Hace unas semanas hice públicos los acontecimientos
relacionados con mi solicitud de reunión con León: concretamente, su aceptación
inicial, su repentina retractación y su posterior cancelación
definitiva. Mientras que un arzobispo católico fue considerado indigno de
ser recibido en audiencia, una figura abortista y homoerética —bajo la
apariencia de una “arzobispa” anglicana— no solo recibió todos los honores del
protocolo vaticano, sino que incluso se le permitió participar en la comunión
in sacris con León y otros prelados, llegando al extremo de impartir una
“bendición” en la capilla del Príncipe de los Apóstoles. Esto no hace sino
demostrar la doble moral que aplican los defensores de la “iglesia sinodal”. No
creo necesario extenderme más sobre este tema. Tras largos meses de silencio,
ha llegado el momento de dar a conocer el contenido de mi carta a León del 25
de enero de 2026, dejando así constancia documental del asunto.
Santidad,
Con esta carta deseo poner bajo su consideración los
acontecimientos más importantes de mi vida personal y ministerial, con el fin
de permitirle conocerme y situar las intenciones que me animan.
Nací el 16 de enero de 1941 en Varese, en el seno de
una familia profundamente católica gracias a la cual pude crecer en la práctica
diaria de la fe, recibir una sólida educación superior y madurar la vocación al
sacerdocio. Fui ordenado sacerdote el 24 de marzo de 1968 y, después de un
breve período de ministerio parroquial en Pavía, fui invitado por el entonces
Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Giovanni Benelli, a ingresar en la
Pontificia Academia Eclesiástica, donde fui admitido en octubre de 1971.
He servido a cinco Pontífices: en las Nunciaturas de
Bagdad, Kuwait y Londres; luego, desde enero de 1978, en la Secretaría de
Estado durante más de diez años como secretario de tres sustitutos; finalmente,
como Observador Permanente ante el Consejo de Europa y el Parlamento Europeo en
Estrasburgo (1988-1992). Después de mi consagración episcopal, recibida de manos
de Juan Pablo II, fui enviado a Nigeria como Nuncio Apostólico (1992-1998),
para luego ser llamado a la Secretaría de Estado con el cargo de Delegado para
las Representaciones Pontificias (1998-2009). En 2009, el Papa Benedicto XVI me
nombró Secretario General del Gobernación y, en 2011, Nuncio Apostólico en los
Estados Unidos de América, cargo que ejercí hasta 2016.
Fue en calidad de Delegado para las Representaciones
Pontificias que me encontré tratando los procesos informativos para las
promociones al Episcopado —tanto en la Curia como en las nunciaturas— y los
casos más reservados y delicados referentes a obispos y cardenales, entre los
cuales se contaba el dossier de Theodore McCarrick y de otros prelados
homosexuales. Mi acción en este ámbito me valió la remoción de la Secretaría de
Estado y mi traslado a la Gobernación como Secretario General, donde el Papa
Benedicto me encomendó combatir la mala gestión y la amplia red de corrupción
financiera. Incluso en ese caso, a pesar de que había llevado el balance de la
Gobernación, en el transcurso de un año y medio, de un déficit de 15 millones
de euros a un beneficio de 35 millones, y a pesar de que el Papa quería
promoverme a la Presidencia del Pontificio Consejo para los Asuntos Económicos
de la Santa Sede, fui apartado de la Curia Romana y enviado a Washington como
Nuncio Apostólico. Mi acción molestaba a personas en ese momento muy poderosas
y capaces de prevalecer sobre la voluntad del Papa Benedicto.
En 2016, al cumplir exactamente los setenta y cinco
años, Bergoglio me ordenó dejar la Nunciatura de Washington y me prohibió
regresar al Vaticano, donde Juan Pablo II me había asignado permanentemente un
apartamento. Asimismo, me prohibió residir en la residencia romana de los
nuncios jubilados, especialmente dispuesta por el Papa Benedicto. Antes de
morir, Bergoglio también me hizo revocar la ciudadanía vaticana y el pasaporte;
me impidió disfrutar de la asistencia sanitaria proporcionada a los miembros
del Servicio Diplomático, a pesar de que siempre he pagado regularmente las
contribuciones. Bergoglio ordenó la baja de mi vehículo del Registro de
Vehículos Vaticanos e impidió la renovación del permiso de conducir vaticano
del que había disfrutado ininterrumpidamente desde 1973, causándome graves
inconvenientes y condenándome, de hecho, a arresto domiciliario.
Después de haber hecho público en agosto de 2018 el impactante memorial sobre Theodore McCarrick y sobre la extensa red de corrupción y complicidad dentro de la Curia Romana —en la que estaba directamente involucrado el mismo Jorge Mario Bergoglio—, viví durante algunos años en lugares secretos, tal como me aconsejó el Cardenal Raymond Leo Burke. Esto se dispuso en consideración a las amenazas recibidas y al hecho de que mi inmediato predecesor en Washington, el Nuncio Pietro Sambi, había encontrado la muerte en circunstancias muy sospechosas, después de haber tenido duras confrontaciones con el entonces cardenal McCarrick al informarle las medidas tomadas por Benedicto XVI para contrarrestar sus crímenes como abusador serial.
La corrupción, los chantajes, los engaños y las
traiciones con los que me he tenido que enfrentar me han llevado a cuestionarme
sobre los orígenes profundos del estado desastroso en que se encuentra la
Iglesia Católica.
Al volver con la memoria a los años de mi formación
en la Universidad Lateranense (1960-1964) y en la Gregoriana (1965-1969), tuve
que reconocer que, aun antes de la conclusión del Concilio Vaticano II, la
orientación ideológica de todo el cursus studiorum —y del
cuerpo docente— ya estaba marcada por las nuevas enseñanzas conciliares, aunque
todavía no hubieran sido aprobadas. Recuerdo bien cómo en los seminarios
romanos la disciplina clerical cedió al anarquismo en todos los frentes, y cómo
eran los mismos superiores quienes alentaban la participación de los clérigos
en las conferencias de los «nuevos teólogos»: me refiero a aquellos que, hasta
pocos años antes, eran vistos con justificada sospecha por el Santo Oficio,
como Küng, Ratzinger, Rahner, Schillebeeckx, Congar y, con ellos, ese submundo
de modernistas que poco después infestaría las cátedras de los ateneos y los
puestos de responsabilidad en el Vaticano y en las diócesis. Y como siempre ha
ocurrido con todas las operaciones subversivas, el clima de cambio general, de
reformas continuas y de enormes mutaciones fue creado artificialmente desde
arriba.
Desde mi lugar privilegiado de observación como
secretario del Sustituto, he sido testigo de la hemorragia de miles de
vocaciones sacerdotales y religiosas, mientras que aquellos sacerdotes que no
querían seguir el nuevo curso conciliar ni abandonar la Liturgia Tridentina
eran objeto de ostracismo, tratados como herejes, excomulgados o
suspendidos a divinis, privados de su salario o dejados morir en la
soledad.
Releyendo esos eventos y esas reformas con la mirada
desencantada de hoy y con la experiencia derivada de otros hechos similares
—entre ellos, la gestión del Sínodo sobre la Familia que condujo a Amoris
Lætitia y, sobre todo, la revolución sinodal en curso—, no me ha sido
posible no ver en todo ello una mente que ya había predispuesto la acción
subversiva que poco después mostraría sus efectos más demoledores.
La
revolución conciliar siguió un guion muy preciso bajo una única dirección. Todo
debía parecer perfectamente legal y conforme a la práctica ordinaria de la
Iglesia: cada documento promulgado debía permitir una interpretación ortodoxa
para tranquilizar a los Padres conciliares, y una interpretación herética para
hacerla estallar posteriormente. Esos documentos revelan los verdaderos
objetivos de quienes utilizaron dolosamente un Concilio para imponer errores
doctrinales, morales y litúrgicos ya condenados por los Romanos Pontífices.
Durante los largos años de mi ministerio al servicio
de la Sede Apostólica, la obediencia incondicional a los Pontífices y el haber
estado totalmente absorbido por las tareas que se me confiaban no me
permitieron comprender la revolución en curso. ¿Cómo podría haber imaginado la
subversión y la traición que se estaban consumando? ¿Cómo podría haber creído
que la suprema Autoridad de la Iglesia y todo el Episcopado podrían haberse
convertido en cómplices de los enemigos más insidiosos de Cristo, a quienes San
Pío X había identificado en los modernistas?
La «jubilación» ocurrida en 2016 me permitió dedicar
oración, estudio y meditación a estos graves problemas. Así he adquirido la
conciencia de que el Concilio Vaticano
II, aun manteniendo las características de un Concilio Ecuménico, fue deseado
con la intención de ser utilizado para revolucionar todo el edificio eclesial y
subvertirlo en cada uno de sus componentes: en la doctrina, en la liturgia, en
la disciplina, en las normas canónicas y, especialmente, en su constitución
jerárquica. Fueron los mismos
artífices del Vaticano II quienes lo definieron como «el 1789 de la Iglesia» y
consideraron este su experimento subversivo como el Concilio por antonomasia,
demostrando así su heterogeneidad respecto a todos los demás concilios y a la
perenne Tradición de la Iglesia.
Tanto
Jorge Bergoglio como los papas del postconcilio han reivindicado orgullosamente
su continuidad ideológica con el Vaticano II para ejecutar y legitimar cada una
de sus «reformas». Significativamente, todo el corpus magisterial
postconciliar establece un nuevo paradigma sancionado por el Concilio. Sus
doctrinas fluidas —en continua evolución, como lo está la síntesis hegeliana
que subyace a ellas— están en evidente ruptura con el Magisterio bimilenario de
la Iglesia anterior al Vaticano II.
El
Concilio ha favorecido y contribuido a la descristianización de Occidente y a
la instauración, en la esfera civil, de un nuevo orden conforme a los planes de
la Masonería. Son bien
conocidos los planes de las logias y conocemos los medios que se habrían
adoptado para alcanzar los objetivos propuestos: se trataba de infiltrar la
Iglesia Católica y atacarla desde dentro.
La discusión sobre el Vaticano II y el golpe en la
Iglesia me han llevado a redescubrir, en tiempos relativamente recientes, el
Rito Tradicional. El abandono de la misa montiniana marcó una nueva etapa de mi
ministerio episcopal. Junto con la misa tridentina (que fue la de mi ordenación
sacerdotal), descubrí un universo sumergido de sacerdotes, religiosos y
seminaristas perseguidos y marginados. Consideré mi deber apostólico escuchar
su grito de ayuda, ofreciéndoles una respuesta que devolviera una confianza
renovada hacia esa Iglesia por la que se sentían traicionados y expulsados.
Esto me llevó a instaurar la Fundación Exsurge
Domine, haciendo todo lo necesario para garantizar los medios de
subsistencia —espirituales y materiales— y una identidad eclesial
auténticamente católica a quienes, por su fidelidad a la Tradición, han sido
injustamente afectados por el terror bergogliano. Entre ellos se encuentran los
miembros de la Fraternidad Sacerdotal Familia Christi, nacida y
reconocida primero en el ámbito de Ecclesia Dei, y luego
brutalmente destruida y cancelada. Sus miembros han sido víctimas de una
terrible persecución —que usted no puede ignorar— por parte del actual arzobispo
de Ferrara, Gian Carlo Perego, y de la misma Santa Sede. A estos clérigos, que
se dirigieron a mí después de haber sido abandonados a sí mismos sin sustento,
y a los candidatos al sacerdocio que se han unido a ellos, les estoy asegurando
mi cuidado paternal.
Mi denuncia de la apostasía de la iglesia conciliar
y sinodal y de su ruptura con la Tradición, junto con las dudas fundamentadas
sobre la legitimidad del «pontificado» de Bergoglio —que en conciencia he
enfrentado con la convicción de cumplir con el mandato de sucesor de los
Apóstoles—, me han valido una excomunión injusta, ilegítima e ideológicamente
motivada. Esta sanción canónica, aunque la considere nula, conlleva graves
repercusiones eclesiales, institucionales y personales que me entristecen
profundamente, y que resultan chirriantes si se comparan con la impunidad de la
que gozan cardenales, obispos y sacerdotes notoriamente heréticos y corruptos.
Entre estos no puedo dejar de mencionar a Eleuterio
Vásquez Gonzales, conocido en Chiclayo como «padre Lute», acusado de haber
abusado sexualmente de algunas jóvenes víctimas. La Santa Sede ha concedido
recientemente al «padre Lute» la dimisión del estado clerical sin un proceso
canónico regular, dejándolo de hecho impune; mientras tanto, el abogado
canonista de las víctimas, Mons. Ricardo Coronado Arrascue, fue apartado de sus
funciones legales, reducido al estado laical e investigado por acusaciones difamatorias.
La historia me fue documentada y detalladamente expuesta por el mismo Mons.
Coronado. Este caso repite el mismo modus operandi de
Bergoglio ya adoptado con McCarrick y revela una aberrante administración de la
justicia por parte de la Santa Sede.
Frente a la excomunión que se me ha impuesto
ilegítimamente, ¡reivindico no ser un cismático! Por gracia de Dios, soy y seré
un devoto hijo de la Santa Iglesia Romana y un fiel súbdito del Pontificado
Romano. Creo firmemente en la Comunión Apostólica y reconozco el Primado
Petrino. Reconozco igualmente la necesidad de pertenecer no solo al Cuerpo
Místico invisible, sino también al cuerpo eclesial institucional y visible.
Junto conmigo, en el banquillo de los acusados del ex-Santo Oficio, han sido
llamados todos los Papas de la historia hasta Pío XII.
Me he preguntado varias veces la razón de la
persecución que debo enfrentar en la fase final de mi vida terrenal, y si mi
convicción de actuar correctamente y según la voluntad de Dios pudo haber sido
errónea. Pero, por mucho que trate de examinar mis acciones, como si me
encontrara ante Cristo Juez en el momento del tránsito, no encuentro nada
moralmente incorrecto. Mis acusadores se limitaron a dar curso a una sentencia
ya escrita, con el fin de excluir mediante un expediente «canónico» a quien
había denunciado la infidelidad de la jerarquía católica, proclamando la Verdad
sin mordazas. Una voz —la mía— que no podía ser silenciada simplemente porque
nadie jamás pudo corromperme ni extorsionarme.
Los oficiales del ex-Santo Oficio no han sido
capaces de refutar ni uno solo de los argumentos que he expuesto. Les bastó que
yo me atreviera a criticar el Vaticano II y a Jorge Mario Bergoglio para
condenarme a la excomunión por el delito de cisma, precisamente cuando es mi
amor por el Papado y por el Magisterio permanente de la Iglesia lo que me
expone a este despiadado ataque por parte del Vaticano. Nunca he tenido la
intención de separarme de la Comunión Apostólica, ni de desobedecer al Vicario
de Cristo, ni de fundar una «iglesia paralela», como algunos me han acusado de
querer hacer. Creo, al contrario, que no podría haber servido mejor al Papado y
a la Santa Iglesia sino hablando y actuando como lo hice, enfrentando los
sufrimientos que de ello se derivaron en un espíritu de unión con los
padecimientos del Divino Redentor.
Me dirijo a usted como arzobispo anciano, por amor a
Nuestro Señor y en fidelidad a la Santa Iglesia. Me dirijo a usted para
expresarle el tormento de ver a la Iglesia Católica eclipsada y desfigurada por
quienes la ocupan y detentan el poder. No logro entender cómo, después de la
desastrosa experiencia de Jorge Bergoglio, usted no solo no quiera condenar sus
errores y escándalos, sino que no pierda ocasión para reafirmar su total continuidad
con ellos, en nombre de una «iglesia sinodal» que adultera la estructura
jerárquica y la naturaleza monárquica que Nuestro Señor quiso dar a su Iglesia,
y destruye todo su edificio doctrinal.
Clamo a otro León, al gran Papa Vincenzo Gioacchino
Pecci, en la paradójica situación de saber que él encontraría mis palabras
compartibles y merecedoras de elogio, mientras que la iglesia bergogliana las
ha juzgado dignas de un cismático. ¿Qué ha ocurrido en la Iglesia Católica en
el transcurso de algunas décadas para que yo me encuentre condenado, y conmigo
todos los papas preconciliares? Quomodo facta es meretrix civitas
fidelis? (Is 1, 21).
La fe que profeso, la misa tridentina que celebro,
los concilios y los actos magisteriales que acojo, la Profesión de Fe
Tridentina y el juramento antimodernista que tantas veces he repetido son
comunes a toda la Iglesia y me unen a ella. De esta Iglesia Una, Santa,
Católica, Apostólica y Romana, inmutable en la doctrina y en la moral, me llamo
hijo y siervo devoto. De ese Papado, igualmente inmutable, que es el Papado
Romano al que soy obediente, pues en la voz del Vicario resuena la Verdad del
Buen Pastor que da la vida por las ovejas (Jn 10, 11).
La
autoridad de las Santas Llaves debe abrir las puertas de la Jerusalén celestial
a los justos y excluir de ellas a los réprobos, no al contrario. Esta autoridad
emana de Nuestro Señor (Rm 13, 1) y es vicaria de su autoridad. No es posible
que se utilice para legitimar lo que Él condena, ni mucho menos para condenar
lo que Él ha ordenado. Por esto, no puedo obedecer a quien, constituido en
autoridad, se niega a estar a su vez sometido y obediente a la suma Autoridad
de Dios.
Pienso en las palabras de San Pablo: «Mas si aun
nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que
os hemos anunciado, sea anatema» (Gál 1, 8). ¿De qué Iglesia estoy separado? ¿Y
qué autoridad me condena? ¿La del Vicario de Cristo o la de quien predica un
evangelio diferente del recibido de Nuestro Señor?
Dejo en sus manos esta carta para que usted conozca
las razones de mis posiciones y de mi acción, con la esperanza de poder
impulsarle a un profundo examen de conciencia y a una conversión del corazón,
de la mente y de la voluntad, tan necesaria como inaplazable, recordando las palabras
de Nuestro Señor: «Simón, Simón, Satanás os ha buscado para zarandearos como el
trigo; pero yo he pedido por ti, para que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto,
confirma a tus hermanos» (Lc 22, 31-32).
Le pido
que ejerza su suprema autoridad para confirmar a los hermanos en la fe. Le pido
que me confirme en la fe: hágalo, por favor. O dígame dónde estoy equivocado y
en qué contradigo el Depositum Fidei que usted debe custodiar
y sobre el cual se basa la unidad católica. Es sobre la profesión de la verdadera
fe que debo ser juzgado: dígame entonces en qué contradigo la fe católica y me
enmendaré.
Sin
embargo, no hay argumentos que legitimen mi excomunión: me ha sido impuesta
ilegalmente para destruir mi persona y mi acción en defensa de la Verdad
Católica; una sanción motivada,
no en última instancia, por el odio implacable de Jorge Mario Bergoglio hacia
mí. Una injusticia que exige reparación por el gravísimo daño causado a mi
persona y a la causa de la Santa Iglesia Romana.
Confío en que usted querrá concederme una audiencia,
después de la cancelación de la que me había sido otorgada para el pasado 11 de
diciembre. Podré entonces comunicarle en persona algunas cuestiones de la
máxima importancia relativas a mi ministerio apostólico y a la necesidad de asegurarle
continuidad y futuro.
Desde ahora, reitero la intención incondicional de
cumplir con toda obligación que se me imponga como sucesor de los Apóstoles,
in Christo Rege,
+CarloMaria Viganò Arzobispo
titular de Ulpiana, Nuncio Apostólico
In Conversione S. Pauli
Apostoli
