Un lector
nos escribe:
«Estimado director,
Leí con gran interés su artículo en Sí Sí No No de septiembre pasado (1) (desde hace siete años devoro este periódico, fuerte alimento espiritual que ha renovado mi vida) y quisiera compartir algunas consideraciones y cuestiones sobre un asunto que para mí es de importancia vital. Usted dice con León XIII que a veces es necesario desobedecer a los hombres para obedecer a Dios, lo cual es muy correcto. Sin embargo, me pregunto cómo puede el simple fiel distinguir, cada vez que el Papa habla, entre lo que es correcto y lo que no lo es. El simple fiel tiene una noción de la infalibilidad que quizá no sea teológicamente exacta, pero es una noción de sentido común: normalmente podemos confiar tranquilamente en lo que dice el Papa cuando se trata de un asunto justo y santo, incluso si dicho asunto no está dentro del ámbito de la infalibilidad. El Papa actúa y habla normalmente para el bien de las almas y no para su perdición. En realidad, la actitud de la inmensa mayoría de los católicos hacia los que son fieles a la tradición es una actitud de desconfianza, pues aparentemente estos “pretenden saber más que el Papa”. Nosotros tenemos Sí Sí No No y otras publicaciones excelentes para guiarnos, pero ¿qué harán aquellos que no tienen esa posibilidad? ¿Cómo puede el simple católico orientarse en los entresijos del magisterio papal, guardando lo que debe ser guardado y rechazando lo que debe ser rechazado? ¿No es el Papa la norma estricta de la verdad? Quiero decir que, si formalmente el discurso de Georgius no cambia de rumbo, se concluye que, por intención o por sentido común (no hablo del sensus fidei), o se debe aceptar todo lo que el Papa dice o se debe rechazarlo todo. No me refiero a asuntos menores, sino a la línea magisterial en su conjunto, línea caracterizada por un ecumenismo extremista sin precedentes, fundada sobre un error doctrinal de fondo (el fundamento de la salvación desplazado de la Redención a la Encarnación), como ha mostrado bien el profesor Dorrman en sus obras. Por eso las posiciones sedevacantistas, sin entrar en las distinciones entre ellas, me parecen más lógicas y más defendibles, entre otras razones porque permiten no alinearnos con los extremistas de “izquierda”, que critican al Papa por motivos opuestos. No ignoro que el sedevacantismo plantea algunos problemas doctrinales, pero me parecen menos graves que el hecho de reconocer como Pontífice a una persona que, ocasionalmente, tiene razón en puntos particulares, pero que fundamenta su pontificado sobre una doctrina ya condenada por la Iglesia, y que ha instaurado en la propia Iglesia (ustedes lo ilustran regularmente en la sección “Semper Infideles”) una situación aparentemente desesperada. ¿No es usted quien nos ha explicado (estos principios están grabados en mi alma) que “la fe o es íntegra o no es”, que “la peor mentira es la que se acerca a la verdad”, y que en las herejías y falsas religiones “la verdad sirve al error”? ¿No podemos repetir todo esto hablando de Juan Pablo II? ¿No parece él recordar la doctrina católica sólo de vez en cuando? Para que tengamos la certeza de que no es Papa, al menos formalmente (el caso del Papa herético está previsto por la doctrina), ¿qué tendría aún que decir o hacer, peor de lo que ya ha dicho o hecho hasta hoy?
Estas
cuestiones me atormentan desde hace años, desde que conocí el tradicionalismo.
La división sobre este punto separa a muchas personas, a muchos buenos
combatientes, sembrando incomprensiones y odio entre ellos, hasta el punto de
hacer lo que Leopardi deploraba en Ginestra:
volver las armas contra los propios compañeros en vez de dirigirlas contra el
enemigo común. Es una situación que literalmente me impide dormir. ¿Es posible
que todo esto esté en el plan de Dios?
Con
devoción y gratitud, in Jesu et Maria.
Carta
firmada»
Estimado
amigo,
La
posición sedevacantista no es ni la más lógica ni la más defendible: es
simplemente la respuesta más simplista que puede darse a la actual crisis de la
Iglesia. Se justifica apoyándose en el siguiente silogismo: 1) el Papa es
siempre infalible; 2) el Papa se equivoca; 3) por lo tanto, no es Papa. Pero
¿cuándo ha enseñado la Iglesia que el Papa es siempre infalible, incluso cuando
no habla ex cathedra?
Antes del
Concilio Vaticano I, en 1859, el padre Zaccaria S. J., escribiendo contra
Febronio, expresaba así la fe de la Iglesia: «el privilegio dado aquí [Lc 22,
32 ss] a Pedro y a sus sucesores comporta la infalibilidad [1] en las decisiones solemnes, [2] en materia de fe y de moral, [3] dirigidas por él mismo a toda la Iglesia»
(Anti-Febronius, t. II, c. X). El Concilio Vaticano I no hizo más que
dogmatizar esta fe perenne de la Iglesia.
La
Civiltà Cattolica, que era editada bajo el control de la Santa
Sede, escribía en su número 4, de marzo de 1902:
«Pero ¿toda enseñanza es infalible?
He aquí el punto de la cuestión que muchos
descuidan sin mala intención. Pero de este descuido provienen los escándalos
que enumeramos a continuación.»
Un asunto puede encontrarse fuera de la
esfera de la infalibilidad del magisterio eclesiástico de dos modos, es decir,
por dos razones: ya sea por estar fuera del objeto de la infalibilidad prometida a la Iglesia, ya sea por estar
fuera del sujeto al cual la
infalibilidad fue prometida. Son objeto
de la infalibilidad todas las verdades que conciernen a la fe y a la moral o
que están necesariamente ligadas a ellas. El sujeto de la infalibilidad es doble: el Papa, incluso solo, y la Iglesia con su cabeza, cuando ejercen
la autoridad de enseñanza en su grado
supremo. Es necesario retener bien este último punto, para no caer en
equívoco: en verdad es raro que la Iglesia y el Papa, en el ejercicio de su
poder y enseñanza, hagan uso de su poder en el más alto grado, porque ellos
pueden, y es lo que ocurre normalmente, exhortar,
aconsejar, permitir, ordenar, sin verdaderamente definir ex cathedra por sentencia irrevocable.
La
posición sedevacantista está fundada sobre una premisa errada (el Papa es siempre infalible), y esa razón ya es
suficiente para considerarla como ilógica e indefendible. Todos los textos de
teología católica, además (de la verdadera teología católica, naturalmente, no
de la “nueva teología” que es elucubración neomodernista), distinguen el
magisterio pontificio infalible del magisterio pontificio simplemente auténtico
(esto es, provisto de autoridad, pero no infalible), y por lo tanto distinguen
el asentimiento absoluto, incondicional, sin examen (ciego), debido al
magisterio infalible, del asentimiento que se debe al magisterio “mere authenticum”: asentimiento
relativo, condicionado, en el que el examen es permitido, y por lo tanto
también la eventual suspensión o eventual recusación del propio asentimiento.
Los sedevacantistas han saltado esa página de la teología católica. ¿Con qué
derecho?
Además:
la cuestión del “Papa hereje” es todavía una cuestión controvertida, sobre la
cual los teólogos (y canonistas) están lejos de llegar a un acuerdo y sobre la
cual la propia Iglesia no se ha pronunciado. Así, ciertos teólogos competentes
excluyen el hecho de que el Papa, como “persona privada” (pero qué significa
persona privada no está muy claro), pueda caer en herejía; otros teólogos tan
competentes como los anteriores sostienen lo contrario, mientras que otros aún
consideran ambas hipótesis. Casi todos los teólogos autorizados sostienen que
el Papa hereje es destituido de su pontificado, pero otros, como Bouix, afirman
lo contrario, y aun dentro del primer grupo hay divergencia: algunos piensan
que el Papa herético pierde su pontificado en el mismo momento en que cae en la
herejía; otros piensan que lo pierde cuando su herejía se hace manifiesta
(estos últimos no llegan a un acuerdo sobre lo que debe entenderse por herejía
“manifiesta”); en fin, según algunos, el Papa hereje pierde ipso facto, automáticamente, el
pontificado; según otros, es necesaria una declaración de herejía por parte —y
aquí también hay divergencia— de un concilio o de cardenales o de obispos.
Resumimos
todo esto rápidamente, pero es suficiente para poder preguntarnos: ¿es lógica y
defendible una posición cuyo fundamento, en materia tan grave, está en una hipótesis (y no en una doctrina)
teológica aún controvertida?
Además,
usted mismo escribe que para poder hablar de un “Papa hereje” es necesario que
sea formalmente herético. Por lo
tanto, es necesario que profese un error contrario a la fe (herejía material) y
también, consciente y deliberadamente, sostenga la herejía con obstinación, lo
que constituye propiamente la esencia, la forma
de la herejía. Ahora bien, ¿podemos afirmar con certeza que los últimos Papas
sean Papas formalmente heréticos? ¿No
podrían ser ellos —y esta es nuestra modesta opinión— Papas teológicamente mal
formados y, sobre todo, fascinados por la ilusión ecuménica, en la que no
perciben plenamente todas las implicaciones heréticas?
No
queremos discutir opiniones, y lo que acabamos de exponer es solo una opinión.
De definido y claro hay únicamente el hecho de que, mientras la herejía formal no sea probada, no se puede
hablar de “Papa herético”.
Abordemos
ahora el problema de las almas. Normalmente
(usted tiene toda la razón en subrayar ese término) es de buen sentido confiar
tranquilamente en el Papa, incluso cuando lo que enseña no está garantizado por
el carisma de la infalibilidad. El Papa normalmente
(es usted quien lo subraya) habla y actúa para el bien de las almas, pero el
sensus fidei y los frutos de la actual corriente eclesial nos advierten de que
ya no estamos más en tiempos normales.
Una vez
que el fiel ha tomado conciencia de la anormalidad de los tiempos, no es
necesario que haga distinción, cada vez que el Papa se pronuncia, entre lo que
está correcto y lo que está errado. No. Basta con que él, en cada caso, rechace
lo que percibe como contrario a la fe constante de la Iglesia. Esa fidelidad,
que no exige gran ciencia teológica, atraerá para él, por parte de Dios, luces
cada vez mayores. Para quien tuvo la suerte de conocer la normalidad de los
tiempos con Pío XII, basta atenerse a lo que fue enseñado en aquellos tiempos
de tranquila posesión de la doctrina. Es verdad que la doctrina ya estaba
tocada por el modernismo, pero era defendida por Roma (y hoy los modernistas
acusan a la Iglesia de haber hecho eso). Las generaciones siguientes, incluso
si no tienen acceso a Sí Sí No No y otras excelentes publicaciones,
tienen la ayuda interior del Espíritu Santo y el Catecismo de San Pío X, que
resume la fe perenne de la Iglesia (y por eso es tan mal visto por los
modernistas). Los errores de hoy son tan enormes que basta, para percibirlos
(no estoy diciendo para refutarlos), conocer bien el Catecismo de la Santa
Iglesia.
Desgraciadamente,
el Concilio ocurrió cuando los católicos ya se encontraban en un deplorable
estado de ignorancia culpable y de fe muerta no traducida en actos en la vida
práctica. Los Pontífices Romanos preconciliares lucharon, sin haber sido
escuchados, contra esa decadencia. Recordemos el grito de San Pío X:
“¡Catecismo! ¡Catecismo!”, y el doloroso discurso de Pío XII sobre las “almas
muertas”, demasiado numerosas.
Como el sensus fidei no puede ejercerse sin un
conocimiento elemental de las verdades de la fe y un esfuerzo serio por vivir
según la fe, se comprende que muchos católicos no hayan sabido afrontar la
prueba, cuya gravedad quizá ni siquiera percibieron (lo que demuestra falta de
vitalidad espiritual). La enseñanza de la Sagrada Escritura se verifica aquí:
los malos pastores son un castigo para todo el pueblo infiel.
Sea como
sea, la prueba alcanza también a las almas de buena voluntad, y es una
verdadera prueba, pues, como escribe el Padre Palmieri (Tractatus de Romano Pontifice, tese 32, scholion 2), el Papa,
“aunque no hable con toda la plenitud de su autoridad (magisterio infalible),
habla con autoridad; por eso no se lo puede considerar como un doctor
cualquiera”. Es entonces difícil y doloroso —diría incluso antinatural— para
toda conciencia católica tener que resistir al Papa, así como sería difícil,
doloroso y antinatural que un hijo tuviera que resistir a su padre si este lo
obligara a hacer algo contra Dios. Difícil y doloroso, pero justo, por
fidelidad a Cristo y para la propia salvación, y previsto por la doctrina
católica (aunque hasta Pío XII no fue necesario enseñarla comúnmente ni
recordarla). En verdad, se debe al Pontífice Romano, cuando no enseña
infaliblemente, “un asentimiento
religioso, mientras no haya nada que aconseje, según la prudencia, la
suspensión del asentimiento” (Ib.).
Hoy, el
motivo que aconseja la suspensión prudente del asentimiento es fundamental: el
magisterio de los últimos Pontífices, dotado de autoridad pero no de
infalibilidad, está, por razones abiertamente ecuménicas, en contradicción con
la enseñanza infalible y bimilenaria de la Iglesia. Ahora bien, es claro que
“el Papa es norma estricta de la fe”, pero precisamente por ser “norma
estricta”, el Papa tiene el deber de estar en armonía con la norma más alta de
la fe: la Revelación divina (Sagrada Escritura y Tradición), tal como ha sido
fiel e infaliblemente transmitida y explicada por la Iglesia durante dos mil
años. He aquí por qué un Papa en ruptura con la Tradición, que en lugar del
“depósito de la fe” propone sus opiniones personales y sus utopías, deja de ser
norma “estricta de la fe”.
La
suspensión del asentimiento puede también ser general, si la prudencia lo
exige, pero tal suspensión no tiene nada que ver con la proclamación de que el
Papa es “hereje” y de que la sede de Pedro está vacante, proclamación que sería
—esperamos haberlo demostrado— altamente imprudente, pues corre el riesgo de
llevar a los sedevacantistas a un cisma irreparable.
En esta
prueba, que es castigo para unos y prueba para otros, el fiel es socorrido por
la gracia divina y reconfortado por la certeza de que, incluso a partir de los
males actuales, Dios sabrá sacar un bien mayor para la Iglesia y para las
almas. Además, sabemos por experiencia propia —y su carta nos lo confirma— que
Dios no permite que almas sinceras y de buena voluntad se pierdan a causa de la
crueldad de los tiempos. Parece que Él, por el contrario, aumenta su gracia en
proporción a las necesidades crecientes. Si los sembradores de la cizaña
trabajan en esta noche posconciliar, Dios, como el dueño de la parábola, no
pierde el control de la situación y todo volverá al orden en el tiempo
oportuno. Entonces, ¡confianza y valor!
Pasemos a
las divisiones entre los que resisten al neomodernismo. Estas divisiones ciertamente
no son deseadas por Dios, pero no son de admirar en este cuadro tan trastornado
de la actualidad. Cuando la cabeza no funciona, todo el resto del cuerpo vacila
(“Heriré al Pastor y las ovejas se dispersarán”, Mc 14, 27). Además, estas
divisiones tienen una función providencial, porque nos recuerdan la importancia
de la autoridad en la Iglesia y apartan a las almas de buena voluntad de la
tentación de erigir una “Iglesia” por cuenta propia bajo el pretexto de que la
infidelidad de los hombres de la Iglesia ha cubierto con un velo la Iglesia de
Nuestro Señor.
Estas
divisiones (no creemos que lleguen a ser odios) nacen, en definitiva, de la
debilidad y de la miseria humana. Dios nos previene, por boca de San Pablo:
“¡No discutáis sobre opiniones!”. Sin embargo, algunos no saben limitarse a
defender la fe sin emitir opiniones personales que quisieran imponer a los
demás, a pesar de no tener la menor autoridad para ello. No se dan cuenta de
que somos como personas sumergidas en las tinieblas de lo imprevisible, a
quienes solo les queda esperar inmóviles a que la luz vuelva, exactamente en el
mismo lugar donde la oscuridad los sorprendió. Y esto, sin aventurarse a hacer
movimientos irreflexivos, bruscos, arriesgándose a caer no se sabe dónde.
El centro
de unidad establecido por Dios es y sigue siendo el Pontífice Romano, guardián
supremo de la verdadera fe. Ahora bien, aunque los últimos Pontífices parezcan
(contra los principios del Concilio dogmático Vaticano I) haber ejercido más el
papel de “inventores” de una “nueva religión” que el de guardianes de la fe
revelada, no estamos totalmente en las tinieblas, a pesar de estar sumergidos
en la oscuridad desde que se apagó la lámpara más cercana a nosotros: contra
las herejías del modernismo tenemos, para guiarnos, a diferencia de los
cristianos de los primeros siglos, dos mil años de Magisterio ordinario y
extraordinario. Ningún “Papa de hoy en día” tiene autoridad para contradecirlo,
y es hacia él que podemos y debemos volvernos como lo haríamos hacia una luz que
ilumina nuestras tinieblas, comenzando por el simple y luminoso Catecismo de
San Pío X. Todo esto no significa pretender “saber más que el Papa”, sino
solamente pretender saber lo que sabe la Iglesia, infalible “columna y
fundamento de la verdad” (San Pablo). Nosotros participamos de esa
infalibilidad cuando profesamos la fe perenne, que todo Papa tiene el deber de
“confirmar” y que no tiene derecho a transformar ni a poner en peligro.
Ya lo
hemos dicho, pero no nos cansaremos nunca de repetirlo: es tiempo de que las
almas de buena voluntad reconstruyan en sí mismas y en sus vidas lo que ellas,
sufriendo, ven destruido en la Santa Iglesia de Dios. Es así, y no mediante
polémicas peligrosas y estériles contra las víctimas del neomodernismo (que
también son, a nuestro entender, sedevacantistas), como apresuraremos la hora
de la divina misericordia.
Hirpinus
Revista
“Sí Sí No No”, edición en portugués, N° 137, Octubre 2004.
