“No es
este lugar para extendernos más sobre este punto importante, que pensamos
estudiar expresamente en otro opúsculo, pero si quisiéramos contemplar
teológicamente este tema de Fátima, diríamos, en primer lugar, que no es
conforme a la teología de la gracia pensar que con la recitación de una fórmula,
y de un modo mecánico, vamos a obtener de Dios la conversión de Rusia, y con
ella todos los inmensos beneficios de paz que atraería. Por otra parte, no se
puede privar de sus efectos “quasi-sacramentales” a un medio que el Cielo mismo
propone, sobre todo cuando se apoya en una teología de la intercesión tan
segura y tradicional como es la intercesión de la Virgen. Por eso
indudablemente que la «intención» de estas consideraciones y condiciones que el
Cielo propone en éstos y otros casos en la historia de los carismas es aplicar
simultáneamente los dos extremos con los que Dios cuenta: nuestra conversión, la nuestra, la de los católicos, que pertenecemos a
la Iglesia verdadera, es una condición para merecer que el Papa y los Obispos,
juntamente con él, realicen una consagración de Rusia que sea la exigida por el
Cielo.
En el
quinto párrafo [de las revelaciones de Fátima] se describen de una manera muy
viva y realista los castigos que se seguirán de esa «no-conversión» de Rusia,
porque no ha sido consagrada.
El sexto
párrafo, en cambio, es un rasgo típicamente «escatológico», en que las
afirmaciones obtienen un carácter absoluto, aunque siempre dentro de la
tesitura de toda esperanza cristiana: el
triunfo del Inmaculado Corazón de María es absolutamente seguro, del mismo modo
como es seguro que «un día» el Santo Padre se resolverá hacer la consagración
de Rusia pedida por el cielo. ¿Será todo al final de los tiempos, cuando todo
sea consumado? El mismo texto nos dice que no, ya que “será concedido al mundo
algún tiempo de paz”.
Luego si
la Consagración de Rusia, que traería su conversión y los grandes bienes de la
paz al mundo, no se ha dado todavía..., y el momento del triunfo definitivo del
Corazón Inmaculado todavía no ha llegado, una conclusión es evidente: nos encontramos en el período intermedio,
en que es necesario que nos purifiquemos nosotros, el mundo y la Iglesia,
suframos los «terrores de Dios», de que habla San Agustín. Sólo en espíritu de penitencia, de compunción y de invocación de la
poderosa ayuda del Corazón Inmaculado de María podremos alcanzar ese triunfo
definitivo que esperamos.”
Padre
Joaquín María Alonso
LA VERDAD SOBRE EL SECRETO DE FÁTIMA
Centro mariano, Madrid, 1976, pp. 17-18.
