«Para comprender a Putin hay que leer a
Dostoievski. [...]. Putin ha salido de Dostoievski, angustiado por la falta de
religiosidad, por el permisivismo y por la decadencia moral» (Henry
Kissinger).
Prólogo
¿Putin lucha realmente contra el «Nuevo Orden Mundial»?
Comúnmente,
Putin es presentado:
1.º) como
un autócrata que combate el progresismo permisivista y relativista, así como la
globalización (con todos los límites que comporta la naturaleza humana);
habiendo resistido Rusia, para bien o para mal, desde 1990 hasta hoy a la
agresión del laicismo y de la secularización americanista.
Atención a no convertirlo en un ídolo. El
peligro de esta posición sería hacer de él una especie de «divinidad» o un ídolo,
ya que los ídolos tarde o temprano caen a tierra, pues no están ni en el cielo
(como los Santos), ni en la tierra (como los mortales comunes), sino
suspendidos a media altura (como los aeróstatos, es decir, los «globos
inflados»).
Ahora
bien, las medias tintas nunca dan resultado, especialmente en situaciones
históricas como la actual, que, siendo objetivamente apocalíptica, solo puede
ser afrontada con el heroísmo de las virtudes sobrenaturales.
¿Putin es un doble jugador?
Sin
embargo, 2.º) también hay quienes lo presentan (incluso de manera absolutamente
cierta) como un doble jugador, que solo aparentemente se opone al mundo
atlántico, pero que en realidad está en connivencia con él.
Diferencia
entre certeza absoluta, certeza moral o probabilidad
Sin
embargo, 3.º) nadie puede tener una certeza absoluta frente al libre albedrío
humano, que es mutable, frágil e inclinado al mal.
Debemos
contentarnos con una certeza moral o con una probabilidad, según el actuar
moral ordinario del hombre frente al bien o al mal.
En la medida en que la fragilidad humana lo permita, parecería
que...
Por ello,
4.º) pienso que podría decirse que Putin normalmente parece estar comportándose
correctamente y representa —hasta prueba en contrario, que presupone pruebas y no
meras conjeturas no fundadas en hechos reales y concretamente graves— un
obstáculo para las fuerzas de la disolución subversiva de la moral natural y de
la sana razón.
Hechos, no palabras
Los
recientes acontecimientos bélicos en Crimea y en Ucrania (enero/septiembre de
2014–2026) nos permiten tocar con la mano aquello que hasta ayer podía parecer,
a los ojos de muchos, solamente una probabilidad.
El Nuevo
Orden Mundial quiere destruir a la Rusia resurgida de la ruina soviética
durante la era de Putin, porque es probable que esté desempeñando el papel del
Katéjon, es decir, de un «obstáculo que retiene» (san Pablo) a las fuerzas de
la Subversión mundialista y globalizadora (Israel, los Estados Unidos y la
Arabia Saudita wahabita).
Putin se
ha convertido ya para los medios de comunicación en el nuevo Hitler, el nuevo
Saddam, el nuevo Gadafi o el nuevo Assad que debe ser eliminado.
Se comienza con la manipulación del pensamiento (a Putin ya se le presenta como enloquecido) mediante la prensa, la televisión y la radio, para terminar con una condena capital pública y ejemplar (como sucedió con Saddam y Gadafi), una especie de «Núremberg 1946 permanente» que no pasa ni debe pasar, exactamente igual que la Shoah.
La Europa
y la Italia del siglo XX, esclavas de los Estados Unidos ya desde la Primera y,
sobre todo, desde la Segunda Guerra Mundial, se han convertido en una mera base
logística de aterrizaje y despegue para los aviones de los Estados Unidos de
América y de Israel (que también, desde hace algunos años, tiene una parte de
su flota aérea estacionada en Cerdeña).
La Unión
Europea del siglo XXI es, geopolítica y financieramente, una prolongación de
América del Norte; más aún, una apendicitis inflamada y ya purulenta, próxima a
la peritonitis.
Además,
la política de la UE hacia Rusia, como ocurrió con Irán y Libia, es autolesiva
para la economía de la Vieja Europa. En efecto, el embargo decretado por los
Estados Unidos y la UE contra Rusia tiene repercusiones muy graves sobre la
economía europea, que ya se encuentra en una situación de semiquiebra
manifiesta desde 2010.
¿No
debería ser acaso el aliado natural (físico, histórico, cultural y geográfico)
de Europa, precisamente las naciones limítrofes de Europa oriental y del
Mediterráneo: la Rusia occidental o europea (no necesariamente la asiática),
Siria y Libia?
¿No es
acaso el Atlántico un espacio demasiado vasto y lejano (en comparación con el
Mediterráneo y Europa oriental) para ser atravesado fácilmente y abastecer, por
ejemplo, a Europa occidental de gas, que Rusia ya no nos proporcionará y que
los yihadistas del ISIS han quemado recientemente casi por completo en Libia
tras la desaparición de Gadafi (decretada por los Estados Unidos del presidente
Obama y ejecutada por la Francia del presidente Sarkozy)?
Sin
embargo, la UE se ha alineado, de manera suicida, contra sus vecinos de tierra
y de mar, con los cuales comerciaba (importando y exportando) y con los cuales
ya no podrá hacer negocios precisamente en el momento de mayor necesidad.
Los
políticos europeos (marionetas en manos de la Alta Finanzas y de los clubes o
think tanks mundialistas israelí-estadounidenses) fingen que el rey está
vestido (es decir, que Europa e Italia gozan de perfecta «salud»), mientras
que, en realidad, «el rey está desnudo» (Christian Andersen).
En
realidad, es necesario despertar y unir nuestras fuerzas con el fin de detener
el «trasbordo ideológico-financiero inadvertido» hacia la plutocracia
israelí-estadounidense y comprender si no nos convendría más estar con Putin
que con Washington, Tel Aviv o «Bruselas».
Procurar «conocer» la vida de Putin para comprender su
pensamiento
Para
comprender mejor «la cuestión Putin», es útil conocer la vida y el pensamiento
de Vladímir Putin.
A este
respecto, nos resulta útil un libro bien documentado, publicado hace algunos
años por la editorial Mondadori de Milán, titulado Putin. Vida de un zar,
escrito por Gennaro Sangiuliano.
Me baso
en él para presentar al lector los rasgos esenciales de la personalidad de
Vladímir Putin.
Introducción panorámica
Vladímir
Putin nació el 7 de octubre de 1952 en Leningrado (la actual San Petersburgo),
que fue la ciudad soviética que sufrió el asedio más masivo y sangriento
durante la guerra entre Alemania y la URSS, asedio que duró aproximadamente 3
años y en el que murieron cerca de un millón de ciudadanos.
Los
padres de Putin, que vivían en Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial,
escaparon de la muerte, pero su madre estuvo a punto de morir de hambre y su
padre fue gravemente herido en una pierna durante un combate, herida que lo
dejaría semi inválido durante el resto de su vida.
El joven
Vladímir era de baja estatura, delgado, pero muy fuerte de carácter, muy
valiente, casi temerario; además, no carecía de una inteligencia viva y rápida,
que lo llevó a leer mucho, aunque por su carácter era más bien un joven «de la
calle», turbulento y, como él mismo ha dicho, «un atorrante».
A los 12
años, Vladímir leyó El escudo y la espada, un best seller que narra las
aventuras de un agente secreto soviético, convertido posteriormente en una
popular serie televisiva, una especie de James Bond soviético.
De la
admiración por este personaje habría nacido su vocación de ingresar en el KGB,
el servicio secreto soviético, después de obtener una brillante licenciatura en
Derecho en una de las universidades más prestigiosas de la URSS. En el KGB
llegó a ser coronel y posteriormente director (además de vicealcalde de
Leningrado y presidente de Rusia a partir del año 2000).
La
mentalidad de Putin representa el intento de Rusia, después de la caída de la
URSS (1989), 1.º) de resistir a la americanización y, por consiguiente, a la
globalización del mundialismo. Además, 2.º) evitó la restauración del comunismo
en Rusia (frente a los nostálgicos del latifundismo, que presentan a Putin
incluso como un León XIII para socialistas y bolcheviques) después de 1989,
dada la incompetencia de los «demócratas», es decir, los partidarios de Boris
Yeltsin.
Ciertamente,
Vladímir combatió con firmeza y sin piedad la guerra contra Chechenia, que fue
una «guerra sucia, como lo fue la de los estadounidenses en Vietnam, pero con
la diferencia de que la primera era una parte de Rusia, mientras que Indochina
estaba a miles de kilómetros de Washington» (G. Sangiuliano, Putin. Vida de
un zar, Milán, Mondadori, 2015, p. 6).
Además,
«la presencia masiva de guerrilleros chechenos en Siria e Irak —junto a los
talibanes y al ISIS— revela que, si Putin no hubiera aplastado a la Chechenia
islámica, habría surgido un califato islámico en Rusia que habría amenazado la
seguridad global» (ibíd.).
«Democracia controlada», ni totalitaria ni libertaria
La Rusia
de Putin no es una democracia; esta es la objeción más frecuente contra el
presidente ruso, pero «Rusia no puede ser una democracia [occidental, N. del
E.] porque, si lo fuera, no existiría» (L. Caracciolo, La Repubblica, 7
de marzo de 2015).
Los
politólogos hablan de una «democracia controlada» para distinguir el régimen de
Putin tanto del régimen totalitario soviético como del régimen autoritario
zarista y, al mismo tiempo, de la «democracia libertaria y agnóstica»
occidental, que ha olvidado sus tradiciones culturales y religiosas, las
cuales, por el contrario, constituyen la base común de la Rusia de Putin.
Para
Putin, el gobierno de Rusia no puede sostenerse sin:
1.º) un
profundo apego al sentido de la jerarquía y de la autoridad;
2.º) el
pueblo entendido como una comunidad arraigada en su propia tierra o patria;
3.º) una
tradición religiosa bien definida (el cristianismo) y una cultura
(especialmente literaria y musical, física, matemática y química) de primer
orden.
En
cambio, los intelectuales occidentales han perdido el contacto con la realidad
y con el pueblo (que no es la masa) y han instaurado en sus países una sociedad
desarraigada, sin patria, sin tradición, sin jerarquía, sin orden, sin
disciplina y, sobre todo, sin alma cultural y religiosa.
Retorno a lo real
La
estirpe en sentido amplio, la cultura, la tradición, la religión y una cierta
metafísica tienen, según Putin, un papel fundamental para poder mantener en pie
un país.
La
deficiencia de todo ello llevó, según Putin, al derrumbe de la URSS en 1989 y
llevará al derrumbe de los Estados Unidos y del Occidente atlántico (como ya
habían dicho el cardenal Giacomo Biffi en Bolonia el 8 de abril de 2001 e
incluso Juan Pablo II ya desde el 3 de junio de 1979 en Gniezno, Polonia), que
ha cortado sus raíces europeas para instalarse, contra su propia naturaleza, en
el desierto cultural, espiritual y tradicional de América del Norte, que como
mucho puede remitirse a la Ilustración británica del siglo XVIII, la cual es la
negación de la metafísica europea, es decir, grecorromana y cristiana (300 a.
C. / 1300 d. C.).
El papel de Solzhenitsyn en la era de Putin
Un
personaje que constituye un punto de referencia para la cultura metafísica y
tradicional desempeñó para Putin el papel de padre y maestro: Aleksandr
Solzhenitsyn, quien siempre recordó tanto a Oriente como a Occidente que la
solución a los problemas creados por el comunismo soviético en Rusia no podía
ser el liberalismo anglosajón y especialmente estadounidense, ni mucho menos el
bolchevismo marxista-leninista, de manera análoga a como León XIII (Encíclica Rerum
novarum, 15 de mayo de 1891) había resuelto la cuestión social creada por
el liberalismo y el socialismo mediante el retorno al espíritu del Evangelio.
La adolescencia de Putin
Un
episodio de la vida de Putin a los trece años nos ayuda a comprender su
personalidad, su carácter y su modo de pensar y actuar (cf. G. Sangiuliano, op.
cit., cap. I).
Una
mañana, un niño amigo de Vladímir es golpeado en el patio de su edificio
popular y periférico, sin motivo alguno, por un matón corpulento de dieciocho
años.
Vladímir
asiste impasible a la escena y no interviene porque el matón está acompañado
por una numerosa pandilla.
Sin
embargo, para él la amistad es sagrada y por ello decide vengar a su amigo.
Se sienta
en el centro del patio y espera a que por la tarde el matón regrese a casa.
La lucha
sería desigual, pero Vladímir se lanza sobre el matón y lo golpea con
puñetazos, patadas, arañazos y mordiscos (G. Sangiuliano, op. cit., p. 13).
El matón
es dominado por la agresividad de Putin, que constituye uno de los componentes
de su carácter juvenil, pero que Vladímir logró encauzar mediante el judo, la
reflexión, los estudios y el deseo de ingresar en el KGB.
No
abandonar jamás a un amigo, especialmente cuando ha caído en desgracia o se
encuentra en dificultades, forma parte de la personalidad de Putin y esto no
debe olvidarse nunca, ni siquiera a nivel internacional, político y militar.
El padre
de Vladímir se había alistado voluntariamente en una unidad de élite del
Ejército Rojo perteneciente a la NKVD (antecesora del KGB) y había combatido en
la batalla de la «bolsa del Neva», donde los enfrentamientos fueron
extremadamente duros e incluso feroces. Terminada la batalla de Leningrado,
regresó a casa, pero como inválido permanente de una pierna. Se había afiliado
siendo aún joven al Partido Comunista Soviético y era un comunista convencido y
militante.
La madre
había estado a punto de morir de hambre durante el largo asedio de Leningrado y
sufrió sus consecuencias durante toda su vida, caminando con dificultad y
apoyándose siempre en un bastón.
Putin
confesó haber sido bautizado en secreto por su madre, ferviente cristiana,
contra la opinión de su padre, ateo bolchevique convencido.
Terminada
la guerra, el padre de Vladímir consiguió empleo como obrero especializado en
una fábrica de material ferroviario.
La
vivienda de la familia Putin medía veinte metros cuadrados y constaba de una
sola habitación donde se dormía, se comía y se estudiaba.
El
apartamento era compartido por tres familias, una de las cuales estaba
compuesta por judíos lubavitch, que constituían el refugio natural y obligado
del pequeño Vladímir cuando sus padres estaban fuera de casa por trabajo casi
todos los días y durante la mayor parte de la jornada.
Vladímir
conservó siempre un recuerdo afectuoso de la hospitalidad recibida por parte de
esta familia, pero no consta nada más acerca de las relaciones entre Putin y el
judaísmo.
Naturalmente,
la calle se convirtió en el lugar preferido del joven Vladímir, quien admitiría
haber sido un pequeño malandra callejero y haberse ganado un espacio vital en
la dura vida de la periferia de Leningrado.
La
agresividad era una característica del carácter de Vladímir, que no soportaba
ser insultado y recurría inmediatamente a los golpes de manera muy violenta y
casi furiosa.
En la
escuela era vivaz, inteligente, indisciplinado y agresivo, pero capaz de sobresalir
en los estudios.
«A medida
que crecía, Putin, aunque mantuvo un carácter vivaz, mejoró mucho sus
relaciones con la escuela, comenzando a destacar por su inteligencia y
dedicación. Hacia los trece años era uno de los alumnos más brillantes; seguía las
clases con atención, profundizaba los temas y leía constantemente. [...].
La
inclinación a los actos de violencia permanece, pero Vladímir intenta
canalizarla hacia una actividad deportiva: prueba el boxeo, pero le rompen el
tabique nasal.
Entonces
elige el sambo, una lucha típicamente rusa, que fusiona elementos de karate y
de judo, añadiendo algunas técnicas propias del combate cuerpo a cuerpo popular
ruso. [...].
La pasión
por las artes marciales continuó durante los años siguientes y Vladímir se dedicó
al judo, llegando a convertirse, en 1976, en campeón de la ciudad de
Leningrado, después de haber obtenido el cinturón negro de sexto dan» (G.
Sangiuliano, op. cit., p. 22).
El amor por el KGB
La sede
del KGB de Leningrado infundía temor a todos, pero en 1968 un delgado muchacho
de 16 años entró resueltamente en aquel edificio y pidió a un agente de guardia
información para trabajar en el KGB.
El agente
respondió, molesto, que no se elige al KGB, sino que uno es elegido por él.
Además, era necesaria una licenciatura en Derecho (G. Sangiuliano, op. cit., p.
39).
Vladímir
terminó entonces los estudios secundarios, aprendió alemán e inglés muy bien y
emprendió los exámenes para ser admitido en la Facultad de Derecho de
Leningrado, algo dificilísimo en aquellos años, cuando la universidad estaba
reservada a los hijos de los burócratas del Partido Comunista Soviético.
A pesar
de ello, Vladímir, en 1970, superó las pruebas y entró en la Facultad de
Derecho.
Sin
embargo, incluso durante los años universitarios, Vladímir «mantuvo su carácter
introvertido y desconfiado de todos. [...]. No bebe alcohol, no juega, es frío
de carácter» (G. Sangiuliano, op. cit., p. 42).
Otra
pasión de Vladímir es la música clásica.
Además,
«es ordenado y cauteloso también en sus amistades femeninas. Durante sus
estudios conoce a una estudiante de medicina muy bonita, con la que inicia una
relación importante. [...].
“Fue un
amor muy importante, estábamos decididos a casarnos”, recordaría años después
Vladímir; “habíamos solicitado la licencia matrimonial, todo estaba
preparado... La decisión de cancelar la boda fue la más difícil de mi vida. Fue
realmente terrible, me sentí muy mal. Pero decidí que era mejor sufrir entonces
que tener ambos muchos problemas después”.
El
divorcio estaba permitido en la URSS, pero era mal visto por el Partido para
quien aspiraba a hacer carrera.
¿Por qué
el joven Putin rompió su promesa de matrimonio? Nunca lo aclaró, pero es
probable que haya sido por su carrera [...]; el KGB le habría sugerido no
casarse demasiado joven» (G. Santangelo, op. cit., pp. 44-45).
En la
Facultad de Derecho de Leningrado, Vladímir se cruza por primera vez con
Anatoli Sobchak, un jurista competente y culto.
Ahora
bien, definir a Sobchak como un disidente, al mismo nivel que Sájarov y
Solzhenitsyn, sería excesivo, pero pertenecía al círculo de intelectuales que
no estaban plenamente en sintonía con el régimen soviético. En sus clases
universitarias defendía la transición de una economía socialista a una economía
de mercado. El joven Putin quedó fascinado por él.
La llamada del KGB
Después
de cuatro años de universidad, Putin recibió una llamada telefónica.
Era un
funcionario del KGB que quiso reunirse con Vladímir y quedó muy impresionado
por el carácter reservado, no particularmente expansivo, pero lleno de energía,
flexibilidad mental y valentía del joven Putin, quien además dominaba
perfectamente los idiomas alemán e inglés. Por ello fue reclutado por el KGB.
A los 23
años, Putin se graduó con una tesis de derecho internacional, lo que más tarde
le abriría las puertas para su trabajo como agente secreto en Alemania
Oriental.
Nos
encontramos a mediados de los años setenta.
La URSS
estaba en la cúspide de su poder militar, tecnológico y político.
En
cambio, los Estados Unidos atravesaban dificultades: acababa de concluir la
guerra de Vietnam con la derrota estadounidense (abril de 1975) y, además, el
escándalo Watergate había obligado al presidente Richard Nixon a dimitir.
El nuevo
presidente, Jimmy Carter, carecía de experiencia y no tenía una visión clara de
política exterior.
Este
estado de debilidad estadounidense terminaría en 1981 con la llegada de Ronald
Reagan a la Casa Blanca, y la URSS trató de aprovechar la crisis momentánea de
Norteamérica.
«Cuatro
años después de la dimisión de Nixon, los soviéticos se habían convencido,
gracias a los informes del KGB, de que la caída de Nixon había sido
provocada... por una conspiración urdida por los enemigos de la distensión. Los
servicios secretos soviéticos señalaban expresamente a los sionistas o, mejor
dicho, al lobby judío» (G. Sangiuliano, op. cit., p. 50).
Sin
embargo, el poder de la URSS correspondía únicamente a la superficie de la
sociedad civil soviética. La realidad era el fracaso social, económico y
político.
El
socialismo real había producido una miseria generalizada en toda la Unión
Soviética.
La única
cosa que no faltaba, desgraciadamente, era el vodka, que alimentaba la plaga
social de un alcoholismo extremadamente extendido.
A pesar
de ello, las universidades soviéticas continuaban formando una generación de
físicos, matemáticos y químicos geniales, cuyos descubrimientos eran, sin
embargo, sepultados por la burocracia.
El comunismo soviético ha fracasado
El KGB
era plenamente consciente, desde los años setenta, de esta situación real de
degradación interna y sustancial, que era diametralmente opuesta a la
apariencia de poder, ya entonces solamente exterior y accidental, de la URSS;
una situación análoga a la de los actuales Estados Unidos de América.
Esta es
otra paradoja soviética: el hecho de que precisamente el KGB, es decir, la
punta de lanza del socialismo real, fuera perfectamente consciente del fracaso
y de la ya próxima implosión del comunismo ruso, negada por la clase dirigente
y apenas percibida por la población.
Por una
parte, la propaganda política del Partido Comunista exaltaba las aparentes
grandezas de la URSS y, por otra, los servicios secretos soviéticos «iban
adquiriendo la conciencia de que el sistema estaba podrido y no resistiría
mucho tiempo. Pero en los años setenta la implosión todavía estaba lejana,
aunque los gérmenes de la descomposición eran constantes» (G. Sangiuliano, op.
cit., p. 55).
También
el alto nivel de especialización del KGB comenzaba a resquebrajarse. Putin se
dio cuenta de ello inmediatamente.
En
febrero de 1976 fue enviado a realizar un curso operativo en Ojta, uno de los
centros más cualificados de la inteligencia soviética, y lo definió como: «Una
escuela absolutamente insignificante» (G. Sangiuliano, op. cit., p. 56).
1972: Solzhenitsyn y Archipiélago Gulag
En los
años setenta estalló el caso de la disidencia de los grandes intelectuales
rusos.
Aleksandr
Solzhenitsyn escribió Archipiélago Gulag en 1972, obra que fue traducida
al inglés y difundida por medio mundo en 1974. La acogida fue arrolladora
incluso en la URSS.
Brézhnev
perdió los estribos y lo calificó como «una burda caricatura antisoviética
escrita por un alborotador».
Solzhenitsyn
respondió con serenidad y con argumentos sólidos: el comunismo pretende durar
eternamente, pero ha fracasado irremediablemente; la única vía de salvación
para Rusia consiste en abandonar el marxismo-leninismo para adherirse a una
ideología política nacional y patriótica de base religiosa.
Putin
estaba plenamente de acuerdo con Solzhenitsyn.
Andrópov,
entonces director del KGB, estaba preocupado porque comprendía que la situación
real era precisamente la descrita por Solzhenitsyn.
Putin ha
afirmado siempre, en diversas entrevistas (recogidas por Gennaro Sangiuliano en
su libro), que jamás participó en las actividades represivas contra los
intelectuales disidentes, porque su misión era la del contraespionaje.
Es más,
algunos colegas de Putin han testimoniado que Vladímir «había madurado los
mismos puntos de vista que Sájarov y sentía un respeto especial por
Solzhenitsyn» (G. Sangiuliano, op. cit., p. 62).
«El
agente Putin se va convenciendo progresivamente de que la URSS está podrida en
su sistema, de que el estancamiento económico jamás será superado si no se
tiene el valor de romper el esquema del socialismo real para pasar a una
economía de mercado, porque la propiedad privada es un elemento natural de la
esencia humana» (ibíd.).
El matrimonio
El 28 de
julio de 1983 Vladímir se casó, después de tres años y medio de noviazgo, con
una joven llamada Ludmila.
También
ella había sido bautizada en secreto a los cinco años por su madre, cuya
religiosidad nunca extinguida sería decisiva para el despertar religioso de
Putin algunos años más tarde.
Un
episodio ocurrido entre Vladímir y Ludmila durante su noviazgo, relatado por
Sangiuliano, nos ayuda a comprender aún mejor la personalidad de Putin.
Era muy
celoso y no aceptaba comportamientos demasiado alegres o demasiado
occidentales.
«Una vez,
después de una velada pasada en un local donde Ludmila se había entregado con
entusiasmo al baile con algunos amigos, Vladímir la apartó y le dijo con
dureza: “Nuestra historia no tiene futuro”. La joven quedó conmocionada...» (G.
Sangiuliano, op. cit., p. 71).
En 1985
nació María, la primera hija, en Leningrado; la segunda, Katerina, nacería en
Dresde.
La
primera recibió el nombre de la madre de Putin; la segunda, el de la madre de
Ludmila, según la tradición.
En Alemania Oriental
Putin
llegó a Dresde en 1985, poco después de la muerte de Konstantín Chernenko (10
de marzo de 1985) y de la llegada de Gorbachov al Kremlin (11 de marzo de
1985).
«La
crisis moral y material del comunismo, latente desde hacía al menos dos
décadas, estalla y comienza el período de turbulencia que culminará con la
disolución de la URSS» (G. Sangiuliano, op. cit., p. 79).
En
noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín y la sede de la Stasi (la policía
política de Alemania Oriental) fue asediada. El 3 de diciembre le llegó el
turno a la sede del KGB en Dresde, donde residía Vladímir, que todavía era
mayor del KGB. Decidió no utilizar las armas.
La
policía de Alemania Oriental estaba desorganizada y no acudió en ayuda de sus
colegas del KGB.
Putin
salió a hablar con la multitud de manifestantes y solo cuando mucho más tarde
llegó un destacamento militar soviético la multitud, que se había vuelto
amenazante, se dispersó. «Había habido muchas amenazas verbales, pero no había
ocurrido nada violento. Los agentes del KGB se habían armado, pero el joven
mayor había recomendado moderación y calma.
Por lo
demás, todo estaba claro: “Tuve la impresión de que el país ya no existía. Era
evidente que la URSS estaba enferma de ese mal mortal que se llama parálisis
del poder”» (G. Sangiuliano, op. cit., p. 84).
El derrumbe del comunismo soviético y el regreso a Leningrado
La ciudad
estaba sumida en el caos; los suministros alimentarios eran escasos, la
calefacción era un lujo, y el caos y la anarquía reinaban en la URSS.
Putin
sentía una profunda decepción ante el derrumbe de todo. Estaba muy desencantado
y se preguntaba: «¿Cómo pudieron equivocarse? ¿Cómo pudieron no escuchar
nuestras palabras? ¿Nadie en Moscú leyó nuestros informes? Nosotros les
advertíamos de lo que estaba a punto de suceder» (G. Sangiuliano, op. cit., p.
87).
La perestroika
(reestructuración) y la glasnost (transparencia) de Gorbachov no
lograron nada. Gorbachov era un dirigente comunista que pensaba poder resolver
el problema soviético distinguiendo entre un «comunismo verdadero y bueno» y un
«comunismo falso y malo». No tenía intención de derribar al Partido Comunista
Soviético; quería rejuvenecerlo y curarlo.
Sin
embargo, dentro de la URSS no gozaba de gran popularidad, a diferencia de lo
que ocurría en el extranjero. Al deterioro económico se unían el caos político
y la presencia constante del crimen organizado.
Además,
el fin del comunismo trajo consigo el resurgimiento religioso cristiano y
también el peligro de la aparición de una especie de califato islámico en las
repúblicas exsoviéticas de religión musulmana.
En 1988 comenzaron
los primeros conflictos en el Cáucaso entre el Azerbaiyán musulmán y la Armenia
cristiana, y en 1992 se llegaría a la guerra abierta.
Mientras
tanto, ascendía el ingeniero Boris Yeltsin, quien desde el principio dio
pruebas de querer cambiar realmente el statu quo de la URSS y no
solamente su apariencia, como hacía Gorbachov.
El 15 de
marzo de 1989 Gorbachov fue elegido presidente de la URSS, pero el 29 de marzo
Yeltsin fue elegido presidente del Congreso de la República Rusa, y no
soviética. Desde ese momento existían de facto en Moscú dos parlamentos, con
dos presidentes: una estructura soviética y una rusa. Esta situación no podía
durar.
Gorbachov
estaba cada vez más aislado dentro de su propio país; parecía un visionario que
soñaba con el restablecimiento del comunismo soviético bajo una forma menos
radical, como había ocurrido durante el proceso de desestalinización.
El 17 de
agosto de 1991 se produjo un golpe de Estado de los comunistas radicales contra
Gorbachov, que permaneció pasivo. Yeltsin se posicionó inmediatamente y con
energía contra el golpe, y Putin estuvo con Yeltsin. La actitud decidida de
Yeltsin hizo fracasar el golpe.
Gorbachov
fue destituido por Yeltsin, quien decretó el fin de la URSS y del PCUS (G.
Sangiuliano, op. cit., pp. 101-103).
Putin
estuvo tentado de abandonar el KGB y dedicarse a la carrera universitaria como
asistente de su antiguo profesor Sobchak, el más grande jurista ruso, que en
1990 se convirtió en alcalde de Leningrado (aliado de Yeltsin), con Putin como
vicealcalde. Pero en 1993 se produjo un segundo golpe de los veterocomunistas
contra Yeltsin y Sobchak.
En las
horas más críticas, Sobchak estaba atrincherado en la dacha de Yeltsin
cerca de Moscú, pero el arresto de Yeltsin fracasó dos veces (el comunismo soviético
estaba verdaderamente en crisis).
Putin
regresó urgentemente a Leningrado, ya llamada San Petersburgo. «Reunió hombres
armados y los desplegó en el aeropuerto» (G. Sangiuliano, op. cit., p. 114).
El golpe
fracasó gracias a «la eficiente reacción militar. Yeltsin ordenó el asalto de
las fuerzas especiales del Grupo Alfa; entre los asaltantes había una unidad
especial, el tradicional cuerpo de comandos rusos, llegada desde San
Petersburgo. Quien coordinó el traslado y organizó la logística fue el ex teniente
coronel Vladímir Putin» (G. Sangiuliano, op. cit., p. 137).
La conversión de Putin
En 1991,
la dacha de la familia Putin se incendió. Dentro habían quedado María,
la hija mayor, y la secretaria de Putin (entonces vicealcalde de San
Petersburgo).
Putin
entró en la casa en llamas, tomó a su hija y la arrojó por encima del balcón a
los brazos de algunas personas que habían acudido y la atraparon al vuelo;
luego ayudó a la secretaria a descender utilizando unas sábanas desgarradas y
atadas entre sí.
Sin
embargo, cometió una imprudencia: volvió a entrar en la dacha, ya llena
de humos tóxicos, para recuperar un bolso en el que guardaba todos sus ahorros,
pero no lo consiguió y, para encontrar la salida, tuvo que envolverse en una
manta que le había regalado su madre y que ella consideraba bendecida.
Finalmente
saltó al exterior un segundo antes de que todo se derrumbara.
«A este
episodio se atribuye la conversión de Putin, aunque ya había sido bautizado, a
la religión cristiana ortodoxa» (G. Sangiuliano, op. cit., p. 129).
Los «oligarcas» y la mafia rusa se apoderan de la familia
Yeltsin
Rusia,
sin embargo, una vez terminado el rigor soviético, entró en una situación aún
incierta e indefinida, en la que Yeltsin, víctima del alcoholismo, de la
enfermedad y de las ambiciones de sus hijas, había caído en manos de algunos
especuladores judíos (los llamados «oligarcas»), que habían comenzado a comprar
por una miseria los gigantes de la industria rusa.
Además,
la mafia había comenzado a aprovechar este estado de ausencia de autoridad y
había penetrado en los órganos vitales del Estado y de la economía.
Sobchak
era un hombre de cultura, pero no de gobierno, y no fue capaz de remediar la
situación; parecía desconectado de la realidad.
Gennaro
Sangiuliano compara la Rusia de los primeros años noventa con la Palermo de los
años setenta, afectada por dos graves enfermedades: el capitalismo desenfrenado
y sin regulación y la criminalidad organizada, que intentaba sustituir al
Estado.
El único
político capaz de afrontar una situación semejante era Vladímir Putin.
Gorbachov, Yeltsin y Putin
«Yeltsin
tuvo indudables méritos históricos y, al mismo tiempo, indiscutibles deméritos.
Fue el hombre que defendió a Rusia de los retornos del estalinismo, pero que
permitió un auténtico Far West económico y social. [...].
Yeltsin
creía que Rusia podía convertirse en una economía de mercado como la de los
Estados Unidos y confiaba la dirección de la economía a aquellos economistas
que eran llamados los nuevos Chicago boys de Leningrado, dirigidos por
Yegor Gaidar [casado en segundas nupcias con una mujer judía, (1956-2009)] y
Anatoli Chubáis [nacido en 1955 de madre judía, enemigo acérrimo de Putin
porque no lo considera manipulable], quienes propugnaban una terapia de choque
según las teorías ultraliberales» (G. Sangiuliano, op. cit., p. 138).
Los
oligarcas que habían atrapado a Yeltsin y a su familia eran Boris Berezovski
[judío, 1946-2013], Vladímir Gusinski [judío, nacido en Moscú en 1952], Mijaíl
Jodorkovski [judío, nacido en Moscú en 1963], Alexéi Mordashov [no judío,
nacido en 1965], Oleg Deripaska [nacido en 1968 en una familia de origen
judío], Román Abramóvich [judío, nacido en 1966]...
No eran
ajenos a esta estrategia «algunos centros de poder internacional»: a Moscú llegaban
los emisarios de algunos grandes bancos «estadounidenses»...
En 1996,
la salud vacilante de Yeltsin se derrumbó.
En 1998
llegó a Rusia una ayuda financiera del Fondo Monetario Internacional (FMI) de
11.000 millones de dólares.
Un año
después, una investigación del Tribunal de Cuentas ruso demostraría que gran
parte de esos dólares, en lugar de destinarse al apoyo de la agonizante
economía rusa, había terminado en las arcas de 27 bancos comerciales, muchos de
los cuales «no rusos»...
Por
tanto, la ayuda a Rusia había resultado ser únicamente una ayuda a los bancos
estadounidenses y europeos y quizás también a algún oligarca «ruso» de origen
israelita (G. Sangiuliano, op. cit., pp. 147-148).
El 25 de
julio de 1998 Putin fue nombrado director del nuevo KGB (FSB = Servicio Federal
de Seguridad), pero el FSB ya no tenía el poder de antaño; más aún, muchos de
sus agentes estaban al servicio de los «oligarcas» o de la mafia rusa (G.
Sangiuliano, op. cit., p. 151).
En este
período, Sobchak había caído en el olvido, pero Putin no se olvidó de él y
facilitó su salida hacia Francia.
Uno de
los rasgos más destacados de su carácter es que no abandona a un amigo, sobre
todo si ha caído en desgracia.
El 9 de
agosto de 1999, Yeltsin, que a pesar de su dependencia del alcohol y de la mala
influencia de su entorno familiar conservaba todavía un resto de sentido común
y de patriotismo, nombró a Putin primer viceprimer ministro.
En
efecto, comprendía que él mismo estaba acabado como hombre y como líder, y
entendía que solo Putin tenía la fuerza, la inteligencia y el valor necesarios
para enfrentarse a los oligarcas «rusos» y a la mafia que había invadido toda
la sociedad rusa.
La guerra contra el islamismo checheno
El 13 de
septiembre de 1999, un edificio entero explotó en Moscú, donde vivían familias
de policías rusos. Se trataba de terrorismo. La responsabilidad fue atribuida a
los islamistas chechenos.
La
respuesta de Yeltsin fue durísima, pero quien tomó las riendas de la reacción
fue Putin, que pronunció una frase que se hizo célebre: «Es inútil que se
escondan; los perseguiremos dondequiera que huyan, dondequiera que se oculten.
Incluso en el inodoro. Y los mataremos en el inodoro» (G. Sangiuliano, op.
cit., p. 168).
Comenzó
así el trágico enfrentamiento entre Rusia y los independentistas chechenos de
inspiración islamista.
En 1991,
Chechenia, aprovechando la debilidad de Rusia, proclamó su total independencia
de Moscú.
En 1994,
Yeltsin envió 40.000 soldados a Chechenia para recuperarla, pero el Ejército
Rojo era ya una sombra de sí mismo y, después de dos años, Yeltsin se vio
obligado a reconocer la independencia de Chechenia.
Putin,
recientemente nombrado jefe de gobierno, comprendió que la cuestión chechena
era crucial para la supervivencia de Rusia.
Comenzó
entonces un uso masivo de la aviación, que bombardeó las posiciones de los
guerrilleros chechenos. Los ataques se volvieron entonces masivos y brutales.
El 25 de
agosto de 1996 los generales rusos anunciaron la derrota y eliminación de más
de mil guerrilleros chechenos.
Putin
declaró: «Estaba convencido de que, si no hubiéramos detenido inmediatamente a
los guerrilleros, habríamos terminado convirtiéndonos en una segunda
Yugoslavia. Era necesario recuperar Daguestán y expulsar a los guerrilleros
chechenos» (G. Sangiuliano, op. cit., p. 173).
La guerra contra los oligarcas
La
segunda guerra emprendida por Putin es la que libró contra los oligarcas (en su
mayoría israelitas). Él «no solo no quiere dejarse manipular por los oligarcas,
sino que decide que ha llegado el momento de desligarse de ellos» (G.
Sangiuliano, Putin. Vita di uno zar, p. 176).
Yeltsin
sigue siendo de iure el jefe, pero debe ceder el poder porque ya no está
en condiciones de ejercerlo, convertido en esclavo del alcohol, de los
oligarcas y de la mafia rusa (que es una especie de brazo armado de la
oligarquía neoliberista «rusa»).
Occidente,
sin embargo, no quiere que el poder pase a Putin, quien actuaría en favor de
los intereses de Rusia. No obstante, si el poder no fuera ejercido por Putin,
debería recaer en los «demócratas», que son soñadores e incompetentes; en el
mejor de los casos sería un regreso a la era de Gorbachov.
Entonces
intervienen Andréi Sájarov y Aleksandr Zinóviev, quienes, junto con
Solzhenitsyn, impulsan a la
opinión pública a rebelarse contra la americanización y la globalización de
Rusia (G. Sangiuliano, p. 181).
1999: Yeltsin cede el poder a Putin
Yeltsin
conserva aún un pequeño resto de patriotismo y sentido común. Por ello, el 31
de diciembre de 1999 entrega a Putin el poder real: «Dos coroneles de las
Fuerzas Estratégicas de Misiles alcanzan a Putin en su despacho de viceprimer
ministro y le entregan los códigos de lanzamiento de las armas nucleares. Es el
verdadero cetro del poder» (G. Sangiuliano, p. 182).
Inmediatamente
después, Yeltsin anuncia su dimisión anticipada.
Gennaro
Sangiuliano escribe que el «conservadurismo» de Putin es muy diferente del
neoconservadurismo liberal estadounidense. En efecto, para Putin la base de la
vida política rusa debe ser la tradición social, cultural y religiosa rusa, y
no una referencia genérica a los valores liberal-democráticos de Occidente.
«El día
de la Pascua ortodoxa, junto con toda su familia, está en la catedral de San
Isaac de San Petersburgo. Inaugura así una costumbre que lo verá presente, a lo
largo de los años, en todas las ceremonias religiosas. “Si Rusia se ha hecho
grande —repite Putin—, no ha sido por un zar, por una guerra o por un partido
político; el mérito es del cristianismo”» (G. Sangiuliano, pp. 188-189).
La guerra contra los oligarcas apátridas y mundialistas
Putin da
esta definición del oligarca: «Representante de las altas finanzas que quiere
influir en la política permaneciendo en la sombra» (G. Sangiuliano, p. 198).
En
resumen: un miembro de una «sociedad secreta» que, mediante las finanzas,
dirige a los políticos y al mundo.
Los tres
enemigos de Putin, representados por el oligarca, son:
1.
Las sectas secretas.
2.
Las altas finanzas apátridas, que buscan la
ganancia y la riqueza como fin.
3.
El mundialismo, que gobierna el mundo entero
mediante el poder excesivo de las finanzas bancarias sobre la política.
Si se lee
atentamente el capítulo (pp. 198-208) que Sangiuliano dedica a los oligarcas
«rusos» con quienes Putin entró en conflicto, se comprende que casi todos ellos
son de origen israelita y que, con la ayuda del crimen organizado, se
apoderaron de la industria, los medios de comunicación y los bancos rusos para
dominar, desde bastidores, a toda Rusia y conducirla al caldero del Nuevo Orden
Mundial, dirigido por Estados Unidos e Israel, por los bancos y por la
masonería.
La lucha
comenzó en 1996 y terminó con la victoria de Putin en 2013, sin excluir golpes
duros e incluso violentos.
Putin
insiste en que:
1.
Un país, para mantenerse en pie, debe redescubrir
su origen religioso, que en Rusia es cristiano, y que proporciona a los
ciudadanos las bases morales para vivir rectamente.
2.
No se pueden ignorar las propias tradiciones
culturales e históricas, que para Rusia no son ni atlánticas ni islámicas.
3.
La fuerza de una nación es intelectual, moral y
espiritual.
4.
Debe fundarse sobre familias unidas, numerosas,
moralmente ordenadas y religiosas.
Conclusión
En el
desorden mundial actual, Putin encarna (en la medida en que la fragilidad
humana lo permite) la fuerza sana que:
1.
Resiste a la globalización.
2.
Ha evitado la restauración del comunismo en Rusia.
3.
Se adelantó en dos décadas a la actual lucha
contra el ISIS, al haber aplastado en 1996 a la Chechenia islamista, que habría
amenazado no solo la seguridad rusa sino también la mundial.
4.
Combate la democracia libertaria occidental, que
olvida sus tradiciones culturales y religiosas.
5.
Prevé que esta conducirá al colapso de Occidente
atlántico, porque ha cortado (como hizo el bolchevismo en 1917) sus raíces
culturales y religiosas, y un árbol sin raíces se seca.
6.
Comprendió, ya desde los años setenta, la
verdadera situación de degradación de la URSS, opuesta a una fachada puramente
exterior de un poder inexistente de facto.
7.
Comprende muy bien, por ello, que hoy la situación
de grandeza de Estados Unidos y de la Unión Europea es totalmente aparente: la
deficiencia cultural, moral, espiritual y, en consecuencia,
económico-financiera de Occidente es el cáncer que lo ha corroído
interiormente, dejando intacta solo su apariencia; el sistema occidental está
podrido (como lo estaba el soviético en los años setenta) y no resistirá mucho
tiempo.
8.
Ha luchado contra las altas finanzas apátridas y
mundialistas que querían apoderarse de Rusia y ofrece así un ejemplo a
Occidente para que comprenda quién es el verdadero enemigo de las naciones y de
las patrias.
9.
No era deseado por Estados Unidos para gobernar
Rusia porque habría defendido los intereses de su patria y no los del Nuevo
Orden Mundial; sin embargo, a su lado intervinieron Sájarov, Zinóviev y
Solzhenitsyn (la fuerza de los verdaderos «intelectuales», que faltan en
Occidente, el cual se debate entre «Charlie Hebdo» y la discoteca «Bataclan»),
quienes convencieron a la opinión pública de rebelarse contra la globalización de
Rusia.
10.
Tiene tres grandes enemigos, despiadados y
poderosísimos por ser diabólicos:
·
α) las sectas secretas;
·
β) las altas finanzas apátridas;
·
γ) el mundialismo.
En
resumen, Putin insiste en que un país, para mantenerse en pie, debe redescubrir
su origen religioso, que proporciona a los ciudadanos las bases morales para
vivir rectamente. En efecto, no se pueden ignorar las propias tradiciones
culturales e históricas —que para Rusia no son ni atlánticas ni islámicas— sin
sufrir consecuencias catastróficas.
La fuerza
de una nación es intelectual, moral y espiritual. Debe fundarse sobre familias
unidas, numerosas, moralmente ordenadas y religiosas.
Estas son
las enseñanzas y las ayudas que Putin ofrece al pobre mundo contemporáneo,
enfermo terminal de agnosticismo y amoralismo.
Es
significativa la frase pronunciada por Putin el 4 de diciembre de 2015 ante la
Asamblea Federal Rusa: «Nuestra fuerza está en la unidad, en la combatividad.
En el apego a la familia, en el desarrollo demográfico y en el progreso de
nuestra vida interior».
Después
de haber estudiado la figura de Putin a la luz de Solzhenitsyn, volveremos al
padre Félix Morlion (que desempeñó un papel tan importante en la revolución
religiosa del Concilio Vaticano II y del Novus Ordo Missae) y a la nueva
élite judía telemática y tecnocrática (que está teniendo un papel enorme en la
guerra ruso-ucraniana, en Palestina y en Irán, mediante «Palantir»).
En suma,
hemos estudiado y estudiaremos, por una parte:
1.
La élite tecnológica judía y los agentes de la CIA
infiltrados en el Vaticano.
Y, por
otra:
2.
La reacción contra la globalización
atlántico-sionista por parte de Solzhenitsyn y Putin, a la luz de Dostoievski.
Todo esto
es extremadamente actual e interesante tanto a nivel teológico como
geopolítico, y constituye el drama que estamos viviendo y experimentando en
carne propia desde 1958 hasta hoy, tanto en el ámbito religioso (Concilio
Vaticano II y posconcilio) como en el temporal («Torres Gemelas», 2001 / Irán,
2026).
Estos
acontecimientos no pueden explicarse sin la intervención de fuerzas ocultas
que, mediante los servicios secretos, las grandes farmacéuticas (Big Pharma),
las grandes entidades financieras (Big Bank) y la industria bélica
tecnificada, dirigen el mundo y buscan acelerar la llegada del reino del
Anticristo final mediante la reconstrucción del Tercer Templo, ya intentada (y
miserablemente fracasada) por Juliano el Apóstata en el año 362 (cf. G.
Ricciotti, Juliano el Apóstata, Milán, Mondadori, 1956).
P. Curzio Nitoglia
Fin.
NOTAS:
1. Henry
Kissinger, entrevista del 18 de diciembre de 2016 en el programa Face the
Nation de la cadena televisiva CBS de Nueva York; Id., entrevista del 7 de
junio de 2023 en Bloomberg News, agencia internacional de noticias de
Nueva York.
2. Cf. la
declaración del primer ministro polaco, quien el 1 de septiembre de 2014
comparó a Vladimir Putin con Adolf Hitler, que invadió Polonia el 1 de
septiembre de 1939. Por tanto, Putin debe ser destruido ahora, sin perder
tiempo, como hicieron entonces los Aliados, aunque con algunas vacilaciones,
con Hitler.
3. Salvo
algunos intentos de distanciamiento hasta los años sesenta y setenta por parte
de Francisco Franco, António de Oliveira Salazar e incluso Charles de Gaulle,
que hoy, en España, Portugal y Francia, han sido totalmente sofocados.
4. Los
libros, artículos y entrevistas sobre/de Putin citados en el libro son
numerosísimos. Aquí me limito a señalar:
- Aleksandr Solzhenitsyn, ¿Cómo reconstruir
nuestra Rusia? Consideraciones posibles, Milán, Rizzoli, 1999.
- Id., El aliento de la conciencia,
Milán, Jaca Book, 2015.
- Aleksandr Dugin, Eurasia. La revolución
conservadora en Rusia, Roma, Edizioni Il Borghese, 2004.
- Id.,
Putin vs Putin, Budapest, Arktos, 2014.
- Alain de Benoist – Aleksandr Dugin, Eurasia,
Vladimir Putin y la gran política, Nápoles, Controcorrente, 2014.
- Anna Politkóvskaya, La Rusia de Putin,
Milán, Adelphi, 2005.
- D. Volcic, El pequeño zar, Roma-Bari,
Laterza, 2008.
- M. Ganino, Rusia, Bolonia, Il Mulino,
2010.
- A. Graziosi, La URSS, del triunfo a la degradación,
Bolonia, Il Mulino, 2011.
- Id., La Unión Soviética, 1914-1991,
Bolonia, Il Mulino, 2011.
- M. Geesen, Putin, el hombre sin rostro,
Milán, Bompiani, 2012.
- L. Gianotti, Putin y Rusia, Roma,
Editori Riuniti, 2014.
- S. Canciani, Putin y el neozarismo,
Roma, Castelvecchi, 2014.
- N. Goreslavskaya, Putin, historia de un
líder, Roma, Edizioni Il Borghese, 2015.
- P. Borgognone, Comprender Rusia,
Zambon, 2015.
5. KGB =
«Comité para la Seguridad del Estado».
6.
Recientemente, una revista brasileña tradicionalmente vinculada al latifundismo
familiar y a los neoconservadores estadounidenses escribió que Putin sigue
siendo comunista porque ha mantenido como emblema de las fuerzas armadas rusas
la bandera soviética. En realidad, Putin adoptó como bandera de Rusia la
bandera zarista, ligeramente retocada; sin embargo, quiso conservar para los
militares la bandera bajo la cual combatieron en la Segunda Guerra Mundial,
considerada por él no como una guerra comunista, sino patriótica, en defensa de
Rusia (cf. G. Sangiuliano, op. cit., pp. 214-215).
7. En
efecto, Putin percibió inmediatamente el peligro del nacimiento de una especie
de Califato islámico en las repúblicas caucásicas exsoviéticas de fe musulmana
y declaró: «Estaba convencido de que, si no hubiéramos detenido inmediatamente
a los guerrilleros islamistas chechenos, habríamos terminado convirtiéndonos en
una segunda Yugoslavia. Era necesario recuperar Daguestán y expulsar a los
guerrilleros chechenos» (G. Sangiuliano, op. cit., p. 173).
El cardenal Louis Pie había
predicho en 1859: «Dios, para castigar a los pueblos perversos, se sirve de
pueblos aún más perversos».
Y dom Prosper Guéranger había
aclarado en 1858: «Cuando un pueblo cristiano se rebela, mediante la herejía,
contra la Revelación divina, Dios lo castiga por medio de otro pueblo. Ese es
el papel del islam nacido en Arabia. Allí donde no reina la herejía no hay
lugar para él. La herejía de las naciones cristianas es la verdadera causa del
triunfo del islam».
Finalmente, el padre Charles de
Foucauld advirtió en 1912: «Los poderes públicos de los pueblos cristianos que
favorecen la religión musulmana se suicidan prácticamente».
8. «Si
Rusia se ha hecho grande —repite Putin—, no ha sido por un zar, por una guerra
o por un partido político; el mérito es del cristianismo» (G. Sangiuliano, op.
cit., pp. 188-189).
9. Para
Putin, la base de la vida política de la patria debe ser su propia tradición
social, cultural y religiosa, y no una referencia genérica a los valores
liberal-democráticos de Occidente. Es lo que viene diciendo desde hace tiempo a
Europa; pero la Vieja Europa, antaño grecorromana y cristiana, no quiere
escucharlo: ha traicionado su vocación y pagará el precio, castigada por el
ISIS que ha financiado.
10. ¡Pobre
Vieja Europa! Frente a la agresión y la invasión de los nuevos bárbaros del
ISIS, solo sabe responder con el himno de la Revolución Francesa («satánica en
su esencia»); con el trinomio subversivo «libertad, igualdad y fraternidad»; y
con la canción de rock afroamericana El beso del diablo, que sonaba en
la sala Bataclan de París mientras los guerrilleros disparaban... y que sigue
sonando todavía hoy.
¿Dónde encontrar ahora un León
Magno o un Benito de Nursia que supieran convertir a los bárbaros germánicos al
cristianismo e incorporarlos a los valores grecorromanos?
«Busco al hombre, pero lo hemos
matado», podría decirse, parafraseando a Friedrich Nietzsche.
11. De ahí
su convicción de ayudar a las familias numerosas y de oponerse al matrimonio
homosexual. Posición que lo ha hecho todavía más odioso para las fuerzas
oscuras de la disolución que, según el autor, manipulan el mundo.
