Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

viernes, 23 de mayo de 2025

DIOS QUIERE SALVAR A RUSIA SÓLO A TRAVÉS DE UN ACTO DE FE ABSOLUTAMENTE SOBRENATURAL DEL PAPA

 



Por P. GERARD MURA

De su libro Fátima, Roma, Moscú. La consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María aún está pendiente. AMF Santiago de Chile, 2005.

 

No cabe duda que el Papa Juan Pablo II tenía buena voluntad cuando, después del atentado, intentó obedecer a la Virgen de Fátima. Se puede considerar como signo el hecho que cada mañana haya renovado la consagración al Corazón Inmaculado de María. Sin embargo, por la oposición entre Fátima y la teología progresista, hoy en día omnipresente, no ha podido realizar la consagración tal como el Cielo lo ha pedido expresamente. Esta teología determina en medida variable el pensamiento de los laicos "emancipados", el pensamiento de la Jerarquía eclesiástica y de las autoridades vaticanas, y no deja de afectar el del mismo Papa. Juan Pablo II afirma que se ha efectuado cuanto era posible -considerando las circunstancias-, ¡y que por ende el Cielo ha aceptado la consagración! A estas "circunstancias" pertenece, sin embargo, el pensamiento, marcado por el progresismo, que domina en la actualidad a la Iglesia y según el cual se piensa tan humanamente y tan poco sobrenaturalmente. Y este progresismo no manifestará comprensión ante una solemne consagración que atropelle tan abiertamente las reglas de la diplomacia.

Se puede objetar: es verdad, se ha hecho todo lo que era posible en la perspectiva humanista, diplomática y progresista. Sin embargo, Dios quiere, como dejaremos en claro a través del acto de esta consagración, vencer justamente la actitud humanista, diplomática y progresista de la Iglesia, para lograr un acto de fe realmente sobrenatural ("sobrehumanista") de la jerarquía, y este deseo, el Cielo lo ha reforzado con la promesa de abundantes milagros.

Con todo, quedará de manifiesto que Dios aparentemente ha aceptado la consagración de Juan Pablo II, pero no como la consagración específica de Rusia, sino como consagración del mundo, tal como la de Pío XII. Veremos que con el acto de esta consagración, probablemente se conjuró el peligro de una Tercera Guerra Mundial gracias a una intervención del Cielo.

Recapitulando lo ya expuesto resulta que:

 

---Para salvar al pueblo ruso, que se encuentra desde hace mucho tiempo en cisma con la Iglesia Católica y que, en el siglo XX, ha caído en el comunismo ateo, el Cielo pide un acto de Fe sobrenatural de parte del Papa. Rusia debe ser salvada, no solamente por los esfuerzos naturales del Papa, sino por un acto de Fe del Santo Padre de tal magnitud, que logre sobrepasar los falsos criterios diplomáticos y refutar el omnipresente modo de pensar progresista, solo así, se podrá efectuar debidamente la consagración.

---Dios quiere precisamente ahora un acto de Fe de la Jerarquía de la Iglesia, ya que la desintegración de la Fe ha surgido de una desmesurada admiración por los éxitos naturales logrados en el manejo del mundo moderno y sus posibilidades, y además, porque la actual crisis de Fe partió desde la mismísima Jerarquía.

---Dios quiere destacar también en contra del concepto de la democrática teología del Pueblo de Dios, que la gracia divina es algo sobrenatural y que llega a los hombres exclusivamente desde arriba, es decir, desde El, y a través de la Jerarquía eclesiástica.

 

Así, la consagración de Rusia, evidentemente, no sólo encamina a la conversión de este pueblo; más bien, y a pesar de su modesta apariencia, será un verdadero medio de sanación para la crisis interna de la Iglesia, que es una grave crisis de Fe. El Papa, o permanece en el progresismo y rechaza hacer la consagración tal como la pide el Cielo: o bien, efectúa la consagración rechazando claramente con ello el progresismo. No parece existir otra posibilidad. Los frutos provenientes de la consagración serán, según la promesa del Cielo, magníficamente coronados por una intervención diáfana de la Bienaventurada Virgen María: "Pero, finalmente, mi Corazón Inmaculado triunfará". Dios quiere salvar al mundo de hoy a través del Corazón Inmaculado de María, y a través de un verdadero acto de Fe de la Jerarquía Católica”.

 

ORACIÓN A CRISTO REY

 

MONSEÑOR LEFEBVRE, EL SACERDOCIO Y EL REINO SOCIAL DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

 



por MONS. B. TISSIER DE MALLERAIS

 

Este texto apareció en el boletín del priorato Marie-Reine de la FSSPX de Mulhouse en enero de 2006 con la siguiente introducción:

«Ponencia presentada en el coloquio “Cristo Rey frente a la apostasía de los laicos” organizado el 10 de diciembre de 2005 en París por el Instituto Universitario Saint-Pie X con ocasión del centenario de Mons. Lefebvre. El texto ha sido revisado por el autor, a quien agradecemos su amable autorización.

"En varias ocasiones desde su elección, y en particular en su solemne discurso a la Curia del pasado 22 de diciembre, Benedicto XVI ha recordado y justificado, insistiendo en ello, la doctrina del Vaticano II sobre la libertad religiosa, doctrina cuya aplicación en los últimos cuarenta años ha arruinado el reino social de Nuestro Señor Jesucristo, allí donde aún existía.

«Después de recordar la hermosa lucha del arzobispo Lefebvre por Cristo Rey, Mons. Tissier de Mallerais denunció claramente en conclusión una de las consecuencias de este grave error del Concilio: “En Roma, la gente mantiene una fe muy teórica en la divinidad de Nuestro Señor, pero de hecho, ya no tienen la fe”.

Sobre el padre Fahey, a quien Mons. Tissier de Mallerais menciona varias veces, véase el dossier publicado en el número 51 de Le Sel de la terre.

Le Sel de la terre n. 57, Verano 2006.

 

 

Mons. Lefebvre siempre ha vinculado el sacerdocio al reino social de Nuestro Señor Jesucristo: uno es la fuente del otro, el segundo fluye espontáneamente del primero.

 

En el seminario francés de Roma

 

[En el seminario de Via Santa Chiara, donde se formó como futuro sacerdote de 1923 a 1929, el ab. Lefebvre aprendió del padre Henri Le Floch, superior de la casa, a no separar lo que debe estar unido: la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y su reinado social, la doctrina del sacerdote y su piedad, y también el santo sacrificio de la misa y el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo. La enseñanza es la de los papas en sus encíclicas.

Pío IX, León XIII, Pío XI, Pío XII son los maestros, junto con el cardenal Pie, Louis Veuillot, etc..

“El padre Le Floch -dijo el arzobispo Lefebvre- nos introdujo en la historia de la Iglesia, en la lucha que las fuerzas perversas libraban contra Nuestro Señor. Nos movilizó contra este liberalismo desastroso, contra la Revolución y los poderes del mal que actúan para derrocar a la Iglesia, el reinado de Nuestro Señor, los Estados católicos y toda la cristiandad”. Esta lucha implicaba una elección personal para cada seminarista:

Teníamos que elegir. Abandonar el seminario si no estábamos de acuerdo -algunos lo estaban- o entrar en el combate y seguir adelante.

Pero unirse a la lucha significaba comprometerse con ella de por vida:

Creo que toda nuestra vida como sacerdotes -y como obispos- ha sido moldeada por esta lucha contra el liberalismo.

Pero, ¿qué lugar ocupa el sacerdocio en esta lucha esencialmente política?

Aquí es donde las lecturas propuestas o dadas a los seminaristas les hicieron contemplar con Godefroid Kurth “el Cuerpo Místico de Cristo transformando la sociedad pagana del Imperio Romano y preparando el movimiento creciente de reconocimiento del programa de Nuestro Señor Jesucristo, Sacerdote y Rey”; les ayudaron a comprender con el padre Deschamps (Les Sociétés et la société) que “las revoluciones estaban llevando a cabo la exclusión del gobierno de Cristo Rey con vistas a eliminar definitivamente la misa y la vida sobrenatural de Cristo, sumo sacerdote soberano” (Denis Fahey C. S.Sp., Apologia pro vita mea, Catholic Family News, USA, abril y mayo de 1997). (1)

El De Ecclesia del padre (más tarde cardenal) Billot S.J. les hizo “comprender el significado de la realeza social de Cristo y el horror del liberalismo”.

En la escuela del cardenal Pie, aprendieron “el pleno significado de Venga a nosotros tu reino, a saber, que el reino de Nuestro Señor debe llegar no sólo en las almas individuales y en el cielo, sino en la tierra a través de la sumisión de los estados y las naciones a su gobierno”.

El destronamiento de Dios en la tierra es un crimen al que nunca debemos resignarnos” (P. Denis Fahey).

Y aquí de nuevo (Fahey fue seminarista romano en el mismo seminario doce años antes que Marcel Lefebvre, bajo la dirección del mismo padre Le Floch):

“El Syllabus de Pío IX y las encíclicas de los cuatro últimos papas [hasta Pío X] fueron el tema principal de mis meditaciones sobre la realeza de Cristo y su relación con el sacerdocio”.

CASTELLANI Y LEFEBVRE

 

 



"Conforme a la consigna enunciada por el Padre Leonardo Castellani, Monseñor Marcel Lefebvre se levantó contra la destrucción de las instituciones cristianas. En 1977, el Padre Castellani le dedicó un libro emblemático, El Ruiseñor fusilado, a sabiendas de su condición de "suspendido a divinis".

“A Monseñor Marcel Lefebvre recuerdo de su paso fructuoso y meritorio por este país. Homenaje del sacerdote simple. Leonardo Castellani, julio de 1977”.


EN LOS ORÍGENES DE LA DOCTRINA SOCIAL: RERUM NOVARUM




La elección del papa León XIV en mayo de 2025 ha reavivado la atención en torno a León XIII (1878-1903), pontífice destacado de finales del siglo XIX. Y no es para menos: su encíclica de 1891, Rerum Novarum, arroja una luz impactante sobre las tensiones sociales de nuestra época.

Ante los males de la segunda industrialización y de una sociedad sedienta de innovaciones, León XIII afirmaba con una claridad implacable:

El capitalismo desregulado ha traicionado a los trabajadores, pero el socialismo es un falso remedio.

Los socialistas, para curar este mal [el capitalismo], incitan al odio envidioso de los pobres contra los ricos.

León XIII denuncia a la vez:

– la concentración de las riquezas en manos de unos pocos,

– la explotación de los obreros sin protección,

– la desaparición de los cuerpos intermedios (corporaciones, Iglesia...).

Pero rechaza con firmeza la solución socialista, basada en la abolición de la propiedad privada. Para él, esta supresión:

– niega el fruto del trabajo individual,

– desintegra la célula familiar,

– destruye la libertad humana.

Defiende entonces la propiedad como un derecho natural, fundado en el trabajo, y como condición de la autonomía del hombre y de la familia en el orden social.


¿Por qué releer Rerum Novarum hoy?

Porque este texto rechaza las ilusiones: ni capitalismo salvaje, ni colectivismo abstracto, sino un llamado radical a repensar el trabajo, la propiedad y la justicia con realismo.


Capital, trabajo, propiedad: la clave católica de un equilibrio perdido

Ni capitalismo desenfrenado, ni socialismo destructor… ¿Pero qué propone exactamente la Iglesia?

En Rerum Novarum, León XIII establece los exigentes fundamentos de una sociedad justa.

¿Cuáles son estos fundamentos?

– El obrero debe recibir un salario justo, suficiente para cubrir sus necesidades y las de su familia.

– El trabajo debe estar proporcionado a la edad, el sexo y la fuerza.
– El descanso dominical es esencial, tanto para el cuerpo como para el alma.
– Los excesos de la especulación deben ser contenidos.

– El obrero tiene derecho a ahorrar y a convertirse en propietario.

Rerum Novarum se basa en un principio claro:

La sociedad es un cuerpo vivo fundado en la complementariedad.
Cada uno —obrero, patrón, Estado, Iglesia— tiene un papel propio que desempeñar:

El Estado:

– protege a los más débiles,

– garantiza un orden justo,

– interviene solo cuando los demás actores ya no son suficientes.

La Iglesia:

– ilumina las conciencias,

– recuerda los deberes mutuos (caridad, justicia, salario justo, descanso),

– apoya las obras sociales y a las familias.

Los cuerpos intermedios (corporaciones, asociaciones):

– unen las clases sociales,

– evitan los conflictos violentos,

– encarnan la subsidiariedad.

¿Y el trabajador? No es una pieza más del engranaje. Es persona, familia, ahorrador, ciudadano.

León XIII desea que llegue a ser propietario, no para consumir más, sino para vivir dignamente y poder transmitir.

Rerum Novarum sigue siendo un modelo de lucidez política y espiritual. ¡Para (re)leer!

 

¿En contra de la separación entre Iglesia y economía?
#EmileKeller nos responde: https://www.seldelaterre.fr/articles/sdt80/contre-la-s%C3%A9paration-de-l%27%C3%A9glise-et-de-l%27%C3%A9conomie

https://www.seldelaterre.fr/abonnements

APOSTILLAS DEL PANORAMA MUNDIAL - N° 14

 

LA OTRA CAMPANA N°07 - DE LEON XIII A LEÓN XIV

 

sábado, 17 de mayo de 2025

ESPECIAL CENTENARIO CANONIZACIÓN DE SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS 1925 - 2025

 



Incluimos el siguiente material:

 

®HOMILÍA DE LA CANONIZACIÓN DE SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS Y LA SANTA FAZ POR S.S PIO XI: 17 DE MAYO DE 1925 (Tomado de la página oficial del Vaticano).

®BULA DE CANONIZACIÓN POR S. S. PÍO XI (Tomado de la página oficial de los Archivos del Carmelo de Lisieux).

®EL GRAN TRIUNFO DE SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS. SERMÓN PREDICADO EN LA CAPILLA DEL CARMELO DE LISIEUX EL DÍA DE LA CANONIZACIÓN DE LA SANTA, 17 DE MAYO DE 1925. POR EL PADRE GABRIEL MARTIN. (Hasta donde conocemos este sermón se publica por primera vez en Internet. Del libro Les gloires de Sainte Thérèse de l’Enfant Jésus. Sermons et Panégyriques prononcés par le R.P. Martin dans la Chapelle du Carmel de Lisieux, Imprimerie S. Pacteau, 1926).

®SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS, POR HUGO WAST.

®SANTA TERESITA Y EL PADRE PIO DE PETRELCINA (Del libro de Emanuelle Brunatto Padre Pio. Mon Père spirituelle).

®SANTA TERESITA Y EL PADRE CASTELLANI (Del libro Castellani maldito. 1949-1981, S. Randle).

®SANTA TERESITA, EL PADRE CALMEL Y LA ACTUALIDAD.

®BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA SOBRE SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS.

 

®Material extra sobre este y otros temas en nuestro canal de Telegram (si el lector no es muy tímido lo invitamos a acceder y suscribirse).

 

HOMILÍA DE LA CANONIZACIÓN DE SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS Y LA SANTA FAZ POR S.S PIO XI: 17 DE MAYO DE 1925

 

Celebración eucarística

en honor de

SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS

 

BENEDICTUS DEUS

HOMILÍA DE SU SANTIDAD PIO XI

 

Domingo, 17 de mayo de 1925

 

 


 

Venerables Hermanos, amados Hijos,

 

 “Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación” [1], que, entre las muchas solicitudes del oficio apostólico, nos ha concedido este consuelo, es decir, ser los primeros en inscribir en el padrón de los Santos a aquella Virgen que también nosotros, después del comienzo del Pontificado, elevamos al honor de los Beatos. Se trata de aquella que se hizo niña en espíritu: de aquella infancia que no puede separarse de la grandeza de alma, pero cuya gloria, según las mismas promesas de Jesucristo, es absolutamente digna de ser consagrada en la Jerusalén celestial y con la Iglesia militante.

Igualmente estamos agradecidos a Dios por habernos permitido hoy, como Vicario de su Hijo Unigénito, repetir e inculcar a todos vosotros, desde esta Cátedra de la verdad y durante los ritos solemnes, una advertencia muy saludable del divino Maestro. Habiéndole preguntado los discípulos a quién consideraba el más grande en el reino de los cielos, «llamando a un niño, lo puso en medio de ellos» y pronunció aquellas memorables palabras: “En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”[2].

Teresa, la nueva santa, habiendo absorbido vivamente esta doctrina evangélica, la tradujo a la práctica de la vida diaria; en efecto, con la palabra y el ejemplo enseñó a las novicias de su monasterio este camino de infancia espiritual, y a todos los demás por medio de sus escritos: escritos que, difundidos por todo el mundo, nadie lee sin querer releerlos una y otra vez, con la mayor alegría del alma y con provecho. En efecto, esta cándida muchacha, que floreció en el huerto cerrado del Carmelo, habiendo añadido a su propio nombre el del Niño Jesús, expresó en sí misma la imagen del Niño Jesús; por eso hay que decir que quien venera a Teresa, venera y alaba el ejemplo divino, que ella copió en sí misma.

Hoy, pues, esperamos que en el alma de los fieles haya un cierto deseo de practicar esta infancia espiritual, que consiste en esto: en que todo lo que el niño piensa y hace por naturaleza, lo pensemos y hagamos también nosotros por el ejercicio de la virtud. Porque así como los niños, no manchados por ninguna culpa y prevenidos de todo esfuerzo pasional, descansan seguros en la posesión de su propia inocencia (y privados en absoluto de todo engaño y doblez expresan sinceramente sus pensamientos y obran rectamente mostrándose exteriormente como son de hecho), así Teresa apareció más angélica por naturaleza que humana, y adquirió la simplicidad del niño, según las leyes de la verdad y de la justicia.

Porque en la memoria de la virgen de Lisieux estaban bien impresas las invitaciones y las promesas del Esposo divino: “El que es pequeño, venga a mí” [3]. “Te llevaré en mi pecho y te acariciaré en mis rodillas. Como una madre acaricia a alguien, así te consolaré yo” [4], así Teresa, consciente de su propia fragilidad, se encomendó confiadamente a la divina Providencia para que, apoyándose únicamente en su ayuda, pudiera alcanzar la perfecta santidad de vida, incluso a través de duras dificultades, habiendo decidido luchar por ella con la abdicación total y gozosa de su propia voluntad.

No es de extrañar, pues, que en la santa hermana se cumpliera lo que Cristo dijo: “Quien se haga tan pequeño como este niño será el más grande en el reino de los cielos” [5]. En efecto, complació a la benevolencia divina enriquecerla con el don de una sabiduría casi singular. Habiendo sacado en gran parte la verdadera doctrina de la fe de la instrucción del Catecismo, la ascética del libro de oro de la Imitación de Cristo y la mística de los volúmenes de su Padre Juan de la Cruz, alimentando su mente y su corazón en la lectura asidua de las Sagradas Escrituras, el Espíritu de la verdad le comunicó y le manifestó lo que suele ocultar “a los sabios y prudentes” y revelar “a los pequeños”; de hecho, ella -según el testimonio de Nuestro Predecesor- estaba dotada de tal conocimiento de las cosas celestiales como para mostrar a otros el camino seguro hacia la salvación. Y de esta participación de la luz divina y de la gracia divina, ardía en Teresa un fuego de caridad tan grande que, llevándola continuamente casi fuera de su cuerpo, acabó por consumirla, hasta el punto de que, poco antes de dejar la vida, pudo declarar cándidamente que “no había dado a Dios más que amor”. También parece que, debido a esta fuerza de ardiente caridad, existía en la joven de Lisieux la intención y el compromiso de “trabajar por amor a Jesús, únicamente para agradarle, consolar a su Sacratísimo Corazón y promover la salvación eterna de las almas, que entonces amarían a Cristo para siempre”. Que esto comenzó a hacer y a conseguir tan pronto como llegó a la patria celestial, se comprende fácilmente por aquella mística lluvia de rosas, que por concesión divina, como ingenuamente había prometido en vida, ya esparció en la tierra y sigue esparciendo.

Por eso, Venerables Hermanos y amados Hijos, deseamos encarecidamente que todos los cristianos se hagan dignos de participar de esta amplísima efusión de gracias, auspiciada por la pequeña Teresa; pero mucho más deseamos que la miren con diligencia para imitarla, comportándose como niños pequeños, pues si no son tales, según dice Cristo, quedarán excluidos del reino de los cielos. Si este camino de infancia espiritual es recorrido por todos, todos verán con qué facilidad puede realizarse esa corrección de la sociedad humana que Nos hemos propuesto desde el comienzo de Nuestro Pontificado, y especialmente con la proclamación del Gran Jubileo.

Por eso, hagamos nuestra aquella oración con la que la nueva Santa Teresita del Niño Jesús concluía su preciosa autobiografía: “Te suplicamos, oh buen Jesús, que mires el gran número de almas pequeñas y elijas para Ti en la tierra una legión de víctimas, dignas de Tu caridad”. Así sea. 

 

[1] Ep. II ad Cor., I, 3.

[2] Mateo, XVIII, 2-3.

[3] Prov. IX, 4.

[4] Is., LXVI, 12-13.

[5] Mateo, XVIII, 4.

 

CANONIZACIÓN DE SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS - SERMÓN DEL PADRE MARTIN EN EL CARMELO DE LISIEUX

 

 EL GRAN TRIUNFO DE SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS

 

Su canonización triunfo de la humildad y del amor.

  


Sermón predicado en la capilla del Carmelo de Lisieux

el día de la canonización de la santa, 17 de mayo de 1925.

 

Por el PADRE GABRIEL MARTIN (1873-1949)

Missionaires diocesaines aux oblates de Lisieux.

 

 

“…se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz. Por eso Dios le sobreensalzó y le dio el nombre que es sobre todo nombre”.

(Filip. II, 8)

 

Reverendas Madres, Hermanos,

 

¡Qué bello es el espectáculo que el universo nos regala hoy!

En Roma, las grandiosas celebraciones de la canonización culminan en una apoteosis.

Aquí, nuestras almas saborean en la contemplación y en la paz una alegría que no es de esta tierra.

De un polo a otro, millones y millones de cristianos aplauden el triunfo de su querida santita.

Pero hay algo aún más hermoso que quisiera ver.

Me gustaría ver lo que ocurre en el cielo. Porque también el cielo, todo el cielo, está de fiesta.

Los ángeles están celebrando -¿y cómo no iban a estarlo?- este gran triunfo de su hermanita en la tierra.

La gloriosa procesión de las vírgenes, de las que la Virgen de Lisieux es uno de los más bellos adornos, está de fiesta.

Se celebra también a los mártires, de quienes ella fue émula en tan alto grado.

Celebran los confesores, los apóstoles, los profetas y los patriarcas, a quienes un día pidió tan encarecidamente que le alcanzaran su doble amor, y que hoy ven ese mismo amor honrado y coronado en su persona.

Y, sin duda, el grupo más gozoso no eran los innumerables niñitos y otros «ladrones del paraíso», a los que había tomado como modelos y protectores y que, no sin legítimo orgullo, podían decir a todos los grandes héroes de la santidad: no fue imitándoos a vosotros, gigantes, sino siguiendo las huellas de nosotros, los pequeños, como llegó a ser tan santa y a elevarse tan alto.

Pero fue también siendo una perfecta carmelita. Y la familia carmelita del cielo, entre todas las demás, se regocija al ver a Santa Teresa de Ávila y a San Juan de la Cruz recibir a su lado y coronar con sus manos a la primera santa de su Orden, canonizada desde la Reforma.

¿Qué decir ahora de la alegría inefablemente dulce de todas esas pequeñas víctimas del Amor misericordioso de Dios, cuya legión, alistada a su voz y bajo su estandarte, es ya tan numerosa en el cielo?

Pequeñas almas de las cuales muchas nos son conocidas y cuyos nombres recordamos tan dulcemente en esta hora; que tanto la amaron en la tierra y que tanto deben alegrarse de su triunfo.

Pero, ¿dónde encontrar la parte más conmovedora de este hermoso y gozoso misterio, sino en el corazón del amado padre y de la amada madre, a quienes, después de Dios, debe Teresa gran parte de la gloria que le corresponde en este día, y que ellos mismos triunfan en la coronación de su amada hija?

En cuanto a ella, la pequeña reina y grandísima santa, objeto de tanto amor, mimada por la tierra y por el cielo, amada como creemos que nunca ha sido amada ninguna santa, no piensa reservarse ni su felicidad ni su gloria.

Quiere compartir su felicidad con nosotros. Y con qué amor baja su mirada hermosa y dulce hacia su amado Carmelo de Lisieux, que fue el campo cerrado donde obtuvo su victoria.

¡Con qué ternura os mira a vosotras, sobre todo a vosotras que fuisteis dos veces sus hermanas y que, después de haberla ayudado a santificarse, contribuisteis tanto a hacerla gloriosa!

¿Qué os está diciendo, mis veneradas Madres y Hermanas? Ese es su secreto y el vuestro. Pero ¿me equivoco al pensar que os está recordando deliciosamente una de esas asombrosas profecías que Dios seguramente le inspiró al final de su vida: «¡Ah, lo sé bien -dijo entonces-, todo el mundo me amará! En verdad, ninguna palabra profética se ha cumplido mejor. Y eso, ¿no es verdad?, es lo que os llena de una alegría indecible. Sí, ¡qué alegría para vosotras, pero también para todos nosotros, ver a nuestra querida santita tan querida por el cielo y por la tierra!

Pero ella no quiere guardar para sí su gloria, como tampoco quiere guardar su felicidad. Se apresuró a devolvérsela a Dios, que se la había dado. Y, en esta hora en que la Iglesia de la tierra y el cielo le prodigan sus alabanzas y ternuras, me parece verla, de la mano y el corazón sobre el corazón de la Virgen María, que entona y canta con ella el cántico de gratitud:

“Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador”.

“Porque ha mirado la humildad de su esclava, todas las generaciones me proclamarán bienaventurada”.

“El Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas y su misericordia se extiende de generación en generación”.

“Ha mostrado el poder de su brazo... Exalta a los humildes y colma de bienes a los hambrientos” (1)

Y ahora, al cantar estas hermosas palabras, la humilde Teresa acaba de darnos el secreto de su triunfo.

Ella es tan grande sólo porque el Todopoderoso hizo grandes cosas en ella, y las hizo sólo porque miró con amor la humildad de esta pequeña criatura.

Repito: hoy asistimos al triunfo de la humildad y al triunfo del amor.

Eso, y sólo eso, es la explicación de tanta gloria. Porque la causa es siempre proporcional al efecto y grande como él. Pero aquí el efecto, y me refiero a la gloria, es inmenso. Y cuando examino la vida de santa Teresa del Niño Jesús, sólo encuentro dos cosas que estén a la altura de esta inmensidad: su humildad y su amor. Porque, por una parte, se rebajó hasta los límites de la humildad y, por otra, sus ardientes deseos parecían sumergirla en un abismo de amor sin límites.

BULA DE CANONIZACIÓN DE SANTA TERESITA POR S. S. PÍO XI

 


17 mayo 1925

PÍO OBISPO

SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS


Para la memoria perpetua

Es con sentimientos de vehemente alegría y de vivaz regocijo que en este día, y durante este año de misericordia, Nosotros, que hemos incluido entre el número de Vírgenes Beatas a la joven Teresa del Niño Jesús, Monja de la Orden de las Carmelitas Descalzas, y la hemos propuesto a los amados Hijos de la Iglesia, como modelo amantísimo, celebramos, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y por Nuestra autoridad, su solemne Canonización.

Esta Virgen verdaderamente sabia y prudente anduvo el camino del Señor en la sencillez e ingeniosidad de su alma, y, consumada en poco tiempo, proveyó una larga carrera. Todavía en la flor de su juventud, voló al Cielo, llamada a recibir la corona que el Esposo celestial le había preparado para la eternidad. Conocida por pocas personas durante su vida, inmediatamente después de su preciosa muerte, asombró al universo cristiano con el ruido de su fama y los innumerables milagros obtenidos de Dios por su intercesión. Como había predicho antes de su muerte, pareció esparcir una lluvia de rosas sobre la tierra. Es por estas maravillas que la Iglesia decidió concederle los honores reservados a los Santos, sin esperar los plazos ordinarios y fijados.

Nació en Alençon, ciudad de la diócesis de Séez, el 2 de enero de 1873, de padres honorables: Louis-Stanislas Martin y Marie-Zélie Guérin, notables por su singular y ferviente piedad. El cuatro del mismo mes recibió el bautismo con los nombres de Marie-Françoise-Thérèse.

A los cuatro años y siete meses, con inmenso dolor, le quitaron a su madre y la alegría se apagó en su corazón. Su educación fue confiada entonces a sus dos hermanas mayores, Marie y Pauline, a las que se esforzó por ser perfectamente sumisa, y vivió bajo el cuidado asiduo y vigilante de su amado padre. En su escuela, Thérèse se apresuró como un gigante en el camino hacia la perfección. Desde sus primeros años se deleitaba en hablar a menudo de Dios, y vivía en el pensamiento constante de no entristecer en modo alguno al Niño Jesús.
Habiendo concebido, por una benevolencia del Espíritu divino, el deseo de llevar una vida enteramente santa, tomó la firme resolución de no negar nunca a Dios nada de lo que parecía pedirle, y permaneció fiel a ello hasta la muerte.
Cuando cumplió los nueve años, fue encomendada para su instrucción a las Religiosas del Monasterio de la Orden de San Benito, en Lisieux. Pasó todo el día allí para asistir a las lecciones y por la noche regresó a casa. Si cedió en edad a sus compañeras de internado, las superó a todas en progreso y piedad. Aprendió los Misterios de la Religión con tanto celo y penetración que el capellán de la Comunidad la llamó “la teóloga” o la “doctorcita”. Desde entonces aprendió de memoria y en su totalidad el libro de la Imitación de Jesucristo, y las Sagradas Escrituras se le hicieron tan familiares que, en sus escritos, las citaba a menudo con autoridad.

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA SOBRE SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS

 


La bibliografía sobre Santa Teresita es abundantísima.

Hasta el año 2012 se contaban sólo en francés más de 450 libros y estudios publicados. En español también abunda la bibliografía, aunque en gran parte son traducciones, y abundan las bazofias.

Además de la obra completa de nuestra santa, corpus de enseñanza permanente de la más alta espiritualidad, podemos recomendar algunos libros selectos. No son biografías sino estudios sobre su vida y espiritualidad. Lamentablemente, casi ninguno está traducido al español.

 

--Retraite avec sainte Thérèse de l’Enfant Jésus – Ab. Liagre (hay ediciones en portugués)

--La “Petite voie” d’enfance spirituelle. D’après la Vie et les écrits de Sainte Thérèse de l’Enfant Jésus – R.P. Martin (hay edición en portugués)

--Pour aimer le bon Dieu comme Sainte Thérèse de l’Enfant Jésus – R.P. Martin.

--Pour aimer la Sainte Vierge comme Sainte Thérèse de l’Enfant Jésus – R.P. Martin.

--Introduction a la spiritualité de Sainte Thérèse de l’Enfant Jésus – Abbé André Combes.

--Sainte Thérèse de l’Enfant Jésus et la souffrance – Ab. André Combes.

--En retraite avec Sainte Thérèse de Lisieux – Ab. Combes.

--Sainte Thérèse de Lisieux et sa mission – Ab. Combes.

-Sainte Thérèse de Lisieux. Une Renaissance spirituelle. – L.H. Petitot, O.P.

-- Sainte Thérèse de Lisieux: "Une voie toute nouvelle" – Philipon, M-M. O.P.

--La espiritualidad de Santa Teresa de Lisieux, Alberto Barrios Moneo.

--Via da infancia espiritual na escola de Santa Teresinha – P. Ascanio Brandao.

SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS – POR HUGO WAST

 


De todas las cosas hoy vivientes sobre el inmortal suelo de Francia, nada más palpitante de vida sobrenatural que la tumba de Teresita, visitada a todas horas por gente de todos los pueblos del mundo y cubierta de flores frescas y al abrigo de la cruz y de las palabras que dijo el Señor cuando sus discípulos rechazaban a los niños: “Nisi efficiamini sicut parvuli, non intrabitis in regnum”: si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino. Aquella jovencita que moría a los veinticuatro años, en la enfermería de un convento donde se sepultó a los quince, no conocía al mundo, ni el mundo la conocía a ella. Pero según la palabra de Dios, “el Espíritu sopla donde él quiere” y estaba destinada su persona y su libro a conquistar en poquísimos años una prodigiosa popularidad. Por ella es universalmente glorioso el pueblecito de Lisieux, como Asís para Francisco, como Ávila por la otra Teresa, como Siena por Catalina. Sin salir apenas del lugar, el peregrino en pocos momentos recorre todos los pasos de aquella vida breve y oculta. Su tumba primero, donde se guarda su cuerpo; el cementerio donde estuvo sepultado antes de la canonización, en el cuadrado de tierra cubierto de cruces donde duermen en paz otras carmelitas; su casita natal en los Buissonnets; su dormitorio, con su camita de caoba y sus juguetes: una muñeca, una carretilla, un pianito, la jaula de un pájaro… ¡Es todo! Encantadora peregrinación que se hace con el corazón conmovido y la sonrisa en los labios, porque uno camina, envuelto no por una atmósfera de muerte, sino en un aire vivificante y glorioso. Ella adivinó su gloria. “Siento que mi misión va a comenzar”, dijo, al saber que se moría. “Quiero pasar mi cielo haciendo bien sobre la tierra”. Tuvo también, por inspiración divina, la intuición de que su libro, escrito como un borrador de colegiala, sería un poderoso instrumento para mover los corazones, y a su Priora se expresó con estas palabras: “Lo que yo leo en este cuaderno es enteramente mi alma. Madre mía, estas páginas harán mucho bien. Se descubrirá en seguida la dulzura del Señor…” Y con su amable e inspirada sinceridad agregó: “¡Ah, ya sé bien que todo el mundo me amará!” No se engañaba, no, la simple y juvenil doctora de la Iglesia, doctora a su modo y sin definición, porque había sido suscitada por Dios para enseñar a los hombres, no los grandes caminos de la santidad, como Teresa de Ávila, sino su caminito, como ella decía su petite voie d´amour… ¡Y el mundo entero la ama! Pensemos el significado de este amor que arrastra millones de peregrinos a su tumba, que es un viviente santuario, en los mismos días y bajo el mismo sol que alumbra la soledad y la triple muerte de otras tumbas sin epitafio y sin cruz. Nunca los santos son figuras anacrónicas en el tiempo de su vida mortal. Por el contrario, han aparecido siempre en los primeros en los momentos en que el mundo los necesitaba, y aunque vivieran en un desierto o en un claustro han ejercido sobre su época una acción inmensa, desproporcionada con su aparente debilidad. Recuérdense los nombres de Agustín, de Bernardo, de Francisco de Asís, de Domingo de Guzmán, de Ignacio de Loyola, de Juana de Arco, de Vicente de Paúl, de Teresa de Jesús, de Francisco de Sales, de Magdalena Sofía Barat. Cada época tiene sus necesidades espirituales y materiales y tiene su santo. En la época actual, como en todos los siglos de decadencia, las cualidades de forma, la gracia y la elegancia del estilo y de la persona ejercen una sugestión mayor que las grandes hazañas. Teresita de Lisieux, con la sonrisa exquisita de su rostro digno del pincel de Leonardo da Vinci, y con su libro, que es una flor de la literatura francesa, ha cautivado al mundo. Las gentes, sorprendidas de este imperio repentino y universal, se dejan arrebatar por la impetuosa corriente que las lleva hacia ella y se complacen en decir que ha llegado a ser santa sin hacer nada, lo cual parece verdad, aunque no lo sea; y la propia Teresita sonreirá, porque ella, hija de estos tiempos, sabe que hoy es más fácil conquistar y santificar a los hombres convenciéndolos de que no hay que hacer nada extraordinario, que mostrándoles el camino de la Trapa o el martirio. “¿Cómo quiere que la llamemos cuando esté en el cielo?”, le preguntaron un día las novicias, y ella contestó: “Llámenme Teresita”. Y a su hermana Paulina que la interrogaba: “Nos mirará desde el cielo?”, le responde: “No, bajaré a la tierra”. Lo ha prometido y lo cumple, y sus manos no se cansan de repartir gracias sobre los corazones que la invocan, porque creen en ella, ablandados por la misteriosa dulzura de esta gota de miel que ha caído sobre la impenitencia y amargura del mundo moderno.

Hugo Wast

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