Por ANTONIO CAPONNETTO
Para evitar la salvajada satánica de la
destrucción de la Iglesia y del Monasterio de Santa Catalina, se viene usando
como argumento que “se está poniendo en riesgo uno de los últimos tesoros
coloniales de Buenos Aires”. Algo así farfulló García Cuerva, el pasado 20 de
mayo, celebrando misa en el atrio del venerado templo. Y con claros guiños al
ecumenismo y a la convivencia interreligiosa, agregó: “creemos que es
necesario sentarnos, analizar la situación y que los técnicos nos ayuden a
encontrar una solución".
Falso: se está buscando la destrucción intencional de
uno de los más claros vestigios de la Ciudad de la Santísima Trinidad, testigo
de un tiempo Imperial y Virreynal, no “colonial”; solar sacro, cementerio y
campo de batalla de la Reconquista y de la Defensa de Buenos Aires, donde
perdieron la vida heroicamente un sinfín de combatientes de Dios y de la
Hispanidad Criolla. Se está buscando consolidar la penetración yanky-sionista,
usando como ariete a una conocida banda pseudoreligiosa, alucinada, inmoral y
mitómana.
No son los técnicos los que tienen que ofrecer una
solución, sino los teólogos y los que queden aún con alma de cruzados. Los
primeros para recordar que no se puede tomar el Santo Nombre de Dios en vano,
como hacen los degenerados mormones. Los segundos, para ponerle el cuerpo y los
puños a la custodia de esos muros que resguardan a Dios Vivo en el
Sagrario.
Se pide la paralización del proyecto mormón, consistente
en edificar una torre gigantesca para sus prácticas luciferinas, pero no
denunciando los verdaderos propósitos de esta secta maldita y siniestra, sino
en nombre de “la necesidad de reconocer y declarar el entorno de Santa Catalina
como área de amortiguación”. Así lo ha expresado el padre Gustavo Antico,
rector de Santa Catalina, en un comunicado fechado el 18 de mayo del corriente.
Santa Catalina no es “un área de amortiguación”, es un solar sagrado, católico,
tradicional, hispanocriollo. No se trata de amortiguar el ambiente sino de
expulsar a los demonios que quieren levantar con insolencia su propia Babel.
Otros sostienen un “no a las torres y cambios de uso
de terrenos aledaños”. No se quiere entender que el drama no es el cambio de
uso sino la profanación, el ultraje, el sacrilegio y la blasfemia que significa
permitirle al mormonato que avance en su plan de descristianización y de
judaización de estas tierras nuestras. No se atreve nadie a decir que “las
torres” son un gesto de ensoberbecida impiedad contra las únicas torres que
nosotros amamos: la Turris Davidica y la Turris
Eburnea, hermosos títulos marianos, más que apropiados de reivindicar y de
recordar en este Puerto que se llama Santa María de los Buenos Aires.
Pedirle a Jorge Macri que proteja el Convento –además
de considerarlo un interlocutor válido- es como pedirle a Drácula que proteja
el Centro Nacional de Hemoterapia, o a Jeffrey Epstein que dirija el Hospital
de Niños.
Ante este proyecto en curso, claramente endiablado,
opongamos la fuerza de la recta plegaria, la denuncia del atropello pero
fundada sin eufemismos ni elipsis, la presencia física de los católicos
militantes, rodeando con nuestras familias y amigos ese espacio bendito.
Imitemos a los valientes bautizados de Zaragoza, que cuando los invasores
napoléonicos quisieron arrasar los templos, fueron capaces de armarse para
impedir que un púlpito -¡sí, apenas un púlpito, el de la iglesia de san
Agustín!- fuera destruido y vejado. Un vívido cuadro de César Álvarez Dumond ha
dejado retratado para siempre este denuedo impar y entusiasta. La vida no vale
la pena gastarla y perderla sino es en resguardo de los derechos de Dios.
Santa Catalina: contágianos tu fuego misionero,
apostólico y combatiente. Santa Catalina: ruega por la patria. Santa Catalina:
que seamos viriles.
