, manifestación espléndida del triunfo de Nuestro Señor en la cruz: “Regnavit a ligno Deus”, y fuente de expansión de su Reino en las almas y en las sociedades”.

No cuesta imaginar que sus palabras serían hoy más duras, y no más elusivas, como las de sus sucesores. Y eso sin caer en el desvarío sedevacantista.


En tanto que en el mundo extra eclesial, ajeno por completo a estas circunstancias intra eclesiales, la diabólica ofensiva que se vive a nivel mundial contra el orden natural, sobre el cual reposa el orden sobrenatural, nos recuerda la ofensiva lanzada en la década del sesenta del pasado siglo, en el mismo sentido, derribando lo poco que quedaba de la cultura tradicional, bajo la influencia perversa y falsificadora del llamado “marxismo cultural”, que venía de Londres, Washington y New York, antes que de Moscú.

Por entonces todo el mundo parecía volverse loco: 1960 pareció marcar una etapa decisiva en el asalto al control total de los enemigos de la Iglesia. El mundo post-segunda guerra mundial, con la victoria de la alianza cosmopolita anglo-yanqui-sionista-comunista (es decir, de los países en control de la Sinagoga de Satanás), encontró el terreno abonado para expandir la Revolución comunista incluso hasta el interior del Vaticano. El tercer secreto de Fátima, que debía ser dado a conocer en 1960, fue cuidadosamente ocultado por la cúpula vaticana. El terrible castigo para la misma Iglesia no se hizo esperar. Los hechos iban confirmando lo que la Virgen había advertido.

Sin embargo, ya consumado el desastre del Vaticano II, la Misericordia de Dios nos envió la contraofensiva del Cielo: fue conducida por Monseñor Marcel Lefebvre, formando una legión de verdaderos católicos resistentes, a partir del rescate del sacerdocio y la misa auténticamente católicos. La Tradición no podía morir, y no murió. Más aún, significó una verdadera y necesaria renovación, permitiendo a los jóvenes que se fueron sumando el descubrimiento de la Tradición católica, del tomismo y de la devoción mariana, descalabrados por la revolución conciliar.

Con una humildad tan arraigada como su firme determinación de continuar la obra de la Iglesia, sin medios materiales poderosos, en medio de las críticas y sanciones de Roma y de la prensa mundial que le era adicta, hasta el punto de llegar a las “excomuniones” que sobre él y sus seguidores lanzaron los modernistas, la obra de supervivencia, sin embargo, se fortaleció y continuó, conservando la Misa de siempre y los medios de santificación de la Santa Iglesia. Dios no iba a permitir que el Sacerdocio y la Misa desapareciesen. El nuevo Atanasio no retrocedió. La idea del reinado social de Cristo perduraba.

Pero, ya sabemos todos lo que a continuación lamentablemente sucedió: muerto el Fundador, los hombres a la cabeza de su herencia empezaron a perder la cabeza, por no tener el mismo espíritu de celo por la verdad (celo paulino, lo llamaría el Padre Grandmaison), la misma humildad y el mismo coraje para enfrentar a un enemigo al que ya no reconocían por tal. Los hombres decisivos dejaron de pensar que estaban en guerra y entraron en la dialéctica marxista del enemigo, astuto como serpiente (diálogo y “cultura del encuentro”). El espíritu liberal, el relajo y la abundancia de medios para realizar la obra de apostolado, y probablemente también la infiltración del enemigo, hicieron caer en gran medida –si bien no absolutamente a todos- a los hasta entonces resistentes de la Tradición católica en el orgullo institucional y el clericalismo, paso previo al fariseísmo. Como a Sansón, los astutos peluqueros liberales le cortaron su frondosa cabellera y perdió la fuerza que le venía del Cielo.

Pero la herencia no estaba del todo dilapidada y los buenos resistentes al nuevo estado de cosas surgieron. Por la misericordiosa iniciativa de Nuestro Señor, los herederos de Monseñor Lefebvre, cuya vida fue un combate que debe ser continuado, sin desviaciones ni a izquierda ni a derecha, han seguido sosteniendo las banderas de la intransigencia católica y de Cristo Rey. Esto es lo que transmiten los cuatro Obispos de la llamada “Resistencia”. Ni liberalismo, ni sedevacantismo. No hay cancelación posible del combate de Monseñor Lefebvre.

Pero hemos dicho que la de Mons. Lefebvre y los defensores de la Tradición fue una Contraofensiva del Cielo, porque Mons. Lefebvre actuó guiado providencialmente, provisto de una claridad y valentía que no tuvieron par, en vistas del cumplimiento de los planes divinos, cuando él personalmente parecía ya haber realizado la misión de su vida y se aprestaba a procurarse un buen y calmo retiro.

La contraofensiva de Lefebvre fue a manera de “Resistencia” a las reformas liberales y modernistas salidas del Concilio, para conservar la idea del Sacerdocio y de la Misa como verdaderamente debían ser y siempre habían sido. En definitiva, fue un activo conservadorismo de la Tradición que conservó multiplicando, en cuanto pudo, lo que quería conservar, única manera de que el talento fructifique: no enterrándolo. Así se ha seguido transmitiendo. Y parte de esa transmisión era transmitir la combatividad intransigente, que le permitía a Lefebvre decir las cosas claramente, por su mismo nombre, de allí la calificación de anticristos a los jerarcas romanos. No se trataba de ínfulas de espadachines o justicieros veleidosos, sino del santo celo por el honor de Cristo mancillado por quienes debían exaltarlo.

Mientras tanto la Iglesia conciliar ha seguido avanzando sin obstáculos en sus demoledoras reformas, tratando de no dejar en pie nada que fuese católico, en pos del sincretismo mundialista que requiere el Nuevo Orden Mundial. Esta “iglesia” o secta modernista que ocupó los puestos de mando de la Iglesia, se mostró inexpugnable a todo asalto verdaderamente católico. Por ello luego de los intentos estériles de acercarse a Roma para intentar cambiar algo desde dentro mismo, Mons. Lefebvre comprendió cabalmente el espíritu perverso que guiaba a los conciliares, con los cuales había que poner distancia y evitar al fin los contactos pues se trataba simple y sencillamente de una guerra entre el catolicismo y el anticatolicismo o su falsificación modernista, ecumenista y mundana. No había ninguna posibilidad de acuerdo práctico sin acuerdo doctrinal, y lo que menos le interesaba a la Roma modernista era la doctrina católica. Roma, definitivamente, estaba ocupada por el enemigo.

¿Podía hacerse algo más contra los enemigos que mediante el Caballo de Troya llamado Vaticano II, habían invadido y se habían apoderado de la Ciudadela? ¿Había posibilidades de combatirlos, desde el otro lado de la muralla? Podía hacerse algo y se hizo, hasta que dejó de usarse la gran arma de combate que Dios nos ha otorgado.

Para entendernos: durante algunos años la Fraternidad San Pío X (FSSPX) comprendió la importancia del mensaje de Fátima, por eso lanzó varias cruzadas de Rosarios, con la finalidad especial de pedir la consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María. Era esta la forma de combatir al modernismo conciliar con todas sus malas enseñanzas. Como explica un editorial de Le Sel de la terre (Dominicos de Avrillé), respecto de la consagración de Rusia: “Un acto tal sería ya un primer paso en el retorno a la Tradición: el acto de consagración de Rusia es un acto que debe ser impuesto por el papa personalmente (contra la colegialidad), que afirma su autoridad sobre Rusia (contra el cisma ortodoxo), que valoriza la mediación de la Santa Virgen (contra el falso ecumenismo con los protestantes), al cual está ligado la conversión de un país en tanto que país (contra la libertad religiosa); la devoción reparadora de los cinco primeros sábados de mes recuerda que el pecado ofende a Dios y que debemos rezar y sacrificarnos para impedir que caigan las almas al infierno (contra la nueva teología)”.

Un acto de tal envergadura y con todas sus implicancias, sólo puede ser cumplido milagrosamente y en circunstancias excepcionales, las cuales Dios puede suscitarlas de manera totalmente sorprendente para nosotros. Pero Él quiere nuestra cooperación y la manifestación de nuestro deseo de que tales cosas ocurran.

Como hemos podido señalar en varios otros artículos, el Santo Rosario ha obtenido resonantes victorias pues la Santísima Virgen es poderosa “como un ejército ordenado para la batalla” y siendo la destructora de todas las herejías, luchará contra todo lo que ofenda a Dios, lo que deshonre a su Hijo, lo que atente contra su Reinado universal.

Pues bien, desde la penosa defección institucional de la exitosa FSSPX, quienes estamos en la llamada “Resistencia” hemos de comprender que nuestro papel tan pequeño y subordinado, sin embargo, tiene un alcance asombroso, en la medida en que recurramos a las armas sobrenaturales con que contamos y que siempre tienen su eficacia poderosísima pues dependen de la voluntad salvífica de Dios, a quien hemos de recurrir con absoluta confianza. Nos parece oportuno recordar ahora la hazaña del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento, liderado por Josué, cuando luego de haber pasado milagrosamente el Jordán, tomó la ciudad de Jericó. La ciudad, que tenía un perímetro poco más grande que el Vaticano, era un baluarte inexpugnable, pues contaba con gruesas murallas dobles y bien protegidas. Los israelitas además no tenían armas. ¿Cómo iban a tomarla? Humanamente hablando, era absolutamente imposible. Pues bien, lo lograron. Ese asombroso triunfo fue obra de la fe, donde Dios manifestó que nada es más fuerte que su Verdad. Dios le dio órdenes a Josué de que hiciese dar vueltas a la ciudad con el Arca de la Alianza, durante seis días, a todos los hombres y siete sacerdotes con siete trompetas. Al séptimo día darían vuelta a la ciudad siete veces, los sacerdotes tocarían las trompetas y el pueblo gritaría, entonces se derrumbarían las murallas. Así sucedió. Hay un alto sentido simbólico en todo ello: el Arca es imagen de María, Arca que ha contenido al Santísimo Redentor; el total de vueltas a las murallas resulta en trece, número simbólico del combate entre la Mujer y el Dragón que Dios nos ha mostrado en Fátima –pero no sólo allí. El sonido de las trompetas es la predicación de la Palabra de Dios. En síntesis: el pueblo fiel de Dios, creyendo a la Palabra de Dios, siguiendo a María, logró el milagro de la victoria, cuando todo la hacía imposible. Esto se repetiría en una nueva circunstancia histórica.

 El 1° de noviembre de 1628, la ciudad francesa de Rochelle, sostenida por Inglaterra, amenazaba extender el protestantismo a toda Francia. Por orden del rey Luis XIII, el Rosario fue rezado solemnemente en el convento dominico de Faubourg Saint-Honoré en Paris, en presencia de toda la corte. El rey asimismo demandó a un célebre predicador dominico, predicar una misión a las fuerzas armadas. Se distribuyeron 15.000 rosarios entre las tropas, las cuales cada noche llevaron en triunfo una estatua de la Virgen alrededor de la ciudad, portando antorchas, mientras rezaban el rosario (cual si fuese un nuevo Josué con el Arca de la Alianza, alrededor de los muros de Jericó). La ciudad fue finalmente tomada, entrando los dominicos en primer lugar. En acción de gracias el rey hizo construir la famosa iglesia de Nuestra Señora de las Victorias en Paris. Fue una absoluta victoria del Santo Rosario.

Rusia debe convertirse, pero el enemigo de hoy no es Rusia, sino la Iglesia conciliar, porque es quien impide esta consagración, porque es quien coadyuva a la construcción exitosa del Nuevo Orden Mundial anticristiano que persigue a los católicos, porque es quien atenta contra el Reinado de Cristo, es quien desobedece los pedidos de la Virgen en sus apariciones de Fátima, es quien apoya a los gobernantes que imponen la contranatura y la tiranía sanitaria covídica. No podemos quedarnos sin reaccionar, cuando el enemigo no deja de avanzar sobre los católicos, siendo que nosotros contamos con la ayuda del Cielo, con Dios todopoderoso y la Inmaculada que ha demostrado ser el terror de los demonios. El enemigo avanza porque nosotros no reaccionamos. Pero ¡ya es hora!

De nada sirven los entibiados lamentos de los miembros de las congregaciones afectadas por el Traditionis custodes, de nada el llanto que confesó haber derramado el obispo conciliar que reside dentro de la FSSPX en Suiza, de nada la jactancia enarbolada por los jerarcas de esta última congregación porque se sienten “a salvo”, de nada seguir mirando la ofensiva de los anticristos romanos, sin lanzar nuestro contraataque. ¡Hay que responderles!  ¡Hay que hacerles frente!  

Hay que pedir a Dios el derrumbe de las murallas de la nueva Jericó. No somos poderosos ni somos numerosos. En realidad, no podemos nada. Pero Dios escoge lo débil del mundo para confundir a lo fuerte. Dios lo puede todo. El Arca está con nosotros. Marchemos detrás de ella, en actitud combativa. Contraataquemos. Pidamos la consagración de Rusia, recemos por la necesaria derrota de los modernistas que ocupan la Ciudad Santa, pongamos en acción el programa completo de Fátima, ese que los conciliares descartaron y que ahora los tradicionalistas han olvidado. ¡Levantemos nuestros Rosarios para pedir la caída de la Roma apóstata y el regreso de la Roma eterna! DELENDA EST NOVUS ORDO ECCLESIAE.

 

¡Viva el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María!

  

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