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martes, 2 de junio de 2026

PUTIN Y SOLZHENITSYN – II PARTE

 


UNA SEMEJANZA DESIGUAL

Por DON CURZIO NITOGLIA

 

SEGUNDA PARTE EN CINCO CAPÍTULOS

 

CAPÍTULO II

Bolchevismo y antisemitismo

 

Ya en los primeros meses de abril de 1918 se había creado en Rusia un clima de tensión en torno a la cuestión judía. Para prevenir cualquier reacción contra la preponderancia judía en la revolución rusa, la judeo-masonería organizó artificialmente una campaña sobre la presunta propaganda antisemita de los promotores de los pogromos que habrían estallado entonces en Rusia, pero que, en realidad, no se habían producido en aquellos tiempos contra los judíos, sino contra los cristianos y sus iglesias; por ello, se subrayaba la necesidad de organizar sesiones especiales, dentro de los sóviets, sobre la lucha contra el antisemitismo.

Sin embargo, era necesario encontrar un culpable principal al que hubiera que romperle los huesos, y se encontraron a los sacerdotes ortodoxos y católicos, herederos de la autocracia zarista. En resumen, se hizo recaer sobre los cristianos la responsabilidad de los pogromos que, por el contrario, habían sido desencadenados por los bolcheviques, mayoritariamente israelitas, precisamente para evitar que apareciera la abrumadora preponderancia (98 %) del elemento judío en la Revolución soviética de 1917.

Además, los cristianos no solo eran acusados de antijudaísmo por la propaganda bolchevique, sino que también eran penalizados jurídica y severamente en virtud de leyes especiales y fuertemente represivas relativas a la lucha contra el antisemitismo.

Así fue como «el 27 de julio de 1918 el “Sovnarkom” (Consejo de Comisarios del Pueblo de la URSS o “SNK”) promulgó una ley especial sobre el antisemitismo, firmada por Lenin, en la que se declaraba fuera de la ley a los antisemitas propagadores de los pogromos» (cit., p. 113). Pero, como explica Solzhenitsyn, el significado de la palabra «fuera de la ley» en aquellos tiempos equivalía a «condena a muerte».

Como hemos visto anteriormente, para Lenin los judíos habían salvado la revolución de octubre y también la Enciclopedia Judía coincide con esta opinión (Pequeña Enciclopedia Judía, Jerusalén, 1976, vol. IV, p. 766). Sin embargo, esta tesis se convirtió en un bumerán en manos de los contrarrevolucionarios, quienes veían así reforzada su teoría del complot judeo-bolchevique (cit., p. 114).

Solzhenitsyn cita y hace suyo el pensamiento de Sergei Bulgákov, quien en 1941 escribía: «No se debe imputar todo a los judíos, pero tampoco se debe minimizar su influencia» (cit., p. 116), a lo que Solzhenitsyn añade:

«A partir de 1918 y durante unos quince años más, los judíos que se adhirieron a la revolución desempeñaron también la función de martillo, al menos una gran parte de ellos» (cit., p. 118).

La revolución menchevique de febrero ya había concedido a los judíos la plena igualdad y la libertad total, pero una vez desatada la violenta revolución de octubre, los judíos ex mencheviques cambiaron rápidamente de bando y se lanzaron al galope junto al bolchevismo (cit., p. 119).

El internacionalismo revolucionario, padre del actual mundialismo; la revolución mundial y permanente; la utopía milenarista de la felicidad en esta tierra con exclusión del más allá, fueron los «dogmas» que cohesionaron a bolcheviques y judíos, que soñaban con construir «el Mundo nuevo de la felicidad universal» (cit., pp. 124 y 125).

 

¿Bolchevismo o sionismo?

 

Sin embargo, hacia 1919 se produjo una divergencia dentro del judaísmo en Rusia. En efecto:

«Con la Declaración Balfour (2 de noviembre de 1917), que sentaba las bases de un Estado judío independiente:

1.     una parte de la nueva generación judía tomó la vía sionista de Herzl y Jabotinsky;

2.    mientras que la otra (que era la más numerosa) cedió a la tentación y vino a engrosar las filas de la banda bolchevique de Lenin-Trotski-Stalin.

En efecto, el camino de Herzl parecía entonces lejano e irreal; mientras que el de Trotski permitía a los judíos conquistar una posición inmediata y convertirse inmediatamente, en Rusia, en una nación con iguales derechos e incluso privilegiada» (cit., p. 133).

Es por esta razón que en 1924 los autores de la antología Rusia y los judíos escribieron:

«No todos los judíos eran bolcheviques y no todos los bolcheviques eran judíos, pero hoy no hay ninguna necesidad de demostrar la enorme participación, el celo de los judíos en el martirio impuesto a una Rusia exangüe por los bolcheviques. Hasta entonces los rusos nunca habían visto judíos en los puestos de mando» (cit., p. 139).

 

Recapitulación

 

Antes de abordar el tema de la guerra civil rusa (1919-1922), conviene detenernos un momento a reflexionar sobre lo visto hasta ahora para extraer algunas enseñanzas.

Con los subsidios de los bancos judío-estadounidenses (Schiff y Warburg), el zarismo fue derrocado y la revolución comenzó en Rusia, primero (febrero de 1917) de manera moderada con los liberales y enseguida después con Kerenski y los mencheviques; luego de forma radical (octubre de 1917) con Lenin y los bolcheviques.

Al mismo tiempo, la revolución masónica de Europa occidental logró eliminar el Imperio austrohúngaro, llegando al rechazo —por parte de Inglaterra, Francia y sobre todo Estados Unidos— de firmar una paz separada con Austria, como había propuesto en agosto de 1917 el emperador Carlos I, sucesor de Francisco José († 21 de noviembre de 1916), apoyado por el papa Benedicto XV.

La revolución rusa, como explica Solzhenitsyn, encarnó el espíritu de la ruptura radical entre la mentalidad, la cultura y la religión de la «vieja Rusia» y la «nueva Rusia» soviética.

Ahora bien, Solzhenitsyn y Putin no son herederos de la mentalidad bolchevique, sino de la «vieja Rusia» de Dostoievski, que es patriótica y religiosa.

El bolchevismo aspiró a la revolución mundial y para ello fue ayudado por los gobiernos liberal-democráticos europeos (Inglaterra y Francia) y sobre todo por los Estados Unidos de América tanto en 1917-1918 como en 1943-1945.

La incompatibilidad radical entre bolchevismo y cristianismo fue claramente expuesta por Pío XI en la encíclica Quadragesimo anno (15 de mayo de 1931), donde escribió:

«El socialismo, que tiene por padre al liberalismo y por heredero al bolchevismo, es incompatible con la religión cristiana».

En efecto, el comunismo odia a Dios, definido blasfemamente por Lenin como «el enemigo personal de la sociedad comunista».

Dostoievski primero, y luego también Solzhenitsyn y Putin, comprendieron bien la naturaleza luciferina del comunismo, que «querría reconstruir la Torre de Babel sin Dios, no para alcanzar el cielo desde la tierra, sino para rebajar el cielo hasta la tierra» (Los hermanos Karamázov), y este sería el mismo espíritu que caracteriza al talmudismo.

Además, el colectivismo comunista pretende despersonalizar al ser humano sustituyéndolo por una entidad colectiva, para poder destruir en el hombre la imagen de un Dios personal y trascendente.

Me atrevería a decir que la sociedad contemporánea ha alcanzado este objetivo gracias al Mayo del 68, en el que se unieron el freudismo y el estructuralismo con el comunismo; y gracias a Nietzsche se avanzó hacia el intento de matar a Dios para dar paso al superhombre, que después se convirtió en una larva de hombre, destruido por las drogas, la música pop, el alcohol y una sexualidad desordenada y desenfrenada.

El comunismo materialista de Stalin no había logrado destruir el alma de los hombres, pero el freudismo, que se infiltra en las profundidades del alma, sí alcanzó su objetivo.

No debe sorprender el hecho de que el comunismo bolchevique haya sido favorecido por el judaísmo talmúdico y por el supercapitalismo masónico occidental.

En efecto, el estadista inglés Disraeli decía: «Los gobiernos de este siglo no tienen que tratar solamente con reyes y ministros, sino también con las sociedades secretas», de las cuales la masonería sería la reina y el judaísmo talmúdico su padre.

La tiranía de hoy es mucho más poderosa, universal y penetrante que la bolchevique porque (con el Mayo del 68) ha entrado in interiore homine (en el interior del hombre).

El presidente estadounidense Eisenhower dijo en un discurso ante la ONU (22 de septiembre de 1960): «Prevemos una única comunidad mundial. Imaginamos nuestro objetivo no como un superestado por encima de las naciones, sino como una comunidad mundial que las abarque a todas».

 

Dos problemas semejantes: sionismo y bolchevismo

 

Un problema contiguo al del bolchevismo es el del sionismo.

Jacques Bordiot (Le pouvoir occulte fourrier du communisme, Chiré-en-Montreuil, éd. Chiré, 1976, p. 105) escribe que en 1916 se firmó en Londres un pacto secreto, firmado por el coronel House (que lo había redactado junto con Louis Brandeis) por encargo del presidente estadounidense Wilson, según el cual los Estados Unidos se comprometían a entrar en la Primera Guerra Mundial (cosa que ocurrió el 16 de abril de 1917) al lado de Inglaterra, si esta última se comprometía a conceder Palestina a los sionistas (lo que ocurrió el 2 de noviembre de 1917), a pesar de haberla prometido ya a los árabes.

La revolución rusa, como todas las revoluciones, no fue la explosión espontánea de una revuelta popular, sino el resultado de una manipulación de la intelectualidad rusa occidentalizada y no eslavófila.

En efecto, en Rusia:

1.     había muchos intelectuales que habían absorbido la cultura liberal e ilustrada occidental y querían occidentalizar Rusia;

2.    mientras que otros —como hoy Solzhenitsyn y Putin— querían permanecer fieles al espíritu cristiano y a la cultura patriótica y tradicional de la «vieja Rusia».

Ya en 1885 numerosos «clubes» se unieron en una «Unión para la liberación de la clase obrera», dirigida por Lenin, que en 1903 se transformó en el Partido Socialdemócrata, dividido en dos facciones:

·      los bolcheviques («mayoritarios») bajo Lenin;

·      y los mencheviques («minoritarios») dirigidos por Martov.

Estos fueron financiados por el banquero Jacob Schiff, propietario del banco Kuhn, Loeb & Company, así como por los bancos Morgan, Lazard y Rothschild.

Además, los gobiernos alemán, inglés y estadounidense ayudaron tanto a Lenin como a Trotski a derribar al zar provocando un levantamiento popular «espontáneo», aprovechando el descontento real por las desastrosas derrotas militares sufridas por Rusia en 1905 y 1915.

 

P. Curzio Nitoglia

Continuará

Fin del «Capítulo II» de la «Segunda Parte»

 

https://doncurzionitoglia.wordpress.com/2026/06/02/putin-solgenitsinuna-somiglianza-dissomigliante/

 

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